Friday, March 28, 2014

Dame Todo Lo Que Tienes



 
Pegado al celular y mientras digitaba esa pantalla táctil, Raul levantó la mano haciendo parar un taxi blanco, station wagon, cerca al óvalo de Miraflores. Un moreno fornido, descendiente de los afroamericanos angoleños y mandingo estaba tras el timón. “10 soles hasta san Borja jovencito” le dijo mientras apretaba el volante con unas enormes manos callosas. Raul aún abstraído por las noticias que habían publicado sus contactos en una conocida red social subió de inmediato al desvencijado vehículo sin percatarse que las manijas de apertura habían sido extraídas ex profesamente.

Entre “Candy Crush”, “Facebook” y “Whatsapp” Raul se debatía peleando con sus dedos en la pantalla del celular. Esbozó una pequeña sonrisa al obtener un bonus en uno de sus juegos favoritos y no reparó que el robusto taxista había hecho un giro pronunciado a la derecha tomando una ruta desconocida y desolada.

Mientras le daba “me gusta” a una de las fotos de sus amigos el viejo vehículo se detuvo y de inmediato un zambo sacalagua con pinta de basquetbolista de la NBA subió al asiento delantero. Apenas si entró en la butaca que se perdía por su enorme humanidad. Sacó una pistola de grueso calibre y le espetó “Ya perdiste gordito, dame todo lo que tienes”. Raul que recién se percató de las consecuencias de su distracción sintió que se le subía el miedo por la sangre hasta la cara y que se le achicaban los testículos hasta su más mínima expresión. Tartamudeó, vaciló, le tembló la mano y hasta sintió un chorrito de agua caliente que le salía de la entrepierna.

Al no tener respuesta el moreno con pinta de basquetbolista le arrebató de las manos el celular dejando incompleto su juego de “Candy Crush” y con una retahíla de lisuras que Raul jamás había escuchado, le pidió su billetera. Al ver que sólo tenía veinte soles y una estampita del señor de los milagros los dos delincuentes se miraron y cuchichearon entre ellos con jergas y replanas que a Raul le pareció ininteligible.

Bruscamente el vehículo ingresó por un callejón desolado, sin salida. Dos gatos saltaron de unos tachos de basura con el chirrido que hizo las llantas al derrapar. Cuando Raul quiso escapar se dio cuenta que el vehículo no tenía las manijas para abrir las puertas y mientras buscaba otra salida, sintió las manos callosas y toscas del chofer en sus espaldas…

Paradójicamente Raul se dirigía a “San Borja” y se encontró con dos de ellos, quienes luego de cometer ese aberrante delito lo dejaron tirado, exhausto en el sucio callejón y sintiendo que ya habían obtenido lo que buscaban le devolvieron el celular. Raul, aún en el piso, con los pantalones abajo, solo atinó a estirar su mano y poner como última  respuesta “me gusta” en su Facebook.

______________________________________________________________


Mi amigo Raul, trabaja conmigo. Es un ávido lector de novelas, cuentos y cuanta obra literaria se cruce por sus ojos. Siempre está agarrándome de punto y vacilándome cuando nos encontramos. Pero cometió un error. Me contó que fue víctima de un asalto en un taxi y le robaron su celular y su billetera. Y digo que cometió un error, pues yo viendo una oportunidad inmejorable de vacilarlo y descobrarme todas la bromas que me hace, lo difamé, lo vilipendié, lo mancillé, inventándole que además del robo había sido violentado sexualmente. Cabe señalar que esto último no ocurrió, pero igual no hay que dejar la oportunidad para el regodeo a costa de su desgracia.

Y como les mencionara al principio que es un ávido lector de cuentos, pues le hice uno y se lo envié a su correo. Espero les haya gustado, tanto como a él.

Thursday, March 20, 2014

El Carro Maldito


Si bien creo que más allá de la vida existe algo que no podría describir, nunca me he topado con algo “anormal” que me haga temblar como perro mojado. Siempre que ocurre algo “poco común” le encuentro una respuesta lógica: el viento, un temblorcillo, alguna vibración producida por un vehículo pesado, alguna onda electromagnética generada por algún artefacto eléctrico o lo que fuere.

Vivo en un departamento nuevo, bueno, nuevo es un decir, al menos lo estaba cuando me mudé, era de estreno así que nadie vivió ni murió allí hasta que yo llegara.

Y con este prolegómeno empiezo “mi relato anormal”.
 
