Tuesday, May 27, 2014

Vuelta en U




Marcelo caminó aturdido por las callecitas de Pisco. La resaca latía en su cabeza como agujas clavadas a un muñeco vudú. Cada vez que se aparecía por su barrio no podía escaparse de las invitaciones cargadas de ingestas de alcohol de sus amigos. Ahora ya eran casi las 4 de la tarde y si apenas se había despedido de sus padres. Caminó hasta la agencia “San Martín” y pidió un pasaje para Lima. Cuando quiso abordar el ómnibus lo detuvo un inspector gordo de bigotes, enfundado en una sudorosa camisa celeste que tenía el logo de la empresa sobre el bolsillo “Oiga señor ¿está usted borracho?” le increpó. Marcelo negó haber bebido pero sus ojos rojos, su aliento a Pisco chivato y su maltrecho aspecto lo delataron. “No puede subir en ese estado señor” sentenció el inspector.  Después de armar un escándalo que casi termina agarrándose a puñetes con el gordo sudoroso, le devolvieron el dinero y fue echado de la agencia. Sin otra alternativa caminó al paradero de las “custers” que van a Chincha con la intención de hacer luego un transbordo a cualquier vehículo que lo lleve a la capital.

Hoy tenía que llegar a Lima, echarse un baño, descansar hasta las 2 de la mañana, despertar y ponerse a estudiar para el examen que tendría el día lunes en la universidad. Ya lo había hecho varias veces, su juventud le permitía esas licencias. Apenas subió a una desvencijada “custer” se apoltronó en uno de los asientos cerca de la puerta y trató de no dormirse para ser el primero en bajar, correr a la agencia y ganar uno de los mejores asientos hasta Lima.

Después de soportar los gritos del “llenador de combi” partió el vehículo con toda la paciencia del mundo. Iba parando a cada instante, al menor ademán que hiciera alguien por levantar la mano. Preocupado porque el tiempo avanzaba y la noche empezaría a llegar y con ella la peligrosidad en las calles limeñas, Marcelo no pudo pegar el ojo en ese corto viaje.

En una de las paradas de la “Custer” a mitad de carretera entre Pisco y Chincha, Marcelo divisó al viejo ómnibus de la agencia “San Martín” que se había detenido a cambiar una llanta. Rápidamente vio que había algunos asientos vacíos y sin pensarlo dos veces se bajó de la “custer” y se trepó de inmediato al ómnibus. “viejo gordo sudoroso, para que veas que igual me voy en tu ómnibus” dijo mentalmente.

Ahora sí, las cosas estarían mejor, no tendría que bajarse en Chincha y correr a buscar otro vehículo, esperar que se llene y partir sabe Dios a qué hora. Se acomodó rápido en uno de los asientos traseros y ya despreocupado estiró la pierna y ayudado por la malanoche anterior y por las dosis de alcohol que aún corría por sus venas se durmió casi de inmediato. El cuaderno de Microeconomía que había sacado para ir leyendo quedó a un lado casi cayéndose sobre el asiento contiguo.

Lo que no se había percatado Marcelo es que el viejo ómnibus sólo había parado momentáneamente a reparar uno de los neumáticos y como el único “llantero” de la zona estaba en el lado opuesto se había estacionado con la "trompa" apuntando hacia Lima. Cuando se terminó de instalar la llanta parchada, el viejo ómnibus arrancó, dio la vuelta en “U” y se enrumbó a Pisco.
Marcelo durmió plácidamente hasta que sintió que una mano le agitaba el hombro, “oiga señor ya llegamos a la agencia”. Se despertó de inmediato y le pareció que el tiempo había pasado volando. Azorado y aturdido aún por el alcohol caminó tambaleándose por el pasillo del ómnibus, bajó y se encontró nuevamente en la agencia de Pisco y se dijo para sí “estaré tan borracho que ahora la agencia de Lima se parece a la de Pisco”. Y cuando se disponía a salir se topó con el inspector gordo de bigotes: “Oiga señor usted no entiende” le dijo apenas lo vio. Y apretándolo contra su camisa sudorosa lo sacó de la agencia y lo echó a la calle.

