Friday, November 21, 2014

Aprendiz de Escritor


 
 
I

Cursaba el cuarto año de secundaria, cuando se despertó en mí un inusitado interés por escribir. En una de las últimas hojas de mi cuaderno de Matemáticas había redactado unos párrafos que eran parte de una pequeña historia incompleta de un amor adolescente: “Marcelo saltó las rejas que circundaban el jardín y caminó lentamente hasta la ventana de la casa. El ruido de las hojas secas que producía sus pisadas aceleraba el latido de su corazón. Inclinando el torso se deslizó hasta el alféizar de la ventana y poco a poco asomó su mirada al interior de la casa. Allí estaba ella, Rosita, sentada mirando televisión con un diminuto vestido que apenas cubría la parte superior de sus muslos…”.

Mi compañero de carpeta, Ismael, se había convertido en mi único y ávido lector. En cada recreo, en medio de la vocinglera algarabía generada por los niños del colegio, leía mis avances desordenados de distintas historias. “¿Has escrito algo?” preguntó un lunes por la mañana. “unos cuantos párrafos pero todavía no termino” le respondí. “A ver pásame hasta donde hayas avanzado”. Cogió mi cuaderno y achinando los ojos y haciendo esfuerzos por entender mi aserrada caligrafía con borrones intermedios, leyó detenidamente el par de párrafos de la nueva historia. “¿Y qué más pasó?, no me puedes dejar así, tienes que terminarla” me dijo al terminar la lectura. Arrancó el papel de mi cuaderno, lo dobló en dos y lo guardó en su mochila.

“oye, mi hermanita ha leído tu ‘novela’ y le ha gustado” me dijo Ismael a la primera hora del día siguiente mientras acomodaba sus cuadernos sobre la carpeta. Sonreí gratificado por tener una nueva lectora pero pregunté preocupado “¿no le habrás dado a leer las otras historias rojas, verdad?”. “No, cómo se te ocurre, mi hermanita tiene catorce años apenas” respondió. Incentivado por la nueva seguidora, empecé a escribir durante las horas de clases. Aprovechando la voluminosa espalda del Gordo Zurita y confundido entre los cuarenta y cinco uniformes plomizos del aula, redactaba mis imaginarias historias, paradójicamente en las clases de números imaginarios que dictaba con perseverancia el profesor de matemáticas.

II

Ismael vivía en la periferia de la ciudad, tenía un jardín grande lleno de ‘buenas tardes’ y ‘geranios’ y un árbol de jazmín que cuando floreaba perfumaba la entrada de la puerta. Una ventana grande recubierta con rejas de seguridad daba a la sala principal. Hasta allí llegué un día para culminar un trabajo grupal de Biología. Después de llamar un par de veces Ismael me hizo pasar y nos dirigimos a la mesa de su comedor donde había dispuesto cartulinas, plumones y colores para terminar de representar el aparato circulatorio de una rana.

Casi con medio cuerpo sobre la mesa iba desplazando el plumón negro sobre el dibujo a lápiz que había hecho previamente, mientras Ismael iba pintando las partes ya culminadas. Cuando reíamos recordando las clases de educación física y la caída del gordo Zurita en el taburete, se abrió la puerta principal y apareció la hermana de Ismael, una hermosa adolescente de rostro angelical, con un polo cortísimo que dejaba ver un ombligo pequeño adornado con un ‘pearcing’. Su presencia de inmediato me generó una serie de efectos biológicos: se me taparon los oídos hasta sentir solo el sonido del bombeo de mi corazón, los segundos se me alargaron y los movimientos se me lentificaron.

“oye idiota ¿qué haces?”, gritó Ismael sacándome de mi estado onírico. Mi mano apretando el plumón había seguido deslizándose inconscientemente saliéndose de la línea del dibujo pasando la cartulina hasta pintar buena parte del mantel que cubría la mesa. “No, nada” solo atiné a decir y bajé la mirada tratando de corregir el error garrafal cometido. “Te presento a mi hermana Roxana” me dijo Ismael. Su frío acercamiento ofreciéndome la mejilla y su cuerpo que aparentaba tener más de los catorce años que me había dicho mi amigo, me hicieron temblar. Mi ímpetu por portarme adecuadamente solo me hizo tropezar con la silla. Luego de saludarla rozando sus mejillas y sintiendo su olor a perfume acaramelado, me quedé abrumado contemplándola alejarse por el pasillo contiguo.

Buscando la manera de acercarme a ella y llamar su atención, concluí que el único camino era a través de mis escritos, después de todo Ismael me había dicho que a su hermana le fascinaban mis historias y cada día esperaba su llegada para preguntarle si había avanzado con la novela. Simulando poco interés pregunté “¿y tu hermana ya terminó de leer la última historia?” mientras seguía borrando el rastro del plumón que se había salido de las líneas de dibujo. “ahorita viene y le voy a decir que eres tú el que escribe porque ella también quiere aprender… ha escrito un par de cosas pero muy simplonas, ahorita la vas a conocer” respondió sonriendo.

En mi novelesca mente iba tratando de hilvanar las ideas y consejos que debía decirle a Roxana. Definitivamente debería ser prudente en mi conversación para causar la impresión de ser un sujeto docto en materia de literatura “¿y si me pide que le recomiende algunos libros?” me pregunté en silencio. De inmediato repasé los pocos títulos que había leído y de ser necesario estaba dispuesto a fanfarronear que me había leído la totalidad de las obras de Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro.

Mientras iba tejiendo historias y conversaciones que sostendría con Roxana, apareció una niña de lentes más pequeña “hola” dijo con una sonrisa que le iluminaba el rostro. “Hola Sandrita” respondió  Ismael “ella es mi hermanita menor, de la que te hablé, ella es hincha de tus historias” agregó de inmediato. Yo que había venido construyendo conversaciones imaginarias, historias de amor y hasta de matrimonio con Roxana, me vi frente a una niña más pequeña, cuatro ojos, con una coleta que salía por la parte posterior de su gorrita infantil, un short casi varonil y un polo holgado.

Mi historia de amor se desapareció como quien se borra un párrafo mal escrito. “Hola” apenas atiné a decir con una sonrisa forzada y evité todo intento de saludarla con un beso en la mejilla. Mi decepción de inmediato formó un silencio, como una pared entre esa niña y yo. Continué dibujando, paradójicamente el contorno del corazón incompleto del batracio mientras Sandra seguía a mi lado mirando cada movimiento de mi mano y esperando quizás que dijera algo.

Ismael ignorante de las tramas que había venido urdiendo para conocer más a su hermana mayor seguía desplazando el plumón verde por las patas de la rana. Interrumpió el silencio diciendo “Voy un momento al baño”. “Anda explicándole a esta chibola como escribe un grande” agregó y corrió apurado por el pasillo colindante.

“Qué bonito escribes Marcelito” me dijo Sandra rompiendo mi concentración en el dibujo. “Gracias” le respondí sin mirarla, tratando de aburrirla. Después de otro largo silencio, se hastió de mi mutismo y se apoltronó sobre uno de los sillones de la sala. Levanté la mirada disimuladamente y la vi hojeando un libro de Jorge Isaacs. En la portada decía “María”. Con sus manos blancas hacía anotaciones al lado del texto. Por un momento sentí lástima y me invadió un sentimiento de culpabilidad.

