Monday, June 23, 2014

Odio el Futbol




El mundial, la Champion, la UEFA, La copa del Rey, la Bundes Liga, la Premier League, la Copa Libertadores, la Copa Inca y hasta la Copa Perú, ya me tienen cojudo con su fútbol. ¿Es que acaso no hay otro deporte en el mundo?. ¿Qué me importa a mí que veintidós pezuñentos corran tras un balón?.

Odio el futbol porque es un deporte que rinde culto a la ineficacia. Los futbolistas que patean una pelota desde que tienen dos años no son capaces de ser certeros. En un encuentro sólo son escasísimas situaciones en que una pelota va al arco. El resto va a la tribuna, a la pista atlética, a los camerinos o a estrellarse en la humanidad del contrario. 20 años pateando una pelota para tirarla a los cielos.

Odio el futbol porque  siento que pierdo noventa minutos de mi vida viendo veintidós payasos que más es lo que se aplican patadas arteras, codazos, fingen faltas, se tiran al piso y nunca llegan al arco. El 95% del partido se juega en la mitad de la cancha y sólo si tengo suerte podré ver uno o dos goles.

Odio el futbol porque las más grandes estrellas sólo son una tira de engreídos que inventan modas ridículas, se peinan como espantapájaros, se ponen parches en la nariz (sé que son para la respiración, pero tú veías por las calles Limeñas algunos subnormales que se ponían un “curita”), se dan besitos para celebrar un gol, se agarran los huevos, por Dios!.

Odio el futbol porque es manejado por una tremenda mafia llamada FIFA que compra árbitros, partidos, campeonatos, conciencias. Son injustos, racistas y discriminadores. O ¿por qué creen ustedes que se niegan a utilizar la tecnología en sus partidos?.

Odio el futbol porque de un tiempo a esta parte se le vino la moda de salir a la cancha agarraditos de la mano como 11 niñitas del kínder garden. No me vengan con cojudeces esas son mariconadas. Mariconadas que no tardó de ponerse en voga en el Perú. Ver 11 sujetos apestosos agarrándose la manito en la definición por penales para ganar una copa de un futbol mediocre fue lo más ridículo que he visto en mi vida.

Odio el futbol porque en sus entrevistas salen diciendo “gracias a Dios ganamos”, como si Dios, en caso existiera, le importara que once  atorrantes metan una pelota en un arco. Con tantos problemas que tiene el mundo, Dios, repito en caso existiera, va a tener tiempo para ocuparse de cojudeces.
Odio el futbol porque cuando jugaba de arquero para la selección de mi facultad, me hicieron dos goles, me acusaron de ser el culpable, me echaron del equipo y las “porristas” no me volvieron a hablar más.

Wednesday, June 04, 2014

Lluvia en Cusco




Por Marcelo Gasán


Cuando le dije a mi compañera de trabajo Cassandra para irnos de viaje juntos al Cusco, no pensé que fuera a aceptarme. Estábamos en una de esas conversaciones banales sobre lo que nos gustaba hacer y salió de la nada emprender esta travesía. Yo estaría por motivos de trabajo en Abancay y luego de allí me saltaría al Cusco. “¿Vamos?” Le pregunté como quien no quiere la cosa. “¿De verdad?” me dijo ella. “De verdad pues” le dije con una seguridad poco usual en mí. “ya pues” respondió de inmediato. Luego de recibir su respuesta me ganó la incertidumbre, el nerviosismo y me quedé en silencio. Me delaté de ser un seductor de pacotilla.

Luego de unos minutos quedamos de la siguiente manera: Ella viajaría al Cusco y llegaría un sábado por la mañana. Yo, como estaría en Abancay, le daría el alcance el mismo día. Los días previos discutimos un poco el itinerario. El primer día haríamos el city tour, al día siguiente el valle sagrado, y el tercer y cuarto día Machu Picchu. Los días restantes nos quedaríamos para hacer vida bohemia en la ciudad.

Cassandra me discutía con severidad y siempre terminaba por imponer sus planes. Que su prima le había dicho, que su amiguita le había recomendado, que había encontrado en internet y al final ella terminaba teniendo siempre la razón. Tenía un carácter fuerte, algunos rasgos de agresividad que le afloraban sobre todo cuando ella consideraba que algo le era injusto, sin embargo, tal vez sin explicación alguna me gustaba su forma de ser, su manera de imponerse, su seguridad, esa forma tan sutil, a veces, de hacerme daño.

Hablamos de todo pero lo que no dijimos es en lo que más estuve pensando el día que me enrumbaba hacia la ciudad imperial: El hotel. Si bien yo, me había repetido en mi cabeza “si me aceptó el viaje tiene que aceptarme lo otro”; no sabría cómo actuar al momento de escoger el lugar donde nos quedaríamos. Para mi bien o para mi mal, mi ómnibus se retrasó un poco, así que preocupado empecé a escribirle mensajes de textos “Partimos tarde voy a demorar una hora más en llegar”. Ella me respondió a los pocos minutos “no te preocupes, ya tomé el hospedaje. Ahí te envío la dirección”.

