Wednesday, July 31, 2013

La Geometría de Su Cuerpo (Parte Final)

Esta es la segunda parte. Aunque me salió un poco eroticón, no con la calidad, finura y elegancia de los escritos de la Mina Treintañera, sino más bien algo chabacano, burdo, arrabalero, pero a fin de cuentas, las cosas como son. Advertidos están.




La Primera parte AQUI

Los dos apoltronados en su sillón, uno al lado del otro fuimos conversando de cosas banales, hasta que Marita me dijo “tú no tienes barriga, quién como tú” y me tocó el vientre. “estás flaco, tienes que comer más” agregó y me sobó nuevamente. Luego movió sus dedos simulando una araña que se desplazaba poco a poco hacia abajo hasta tocarme justo allí. Y como en Pisco todos comemos harto pescado y mariscos, de inmediato me hizo efecto todas las parihuelas, cebiches, chilcanos, uñas de cangrejo, ponches de erizo y consomés de aleta de tiburón que había venido tomando desde mi chiquititud; no hubo tiempo de concentrar la mente en otra cosa y fue demasiado tarde, el tacto de sus manos lanzó una chispa eléctrica por mi cuerpo y de inmediato desató el incendio. Fue inevitable, el Dr. Banner se transformó en el increíble Hulk y ya estaba en posición de ataque, con la bayoneta afilada, con el bate para batear, con la bandera para desfilar, con la guitarra para enchufar, con el pabellón enarbolado. Y créanme, en esas circunstancias, ya no tienes control sobre tu cuerpo, esa cosa adquiere vida propia, piensa por sí sola, se mueve a su voluntad y hasta late con su propio corazón.

Su mano izquierda se deslizó ágilmente mientras ella se ponía de costado “¿por qué tiemblas?” preguntó. Sonreí nervioso mientras sentía que me ronroneaba el bajo vientre como un gato engreído. Serpenteó su mano, me bajó el cierre despacio, y lo sacó del pantalón.

Sudaba nervioso y cuando ya estaba listo para sacarle el seno, el coseno, la tangente y el ángulo teta, de improviso abrieron la puerta. No tuve tiempo de acomodarme, de guardar el tesorito y a lo único que atiné fue a jalar un oso de peluche que había sobre el mueble y ponerlo sobre mis piernas.

- Hola chicos ¿qué hacen?- Preguntó su mamá, totalmente ajena a lo que estaba pasando

- Descansando un rato después de tanto estudiar-respondió Marita arreglándose el cabello, con una naturalidad única, como si se hubiera graduado con honores en alguna escuela de actuación de Broadway.

Yo aún con el corazón latiendo a mil, solo respondí “buenas tardes señora”.

- Te presento a mi mami- dijo Marita –y ella es mi hermanita- agregó.

La señora se acercó. Me levanté aprisionando el oso de peluche sobre mis partes nobles y le di el respectivo besito a la señora:“mucho gusto le dije” y le hice un gesto de saludo a su hermanita pequeña.

La señora se sentó en el mueble del lado y empezó con una conversación larga y tediosa y yo aprisionando el oso de peluche sobre mis piernas y tratando subrepticiamente de guardar el paquete en el pantalón, pero la señora seguía y seguía hablando. En ese instante interrumpe la pequeñita:

- Mi oso- dijo

Y si yo hasta ese momento estaba preocupado, me volví de pronto un manojo de nervios, me cascabelearon los dientes y temí que me descubriera así con mis partes afuera y pensara que era un enfermito, un depravado, un libertino, un corrompido desviado que estaba tratando, literalmente, de violarme al oso de peluche.

- Pr-pr-préstamelo un ratito- dije nervioso y acaricié con poca convicción la cabeza del oso.

- ¡Mi osoooo!- volvió a decir la mocosilla rompiendo en llanto.

- E-e-es que yo tenía uno igualito- mentí descaradamente tratando de salvar mi buena reputación de chico estudioso, amable, respetuoso y educado que tenía ganado en el barrio.

Y miré a Marita, esperando que me lance un salvavidas, una palabra que desvíe las miradas, una bocanada de oxígeno; pero ella, solo atinó a romper en carcajadas.

Para resumir lo que vino después es que Marita desvió la atención, dándole su celular a su hermanita. Aprovechando ese instante decidí salir de la casa con el oso entre las piernas.