A los pocos minutos, cuando ya casi terminaba el dibujo apareció Ismael “¿y, ya le diste una cátedra de cómo se escribe?” me dijo refiriéndose a Sandra. Ella volteó la mirada y vi una tristeza en la profundidad de sus ojos negros. Sintiéndome como un perfecto cretino y tratando de resarcir mi actitud respondí “todavía no, estaba terminando de dibujar¿Cuándo tienes tiempo Sandrita?”. Ella sonrió apenas y me dijo “¿mañana está bien?”. Y todavía pensando en la posibilidad de usar como medio a Sandra para llegar a Roxana, respondí “mmm Perfecto, mañana vengo a las tres”.
III
De pie, a un lado de la sala miraba las fotografías dispuestas sobre un aparador. En ella aparecía toda la familia de Ismael, su papá, su mamá, Sandra pequeñísima casi escondida tras las piernas de su madre, el mismo Ismael y destacando por sobre todos ellos Roxana, vestida con un short diminuto y ataviada de unos collares artesanales. La sonrisa de su rostro parecía llamar toda la atención de la fotografía.
Perdido en la historia que le venía atribuyendo a esa imagen, me vi interrumpido por el saludo chillón de Sandra “¡hola!” me dijo. Cuando volteé a saludarla noté que había cambiado bastante respecto al día anterior. Ya no tenía la gorra puesta, ni el ‘short’ varonil y ni siquiera los lentes. Vestía unas pantalonetas hasta encima de las rodillas, unas zapatillas de tela con dibujos abstractos a los lados, un polo cortito, el pelo suelto adornado por dos ganchitos y una cadenita de falso oro que se prendía de su cuello. Sonreí levemente “hola” le respondí y la besé en la mejilla. Noté que llevaba el mismo olor a perfume acaramelado de Roxana. “Miraba la foto” agregué. “Es de un viaje que hicimos a Trujillo hace años” me respondió. Luego de un silencio me dijo “¿empezamos?”. “Bueno” le respondí.
Sentados en los sillones de su sala y rodeado de libros, cuadernos de notas, lapiceros de colores y de una grabadora pequeña que Sandra había traído, intenté dar mi primera clase como escritor. Sin tener la más mínima idea sobre pedagogía y únicamente guiado por mi intuición empecé justificándome “Bueno, sabes que yo no soy profesor y nunca he dado clases ni nada, pero a ver cuéntame, qué obras has leído”. Sandra con el lapicero golpeando su mentón y mirando arriba como tratando de recordar respondió “mmm a ver, he leído pocas obras, por ejemplo me encantó ‘María’ de Jorge Isaacs, ‘Madamme Bovary’ de Flaubert aunque terminó cayéndome mal la tal Emma, ‘La Dama del Perrito’ de Chejov me fascinó, a ver, a ver, cual más, ‘Crimen y castigo’ de Dostoievski, ese tal Raskolnikov al final me dio lástima, ‘ veinte poemas de amor’ de Neruda y ‘El principito’ del francés que no me acuerdo su nombre… ¿cómo se llamaba el autor?” terminó preguntándome. Yo que a duras penas había leído unas cuantas historias de amor de autores desconocidos, publicadas en revistas para mujeres que mi mamá guardaba en un depósito, me vi apabullado por el conocimiento de Sandra. “Tiene un apellido medio extraño que hasta ya me olvidé porque lo leí hace años” mentí con total desparpajo. Intentando llevar la situación a mi lado volví a preguntar “y de peruanos y latinoamericanos  ¿has leído algo?”. “La verdad no mucho, solo algunos cuentos sueltos de Cortázar, Borges, Quiroga y la que leímos en el colegio ‘Los Cachorros’ de Vargas Llosa”.
Nuevamente abrumado por los títulos que iba soltando Sandrita, y que yo solo alguna vez los había oído nombrar a la profesora de literatura, me vi apocado y únicamente atiné a decir “Si quieres escribir cuentos, tienes que leer a Ribeyro, él es el mejor” Sandra cogió uno de los lapiceros y un cuaderno de apuntes y me dijo “¿algún título en especial?”. Apelando a mis clases de literatura respondí casi instintivamente “la palabra del mudo, esa tienes que leer”.
Mientras Sandra anotaba cuidadosamente en su libreta apareció Roxana. Su pelo sujeto con un gancho dejaba ver su cuello blanco. “¿Qué hacen chicos?” preguntó. Intentando de llamar su atención respondí “estamos revisando algunos libros, ¿te gusta leer?”. “¡Bah!  Qué aburridos” respondió de inmediato. Cogió uno de los libros que estaban sobre la mesita de centro, hizo una mueca de disgusto y lo volvió a dejar. Aún intentando despertar en ella algún interés agregué “pero escucha este poema tan genial” y cogiendo el librillo de Neruda le leí “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos" y le clavé la mirada, pero ella despreocupada y mientras rumiaba una goma de mascar sonrió “me da risa esa palabra ‘tiritan’”. Un silencio invadió la sala y solo escuché a lo lejos los gritos de unos niños que jugaban en el parque de afuera. “No le hagas caso” me dijo Sandra y continuó nombrándome otros títulos más que había leído.
Los días siguientes volví y Sandra continuaba contándome las historias de cada libro y me leía los párrafos que más le habían gustado. Me sorprendía verla tan entusiasmada y sensible a cada palabra que leía. Dependiendo del contenido de lo que repasaba, a veces se ponía triste como haciendo un puchero y otras alegre mostrando su sonrisa que le embellecía el rostro. Asimismo cada día la veía más arreglada y por un momento hasta llegué a pensar que era por mis visitas. Yo por mi parte, había empezado a buscar algunos títulos interesantes entre los libros que mi papá guardaba en una vieja biblioteca y trataba de leer lo más rápido posible saltándome las hojas, para ir al día siguiente fingiendo haber leído la obra mucho tiempo atrás y para colmo le mencionaba algunos párrafos que particularmente me habían parecido geniales pero que a decir verdad prácticamente los había escogido al azar.
Sandrita tomaba nota de cada uno de ellos y los analizaba con meticulosidad  y siempre terminaba dándome la razón. Luego de varias clases en las que yo aprendí más de ella, que ella de mí, me preguntó “y ahora después de leer todo esto, ¿cómo haces para escribir los detalles?”. Nuevamente sin tener la más mínima idea, solo respondí “bueno, trato de escribir de los lugares que conozco y me fijo en todo lo que lo rodea”. “Por ejemplo, tu novela que todavía no terminas, ¿cómo hiciste?” me interrogó. “A ver”, le dije “vamos afuera a ver los detalles de un paisaje” le propuse. Salimos de su casa por la parte posterior. Había un parque con algunos árboles a los alrededores. Ya casi anochecía. A los lados por una pequeña acequia corría el agua de regadío. “yo lo que hago” agregué “es mirar alrededor, escuchar los sonidos, ahora mismo siento el sonido de mis pasos, el aire fresco con olor a jazmín, el sonido del agua correr, no hay nadie, siento la soledad, miro las sombras que se empiezan a dibujar”. “Por ejemplo en tu novela, el protagonista cuando sale con Rosita, que a decir verdad no me cae muy bien, ¿qué hiciste para describir la situación?, ¿en verdad existe esa tal Rosita?” volvió a preguntar mientras caminábamos despacio. “Bueno, suponiendo que tú eres Rosita”, le dije frente a ella tomándola por las manos “veo su mirada, sus ojos limpios, las cosas alrededor empiezan a perder sentido, ya no importan, siento sus manos calientes, yo mismo me siento nervioso, tiemblo no sé por qué” y mientras iba hablando y describiendo lo que sentía me acerqué a Sandra y la besé en los labios. Ella se quedó quieta, temblaba y hasta sus dientes cascabeleaban. Se soltó de mis manos y corrió hacia su casa.
 
