Friday, November 22, 2013

Crónica De Un Dolor (Parte II)



La primera parte AQUI.




Seguí religiosamente las indicaciones del médico pero lejos de aliviarme el dolor, se complicó mi situación, esta vez con fiebre y escalofríos. Las 6 pastillas diarias que tomaba sólo causaron un efecto verdadero, en mi pobre estómago.


El día miércoles con todos los síntomas del mal, me dirigí por emergencia a una clínica cercana a mi trabajo. Nuevamente tuve que ir enseñándole el “totorrete” a cuanto doctor se acercase a inspeccionarme. Casi cerca de las 8 de la noche el último de ellos, me dijo “te quedas, hoy mismo te operamos”. 


Yo que había ido saliendo del trabajo y sin ninguna preparación me quedé solo y abandonado en una clínica “fichona” ubicada en San Isidro, lejos de mi casa, como un hongo, a enfrentar lo que vendría después.


No quiero extenderme con este relato penoso, así que sólo voy a mencionarles algunos datos curiosos.


1.

Antes de ir por emergencia a la clínica y habiendo estado todo el día sentado, parado, caminando y haciendo un sinfín de actividades, y sabiendo que me harían bajar los pantalones en la clínica, me metí al baño del trabajo y me di una lavada de "poto". No me podía aparecer todo cochinón a la clínica, peor aún que me había empujado en el almuerzo un "tacu tacu" de menestras con pescado frito. Imagínense que durante la revisión del doctor me encuentren una cáscara de frejol o un par de lentejitas.



2.

Como estaba lejos de casa y solo, Janecita no podía venir a apoyarme, tenemos un hijo pequeño y siempre primero será él. Mi cuñado fue quien se acercó y fue él quien me apoyó en esos momentos difíciles.



3.

Cuando pasé a la sala de operaciones solo llevaba puesto una bata y abajo totalmente calato. Había dos enfermeras, una anestesióloga y el médico cirujano. Ni en mis fantasía sexuales más descabelladas me habría imaginado que tres mujeres juntas me vieran calato.



4.

“Va a dormir un ratito” me dijo la anestesióloga. Yo sonreía nervioso mientras pensaba “NO ME VOY A DORMIR, tengo miedo de no despertar o lo peor, que se le pase la cuchilla al cirujano y termine por mutilarme el colgajo dejándome mocho, mochila, mochica-chimú”. La anestesióloga me aplicó un líquido por el catéter  y lo demás fue historia. No recuerdo nada. Cuando desperté ya estaba en la “sala de recuperación”, gracias a Dios, totalmente consciente y con “el tesorito” completo.



5.

Al día siguiente se apareció el médico nuevamente, me revisó, llamó una enfermera nueva. Me curó y me cambió el parche y me dijo “si deseas hacer tus deposiciones, llamas por el timbre a la enfermera para que te ayuden  y te cambien el parche”. “¿Qué voy a cacarear acá?” pensé. “Me las aguanto hasta mañana que me den de alta”. El problema fue que me trajeron jugo, leche en el desayuno, frejoles en el almuerzo y pollo con champiñones en la cena. A las tres de la mañana del día siguiente me levanté con unas ganas de terribles de liberar los intestinos. Me contuve  hasta las cinco que le toqué el timbre a la enfermera “señorita, disculpe, quiero hacer mis deposiciones (sic), YO PUEDO HACERLO SOLO” aclaré, “pero por favor indíqueme cómo tengo que hacer para limpiarme”. “Un momentito, la enfermera está poniendo una vía y en cuanto se desocupe va a venir”. Esperé cinco minutos, diez, quince, media hora y no se aparecía la bendita enfermera. No aguanté más. Caminé medio inclinado, me jalé los esparadrapos, los parches y “bururururún” alivio total. Luego me pegué un baño y esperé al médico para que me dé de alta de una buena vez.



6.

Para darme de alta el médico me dio una receta con pastillas de todas las formas y una crema. Me dio las recomendaciones de lavado de la herida, mínimo tres veces por día y cubrirla con una gasa. Pero me advirtió que poner una gasa allí era medio complicado pues se mueve  y puede caerse. Por esa razón me recomendó usar mejor una toalla higiénica. “ya tú le preguntas a tu esposa, cuál es mejor” me dijo el médico riéndose. Las primeras que compré y por ser un completo ignorante, me las puse de frente y me resultaron totalmente incómodas. Luego descubrí que tenía que quitarles algunos autoadhesivos y esa era la razón por la que me venía molestando. Bueno, ahora soy toda una experta, así que cuando quieran hablamos chicas! Siiiiiiiiiiiiiiiiiii.