Si queda una moraleja para esta historia es la siguiente: El hombre que es hermoso, si no hay chica, bueno es un oso (cualquier parecido con otro refrán es pura coincidencia).
Y a ustedes alguna vez los sorprendieron? Desinhíbanse y cuenten sus historias en los comentarios.

Tuesday, July 23, 2013

La Geometría De Su Cuerpo







Cuando uno está caliente, está caliente. Cuando estás Nicolás (Arriola), uno se vuelve un troglodita, un cavernícola, un primitivo, un carpetovetónico, un animal irracional, una bestia impulsada por las hormonas, una fiera gobernada por el instinto de conservación de la especie, que sólo busca ir por ahí regando su semilla. Así se vuelve uno si te calienta la persona adecuada, si te toca, te toquetea, si sabe “encontrar el punto exacto donde explotas al amar”.

Empiezo así, porque hoy en la mañana vino a mi mente la frescura y la osadía de Marita. Y es que cuando cursaba el quinto de secundaria, esta jovencita se había dispuesto hacerme la vida imposible, a calentarme, a alborotarme las hormonas y luego a dejarme, como se dice en el argot callejero, “en pindinga”. Recuerdo, 1989, cuando después de muchos coqueteos previos, acercándose bastante a mi, hasta invadir mi espacio personal y con esa voz media ronquita y cogiéndome el brazo, me dijo “¿puedes ir en la tarde a mi casa a enseñarme matemáticas?”. Del sólo sentir su toque por poco me veo con “Parodi”. Tartamudeé, me puse rojo y prácticamente con gestos le confirmé que iría.

Después de todo no debería pensar que Marita intentaría algo, o que yo debería hacerlo. Ella, en efecto, le había ido mal en matemáticas en todo el año, y ya casi llegando a las finales, sólo unas buenas notas podrían salvarla del desastroso y temido rojo de la libreta. Yo por mi parte, me había destacado en el colegio, como siempre, humildad aparte,  como alumno estrella en matemáticas; y ella siempre me repetía “me gustan los hombres inteligentes”. Esas palabras salidas de sus labios me hacían berrear como un estúpido y me tropezaba, farfullaba, me atoraba y la sangre se me subía a la cara hasta ponerme rojo como una manzana de Calango.

Llegué aquella tarde a su casa, dispuesto a demostrar que era un sujeto versado, lúcido, espabilado. Mi previo repaso de las clases anteriores del quinto y cuarto de secundaria me  harían caer bien parado, y ninguna pregunta formulada me haría quedar como un ignorante, un zopenco, un iletrado.

Pasamos a su sala, nos sentamos un rato en la mesa y empecé a explicarle paso a paso, poco a poco, cada ejercicio de las clases del último bimestre. “A ver, como se resuelve esto” me preguntaba acercándose cada vez más a mi. Su cercanía me ponía nervioso hasta perder la concentración y terminar confundiendo las palabras y llamar al triángulo, trapecio; a la bisectriz, meretriz;  al baricentro, ortocentro y al circuncentro, circuncisión. Después de un buen par de horas de inútiles explicaciones de rectas, rayos y segmentos terminamos por sentarnos un rato en su mueble, para descansar o como dijo ella “para refrescar la mente”.

Aunque, a decir verdad, en ese instante yo contenía las ganas de decirle:

“Sabes que soy el COMPLEMENTO de tu SUPLEMENTO, tenemos mucho en COMÚN MÚLTIPLO. Aunque estuve un tiempo EQUIDISTANTE, hoy me gustaría verte en ÁNGULO DE 90 GRADOS y hallar tu SENO y tu COSENO. Hacerte saber que la GEOMETRÍA de tu cuerpo y el ARCO de tus CURVAS pone mi π en PARÁBOLA, en HIPÉRBOLA. Elevas a la MÁXIMA POTENCIA mi LOGARITMO NEPERIANO. Me gustaría agarrarte en un TRAPECIO como CÓNCAVO y CONVEXO, en HORIZONTAL y VERTICAL y si quieres invita a tu PRISMA y hacemos un TRINOMIO. Ven Sácame el FACTOR COMÚN, recibe mi SEGMENTO y mis TRAPEZOIDES hasta dejarme SECANTE.

Sé que esto puede ser una FRACCIÓN IMPROPIA o un NÚMERO IRRACIONAL pero por favor no me dejes como una ECUACIÓN INCOMPLETA, como un MONOMIO, como un CONO TRUNCADO , sino, no me quedará más remedio que verte en NÚMERO IMAGINARIOS y hacer CALCULOS MANUALES”.
 