 


Al día siguiente que me operaron y mientras yo estaba en la clínica recuperándome del corte que me habían hecho en el totorrete, Janecita vivía una experiencia poco común y que me relató al día siguiente por teléfono. Se había quedado dormida y a eso de las 3 de la mañana (por qué estas cosas siempre ocurren a las 3 de la mañana?) empezó a sonar el carrito de mi hijo, que es un carrito similar al de la foto.

El carrito tiene una serie de botones adelante que cuando los mueves empieza a sonar una música estridente; bueno pues esa música empezó a sonar de la nada a esa hora. A Janecita se le pusieron los pelos de punta pensando que algún malhechor había ingresado a la casa, pero nada de eso habría ocurrido. Así que yo tranquilizándola le dije que pudo haber sido algún vientecillo que se coló por la ventana, algún ratoncillo que invadió la casa (cosa que nunca ha ocurrido) y le presté poca importancia.

Ese mismo día me dieron de alta y mi mamá había venido a verme, preocupado por supuesto de la salud de su hermoso hijo y se quedó a dormir en mi casa, en la sala. Yo conecto mi lap top al televisor, no porque sea innovador sino que mi hijo le vació un vaso de chicha y la imagen ya no aparece en la pantalla de la lap top, sino me valgo del cable de video para conectarlo al televisor. El hecho es que mientras mi mamá dormía, como a eso de las 3 de la mañana (nuevamente las 3), en la lap top empezó a sonar una canción de Julio Iglesias. Bueno, se preguntarán por qué. Cerca de las 9 de la noche yo le puse a mi mamá en el youtube esos compilatorios de canciones del divo español, pero que se supone se apagó todo a las 11 de la noche cuando todos nos fuimos a dormir. Mi única explicación es que se apagó el televisor pero no la lap top y luego de 4 horas se volvió a activar por alguna onda electromagnética o por alguna vibración como las que normalmente ocurren.

Siempre que voy al baño voy con un libro (no para limpiarme con las hojas sino para leer) o con mi MP3 para entretenerme un rato mientras evacúo los intestinos. Un día de aquellos me encerré con el MP3 (que tiene radio) y como en mi casa la señal no es muy buena buscaba el sitio ideal para captar bien las ondas de mi emisora favorita. Por esa razón coloqué justo sobre la manija de la puerta, mi pequeño MP3. Y cuando mejor estaba disfrutando de mi canción preferida la manija se movió fuertemente como si alguien la hubiera accionado desde el otro lado de la puerta y el MP3 fue a caer al piso. En ese momento me asusté tanto que podríamos decir que literalmente “me cagué de miedo”, pero luego analizando los hechos la explicación que encontré fue la de un fuerte ventarrón que habría hecho temblar la puerta y por consiguiente la manija.

Luego, pasadas unas semanas cuando Janecita y yo dormíamos plácidamente, ocurrió nuevamente el incidente del carrito. No calculo bien la hora pero de hecho que era cerca de las 3 de la mañana. El juguete empezó a sonar estridentemente de la nada. Janecita asustada me codeó despertándome para que tome acción. Así que sacando fuerzas de flaqueza, me arropé con lo que encontré a la mano porque si tenía que enfrentarme a algo desconocido no quería que me agarre Calatayud. (Debe ser incómodo pelearse calato. Uno estaría en desventaja, los forcejeos haría que el colgajo se mueva de un lado a otro golpeando a todos lados tumbando floreros, golpeándome en la cara, tropezándome conmigo mismo etc.). Bueno, tomé valor y salí a la sala. Y si bien me temblaban las piernas como becerro recién nacido, asumí mi rol de protector, caminé hasta el interruptor, encendí la luz y ahí estaba el carro maldito en medio de la sala donde posiblemente lo habría dejado mi retoño antes de dormir. Lo sujeté con las manos y le moví los botones y comprobé que no eran muy sensible pues después de varias apretadas y manoseadas recién volvió a sonar. Asustado para adentro pero como macho que se respeta por afuera cogí un desarmador y le saqué las baterías.

Ya, si suena sin baterías, ahí sí que me surreo en los pantalones.

Y a ustedes ¿les ha pasado algo similar?

Tuesday, March 04, 2014

Un Agujero En La Calamina




Cuando los estudiantes del tercero de secundaria se enteraron que a la vuelta de la casa del cholo Yataco funcionaba un prostíbulo clandestino con la fachada de un bar de mala muerte llamado “La Tía Irene”, su popularidad empezó a incrementarse de manera exponencial. Pasó de ser un alumno más, a ser uno de los más requeridos en cuanto a consultas de materia sexual se tratara; pues si bien el cholo en los dos primeros años había pasado casi desapercibido, en este tercer año aprovechó la coyuntura para presumir sus dizque altos conocimientos sobre poses, duración, y extravagancias sexuales, obtenidas gracias a sus continuas incursiones nocturnas “voyeurista”, no por la puerta principal de la mancebía, sino por un agujero en la calamina que tenía el local de la “Tía Irene”.