IV
A  los días siguientes en el colegio, guardé un poco de distancia con Ismael, atemorizado quizás que supiera lo acontecido con su hermana, que me reclamara, que me buscara la bronca. Pero Ismael nunca me dijo nada. Por eso un día me atreví a preguntarle “Y cómo le va a Sandrita, ¿está escribiendo ya?”. “La veo leyendo y escribiendo siempre pero no me ha mostrado nada” respondió. “Pregúntale cuando voy” le dije.
Pasaron semanas enteras sin obtener respuesta y lo poco que se me había ocurrido escribir había empezado a transformarse. Poco a poco Rosita la protagonista de mi novela había empezado a colmarse de los detalles de Sandra, de su puchero, de su sonrisa y de su forma de vestir. Hasta llegué a pensar que Ismael podría reconocer a su hermana en las lecturas que hacía de mis avances. “Termínala de una vez” me dijo un día, “ya la estás haciendo muy larga” agregó. Así que tratando de encontrar una estrategia para ver a Sandra le dije “Yo te paso mis avances pero me gustaría leer lo que Sandra está escribiendo, ¿te parece si intercambiamos?” le pregunté. “Voy a averiguar, no sé si querrá mostrarme sus avances porque siempre termino burlándome de ella” culminó. Al día siguiente volvió con una respuesta aún peor “dice que está en exámenes y todo lo ha mandado a la mierda. Ya no volverá a escribir”.
Luego de otro par de semanas y sin poder sacarme de la cabeza a Sandra, su forma de llevar los cabellos con ganchitos de colores, su puchero al leer párrafos tristes y su alegría que le iluminaba la cara, decidí ir a verla a hurtadillas. ‘Salté las rejas que circundaban el jardín y caminé lentamente hasta la ventana de su casa. El ruido de las hojas secas que producía mis pisadas aceleraba el latido de mi corazón. Inclinando el torso me deslicé hasta el alféizar de la ventana y poco a poco asomé la mirada al interior de la casa. Allí estaba ella, Sandrita, sentada mirando televisión con un diminuto vestido que apenas cubría la parte superior de sus muslos…’
 
 (Con este cuento participé en los Premios COPÉ 2014, así que como no llegué a los finalistas, aquí queda publicado. ¡Rájenme! - si es que no abandonaron la lectura y llegaron hasta esta línea).
 

Friday, October 31, 2014

El Padrino


Cuando cumplí ocho años, mi mamá concluyó que había llegado el momento de hacer mi primera comunión. Me inscribió junto a mis dos hermanos mayores en la catequesis de la ciudad de Pisco “de una vez los tres juntos” le sugirió a mi padre. Malhumorados y renegando asistimos religiosamente todos los domingos tempranísimo a las aulas de un colegio cercano a recibir las enseñanzas de la biblia, y así prepararnos para nuestro segundo sacramento.

Sin embargo los planes de mi familia, de vernos a los tres consagrados a la voluntad de la iglesia católica, se vieron truncados cuando se enteraron que habían negado mi sacramento por tener sólo ocho años. Mi madre se enojó muchísimo y decidió mover cielo y tierra. Se quejó en la catequesis con el cura y con el párroco de la iglesia, aduciendo que yo era un niño correcto, maduro y que me sabía “el padre nuestro”, “el ave maría”, “el yo confieso” y “el credo” mejor que los estudiantes de doce años.

De tantas gestiones me aceptaron a última hora, por lo que también, a última hora me buscaron un padrino improvisado. A mi papá no se le ocurrió mejor idea que designar a su amigo de juventud Alfonso Morales, más conocido en las cantinas de Pisco como “Poncho”. Trabajador del banco del estado, atendía en ventanilla, según mi papá desde que terminó su secundaria comercial en un prestigioso colegio de Ica. A pesar de vestir a menudo de corbata y pantalón de gabardina, lucía siempre desaliñado, la camisa fuera del pantalón, la corbata grasosa como su cara, el bigote disparejo, el pelo casposo y una correa que le excedía la circunferencia de su barriga y que el exceso dejaba colgar haciéndole parecer que andaba con el miembro afuera.

Por el contrario, los padrinos de mis hermanos habían sido escogidos con la debida anticipación, cuidando que sean personas de honorable reputación y de indudable moral en la sociedad pisqueña. “Es el único que nos aceptó ser tu padrino a última hora” me dijo mi padre cuando le pregunté quién era mi padrino.

Su fama de jaranero y asiduo concurrente a las cantinas de Pisco le había generado más de un problema con su familia “Te chupas toda la plata” le gritaba a menudo su esposa. Yo lo recuerdo siempre sentado con una botella de cerveza en el bar "El Espejo de mi Vida", rodeado de aserrín, el olor a cigarrillo y balbuceando alguna canción de Iván Cruz, que salía estridente de un parlante destartalado.

Para el día de mi primera comunión se apareció tarde y con un aliento a pisco barato. Me entregó mis estampitas cuando ya la recepción en los salones de la iglesia había terminado. Por años me quedé con doscientas estampitas guardadas en mi velador, que nunca pude intercambiar con los otros niños de la primera comunión. Por si fuera poco, el día del sacramento, mis otros hermanos recibieron aparte un regalo. Yo no recibí nada. Por eso en medio de su embriaguez y al darse cuenta que yo no tenía un regalo me dijo con una lengua enmarañada “Ahijado, vente un día al banco, búscame que te voy a abrir tu cuenta de ahorros, ese es tu regalo... por tu primera comunión”.

Mil veces pasé caminando por el frontis del Banco de la Nación, pero a decir verdad, nunca tuve el valor de acercarme, entrar hasta la ventanilla y pedirle que me abra la libreta de ahorros que me había prometido. "Anda zonzo si te ha dicho que te va a regalar, sólo acércate y dile Padrino vengo por lo que me prometió" me dijo varias veces mi madre cuando caminábamos por los alrededores del banco. Pero yo nunca me atreví, siempre fui "chupado" como me decían mis hermanos. Por eso cada vez que tenía que pasar por allí prefería cruzarme y desde el frente y de soslayo, sólo verlo atendiendo tras una ventanilla.

Después de mi primera comunión lo vi muy pocas veces. Sólo en los cumpleaños de mi papá se aparecía, como siempre borracho y preguntaba “¿quién es mi ahijado?”. Mi papá me llamaba, me apretaba la cabeza, me sacudía el cabello "Ese mi ahijado carajo" me decía. De allí no se volvía
acordar de mí hasta el siguiente año.

La última vez que conversé con mi papá me contó que mi padrino había fallecido. Después de que saliera del Banco de la Nación en un programa de reducción de personal, se volvió más asiduo concurrente de las cantinas pisqueñas. En sus últimos años perdió la cordura y se escapaba desnudo, o en el mejor de los casos en calzoncillos hasta la puerta del banco a reclamar el pago de su indemnización. Más de una vez sus hijos tuvieron que salir a buscarlo a la calle con una frazada entre sus manos para devolverlo a casa envuelto.

La última vez su hija menor lo encontró defecando en la puerta de “El Espejo de mi vida” porque le habían negado la entrada.

Cuando falleció, en el velorio, su viuda se acercó a mi padre y sabiendo que fueron grandes amigos, le entregó un paquete que mi padrino había dejado para él. Dentro había una esclava de plata, un banderín del Club "Víctor Bielich" donde jugaron la segunda división, una foto tomada en el muelle de Pisco de los años sesenta cuando trabajaron juntos y una libreta de ahorros del Banco de la Nación a mi nombre.

Wednesday, October 15, 2014

Reuniones y Protocolos




Nunca me gustaron las reuniones ni los protocolos. No me gustan los tumultos, las multitudes. Me aterra ver tanta gente junta.

Sin embargo hay hechos en mi vida en los que sí debí estar presente. No debí evitarlos. Y hubo otros tantos en los que estuve presente pero de la manera inadecuada. Ahora que pasé los cuarenta, no es que me arrepienta, sólo quería hacer un ejercicio de conciencia para no equivocarme otra vez.

1.

Nunca asistí a mi ceremonia de graduación cuando terminé la carrera universitaria y mucho menos a la fiesta. No tengo la clásica foto con toga y birrete. No sé lo que es vestir ese traje negro, ni lanzar el birrete al aire. Mi mamá ni mi papá tienen recuerdos que contar a los familiares ni yo tengo fotos que compartir. Ahora a mis cuarenta pienso que debí asistir por más que no me gustara. Recién ahora entiendo que es importante tener esas remembranzas en la memoria para poder contarlas a los hijos.