7.

Conversando con Janecita por teléfono y ya sabiendo que tenía que quedarme un par de días le pedí: “tráeme una maleta, calzoncillos limpios, un polo, un jean y un par de zapatillas”. Cuando llegó no trajo la maleta y me dijo “tus zapatillas están viejas, te he traído tus zapatos y no te traje tu jean porque te va hacer daño a la herida, mejor te he traído tu buzo”. Así que ya saben, al final abandoné esta clínica “fichona”, “nice” en buzo y zapatos y llevando el resto de mi ropa en 2 bolsas blancas de Metro.


Bueno, gracias estimados lectores por su preocupación y por soportar esta crónica llena de tristezas y desgracias. Ahora me siento bien pero estoy en evaluación. Espero que el próximo mes ya esté retomando mis actividades deportivas y empujándome mi tacu tacu de lentejas sin culpa alguna. Un abrazo a todos.

Tuesday, November 19, 2013

Crónica de un Dolor (Parte I)



No hay cosa peor para un varón que tener que bajarse los pantalones, resignado y redimido frente a un total desconocido, para que hurgue entre sus oquedades, entre sus intimidades y con su venia toque esas zonas que alguna vez pensó jamás dejaría que alguien más las tocara.




Todo empezó el domingo con un dolorcillo pequeño "ya se pasará" me dije. Quizás un inusual estreñimiento o una mala limpiada de poto había terminado por dañar esa parte intocable de mi cuerpo. El lunes ya me dolía al caminar, al sentarme o al cargar un peso. Hasta ya le había agarrado un miedo terrible a estornudar. "¡Carajo a mi edad descubro que eso es una especie de centro de gravedad!". Ya preocupado me doy cuenta para mi alivio que no era ahí sino "más allacito". Al costadito. En el pliegue, se me había inflamado terriblemente.
 
Preocupado llamé a la clínica para pedir una cita. "Quiero una cita para medicina interna, a partir de las 6 y 30 de la tarde por favor". "Si tenemos espacio con la doctora Teresa Ramos". Se me erizaron los pelos. Tenía claro que para mi diagnóstico me pedirían bajarme los pantalones y aunque no suene muy macho prefería en ese momento que sea un varón. Entre mostrarle las bolas a una doctora o el culo a un doctor, prefería lo segundo. Cambié de inmediato de galeno.
 
Mientras me dirigía a la clínica manejando iba tratando de preparar mi explicación para el doctor. Como hombres nos entenderíamos.
 
Llegué. Me registré y pasé a espera. Mientras hojeaba esas revistas frívolas que suelen poner en las salas de espera, escuchaba por los parlantes "paciente Juan Rosas pasar a cardiología 5". Por un momento me llegaron ideas descabelladas a la cabeza. Empecé a imaginarme que me llamarían pronto por todos los parlantes de la clínica "señor Marcelo Gasan, que está mal del culo, pasar a Consultorio 7". Me tranquilicé. "Bah! eso no podía pasar, ni siquiera saben lo que tengo".

Al rato escuché mi nombre y me dirigí al consultorio. Me recibió un doctor que en mi putañera vida había visto pero que lo pedí sólo por ver su nombre en la web. "Dime Marcelo ¿en qué te puedo ayudar?". Un poco nervioso al ver sus manos gigantes entrelazadas en el escritorio, le empecé a explicar mi dolor y en la zona que se había producido. "A ver" me dijo. "Échese en la camilla y bájese los pantalones".


A estas alturas ya me había resignado. Mientras me echaba en la camilla y desataba mi correa, el doctor se iba poniendo unos guantes de látex. De inmediato se me vino a la mente todos esos chistes que solía hacer a mis amigos “el doctor que te hizo la prueba no se puso guantes de látex sino guantes box”. “Maldita sea porque me viene esos chistes tontos a la cabeza ahora”.


Resignado me eché de costado con los pantalones abajo. Después de revisarme y toquetearme el médico concluyó. "Es un absceso". "¿Qué es eso doctor?" pregunté. "Es una infección e inflamación del tejido del organismo caracterizado por la hinchazón y la acumulación de pus" respondió. Creo que fue la manera más técnica de decirme que me había salido un forúnculo en el culo.

Me recetó una serie de antibióticos y antinflamatorios y me mandó a casa.
 

Pero lo peor aún estaba por venir.

(CONTINUARÁ)

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