Monday, April 15, 2013

Un Día Contigo





Apoltronado en una silla con mi guitarra perfectamente afinada, un papel arrancado de un cuaderno cuadriculado y con un lapicero publicitario, me dispuse a escribir. La inspiración difícilmente llega y tenía que aprovechar ahora que tenía esa necesidad visceral de componer. Las letras caían en el papel como esquirlas de este corazón reventado, las frases y oraciones fluían fácilmente y se acomodaban impecablemente a los acordes de la canción. Y es que ya había pasado un buen tiempo desde que había conocido a Ivoncita, solíamos llevar los cursos juntos, hacer trabajos hasta tarde y compartir una que otra película en la cinemateca de la universidad. Había llegado el momento de decirle que empezaba a necesitarla, que pensaba en ella más de lo normal y que me acepte como su enamorado.


Pero si algo no quería, es que mi declaración de amor fuera como lo haría cualquier otro. Si la belleza física no me acompaña al menos debo marcar diferencias en otros ámbitos. Ese siempre fue mi pensamiento, de modo que si debía declararle mi amor a Ivoncita no había nada mejor que hacerlo con una canción y frente al auditorio de la universidad. La oportunidad ya estaba dada: nuestra presentación en la Semana cultural de la facultad.

Al otro día me aparecí con la canción al ensayo del grupo “¡tenemos que tocar esta canción!” les dije con total firmeza. Después de escucharla, hacerle los arreglos necesarios y ensayar una buena cantidad de días, estaba preparada para incluirla en la lista de temas que tocaríamos en la fecha que nos habían programado.

Allí estaría Ivoncita y sería la mejor oportunidad para decirle que era la chica de mis sueños. Esto de declararse con una canción sólo lo había visto en las películas, así que no podría resistirse a tanto romanticismo y caería rendida a mis pies. La noche anterior a la presentación casi no pude dormir pensando cómo sería todo, cómo debería actuar al final de la canción, quizás me bajaría del escenario, la multitud me abriría el paso y dirigiéndome hasta donde ella, la tomaría por los brazos y simplemente le diría “Te amo” y terminaría con el beso de película.

El problema es que yo no cantaba ni en la “Dirincri” así que la mejor opción era decirle a nuestra vocalista que dijera unas palabras previas a la canción como quien no quiere la cosa, como algo espontáneo, como si me delatara, como si me lanzara al ruedo para que de una vez le declare mis sentimientos a Ivoncita.

Entonces, un día antes le escribí en un papel lo que tendría que decir:

“Esta canción fue escrita por nuestro bajista Eduardo. Y la hizo para una persona muy especial que ha empezado a ocupar su corazón y que hoy, de una vez, deberá confesarlo. Con mucho amor, de Eduardo, para Ivón.”

El día de la presentación le entregué el papel a Mery para que suelte el discurso y le advertí cientos de veces que no se olvide hablar de forma natural, espontánea, como si le naciera a ella de manera voluntaria.

Antes de salir nos echamos unos cuantas copas de Pisco Puro, para distender los músculos, relajar los ímpetus y salir tranquilos. Arrancamos como siempre con un par de canciones movidas. Mientras iba avanzando nuestra presentación buscaba desesperadamente a Ivón entre la multitud. Al cuarto tema por fin la pude ver que llegaba poco a poco hasta las primeras filas. Una sonrisa iluminó mi rostro, las cosas empezaban a salir tal como lo había planeado hasta ese momento, excepto porque había divisado a un sujeto tras de ella que se le pegaba mucho y que le hablaba de vez en cuando al oído.

Cuando llegó el momento de interpretar la canción, Mery alterada por el Pisco que corría por sus venas, por las luces multicolores que la iluminaban y por la adrenalina de estar cantando ante el auditorio, miró disimuladamente el papel y dijo:

“Esta canción fue escrita por nuestro bajista Eduardo. Y la hizo para una persona muy especial que ha empezado a ocupar su corazón y que hoy, de una vez, deberá confesarlo…” y toda la gente dijo casi al unísono “uuuuuyyyy” como volviéndose cómplice de este inconmensurable amor. Luego Mery volvió a mirar el papelito de soslayo y dijo:

“Con mucho amor, de Eduardo, para IVÁN.”

Y antes que pudiera decir algo, arrancó las primeras melodías de la canción.

(Aquí, como dice mi amigo Orthos: PONED EN MARCHA EL REPRODUCTOR)




Sonrojado y sin oportunidad de hacer alguna corrección, traté de escabullirme tras unos amplificadores, más aún que todo el público de inmediato volteó a mirar a Iván Zambrano, un moreno fortachón que trabajaba como seguridad en las instalaciones de la universidad.


Pero lo peor no quedó allí. Como la canción estaba tan romántica, pude ver que Ivoncita era tomada por la cintura por ese mismo sujeto que se le pegaba mucho y le aplicaba su respectivo beso tras la oreja.

Y mientras ellos se acaramelaban y besaban yo sólo me resigné a hacerles el marco musical.

(Esta fue la canción que le escribí. La letra fue recompuesta luego conforme lo sucedido. La chica que aparece en las imágenes NO es Ivón, es Mery la cantante).