2.

Cuando culminé el curso de especialización en finanzas y habiéndose aprobado mi tesis para optar el título de economista, se me presentó una segunda oportunidad de asistir a una ceremonia de este tipo. Sólo recuerdo que estaba trabajando para un proyecto de Esan-BID y mi entonces jefa me preguntó “¿no vas a ir a tu ceremonia?”. Y en realidad mi intención era no ir, pero ella prácticamente me obligó. Recuerdo que me dijo “Tienes que ir, esas cosas son importantes”. Así que ya no teniendo tiempo para ir a cambiarme a casa me fui de frente al auditorio de la universidad. Vestía un par de zapatos Nike (de trekking), un jean azul, una camisa de rayas y un saco. Así me aparecí a la ceremonia. Cuando llegué todos estaban correctamente vestidos, los hombres de saco y corbata y las mujeres de vestido o conjunto y todos acompañados de sus padres, o esposos o esposas. Y yo, solo. Subí a recoger mi diploma y nadie me esperó para felicitarme. Al término, cuando invitaron a todos para el brindis en la recepción, me escapé y me fui a mi casa en combi.


3.

Cuando bauticé a mi hija (a pedido de su mamá), también me salté de los protocolos. Aprovechando la amistad de mi familia con el cura de una iglesia en Pisco, nunca asistí a ninguna charla, ni yo, ni mi esposa, ni los padrinos. Sólo viajamos a Pisco, directo a la iglesia, a la ceremonia. Por si fuera poco, como hacía calor vestía un pantalón de drill y un polo piqué de manga corta. El padrino y la madrina estaban bien vestidos. Creo que debí estar más presentable. Espero no cometer el mismo error con mi hijo.

4.

Siempre pido vacaciones para mi cumpleaños. No me gusta que me hagan almuerzos o reuniones. No me gusta que me estén saludando, dando abrazos o apretones de mano. También me incomoda que me llamen por teléfono para decirme “feliz cumpleaños”. Prefiero mil veces el saludo frío del facebook. Quizás también por eso me mudé tan lejos, al último cerro de un conocido distrito. No me gustan las visitas protocolares, me gustan aquellas espontáneas, de amigos muy cercanos. Por eso siempre paso mi cumpleaños solo porque así lo prefiero.

5.

Creo que estoy haciendo mal, tampoco nunca le he celebrado como se debe a mis hijos, ni su primer añito, ni el segundo y mucho menos el tercero o el cuarto. A veces mi esposa tiene el entusiasmo de hacer alguna reunión importante pero siempre termino desanimándola con mil pretextos. Mi hija el otro año cumplirá quince y no sé qué hacer. Ella tampoco me ha dicho nada. Yo preferiría mil veces irnos de viaje todos a algún lugar, pero creo que a ella ya no le apetece salir con nosotros.

Monday, June 23, 2014

Odio el Futbol




El mundial, la Champion, la UEFA, La copa del Rey, la Bundes Liga, la Premier League, la Copa Libertadores, la Copa Inca y hasta la Copa Perú, ya me tienen cojudo con su fútbol. ¿Es que acaso no hay otro deporte en el mundo?. ¿Qué me importa a mí que veintidós pezuñentos corran tras un balón?.

Odio el futbol porque es un deporte que rinde culto a la ineficacia. Los futbolistas que patean una pelota desde que tienen dos años no son capaces de ser certeros. En un encuentro sólo son escasísimas situaciones en que una pelota va al arco. El resto va a la tribuna, a la pista atlética, a los camerinos o a estrellarse en la humanidad del contrario. 20 años pateando una pelota para tirarla a los cielos.

Odio el futbol porque  siento que pierdo noventa minutos de mi vida viendo veintidós payasos que más es lo que se aplican patadas arteras, codazos, fingen faltas, se tiran al piso y nunca llegan al arco. El 95% del partido se juega en la mitad de la cancha y sólo si tengo suerte podré ver uno o dos goles.

Odio el futbol porque las más grandes estrellas sólo son una tira de engreídos que inventan modas ridículas, se peinan como espantapájaros, se ponen parches en la nariz (sé que son para la respiración, pero tú veías por las calles Limeñas algunos subnormales que se ponían un “curita”), se dan besitos para celebrar un gol, se agarran los huevos, por Dios!.

Odio el futbol porque es manejado por una tremenda mafia llamada FIFA que compra árbitros, partidos, campeonatos, conciencias. Son injustos, racistas y discriminadores. O ¿por qué creen ustedes que se niegan a utilizar la tecnología en sus partidos?.

Odio el futbol porque de un tiempo a esta parte se le vino la moda de salir a la cancha agarraditos de la mano como 11 niñitas del kínder garden. No me vengan con cojudeces esas son mariconadas. Mariconadas que no tardó de ponerse en voga en el Perú. Ver 11 sujetos apestosos agarrándose la manito en la definición por penales para ganar una copa de un futbol mediocre fue lo más ridículo que he visto en mi vida.

Odio el futbol porque en sus entrevistas salen diciendo “gracias a Dios ganamos”, como si Dios, en caso existiera, le importara que once  atorrantes metan una pelota en un arco. Con tantos problemas que tiene el mundo, Dios, repito en caso existiera, va a tener tiempo para ocuparse de cojudeces.
Odio el futbol porque cuando jugaba de arquero para la selección de mi facultad, me hicieron dos goles, me acusaron de ser el culpable, me echaron del equipo y las “porristas” no me volvieron a hablar más.

Wednesday, June 04, 2014

Lluvia en Cusco




Por Marcelo Gasán


Cuando le dije a mi compañera de trabajo Cassandra para irnos de viaje juntos al Cusco, no pensé que fuera a aceptarme. Estábamos en una de esas conversaciones banales sobre lo que nos gustaba hacer y salió de la nada emprender esta travesía. Yo estaría por motivos de trabajo en Abancay y luego de allí me saltaría al Cusco. “¿Vamos?” Le pregunté como quien no quiere la cosa. “¿De verdad?” me dijo ella. “De verdad pues” le dije con una seguridad poco usual en mí. “ya pues” respondió de inmediato. Luego de recibir su respuesta me ganó la incertidumbre, el nerviosismo y me quedé en silencio. Me delaté de ser un seductor de pacotilla.

Luego de unos minutos quedamos de la siguiente manera: Ella viajaría al Cusco y llegaría un sábado por la mañana. Yo, como estaría en Abancay, le daría el alcance el mismo día. Los días previos discutimos un poco el itinerario. El primer día haríamos el city tour, al día siguiente el valle sagrado, y el tercer y cuarto día Machu Picchu. Los días restantes nos quedaríamos para hacer vida bohemia en la ciudad.

Cassandra me discutía con severidad y siempre terminaba por imponer sus planes. Que su prima le había dicho, que su amiguita le había recomendado, que había encontrado en internet y al final ella terminaba teniendo siempre la razón. Tenía un carácter fuerte, algunos rasgos de agresividad que le afloraban sobre todo cuando ella consideraba que algo le era injusto, sin embargo, tal vez sin explicación alguna me gustaba su forma de ser, su manera de imponerse, su seguridad, esa forma tan sutil, a veces, de hacerme daño.

Hablamos de todo pero lo que no dijimos es en lo que más estuve pensando el día que me enrumbaba hacia la ciudad imperial: El hotel. Si bien yo, me había repetido en mi cabeza “si me aceptó el viaje tiene que aceptarme lo otro”; no sabría cómo actuar al momento de escoger el lugar donde nos quedaríamos. Para mi bien o para mi mal, mi ómnibus se retrasó un poco, así que preocupado empecé a escribirle mensajes de textos “Partimos tarde voy a demorar una hora más en llegar”. Ella me respondió a los pocos minutos “no te preocupes, ya tomé el hospedaje. Ahí te envío la dirección”.

