Friday, January 31, 2014

El Extraño Caso del Defecador Mañanero




Soy de las personas que suele llegar temprano al trabajo. Para evitarme cualquier complicación con el tráfico limeño despierto a las 6 de la mañana, salgo antes de las siete, dejo a mis hijos en el colegio, a mi esposa cerca de su trabajo y me enrumbo a toda velocidad hacia mi destino.

Por esa razón soy el primero en llegar a la oficina, en instalarme en mi escritorio, en sacar mi fruta picada que a veces se le ocurre enviarme mi Janecita y en embutirme mi pan con cachanga que me compro en el quiosquito de la esquina.

Esa es una de las ventajas de llegar temprano: Nadie interrumpe mi opíparo desayuno, nadie me molesta por teléfono y los baños están vacíos, limpios y libres de cualquier hediondez extraña. Y mientras me engullo todo lo que traigo voy leyendo tranquilo las últimas noticias de los diarios virtuales o alguna historia de un blog amigo. Por supuesto, todo esto, antes que empiece mi hora oficial de trabajo.

Sin embargo, en los últimos 5 meses mi relativo paraíso tempranero se ha visto interrumpido por un hecho sin igual. Uno de aquellos días cuando la soledad reinaba en las oficinas, me dirigí al baño a efectuar mi lavado de manos y me encontré con un olor extraño. Uno de los cubículos estaba cerrado y sólo pude divisar por debajo de la puerta un par de zapatos y unos pantalones con una correa delgada suelta que arrastraban al piso. Alguien estaba cagando.

Pero más allá de las exigencias gástricas me llamó la atención que yo, el único, el insuperable en puntualidad y asistencia había sido desplazado aquel día por un sujeto de intestinos flojos. Todo hubiera quedado allí y sin la menor importancia sino es porque este hecho empezó a repetirse, primero inter diario y luego todos los días, sin excepción. La siguiente semana ya me pareció una afrenta, un atrevimiento el hecho que mientras yo llegaba tranquilo, con mi estómago rugiendo como un león por el hambre, un sujeto desvergonzado literalmente se cagaba en mi desayuno.

Intrigado empecé a preguntarme ¿Quién diablos ocupa el baño tan temprano?. ¿Quién viene antes que yo?”, y sobre todo “¿Quién carajos viene a cagar en el trabajo”. Para responderme todas esas preguntas decidí tomar algunas acciones a fin de desenmascarar al defecador mañanero.

Primero intenté estar alerta a su salida, sin embargo una vez que empezaba a engullir mi pan con torreja con mi quaker me desentendía del mundo y cuando reaccionaba ya el baño estaba vacío. Otro día, pegando la oreja en el baño empecé a llamar a cada uno de mis compañeros de oficina. Fue en vano, me respondieron desde otro lado. El tercer intento fue hablar dentro del baño como quien no quiere la cosa “uf, qué calor hace” dije, esperando alguna respuesta. Nuevamente los resultados fueron desalentadores.

Cada día venía con una nueva idea para descubrir a este sujeto. Noté que siempre llevaba los mismos zapatos, pequeños y de color negro, el pantalón de igual color y una correa delgada. Un día de aquellos me atreví a tomarle uno foto. Luego pasada una hora cuando ya todos estaban trabajando empecé a pasar revista. Celular en mano con la foto en la pantalla fui mirándole los zapatos a cada uno de mis compañeros. Ninguno se ajustaba al registro de mi memoria. No contento con eso, empecé a mirarle los zapatos a los guachimanes, personal de limpieza, choferes, proveedores y hasta visitantes. Lo único que obtuve es que todos empezaran a mirarme mal pensando que tenía algún interés explícito en saber cuánto calzaban.

Como la palabra “rendirme” no existe en mi diccionario decidí ser directo. Una mañana de aquellas a fin de obtener más pistas que me lleve a identificar a este sujeto me metí al cubículo contiguo y me senté en el baño. Mientras esperaba captar algún indicio o rastro revisaba mi “Facebook” en el celular (no me culpen, algunas veces reviso las fotos de mis amigos mientras evacúo los intestinos. Si encuentran algún comentario fuera de lugar lo entenderán).  Trataba de escuchar algo al otro lado, un timbrecillo, un “ringtone”, un respiro, una palabra, aunque sea un cuesco, pero el silencio fue absoluto. Tomando valor golpeé la tabiquería que separa los cubículos y como parte de mi estrategia dije “no tengo papel”. No obtuve respuesta. Luego de unos minutos volví a golpear “no tengo papel, podrías ¿pasarme alguito?”. Intrigado por el silencio continué jugando con el celular. En un descuido escuché abrir el cubículo contiguo y mientras intentaba destrabar el seguro, por debajo de mi puerta apareció rodando un papel higiénico y sólo escuché decir una voz final “es lo único que me quedó”. Era una voz femenina.

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