Al llegar al terminal, tomé el primer taxi que encontré y me dirigí al hotel. Nervioso entré al recinto. Una puerta de vidrios estéticamente dispuesta y un portero uniformado me hicieron pensar que no era cualquier lugar. Era lo menos que podía esperar. Luego me enteraría que Cassandra se había fijado en cada detalle: lugar, acceso, había revisado las sábanas, las toallas y hasta las juntas de las mayólicas que se encuentren escrupulosamente limpias.

Cuando toqué y entré a la habitación lo primero que noté es que tenía dos camas simples separadas por casi metro y medio. Un televisor y un baño. Todos mis sueños de noches salvajes de sexo desenfrenado de pronto se derrumbaron hasta casi quedar en ruinas. Simulé  la mayor naturalidad, la saludé con una sonrisa fingida y me dirigí directo a darme un baño.

Al salir de la ducha, las pocas piedras que quedaron de pie de mis sueños de lograr algo, terminaron por desaparecer cuando Cassandra me dijo “¿has visto los italianos que están en la otra habitación?, están buenaaaazos”. Allí entendí definitivamente que debería quitarme esta loca idea de tener algo con Cassandra.

El primer día hicimos el “city tour” y como aún era temprano salimos a dar una vuelta por la ciudad, comer algo y tomar un vino. En la noche, en el hotel, cada quien fue a su cama. El frío pareció arreciar con más fuerza aquel día. “tengo frío” me dijo Cassandra. No sabía si era una indirecta pero decidí arriesgarme, jugarme el todo por el todo “si – si –si quieres te abrigo” le dije titubeando. Sentí de pronto que la habitación se hacía más oscura, más muda y los pocos segundos que esperé su respuesta parecieron eternos. “Ni te atrevas” respondió Cassandra apretando los dientes.

A la mañana siguiente actué como si nada hubiera pasado y conforme lo planeado hicimos el tour al “valle sagrado” y un día después “Machu Picchu”. El penúltimo día estuvimos en una discoteca. Pero como había venido ocurriendo durante todo el viaje ella nunca se quedaba conmigo. La veía caminar, dar vueltas como si yo no existiera. Luego de unos minutos la vi conversar con los italianos que se hospedaban en nuestro mismo hotel. Acodado en la barra de la discoteca tomaba una cerveza mientras miraba el espectáculo de mi derrota. Cassandra reía y bailaba con uno de los italianos. Las luces multicolores y la cortadora hacían que todo pareciese un sueño. Un mal sueño.

Encendí un cigarrillo mirando alrededor buscando tal vez encontrar a alguien, planear una venganza. Pero venganza de qué, si todo lo que había planeado sólo había ocurrido en mi mente. Resignado a mi suerte me pasé las próximas horas mirando cómo Cassandra se divertía bailando con los italianos, alternándose entre uno y otro y conversando sabe Dios en qué idioma. De pronto las cosas empezaron a tomar un giro inesperado. De una película de diversión la cual miraba parecía convertirse en un drama. La vi a Cassandra con el ceño fruncido. Uno de los italianos la había tomado por la cintura y ella parecía sentirse incómoda. Por un momento no supe qué hacer. ¿Debería hacer algo?. Me volví a apoyar en la barra cuando a lo lejos vi su cara desesperada, me había buscado con la mirada a través de la multitud. Me acerqué empujando cuerpos sudorosos hasta llegar a ella “¿pasa algo?” le grité al oído pues la música era altísima. “sácame de aquí” me dijo. La tomé de la mano, le saqué el brazo del italiano que la sujetaba por el hombro y nos apartamos. No sé qué hubiera pasado si los extranjeros hubieran decidido buscarme la bronca. Posiblemente no estuviera en estos momentos contando esta historia. Al menos no, entero.

Llegamos pasada la 1 de la mañana al hotel. Me arropé y me metí a mi cama. Cassandra no había querido decirme lo que había ocurrido en la discoteca, el por qué de su enfado. La había visto tan contenta y tan feliz y luego verla en ese estado. No quiso contarme, quizás no quería admitir que había necesitado de mi ayuda, no había querido admitir que en el fondo era débil también.

Me metí a mi cama y en silencio traté de dormir. La música estridente aún zumbaba en mis oídos y el olor a cigarrillo estaba impregnado en mis manos. Cassandra estaba sobre la otra cama dándome la espalda. “Tengo frío” me dijo y luego agregó la frase que jamás pensé que dijera “abrígame”. Ahora quien permaneció en silencio fui yo porque no sabía que decir. Después de un minuto que pareció nuevamente interminable me acerqué a ella, la abracé por la espalda y la abrigué.

Ella se volvió a mi y me besó. Me mordió los labios, me arañó la espalda hasta arrancarme pedazos de piel y mientras la penetraba me mordió el brazo hasta dejarme una huella que hasta hoy conservo como una cicatriz de guerra.
Cuando terminamos de hacer el amor se puso de pie sobre la cama y se orinó sobre mí.

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