Al llegar al terminal, tomé el primer taxi que encontré y me dirigí al hotel. Nervioso entré al recinto. Una puerta de vidrios estéticamente dispuesta y un portero uniformado me hicieron pensar que no era cualquier lugar. Era lo menos que podía esperar. Luego me enteraría que Cassandra se había fijado en cada detalle: lugar, acceso, había revisado las sábanas, las toallas y hasta las juntas de las mayólicas que se encuentren escrupulosamente limpias.

Cuando toqué y entré a la habitación lo primero que noté es que tenía dos camas simples separadas por casi metro y medio. Un televisor y un baño. Todos mis sueños de noches salvajes de sexo desenfrenado de pronto se derrumbaron hasta casi quedar en ruinas. Simulé  la mayor naturalidad, la saludé con una sonrisa fingida y me dirigí directo a darme un baño.

Al salir de la ducha, las pocas piedras que quedaron de pie de mis sueños de lograr algo, terminaron por desaparecer cuando Cassandra me dijo “¿has visto los italianos que están en la otra habitación?, están buenaaaazos”. Allí entendí definitivamente que debería quitarme esta loca idea de tener algo con Cassandra.

El primer día hicimos el “city tour” y como aún era temprano salimos a dar una vuelta por la ciudad, comer algo y tomar un vino. En la noche, en el hotel, cada quien fue a su cama. El frío pareció arreciar con más fuerza aquel día. “tengo frío” me dijo Cassandra. No sabía si era una indirecta pero decidí arriesgarme, jugarme el todo por el todo “si – si –si quieres te abrigo” le dije titubeando. Sentí de pronto que la habitación se hacía más oscura, más muda y los pocos segundos que esperé su respuesta parecieron eternos. “Ni te atrevas” respondió Cassandra apretando los dientes.

A la mañana siguiente actué como si nada hubiera pasado y conforme lo planeado hicimos el tour al “valle sagrado” y un día después “Machu Picchu”. El penúltimo día estuvimos en una discoteca. Pero como había venido ocurriendo durante todo el viaje ella nunca se quedaba conmigo. La veía caminar, dar vueltas como si yo no existiera. Luego de unos minutos la vi conversar con los italianos que se hospedaban en nuestro mismo hotel. Acodado en la barra de la discoteca tomaba una cerveza mientras miraba el espectáculo de mi derrota. Cassandra reía y bailaba con uno de los italianos. Las luces multicolores y la cortadora hacían que todo pareciese un sueño. Un mal sueño.

Encendí un cigarrillo mirando alrededor buscando tal vez encontrar a alguien, planear una venganza. Pero venganza de qué, si todo lo que había planeado sólo había ocurrido en mi mente. Resignado a mi suerte me pasé las próximas horas mirando cómo Cassandra se divertía bailando con los italianos, alternándose entre uno y otro y conversando sabe Dios en qué idioma. De pronto las cosas empezaron a tomar un giro inesperado. De una película de diversión la cual miraba parecía convertirse en un drama. La vi a Cassandra con el ceño fruncido. Uno de los italianos la había tomado por la cintura y ella parecía sentirse incómoda. Por un momento no supe qué hacer. ¿Debería hacer algo?. Me volví a apoyar en la barra cuando a lo lejos vi su cara desesperada, me había buscado con la mirada a través de la multitud. Me acerqué empujando cuerpos sudorosos hasta llegar a ella “¿pasa algo?” le grité al oído pues la música era altísima. “sácame de aquí” me dijo. La tomé de la mano, le saqué el brazo del italiano que la sujetaba por el hombro y nos apartamos. No sé qué hubiera pasado si los extranjeros hubieran decidido buscarme la bronca. Posiblemente no estuviera en estos momentos contando esta historia. Al menos no, entero.

Llegamos pasada la 1 de la mañana al hotel. Me arropé y me metí a mi cama. Cassandra no había querido decirme lo que había ocurrido en la discoteca, el por qué de su enfado. La había visto tan contenta y tan feliz y luego verla en ese estado. No quiso contarme, quizás no quería admitir que había necesitado de mi ayuda, no había querido admitir que en el fondo era débil también.

Me metí a mi cama y en silencio traté de dormir. La música estridente aún zumbaba en mis oídos y el olor a cigarrillo estaba impregnado en mis manos. Cassandra estaba sobre la otra cama dándome la espalda. “Tengo frío” me dijo y luego agregó la frase que jamás pensé que dijera “abrígame”. Ahora quien permaneció en silencio fui yo porque no sabía que decir. Después de un minuto que pareció nuevamente interminable me acerqué a ella, la abracé por la espalda y la abrigué.

Ella se volvió a mi y me besó. Me mordió los labios, me arañó la espalda hasta arrancarme pedazos de piel y mientras la penetraba me mordió el brazo hasta dejarme una huella que hasta hoy conservo como una cicatriz de guerra.
Cuando terminamos de hacer el amor se puso de pie sobre la cama y se orinó sobre mí.

Tuesday, May 27, 2014

Vuelta en U




Marcelo caminó aturdido por las callecitas de Pisco. La resaca latía en su cabeza como agujas clavadas a un muñeco vudú. Cada vez que se aparecía por su barrio no podía escaparse de las invitaciones cargadas de ingestas de alcohol de sus amigos. Ahora ya eran casi las 4 de la tarde y si apenas se había despedido de sus padres. Caminó hasta la agencia “San Martín” y pidió un pasaje para Lima. Cuando quiso abordar el ómnibus lo detuvo un inspector gordo de bigotes, enfundado en una sudorosa camisa celeste que tenía el logo de la empresa sobre el bolsillo “Oiga señor ¿está usted borracho?” le increpó. Marcelo negó haber bebido pero sus ojos rojos, su aliento a Pisco chivato y su maltrecho aspecto lo delataron. “No puede subir en ese estado señor” sentenció el inspector.  Después de armar un escándalo que casi termina agarrándose a puñetes con el gordo sudoroso, le devolvieron el dinero y fue echado de la agencia. Sin otra alternativa caminó al paradero de las “custers” que van a Chincha con la intención de hacer luego un transbordo a cualquier vehículo que lo lleve a la capital.

Hoy tenía que llegar a Lima, echarse un baño, descansar hasta las 2 de la mañana, despertar y ponerse a estudiar para el examen que tendría el día lunes en la universidad. Ya lo había hecho varias veces, su juventud le permitía esas licencias. Apenas subió a una desvencijada “custer” se apoltronó en uno de los asientos cerca de la puerta y trató de no dormirse para ser el primero en bajar, correr a la agencia y ganar uno de los mejores asientos hasta Lima.

Después de soportar los gritos del “llenador de combi” partió el vehículo con toda la paciencia del mundo. Iba parando a cada instante, al menor ademán que hiciera alguien por levantar la mano. Preocupado porque el tiempo avanzaba y la noche empezaría a llegar y con ella la peligrosidad en las calles limeñas, Marcelo no pudo pegar el ojo en ese corto viaje.

En una de las paradas de la “Custer” a mitad de carretera entre Pisco y Chincha, Marcelo divisó al viejo ómnibus de la agencia “San Martín” que se había detenido a cambiar una llanta. Rápidamente vio que había algunos asientos vacíos y sin pensarlo dos veces se bajó de la “custer” y se trepó de inmediato al ómnibus. “viejo gordo sudoroso, para que veas que igual me voy en tu ómnibus” dijo mentalmente.

Ahora sí, las cosas estarían mejor, no tendría que bajarse en Chincha y correr a buscar otro vehículo, esperar que se llene y partir sabe Dios a qué hora. Se acomodó rápido en uno de los asientos traseros y ya despreocupado estiró la pierna y ayudado por la malanoche anterior y por las dosis de alcohol que aún corría por sus venas se durmió casi de inmediato. El cuaderno de Microeconomía que había sacado para ir leyendo quedó a un lado casi cayéndose sobre el asiento contiguo.