Thursday, April 04, 2013

Es Un Infierno Vivir Sin Ti

 
Vestido de negro, greñudo, esmirriado y con una apariencia de drogadicto, solía caminar cuando tenía 16 años. Así me aparecía cada mañana en “la pre” con mi mochila garabateada con los nombres de los grupos de rock que me gustaban. Por eso me sorprendió que Amanda, una de las chicas más bonitas del aula, modosa y recatada, me hablara tan dulcemente y me preguntara por los grupos que jamás imaginé que fueran de su agrado. “¿tienes el último cassette de Alice Cooper?”, me preguntó. Y yo, que en efecto lo tenía, respondí de inmediato que si, que me parecía muy bueno y le vertí mi apreciación por unos cuantos temas del “Trash” de Alice Cooper. “¿Me lo puedes prestar?... yo no lo he conseguido” me dijo. “claro” le respondí enfáticamente. Luego de ofrecerme tan gentilmente a prestarle parte de mi música me percaté que lo único que yo tenía era una mala copia del cassette original de Alice Cooper que me había prestado de mi amigo Raúl López, metalero incondicional, pelucón, belicoso, fortachón y que solía andar metido en líos y broncas con los “punkekes” de otros barrios.
Minutos después resolví que prestarle una mala copia de la cinta original, en un cassette “Magnet” con un sonido deplorable y una fotostática en blanco y negro como portada, resultaba, por decir lo menos, impresentable para una chica tan bonita como Amanda, acostumbrada a las comodidades, a la vida placentera y que solía desplazarse por las movidas rockeras de Miraflores, mientras yo, sólo pululaba por “la colmena”, por las afueras de la Universidad Villarreal comprando cintas piratas entre ladronzuelos y rockeros desaliñados.
Metido en ese nuevo problema y bajo el pretexto de haber borrado accidentalmente mi cassette le pedí nuevamente prestado la cinta original a Raúl, quien me prestó bajo exageradas advertencias de cuidado y con la firme promesa de devolvérsela a más tardar el viernes venidero. Al día siguiente simulando que era mi cassette lo llevé a “la pre”, y se lo presté a Amandita. Fingiendo cierta soltura le dije: “ahí está el cassette que hablamos ayer, escúchalo, tómate tu tiempo para que lo analices bien”. “Uy que emoción”, me dijo. Auscultó el cassette y agregó “Es Americano, ¿cómo lo conseguiste?”. Me agarró un poco frío, así que sacando al timador que todos llevamos dentro respondí casi como acto reflejo “Me lo envió mi primo de Argentina”. Apocado por mi mentira de que el cassette no era mío y que yo no tengo ningún primo viviendo ni siquiera en el peligrosísimo barrio de Buenos Aires del Callao, decidí cambiar de tema de conversación y de esa manera salvar mi patraña.
Al llegar el viernes le pedí amablemente el cassette a Amanda, con el pretexto que lo necesitaba para una de esas reuniones de amigos de fin de semana. “aquí lo tengo en mi walkman” me respondió muy amablemente. Mientras iba rebuscando en su bolso, me iba contando sobre cada canción del cassette, del trabajo del guitarrista, del bajista, del batero o del cantante. El problema fue que al encontrar el “walkman”, se percató que toda la cinta se había enredado en el cabezal de su aparatejo, haciéndose un enredo imposible de desmarañar. Por el contrario, en nuestro intento de resolver el problema, lo único que conseguimos fue maltratar la cinta, estirarla como chicle hasta tamaños inimaginables o doblarla hasta quedar como una falda plisada.
Después de disculparse por el percance, Amandita me dejó con la cinta deshecha y terminó diciéndome “Espero no te molestes, sabes que sería un infierno no volver a… compartir música”.
 
Después de cavilar largamente aquella noche, encontré la única solución. Corté la cinta que estaba enredada y pegué los extremos con una pequeña cinta adhesiva por el lado interior. Después de esa microcirugía, probé el cassette en la radiograbadora y en efecto, sonaba correctamente, el problema es que en determinado momento la canción se saltaba intempestivamente. El tema que originalmente duraba 4 minutos, pasó a terminar en solo 2.
 
Atemorizado y nervioso le devolví la cinta a Raul, quien la tomó sin mayor preocupación y la guardó en su mochila. Al día siguiente, tocaron a mi puerta y cuando salí lo único que sentí fue un puñete sobre mi rostro. El sabor de la sangre inundó mis papilas gustativas y mientras trataba de reponerme de mi caída sólo escuché decir “eres un maricón de mierda, ya te cagaste… y se lo voy a contar a todos para que sepan”. Resignado, acepté mi culpa, y sólo atiné a decirle: “te lo quería decir, pero sabía que te ibas a molestar”.
 
A los pocos días, consciente de mi error y al haberme sentido un traidor por no cuidar las cosas ajenas, conseguí un dinero extra y compré un nuevo cassette original de Alice Cooper y lo busqué a Raul para ofrecerle una disculpa y cambiarle el cassette dañado. Raul al verme se sorprendió:
-          lo único que quería era ofrecerte una disculpa, la verdad no quería malograr tu cinta- le dije titubeando – te traje esta nueva- agregué ofreciéndole la nueva cinta – además no era para tanto, era sólo una canción – terminé diciendo.
Raul no soltó una sola palabra, sólo entró a su casa y volvió con su cassette original. Después de hacer el cambio vociferó
-          ¡Una sola canción… pero es una mariconada lo que hiciste!-
Confundido por su respuesta, me retiré caminando y mientras revisaba el “cassette reparado”,  recién me percaté que en la parte posterior de la portada estaba escrito con letras de color púrpura con brillantes: “¿sabes? Desde hace un tiempo atrás, cuando no estoy contigo siento que es “un infierno vivir sin ti”. Me gustas mucho”.
 
Está demás decir que todo había sido una confusión. Amanda había dejado una dedicatoria que nunca había leído. De ahí la explicación de su alejamiento después del problema con el cassette. “La pre” había terminado y le había perdido el rastro; y Raul, se quedó con la idea que me había enamorado de él.
 
 
 

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