Friday, May 23, 2014

Eduardo de Bergerac




En tercero de secundaria era un enano. No pasaba del metro sesenta y si bien no tenía una nariz prominente, otros complejos terminaron por hundirme en el submundo de los desapercibidos.

Y a los catorce años, no me vengan con los sustentos misericordiosos y compasivos que lo importante es la belleza interior y que una chica se fija en los chicos buenos, con talento y con futuro. ¡A la mierda con eso!. A esa edad lo único que importa es si eres bonito o no. Si eres narizón, jetón, chato, trinchudo, orejón o granoso, estás fuera del equipo, no estás seleccionado, no eres uno de los llamados, estás fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil.

Por eso a los catorce la vida me llevó a convertirme en una especie de Cyrano, salvando las abismales diferencias, un celestino moderno, quien apoyó a un muchacho bonito a completar lo que dicen los cuentos de hadas y las historias de Holliwood: conquistar a una de las chicas más bonitas del colegio de mujeres.

El problema es que la chica bonita del colegio de mujeres también me gustaba a mi, pero el sujeto en cuestión, mi amigo, había dado más pasos con la confianza que le daba saberse un tipo apuesto, con el peinado con colita y afirmado con suave gel.

“tienes que ayudarme ‘broster’, Lucía es media romanticona y no sé qué regalarle por su cumpleaños y por ahí hay alguien que me quiere partir, así que ya le quiero caer. Habla tú dirás, dame una mano hermano a ti que te gusta estar escribiendo huevadas”.  Yo que ya había soñado cientos de veces con Lucía y a quién le había dedicado más de un escrito en mi platónica soledad me vi en la disyuntiva de ayudar al cretino de mi amigo o hacerme el loco. Con los escritos guardados y sabiendo que no tenía ningún futuro encarpetando mis líneas decidí ayudarlo a cambio de unas cuantas monedas. Podría sonar muy comercial o tan despreciable como cambiar mis sentimientos por el sucio dinero, pero al sentirme sin ninguna oportunidad, tomé la decisión de ayudarlo.

Recibí diez soles y luego de explicarle el plan, compré un cassette en blanco y grabé de mi colección algunas canciones románticas en inglés en el lado A y en español en el lado B. La cinta empezaba con “Knife” de Rockwell y terminaba el lado B con una canción infalible “Lucía” de Joan Manuel Serrat. Canción que ya la había hecho mía en mis noches en vela escribiendo para ella. En el reverso de la portada del cassette le transcribí el inicio de la letra:

“Vuela esta canción para ti Lucia, la más bella historia de amor que tuve y tendré…. Así dice la letra de esa canción, siempre que la escucho me viene a la mente tu nombre y cuando nos conocimos en el campamento de playa, ¿recuerdas?. Tu short naranja, tu polo amarrado a uno de los lados y tu pelo desordenado por el viento me llamaron de inmediato la atención. ¿Sabes? Me pregunto si te animarías otra vez a pasear conmigo por la playa… y perdóname sí hoy busco en la arena, esa luna llena que arañaba el mar. Un beso.”

Luego firmé con su nombre.

Mi amigo después de leer las líneas me dijo “cómo te acuerdas del short naranja, el polo amarrado y el pelo desordenado”. “porque yo estaba allí también en el campamento” respondí. “tamare, lo único que me acuerdo yo es de su tanguita y de su poto redondo”. Por un momento un sentimiento de arrepentimiento se me cruzó entre las sienes. No merecía ayudarlo. Pero ya era tarde.
Caminó hasta el grupo de niñas que se apostaba a la salida del colegio. La llamó a un lado y le entregó el cassette. El impacto fue de inmediato. Sólo en la lejanía, escondido en la multitud, contemplé a Lucía. Su expresión en el rostro, sus gestos, el jugar con su pelo, me lo dijeron todo. Había dado resultado. Y mientras observaba aquella escena apretaba el billete de diez soles en el bolsillo.

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