Lo que no se había percatado Marcelo es que el viejo ómnibus sólo había parado momentáneamente a reparar uno de los neumáticos y como el único “llantero” de la zona estaba en el lado opuesto se había estacionado con la "trompa" apuntando hacia Lima. Cuando se terminó de instalar la llanta parchada, el viejo ómnibus arrancó, dio la vuelta en “U” y se enrumbó a Pisco.
Marcelo durmió plácidamente hasta que sintió que una mano le agitaba el hombro, “oiga señor ya llegamos a la agencia”. Se despertó de inmediato y le pareció que el tiempo había pasado volando. Azorado y aturdido aún por el alcohol caminó tambaleándose por el pasillo del ómnibus, bajó y se encontró nuevamente en la agencia de Pisco y se dijo para sí “estaré tan borracho que ahora la agencia de Lima se parece a la de Pisco”. Y cuando se disponía a salir se topó con el inspector gordo de bigotes: “Oiga señor usted no entiende” le dijo apenas lo vio. Y apretándolo contra su camisa sudorosa lo sacó de la agencia y lo echó a la calle.

Friday, May 23, 2014

Eduardo de Bergerac




En tercero de secundaria era un enano. No pasaba del metro sesenta y si bien no tenía una nariz prominente, otros complejos terminaron por hundirme en el submundo de los desapercibidos.

Y a los catorce años, no me vengan con los sustentos misericordiosos y compasivos que lo importante es la belleza interior y que una chica se fija en los chicos buenos, con talento y con futuro. ¡A la mierda con eso!. A esa edad lo único que importa es si eres bonito o no. Si eres narizón, jetón, chato, trinchudo, orejón o granoso, estás fuera del equipo, no estás seleccionado, no eres uno de los llamados, estás fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil.

Por eso a los catorce la vida me llevó a convertirme en una especie de Cyrano, salvando las abismales diferencias, un celestino moderno, quien apoyó a un muchacho bonito a completar lo que dicen los cuentos de hadas y las historias de Holliwood: conquistar a una de las chicas más bonitas del colegio de mujeres.

El problema es que la chica bonita del colegio de mujeres también me gustaba a mi, pero el sujeto en cuestión, mi amigo, había dado más pasos con la confianza que le daba saberse un tipo apuesto, con el peinado con colita y afirmado con suave gel.

“tienes que ayudarme ‘broster’, Lucía es media romanticona y no sé qué regalarle por su cumpleaños y por ahí hay alguien que me quiere partir, así que ya le quiero caer. Habla tú dirás, dame una mano hermano a ti que te gusta estar escribiendo huevadas”.  Yo que ya había soñado cientos de veces con Lucía y a quién le había dedicado más de un escrito en mi platónica soledad me vi en la disyuntiva de ayudar al cretino de mi amigo o hacerme el loco. Con los escritos guardados y sabiendo que no tenía ningún futuro encarpetando mis líneas decidí ayudarlo a cambio de unas cuantas monedas. Podría sonar muy comercial o tan despreciable como cambiar mis sentimientos por el sucio dinero, pero al sentirme sin ninguna oportunidad, tomé la decisión de ayudarlo.

Recibí diez soles y luego de explicarle el plan, compré un cassette en blanco y grabé de mi colección algunas canciones románticas en inglés en el lado A y en español en el lado B. La cinta empezaba con “Knife” de Rockwell y terminaba el lado B con una canción infalible “Lucía” de Joan Manuel Serrat. Canción que ya la había hecho mía en mis noches en vela escribiendo para ella. En el reverso de la portada del cassette le transcribí el inicio de la letra:

“Vuela esta canción para ti Lucia, la más bella historia de amor que tuve y tendré…. Así dice la letra de esa canción, siempre que la escucho me viene a la mente tu nombre y cuando nos conocimos en el campamento de playa, ¿recuerdas?. Tu short naranja, tu polo amarrado a uno de los lados y tu pelo desordenado por el viento me llamaron de inmediato la atención. ¿Sabes? Me pregunto si te animarías otra vez a pasear conmigo por la playa… y perdóname sí hoy busco en la arena, esa luna llena que arañaba el mar. Un beso.”

Luego firmé con su nombre.

Mi amigo después de leer las líneas me dijo “cómo te acuerdas del short naranja, el polo amarrado y el pelo desordenado”. “porque yo estaba allí también en el campamento” respondí. “tamare, lo único que me acuerdo yo es de su tanguita y de su poto redondo”. Por un momento un sentimiento de arrepentimiento se me cruzó entre las sienes. No merecía ayudarlo. Pero ya era tarde.
Caminó hasta el grupo de niñas que se apostaba a la salida del colegio. La llamó a un lado y le entregó el cassette. El impacto fue de inmediato. Sólo en la lejanía, escondido en la multitud, contemplé a Lucía. Su expresión en el rostro, sus gestos, el jugar con su pelo, me lo dijeron todo. Había dado resultado. Y mientras observaba aquella escena apretaba el billete de diez soles en el bolsillo.

Friday, March 28, 2014

Dame Todo Lo Que Tienes



 
Pegado al celular y mientras digitaba esa pantalla táctil, Raul levantó la mano haciendo parar un taxi blanco, station wagon, cerca al óvalo de Miraflores. Un moreno fornido, descendiente de los afroamericanos angoleños y mandingo estaba tras el timón. “10 soles hasta san Borja jovencito” le dijo mientras apretaba el volante con unas enormes manos callosas. Raul aún abstraído por las noticias que habían publicado sus contactos en una conocida red social subió de inmediato al desvencijado vehículo sin percatarse que las manijas de apertura habían sido extraídas ex profesamente.

Entre “Candy Crush”, “Facebook” y “Whatsapp” Raul se debatía peleando con sus dedos en la pantalla del celular. Esbozó una pequeña sonrisa al obtener un bonus en uno de sus juegos favoritos y no reparó que el robusto taxista había hecho un giro pronunciado a la derecha tomando una ruta desconocida y desolada.

Mientras le daba “me gusta” a una de las fotos de sus amigos el viejo vehículo se detuvo y de inmediato un zambo sacalagua con pinta de basquetbolista de la NBA subió al asiento delantero. Apenas si entró en la butaca que se perdía por su enorme humanidad. Sacó una pistola de grueso calibre y le espetó “Ya perdiste gordito, dame todo lo que tienes”. Raul que recién se percató de las consecuencias de su distracción sintió que se le subía el miedo por la sangre hasta la cara y que se le achicaban los testículos hasta su más mínima expresión. Tartamudeó, vaciló, le tembló la mano y hasta sintió un chorrito de agua caliente que le salía de la entrepierna.

Al no tener respuesta el moreno con pinta de basquetbolista le arrebató de las manos el celular dejando incompleto su juego de “Candy Crush” y con una retahíla de lisuras que Raul jamás había escuchado, le pidió su billetera. Al ver que sólo tenía veinte soles y una estampita del señor de los milagros los dos delincuentes se miraron y cuchichearon entre ellos con jergas y replanas que a Raul le pareció ininteligible.

Bruscamente el vehículo ingresó por un callejón desolado, sin salida. Dos gatos saltaron de unos tachos de basura con el chirrido que hizo las llantas al derrapar. Cuando Raul quiso escapar se dio cuenta que el vehículo no tenía las manijas para abrir las puertas y mientras buscaba otra salida, sintió las manos callosas y toscas del chofer en sus espaldas…

Paradójicamente Raul se dirigía a “San Borja” y se encontró con dos de ellos, quienes luego de cometer ese aberrante delito lo dejaron tirado, exhausto en el sucio callejón y sintiendo que ya habían obtenido lo que buscaban le devolvieron el celular. Raul, aún en el piso, con los pantalones abajo, solo atinó a estirar su mano y poner como última  respuesta “me gusta” en su Facebook.

