Thursday, August 15, 2013

¡Oh Sandy!





Advertencia: Si ven algún parecido con el más grande de los grandes,  Julio Ramón Ribeyro, es que a los dos nos pasó casi lo mismo.
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Cuando me encargaron acompañar a mi abuela a visitar a un familiar lejano ubicado en las afueras de Pisco, lo tomé de mala gana. A mis 15 años hubiera preferido quedarme en casa, jugar pelota con mis amigos o simplemente pasarme el día despatarrado en el sillón de la sala escuchando música.

Al día siguiente salimos rumbo a las afueras de Pisco, donde desaparece la ciudad y aparecen las chacras. Llegamos a una casita enclavada al pie de unas parcelas. Árboles de pacae y guayaba rodeaban el perímetro de la propiedad.

“Vas a saludar a tus tíos” me decía mi abuela. Y yo de mala gana solo asentía la cabeza sabiendo que en realidad, ni siquiera eran familiares nuestros. No había persona en Pisco que no fuera familiar de mi abuela, de cuarta generación, de afinidad, de consanguinidad, hasta de juramento, pero al fin y al cabo todos eran sus familiares.

Caminamos por un sendero y unos perros salieron a ladrarnos. Luego aparecieron unos niños y más atrás unas señoras con sombrero de paja. Cuando reconocieron a mi abuela nos llenaron de atenciones y nos hicieron pasar de inmediato a la casa. Nos ofrecieron agua fresca y frutas recién cortadas. Las conversaciones de mi abuela y las señoras me conminaron a un viejo sillón al lado de la sala. Cuando empezaba a ganarme el tedio y el aburrimiento, apareció en la sala una niña quinceañera ataviada de un pantaloncillo corto y un polo ceñido al cuerpo. “Hola” dijo resuelta. “saluda a tu prima Sandy” me dijo mi abuela, “no seas chuncho” agregó aplicándome un codazo. “hola” le dije y le di un beso en la mejilla.

Desde que la vi supe que Sandy era una especie de princesa en ese reino lejano, daba órdenes a sus hermanos y renegaba de las cosas viejas que había que cambiar. Yo sólo la veía moverse y apreciar su belleza adolescente, casi salvaje. Traté de acercarme a ella. Le sonreí un instante cuando se cruzaron nuestras miradas. Mi invitación gestual dio resultado y se sentó a mi lado. Me dijo “¿y tú dónde vives?”, “En Pisco”, respondí resueltamente. “Quién como tú, yo ya quisiera irme de acá y estar en la ciudad” me respondió. Miró mis manos y me dijo “Mira tus manos, se parecen a las mías, parecen de mujer…”. Un poco avergonzado sólo atiné a sonreír.

Luego de unos instantes, salimos de la casa a dar unas vueltas por la propiedad hasta que llegamos a un árbol enorme de pacaes. La dueña de la casa comenzó a contar que Sandy se subía en contados segundos hasta las ramas más altas. Sandy saltó sobre el árbol y haciendo esfuerzos llegó hasta las frutas que colgaban. Desde arriba lanzó algunos pacaes.

Un poco picón porque me había dicho que mis manos parecían de mujer, la reté, delante de todos, a que yo podía subir más rápido. Sin esperar su respuesta de dos saltos llegué hasta a su lado  en menos tiempo. Y como era ligeramente más alto alcancé algunos pacaes más jugosos y se los dejé en sus manos. Las tías celebraron mi agilidad aplaudiéndome. Sandy, en sus ojos reflejó la cólera y me dijo apretando los dientes “Ahora vamos a ir al árbol junto al arroyo y esta vez será de verdad. El que lo haga en menos tiempo… ¡le dará un castigo al perdedor!”.

Por un momento me arrepentí de haber desatado la cólera de Sandy. Bajamos y seguimos caminando hasta que en un instante  me jaló del polo y nos desviamos del grupo por otro sendero que conducía al arroyo. Al pié había un árbol enorme. Ella caminaba por delante sin decir palabra alguna. Yo atrás observaba su figura, su pelo negro azabache sujeto con una liga y sus piernas fuertes y gruesas como dos árboles.

Cuando llegamos, con un palo hizo una línea imaginaria y me dijo con voz firme y seria  “de acá partiremos y quien suba primero al árbol hasta la rama que da al arroyo ganará”. Antes que pudiera preguntar algo, dijo “uno, dos y tres” y partió como una gacela hacia el árbol. Corrí tras de ella y no me fue difícil alcanzarla. El problema surgió que no encontraba donde apoyarme para subir. Sandy, conociendo ya por donde trepar, fue por la parte posterior y como una gata montesa  subió hasta la rama que daba al arroyo. Ya derrotado y siguiendo sus pasos subí hasta su lado. Ella miraba el horizonte desde la copa del árbol:

 “Nunca más te atrevas a retarme”- me dijo. “¡todos los que me han retado han perdido!”- añadió

Guardé silencio.

 “y no creas que me he olvidado del castigo” – volvió a hablar.

- “de acuerdo…, ¿qué quieres que haga?”- le respondí casi retándola.

-“Cierra los ojos”- ordenó

Por un momento dudé

- “Cierra los ojos, te dije, cumple tu palabra”- volvió a ordenarme

Con un poco de miedo cerré los ojos

- No los abras- me dijo esta vez casi susurrando con voz dulce, extraña en ella.

Sentí su respiración rozando mi rostro, luego sus labios tocando los míos hasta besarme tímidamente.
A pesar de sentirme como presa de un animal salvaje, no quería abrir los ojos. Su lengua recorrió mis labios hasta que repentinamente sentí sus dientes mordiéndome y luego un empujón que me tumbó hasta caer desde el árbol hasta el arroyo. Hundido en el agua solo atiné ver a Sandy correr entre los matorrales rumbo a su casa.

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