Monday, March 11, 2013

Mi Otro Yo



Me cuenta mi madre que cuando yo tenía 5 años, no quería ser un astronauta, ni un piloto de avión, ni un valeroso policía, ni un famoso futbolista, ni un militar en la guerra, ni siquiera un científico loco que estudia los dinosaurios, sino, quería ser “el basurero” que todas las mañanas pasaba por la casa a recoger las bolsas de desperdicios.

Dice mi madre que simulaba ir en el camión de la basura y recoger las bolsas y costales y lanzarlas a la compactadora. Tal vez ese fue mi primer oficio, y a su vez, mi primera suplantación, pues como dice Joaquín Sabina “…como además sale gratis soñar, y no creo en la reencarnación, con un poco de imaginación partiré de viaje enseguida a vivir otras vidas, a probarme otros nombres, a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré”.

Cuando tenía 15 años, era ferviente admirador del reconocido músico “Jon bon Jovi”. Tenía todos sus discos, interpretaba sus canciones en la guitarra y aunque no tenía la pinta de sexy estrella de rock and roll y por el contrario era un esmirriado adolescente poco agraciado, me dejé crecer el pelo, copié en parte su estilo de vestir y “literalmente” me cambié de nombre. En esos meses de vacaciones, previo a mi viaje a Lima, me inscribí en una academia local y cuando llené mi ficha de inscripción me puse como nombre “Bon Jovi Rodríguez Campos”. Secundado por uno de mis mejores amigos, me cambié de identidad. Mi carné salió con ese nombre y todos los alumnos en la academia y los profesores empezaron a llamarme “Bon Jovi”, que a los pocos meses lo acortaron por el de “Bonjo”.

Si bien en el colegio había sido un Pan de Dios,  con este nuevo nombre me liberé, como quien liberan a un preso de una cárcel, a una avecilla de su jaula o a un perro de chacra de su cadena y empecé a hacer bromas en el salón de clases, a bostezar y a meter todo tipo de “vicio”. Si no me botaron de la academia fue porque me había convertido una especie de “alumno estrella” por mis buenas notas.

Todo iba bien con mi nueva identidad hasta que un día salí con mi padre a hacer unas compras y me crucé primero con una amiga “Hola Bonjo” me dijo. “hola” le respondí de pasadita con su respectiva sonrisa y guiñadita de ojo. “¿Que te dijo?” preguntó extrañado mi papá. “Nada”, respondí, “solo me está saludando”. Luego de caminar unas cuadras escuché gritar mi nuevo nombre “¡bon joviiii!”. Era otro de mis amigos que sobre una motocicleta lineal pasó a toda velocidad saludándome. “Hey!” solo atiné a levantar el brazo. Y como dicen a la tercera va la vencida me encontré con otra de mis amiguitas de la academia, Clarita, que iba a la vez con su padre. Para mi mala suerte se conocía con mi papá y se detuvieron a conversar un momento. Luego del clásico saludo, le dice a mi papá “Me dice Clarita que a Bon Jovi le va muy bien en la academia”. Y mi papá con una cara desencajada, absorto por unos segundos, le vi subir la sangre a la cara, se le desorbitaron los ojos y apretó los dientes “¿A QUIEN?” preguntó mi papá. Alelado respondió el papá de Clarita “a Bon jovi, tu hijo pues”.
Después de despedirnos, mi papá preguntó “¡¿PUEDES DECIRME QUIEN MIERDA ES BON JOVI?!”. Luego de un par de “Carajos” volví a ser Eduardo Rodríguez Campos, el mismo nombre que lleva mi abuelo, mi padre, yo, y ahora también, como segundo nombre, mi hijo.

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