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Mi amigo Raul, trabaja conmigo. Es un ávido lector de novelas, cuentos y cuanta obra literaria se cruce por sus ojos. Siempre está agarrándome de punto y vacilándome cuando nos encontramos. Pero cometió un error. Me contó que fue víctima de un asalto en un taxi y le robaron su celular y su billetera. Y digo que cometió un error, pues yo viendo una oportunidad inmejorable de vacilarlo y descobrarme todas la bromas que me hace, lo difamé, lo vilipendié, lo mancillé, inventándole que además del robo había sido violentado sexualmente. Cabe señalar que esto último no ocurrió, pero igual no hay que dejar la oportunidad para el regodeo a costa de su desgracia.

Y como les mencionara al principio que es un ávido lector de cuentos, pues le hice uno y se lo envié a su correo. Espero les haya gustado, tanto como a él.

Thursday, March 20, 2014

El Carro Maldito


Si bien creo que más allá de la vida existe algo que no podría describir, nunca me he topado con algo “anormal” que me haga temblar como perro mojado. Siempre que ocurre algo “poco común” le encuentro una respuesta lógica: el viento, un temblorcillo, alguna vibración producida por un vehículo pesado, alguna onda electromagnética generada por algún artefacto eléctrico o lo que fuere.

Vivo en un departamento nuevo, bueno, nuevo es un decir, al menos lo estaba cuando me mudé, era de estreno así que nadie vivió ni murió allí hasta que yo llegara.

Y con este prolegómeno empiezo “mi relato anormal”.
 
 


Al día siguiente que me operaron y mientras yo estaba en la clínica recuperándome del corte que me habían hecho en el totorrete, Janecita vivía una experiencia poco común y que me relató al día siguiente por teléfono. Se había quedado dormida y a eso de las 3 de la mañana (por qué estas cosas siempre ocurren a las 3 de la mañana?) empezó a sonar el carrito de mi hijo, que es un carrito similar al de la foto.

El carrito tiene una serie de botones adelante que cuando los mueves empieza a sonar una música estridente; bueno pues esa música empezó a sonar de la nada a esa hora. A Janecita se le pusieron los pelos de punta pensando que algún malhechor había ingresado a la casa, pero nada de eso habría ocurrido. Así que yo tranquilizándola le dije que pudo haber sido algún vientecillo que se coló por la ventana, algún ratoncillo que invadió la casa (cosa que nunca ha ocurrido) y le presté poca importancia.

Ese mismo día me dieron de alta y mi mamá había venido a verme, preocupado por supuesto de la salud de su hermoso hijo y se quedó a dormir en mi casa, en la sala. Yo conecto mi lap top al televisor, no porque sea innovador sino que mi hijo le vació un vaso de chicha y la imagen ya no aparece en la pantalla de la lap top, sino me valgo del cable de video para conectarlo al televisor. El hecho es que mientras mi mamá dormía, como a eso de las 3 de la mañana (nuevamente las 3), en la lap top empezó a sonar una canción de Julio Iglesias. Bueno, se preguntarán por qué. Cerca de las 9 de la noche yo le puse a mi mamá en el youtube esos compilatorios de canciones del divo español, pero que se supone se apagó todo a las 11 de la noche cuando todos nos fuimos a dormir. Mi única explicación es que se apagó el televisor pero no la lap top y luego de 4 horas se volvió a activar por alguna onda electromagnética o por alguna vibración como las que normalmente ocurren.

Siempre que voy al baño voy con un libro (no para limpiarme con las hojas sino para leer) o con mi MP3 para entretenerme un rato mientras evacúo los intestinos. Un día de aquellos me encerré con el MP3 (que tiene radio) y como en mi casa la señal no es muy buena buscaba el sitio ideal para captar bien las ondas de mi emisora favorita. Por esa razón coloqué justo sobre la manija de la puerta, mi pequeño MP3. Y cuando mejor estaba disfrutando de mi canción preferida la manija se movió fuertemente como si alguien la hubiera accionado desde el otro lado de la puerta y el MP3 fue a caer al piso. En ese momento me asusté tanto que podríamos decir que literalmente “me cagué de miedo”, pero luego analizando los hechos la explicación que encontré fue la de un fuerte ventarrón que habría hecho temblar la puerta y por consiguiente la manija.

Luego, pasadas unas semanas cuando Janecita y yo dormíamos plácidamente, ocurrió nuevamente el incidente del carrito. No calculo bien la hora pero de hecho que era cerca de las 3 de la mañana. El juguete empezó a sonar estridentemente de la nada. Janecita asustada me codeó despertándome para que tome acción. Así que sacando fuerzas de flaqueza, me arropé con lo que encontré a la mano porque si tenía que enfrentarme a algo desconocido no quería que me agarre Calatayud. (Debe ser incómodo pelearse calato. Uno estaría en desventaja, los forcejeos haría que el colgajo se mueva de un lado a otro golpeando a todos lados tumbando floreros, golpeándome en la cara, tropezándome conmigo mismo etc.). Bueno, tomé valor y salí a la sala. Y si bien me temblaban las piernas como becerro recién nacido, asumí mi rol de protector, caminé hasta el interruptor, encendí la luz y ahí estaba el carro maldito en medio de la sala donde posiblemente lo habría dejado mi retoño antes de dormir. Lo sujeté con las manos y le moví los botones y comprobé que no eran muy sensible pues después de varias apretadas y manoseadas recién volvió a sonar. Asustado para adentro pero como macho que se respeta por afuera cogí un desarmador y le saqué las baterías.

Ya, si suena sin baterías, ahí sí que me surreo en los pantalones.

Y a ustedes ¿les ha pasado algo similar?

Tuesday, March 04, 2014

Un Agujero En La Calamina




Cuando los estudiantes del tercero de secundaria se enteraron que a la vuelta de la casa del cholo Yataco funcionaba un prostíbulo clandestino con la fachada de un bar de mala muerte llamado “La Tía Irene”, su popularidad empezó a incrementarse de manera exponencial. Pasó de ser un alumno más, a ser uno de los más requeridos en cuanto a consultas de materia sexual se tratara; pues si bien el cholo en los dos primeros años había pasado casi desapercibido, en este tercer año aprovechó la coyuntura para presumir sus dizque altos conocimientos sobre poses, duración, y extravagancias sexuales, obtenidas gracias a sus continuas incursiones nocturnas “voyeurista”, no por la puerta principal de la mancebía, sino por un agujero en la calamina que tenía el local de la “Tía Irene”.

Contaba el cholo Yataco que cada noche  solía subir a su techo, se desplazaba rampando por la techumbre endeble hecha de caña de Guayaquil y caña chancada de sus vecinos,  hasta llegar a la precaria casa del lenocinio y observar por un agujero en la calamina las increíbles anatomías de las meretrices furtivas que allí atendían: “La loli, es buenota tiene unas tetas enormes que le llegan hasta la cintura… la gringa, es una flaquita divina, flaquita pero con buen poto, con un cuerpo de ensueño… y la chata, uy la chata es una cholita rica, durita, apretadita de tetitas paradas, su pose favorita es la licuadora, con un par de vueltas es capaz de hacer terminar en tres segundos hasta el más demorón”.

Sus relatos cada semana iban agrandándose y siendo más espectaculares: orgías, lluvias doradas, squirting, cueros, latigazos, y cuanto se le ocurriera al cholo Yataco. Marcelo su entrañable amigo desde primero de secundaria, cuando el cholo aún era un desconocido para todos, se vio también envuelto repentinamente por la fama de su amigo de carpeta. En una tarde, en uno de los recreos del colegio, embargados por el entusiasmo del despertar sexual planearon estratégicamente como dos delincuentes prontuariados, efectuar una incursión nocturna por los techos de la “Tía Irene”, como si de un asalto a un banco se tratara.

