Thursday, January 08, 2015

Recuerdos de Colegio


Hoy terminé de forrar los cuadernos de mi hija Lucía. Todos quedaron muy bien, sobre todo porque, vale decir, los cuadernos de hoy, tienen una presentación envidiable. Forré como 14 cuadernos con la cara de Pucca, los Jonas Brothers y Hanna Montana. Lucía los decoró con algunos stickers que venían en el mismo cuaderno y extrajo los posters que traían de regalo para pegar en su cuarto.
Rápidamente mi mente me llevó a aquellos años en los que yo estaba en el colegio y que paso a resumir a continuación:

De los cuadernos
Tuve que llevar mis cuadernos populares, todos chiquitos, con la pasta de un mapa del Perú en fondo plomo, con unas hojas más corrientes y amarillas que parecía que alguien con infección urinaria lo había usado de mingitorio. 

Luego, salieron los cuadernos pre-forrados. Eran lo máximo. Mi hermana como no tenía los benditos cuadernos, los forraba con “vinifan” y luego con una plancha ligeramente caliente los pasaba hasta que el forro se adhería. Cabe señalar que a veces se le pasaba la mano y los forros se achicharraban y lejos de quedar como un pre-forrado quedaba como un pre-arrugado.

Del Vinifán
En un año a mi papá se le ocurrió la grandiosa idea de traer unos plásticos que había en su trabajo para usarlos como “vinifan”. Eran unos plásticos más duros que forrar un cuaderno se convirtió en toda una odisea. No se podían doblar. Las cintas scotch reventaban cuando intentábamos pegarlos. Pero a fuerza de tesón y terquedad (vale decir no teníamos otra cosa con que forrar) terminábamos de revestir con ese plástico todos los cuadernos. El problema venía después. Cuando terminabas de forrar y lo soltabas el cuaderno se despaturraba por el plástico duro que quería regresar a su forma original. La siguiente idea fue ponerle una maleta pesada encima por una par de días para que el plástico se acostumbre a su nueva forma.

Después de ese año ya no tuvimos problemas con los forros de los cuadernos porque estos plásticos eran tan duros que sirvieron para el año siguiente y para el siguiente más. Y como ya se habían amoldado a la forma del cuaderno lo sacabas como si fuera una casaca y se lo ponías al otro.

Carátulas
Y luego que Lucía  terminó de arreglar sus cuadernos, siguió con los fólderes, para variar, de Hanna Montana, Demi Lovato y de Nick Jonas. Entró a la computadora, se bajó unas carátulas, puso su nombre, las imprimió a color y listo para empezar las clases.

Vaya que sencillo, en mi época cada quien tenía que dibujar su carátula. Yo, si se puede decir, me especialicé en eso. Me gustaba dibujar así que agarré una habilidad para hacer mis carátulas y con una regla de letras escribía mi nombre, calculando el espacio y tratando de evitar que alguna letra se salga del dichoso pergamino o agarre uno de los rollitos que le dibujaba a los lados. Algunos amigos por flojera a veces me alcanzaban un par de monedas y les hacía sus carátulas. Así me “recurseé” hasta que empezaron a vender las carátulas en las librerías, ya hechas, sólo para poner tu nombre y mi próspero negocio se fue a la quiebra.

Asignaciones
Me acuerdo de las famosas “asignaciones” (ahora ¿hacen asignaciones?). Agarraba mi máquina de escribir y me ponía a digitar mi tarea previamente escrita. Pero los errores nunca faltan así que agarraba mi “radex” y le aplicaba a la letra errada. El problema era regresar a la misma línea, por eso a veces me salía algunas letras montadas como si saltaran por encima de la palabra queriendo figurar. Peor aún mi bendita máquina de escribir se había malogrado y no corría la cinta así que con la mano derecha escribía y con la izquierda iba dando vuelta al rollo de cinta. Al final terminaba con un dolor en la yema de los dedos índice y medio de la mano derecha.

Luego de digitar unos párrafos dejaba unos espacios para los dibujos que iba hacer posteriormente y más valía no cometer algún error dibujando porque si no tenía que volver a digitar toda la hoja nuevamente.

Luego salió el “liquid paper”. El problema es que en esa época aún trabajábamos mucho con el papel “bulky” y el papel “periódico” que eran más prietos que ropa percudida. Cuando le aplicabas el “liquid paper” quedaba una mancha blanca que se podía divisar a kilómetros de distancia.

Y si tenía que sacar alguna información tenía que irme a la biblioteca municipal. Cabe indicar que previamente había tenido que hacer mi pago respectivo, llevar mi foto carnet blanco y negro y esperar 20 días para que me entreguen mi dichoso carnet con sus respectivos sellos de tinta y sello de agua infalsificable, que me acreditara como inscrito y me permitiera pedir algunos libros para leer en la sala. Sólo tres por día.

Colegio
Y ya que hablamos de colegio, Lucía va a un colegio particular con piscina y agua temperada, con salones acondicionados, lleva música, arte, danza, natación, etc. No es un “gran colegio” pero al menos, creo yo, cumple con un mínimo de estándar para su educación.

En mi colegio de primaria en cambio a las justas tenía un patio central. Cuando quisieron ampliar el colegio se cayó una pared. Se escribía en pizarra con tiza. Para los cambios de hora o anunciar el recreo sonaba una campana. No existía cursos de música natación y mucho menos había alguna piscina. A las justas había agua en los baños.


(Escrito en marzo de 2010)

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