(Continuará)

Tuesday, July 02, 2013

Fotonovela




Rebuscando entre revistas antiguas que mi abuela guardaba en una vieja maleta, encontré una fotonovela en blanco y negro. Yo que normalmente había sido esquivo a cualquier lectura destinada al público femenino me quedé atrapado con los primeros gráficos de la historia. En ella un sujeto recluido en una prisión le contaba a su compañero de celda cómo había conocido a la mujer de sus sueños. Recostado sobre su camarote relataba con minuciosidad sobre la belleza de su novia, su dulzura, su fragilidad, el encanto de sus ojos, la finura de sus cabellos, su olor, su forma de caminar, la forma tan peculiar de haberla conocido. En las primeras cinco páginas narró con un entusiasmo singular cada detalle de su novia que literalmente, terminé por enamorarnos de ella.
 
Al voltear la última página encontré una jovencita preciosa, casi adolescente. Bastó ver su rostro para saber que era ella de quien hablaba. Julia, era su nombre y era tal cual la había venido imaginando. La ternura en la expresión de sus ojos solo me confirmó que me había enamorado de la foto de una revista, del retrato de alguna actriz poco reconocida de un magacín antiquísimo y que posiblemente en el año que llegué a descubrirla, ella ya sería alguna octogenaria abuelita.
 
Saqué la revista de la maleta y la llevé a mi cuarto. Cada noche leía y releía la historia sin cansarme de contemplar sus ojos y esa tierna sonrisa que esbozaba en sus labios. Podría jurar que los gestos de su rostro cambiaban día a día. Cada vuelta de página que daba me iba enamorando cada vez más de ella.

Tenía 13 años, cursaba el segundo de secundaria cuando le conté a Ricardo, mi compañero de carpeta y mejor amigo, que había conocido a una chica preciosa y que me había enamorado de ella. Le empecé a contar una verdad a medias, le dije que la había conocido porque había llegado a mi casa repentinamente, que la trajo mi abuela y le empecé a relatar sobre su belleza, su dulzura, su fragilidad, el encanto de sus ojos, la finura de sus cabellos y hasta su olor. Le hablé con fervor de mi amor por ella y le confesé que ese primer día que nos vimos le había dado un beso a escondidas, en un lugar poco concurrido de mi casa.

Lo que nunca le dije es que Julia sólo era una modelo de fotonovela y que los besos que le daba, sólo eran besos a una vieja revista.

Cada tarde en los recreos del colegio, conversábamos siempre de nuestras enamoradas, él de su vecina y yo de Julia. Pero al transcurrir lo días, Ricardo empezó a poner en tela de juicio, más que mi amor por ella, el amor de ella por mi. “Creo que tú te has enamorado platónicamente y ella, seguro ni se entera”. En cada conversación terminaba pidiéndome pruebas que Julia en verdad estuviera enamorada de mi. “Muéstrame su foto”, “¿por qué no tienes su foto?” me interrogaba. En esos años, la prueba fehaciente de que una chica era tu enamorada era tener su foto carné en tu billetera con su respectiva dedicatoria en la espalda.

Para eludir sus cuestionamiento y para hacerle saber que en efecto Julia era mi enamorada, redacté una supuesta carta de amor que ella me escribía, la hice en un papel rosado arrancado de una libreta de mi hermana, simulé una letra muy distinta a la mía, la adorné con corazones y stickers, la perfumé con una loción de mamá y al día siguiente la llevé al colegio.

Ricardo al ver, oler y leer la carta terminó por convencerse que Julia en verdad estaba enamorada de mi, pero lo que noté también es que cada vez quería saber más de ella, quería saber dónde estudiaba, por dónde vivía, que cosas me había regalado y sobre todo quería ver su foto. El brillo de sus ojos y la insistencia para que le contara cada detalle de ella levantó mis sospechas y empecé a conjeturar que Ricardo quizás se estaba enamorando de la misma mujer de quien yo le hablaba cada día.

Pero mi amor duró lo que dura el tiempo que toma una madre en darse cuenta que el cuarto de su hijo se ha convertido en una pocilga. Una tarde de aquellas al volver a casa del colegio, descubrí que mi progenitora había hecho limpieza en mi cuarto y la revista había ido a parar a algún relleno sanitario, fuera de la ciudad.
 
Por más que busqué otra vez en la vieja maleta los cientos de revistas con fotonovelas, no volví a ver a Julia, nunca más.

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