Llegado el día esperaron ansiosos que anochezca. Cuando ya el cielo pasaba del color rojo al negro y empezaba a aparecer la luna redonda en cielo de “La Esperanza”, Yataco emprendió la marcha seguido por Marcelo “Tienes que caminar por estos lados, aquí estamos sobre la pared, estos techos son pura caña chancada, si caminas por el medio se escuchan los pasos y nos pueden descubrir” le advirtió.
Ambos caminaron agachados cruzando dos casas vecinas. Cuando el cholo Yataco, quien guiaba la expedición, llegó a una de las pequeñas divisiones, donde sobresalían como pelos hirsutos varios fierros deconstrucción empezó a arrastrarse lentamente. Marcelo lo imitaba en todo. El cholo se arrastró despacio hasta posar medio cuerpo sobre unas calaminas. En el fondo se escuchaba un bolero de Iván Cruz “… y hoy lamento haberla amado tanto”. “justo aquí queda uno de los cuartos”, dijo el cholo mientras cerraba un ojo para posar el otro en el agujero de la calamina. “¿qué ves?” preguntó nervioso Marcelo tras de él. “espera, espera” respondió Yataco, “está entrando la gringa con un zambo” agregó. Luego de unos segundos “ahora se están calateando” dijo una vez más. Marcelo trataba de hacerse un espacio para ver por el agujero que había improvisado el cholo. “ahora me toca a mi cholito, hazme un ladito yo también quiero ver” le dijo y lo empujó “si ya veo, ya veo, siiiiiiii que ricaaaaaa… pero está un poco oscuro”. “cómo que oscuro” le espetó Yataco y ganó nuevamente la posición privilegiada para observar el espectáculo, “ahí están… mmm que rica es la gringa carajo, ya se me paró, esto amerita una corrida” agregó y se desabrochó los botones del pantalón. “Ya no aguanto más” dijo, sacó el pene y con un total desparpajo se las ingenió para introducirlo por el agujero por donde miraba. “¿qué estás haciendo?” le dijo Marcelo con cierto estupor en el rostro. Y mientras Yataco hacía movimientos pélvicos como quien se tiene una relación sexual un ruido chirriante los sacó de sus febriles alucinaciones. Repentinamente la calamina cedió cayendo los dos estrepitosamente a los pies del catre. “¡Qué pasa mierda!” gritó el parroquiano que hacía uso de las caricias alquiladas. Los dos asustados dentro de la habitación se repusieron apenas de la caída. Yataco con el sexo afuera,  en un último esfuerzo tiró con energía de las sábanas descubriendo que la gringa no era gringa, sino morocha, o mejor dicho morocho, o mejor aún morocho zapatón. “Lo que pensé, era un cabro” gritó Yataco y ambos salieron corriendo por el pasillo, llegando al bar, a la puerta de salida y luego a la calle.

Tuesday, February 25, 2014

Mis 100 Primeros Posts




Exactamente el treinta y uno del mes pasado publiqué mi entrada número cien. Cuando me percaté de aquello me embargó una extraña emoción y se despertó en mí unas ganas inusuales de celebrar. Llamé a un conocido hotel cinco estrellas de la capital Limeña y coticé el costo de una cena-recepción, pensando en invitarlos a todos ustedes que siguen este humilde espacio.

Con la cotización en mano me dispuse a hacerles un sondeo para que me confirmen su asistencia (incluido a aquellos que residen fuera de la capital o del país a quienes les había cotizado pasajes y estadía), sin embargo al entrar a sus blogs noté que muchos superaban las trescientas, quinientas e incluso ochocientas entradas en su bitácora.

Apocado por mi escasa producción llamé al hotel y cancelé la reservación aduciendo que por motivos ajenos a mi voluntad se iba a postergar la reunión para una fecha que comunicaría con anticipación.

Habiendo perdido ya las ganas de celebrar pomposamente mis ridículas cien entradas, he decidido postergarla hasta la publicación de la entrada número mil y en su reemplazo hacer este humilde post donde pretendo repasar algunos relatos.

Aunque sé que este tipo de “posts” donde uno hace un ranking generalmente nadie los lee (o nadie entra a los links), igual lo he querido hacer por un acto de reivindicación conmigo mismo.

Por otro lado sé que es injusto (para mi) porque a todos los “posts” les guardo un afecto especial. Los escribo con muño cariño y particularmente me divierto escribiéndolos; de modo que esta selección es prácticamente los que se me han venido en estos momentos a la mente. A ver, si no han leído alguno de ellos, anímense a darle clic:

1.
En una de mis vacaciones de verano en Lima, me encontré con un compañero de estudio que también había venido a vacacionar a la capital. Juntos salimos a dar unas vueltas por la inmensa ciudad hasta que llegamos al jirón Cailloma, donde la lujuria y el sexo nos arrastraron a pasar estas aventuras.
"Aventuras en el jirón Cailloma"

 
2.
Dicen que para superar los traumas hay que contarlos. Guardártelos es lo peor que puedes hacer. Así que en este post escribí mi primer trauma cuando llegué a Lima. En unas vacaciones de verano fui víctima de un ladronzuelo de poca monta. Me bautizaron por inocente.
"Mis primeras adidas"
http://eduardounalm.blogspot.com/2011/09/mis-primeras-adidas.html


 
3.
A veces los recuerdos vienen de golpe en esas noches sin sueño. Y uno no sabe por qué te llegaron así de la nada, sin ningún motivo, sin existir ninguna chispa que haya desatado el  fuego vivo del recuerdo. A veces pasa y así salió, de golpe, a las 3 de la mañana, en 5 minutos, este post un poco triste:
"Aunque tú no lo sepas"
http://eduardounalm.blogspot.com/2013/10/aunque-tu-no-lo-sepas.html

 
4.
No quiero usar palabras bonitas para definir el estado en el que te sumerges cuando estás enamorado. Simplemente te vuelves idiota. Eso es lo que me pasó en una etapa de mi vida. Cancelé un ensayo con mi banda de rock (una de mis grandes pasiones) por ir a ver una mujer con resultados poco alentadores.
"Por el amor de una mujer"
http://eduardounalm.blogspot.com/2008/10/por-el-amor-de-una-mujer.html


 
5.
Siempre quise escribir poemas y valgan verdades me gané un poco de respeto en estos menesteres en el tiempo que estuve en secundaria. Y no por mi creatividad sino por mi habilidad de ir traduciendo canciones y parchando pedacitos de aquí y de allá.
"El peor de todos"
http://eduardounalm.blogspot.com/2011/09/el-peor-de-todos.html


 
6.
Cuando estaba en el colegio subir al techo a tomar el sol y mirar el horizonte era una de las cosas que más me placía. Mi estado de procrastinación cambió radicalmente cuando una nueva niña se mudó a la casa vecina y coincidentemente su azotea, daba con el techo de mi casa. Amor de colegio, amor del bueno.
"Vestido de mujer"
http://eduardounalm.blogspot.com/2011/11/vestido-de-mujer.html


 
7.
¿Creen en el amor a primera vista?. Pues eso me pasó cuando vi a una impulsadora en una de las tiendas de Wong. Aún estaba en la universidad y por conocerla postulé e ingresé a trabajar allí. Del resultado de esta aventura sólo salió una “misiva” poco común, que nunca llegué a entregársela. Después de leerla, ¿ustedes creen que me hubiera aceptado? (este post tiene dos partes y por primera vez realicé un sencillo concurso que tuvo como resultado una feliz ganadora).
"Kathy Kotex y el Chico Pejerrey"
http://eduardounalm.blogspot.com/2012/09/la-impulsadora.html
 
http://eduardounalm.blogspot.com/2012/10/kathy-kotex-y-el-chico-pejerrey.html
 

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