Contaba el cholo Yataco que cada noche  solía subir a su techo, se desplazaba rampando por la techumbre endeble hecha de caña de Guayaquil y caña chancada de sus vecinos,  hasta llegar a la precaria casa del lenocinio y observar por un agujero en la calamina las increíbles anatomías de las meretrices furtivas que allí atendían: “La loli, es buenota tiene unas tetas enormes que le llegan hasta la cintura… la gringa, es una flaquita divina, flaquita pero con buen poto, con un cuerpo de ensueño… y la chata, uy la chata es una cholita rica, durita, apretadita de tetitas paradas, su pose favorita es la licuadora, con un par de vueltas es capaz de hacer terminar en tres segundos hasta el más demorón”.

Sus relatos cada semana iban agrandándose y siendo más espectaculares: orgías, lluvias doradas, squirting, cueros, latigazos, y cuanto se le ocurriera al cholo Yataco. Marcelo su entrañable amigo desde primero de secundaria, cuando el cholo aún era un desconocido para todos, se vio también envuelto repentinamente por la fama de su amigo de carpeta. En una tarde, en uno de los recreos del colegio, embargados por el entusiasmo del despertar sexual planearon estratégicamente como dos delincuentes prontuariados, efectuar una incursión nocturna por los techos de la “Tía Irene”, como si de un asalto a un banco se tratara.

Llegado el día esperaron ansiosos que anochezca. Cuando ya el cielo pasaba del color rojo al negro y empezaba a aparecer la luna redonda en cielo de “La Esperanza”, Yataco emprendió la marcha seguido por Marcelo “Tienes que caminar por estos lados, aquí estamos sobre la pared, estos techos son pura caña chancada, si caminas por el medio se escuchan los pasos y nos pueden descubrir” le advirtió.
Ambos caminaron agachados cruzando dos casas vecinas. Cuando el cholo Yataco, quien guiaba la expedición, llegó a una de las pequeñas divisiones, donde sobresalían como pelos hirsutos varios fierros deconstrucción empezó a arrastrarse lentamente. Marcelo lo imitaba en todo. El cholo se arrastró despacio hasta posar medio cuerpo sobre unas calaminas. En el fondo se escuchaba un bolero de Iván Cruz “… y hoy lamento haberla amado tanto”. “justo aquí queda uno de los cuartos”, dijo el cholo mientras cerraba un ojo para posar el otro en el agujero de la calamina. “¿qué ves?” preguntó nervioso Marcelo tras de él. “espera, espera” respondió Yataco, “está entrando la gringa con un zambo” agregó. Luego de unos segundos “ahora se están calateando” dijo una vez más. Marcelo trataba de hacerse un espacio para ver por el agujero que había improvisado el cholo. “ahora me toca a mi cholito, hazme un ladito yo también quiero ver” le dijo y lo empujó “si ya veo, ya veo, siiiiiiii que ricaaaaaa… pero está un poco oscuro”. “cómo que oscuro” le espetó Yataco y ganó nuevamente la posición privilegiada para observar el espectáculo, “ahí están… mmm que rica es la gringa carajo, ya se me paró, esto amerita una corrida” agregó y se desabrochó los botones del pantalón. “Ya no aguanto más” dijo, sacó el pene y con un total desparpajo se las ingenió para introducirlo por el agujero por donde miraba. “¿qué estás haciendo?” le dijo Marcelo con cierto estupor en el rostro. Y mientras Yataco hacía movimientos pélvicos como quien se tiene una relación sexual un ruido chirriante los sacó de sus febriles alucinaciones. Repentinamente la calamina cedió cayendo los dos estrepitosamente a los pies del catre. “¡Qué pasa mierda!” gritó el parroquiano que hacía uso de las caricias alquiladas. Los dos asustados dentro de la habitación se repusieron apenas de la caída. Yataco con el sexo afuera,  en un último esfuerzo tiró con energía de las sábanas descubriendo que la gringa no era gringa, sino morocha, o mejor dicho morocho, o mejor aún morocho zapatón. “Lo que pensé, era un cabro” gritó Yataco y ambos salieron corriendo por el pasillo, llegando al bar, a la puerta de salida y luego a la calle.

LinkWithin

Revisa también estos posts: