Thursday, December 26, 2013

Carita Bonita (Parte ii)






Marcelo no pudo contener tener una erección y cuando quizás tomaba el valor para lanzarse como una fiera sobre su cuello sonó una voz “Reina, ¡vamos ya!”. Era la mamá de Reina. No se levantó del sillón para despedirla, por temor a que se notase el bulto prominente que había aparecido en su “short”.


Más tarde  cuando salió a la calle buscando despejar un poco la mente, sacarse a Reina de la cabeza y dejar de pensar en cuál sería esa “sorpresita”, se topó en la esquina con el chato Domínguez. Andaba igual de flaco y desaliñado. La droga lo estaba consumiendo. “Marcelito, no tendrás una china”. Después de dudar unos segundos, descubrió que no tendría mejor oportunidad para saber más sobre Reina. El chato quería su dinero y él quería su información. Le preguntó directo y sin rodeos “Que sabes de Reina, ¿qué pasó contigo?”. “ssss nada brother”.La verdad chato, te doy un sol, pero la verdad”. “¿quieres saber la verdad Marcelín?” respondió el chato esta vez ya  desenvuelto. Se acercó a él y casi musitando le dijo “la verdad Marcelín, que esa mujer es el mismísimo demonio… no te metas con ella”. Su expresión, el tono de sus palabras y sus ojos faltos de brillo lo desestabilizaron. El Chato cogió la moneda de sus manos y se marchó directo al sitio donde vendían drogas.


Lejos de despejar sus dudas, quedó aún más confundido, él no veía nada de eso en Reina. Le parecía una buena chica, divertida, coherente, racional y hasta inocente. Con más incertidumbres en la cabeza decidió abordar al loco Perleche. El loco solía estar siempre sentado en una banca del parque, con las manos en los bolsillos, mirando al cielo y con una sonrisa en la cara que no se la quitaba nadie. Muchas veces se reunían a su alrededor y conversaban y se reían y el loco no se movía de la banca ni se inmutaba, era como un busto, como un poste, como un árbol más del parque. Cuando lo halló estaba solo. Se sentó a su lado. “¿Y Perleche?” le dijo palmoteándole la espalda. Perleche siguió mirando el cielo con su sonrisa imborrable en la cara. “Perleche, tengo un ‘sublime’ para ti”. A Perleche le encantaban los chocolates. Al escuchar la palabra ‘sublime’ salió de su ensimismamiento y volteó a mirarlo, siempre con la sonrisa. “Pero con una condición” le dijo, “cuéntame todo sobre Reina”. Su sola pregunta le quitó de inmediato, hasta ese momento, su sempiterna sonrisa. “No Reina no, ‘sublime’ no”  es lo único que dijo y salió corriendo de la banca.


En la noche no pudo conciliar el sueño tratando de buscar explicaciones, elaborando historias tras historias en su cabeza sobre lo que pudo haberles sucedido al chato Domínguez y al loco Perleche. Al día siguiente en la mañana, ayudado con un cancionero para guitarra aprendió los acordes de la canción “quizás porque” ‘de sui Generis’ y esperó la llegada de Reina.


En la tarde, Reina se apareció con su mamá, como siempre la esperó en la sala con su guitarra. “hola” le dijo desenvuelta “¿qué estás haciendo?”. Él que esperaba que le dijera de una buena vez que le cante y dedique la canción de ‘Sui Generis’ se vio desconcertado al notar la naturalidad de Reina como si nada pasara. Y ella empezó a contarle de sus clases en la academia, de sus amigas, de su hermano, de sus nuevas sandalias y hasta de su perrito que lo había rebautizado con un nuevo nombre “Chelo” (posiblemente de Marcelo). Marcelo casi no le prestó atención a todas sus historias, pensando en lo que le había prometido. Hasta que se armó de valor y casi cortándole le dijo “te voy a dedicar una canción”. Ella emocionada como si recién se enterara “a ver, a ver” respondió “qué emoción, nunca nadie me ha dedicado una canción así con guitarra en vivo y en directo” agregó ansiosa juntando sus manos cerca de sus labios. Se sentó en el sillón y puso toda su atención sobre él. Haciendo su mejor esfuerzo, un poco nervioso  y tratando de estar afinado Marcelo empezó a cantar: “Quizás porque soy un mal negociante / no pido nada a cambio de darte… /Quizás porque no soy de la nobleza / Puedo nombrarte mi reina y princesa…”. Reina enternecida con los ojos empozados se paró y lo abrazó, apretó su cabeza sobre sus senos  mientras le iba diciendo “que bonito Marcelito, me ha gustado mucho”. Otra vez tuvo una erección incontrolable.


Cuando volvió a su sitio un silencio invadió el espacio. Marcelo solo esperaba la tan ansiada “sorpresita”. Tomando valor resolvió decirle de frente “¿no te olvidas de algo?”. “De qué” respondió ella extrañada. Después de unos segundos agregó “ahhhhh, había prometido darte una sorpresita… pero era una broma”. Sonrió y volvió a hablar “de acuerdo, cierra los ojos y prométeme que no vas a abrirlos… prométemelo, porque si abres los ojos, yo me detengo y ahí se acaba todo” terminó advirtiéndole.


Le hizo ponerse de pié, cerrar los ojos y empezó a sonar la canción “Quizás porque” de ‘Sui Generis’ en el equipo. Marcelo con los ojos cerrados no podía ver lo que hacía pero sentía el cuerpo de Reina moverse cerca al de él, sus manos acariciar apenas su rostro, su respiración cerca de su barbilla, la sintió rodearlo, lo abrazó por la espalda, acarició su pecho, bajó sus manos por su vientre, rozó su sexo, le levantó el polo, pasó su lengua por su espalda, le besó la nuca, volvió otra vez al frente y cuando la sintió arrodillarse frente a él, le ganó la curiosidad y abrió ligeramente los ojos y ella desde su posición clavó su mirada en las de él. “Ya te pillé” le dijo. Se puso de pié y caminó a la puerta. Desde el umbral volteó y esbozando una sonrisa le hizo “chau” con la mano.


Ese día en la noche sin poder sacársela de la cabeza se encontró con el chato Domínguez quien fumaba un porro de marihuana, se lo pasó, jaló dos veces y contuvo el humo. Al poco rato y sin poder borrar esa imagen de Reina de rodillas frente a él, regresó a casa y se masturbó pensando en ella.

Wednesday, December 18, 2013

Carita Bonita (Parte I)






Reina tenía los ojos grandes color caramelo, más claritos que los corrientes pardos; los labios generosos, la frente amplia y unos cabellos que cuando los llevaba adelante alcanzaban trepar hasta la punta de sus senos… esos senos blancos que apretados por el sostén dibujaban una línea divisora que aparecía siempre sobre el escote de su blusa.

Siempre que me hablaba envolvía sus dedos entre sus mechones como haciéndose rulos para luego soltarlos. “te está aventando sus feromonas” me decía el gordo Pineda. “te va engatusar como al chino Lau y después te va a dejar cagado, deprimido, yo la conozco huevón”. “si dicen que el chato Domínguez se volvió fumón por su culpa, porque así lo enamoró, lo tenía de su baboso, de su encomendero, hasta le hacía las tareas” “y ni hablar del loquito Perleche, ese huevón se volvió loco por ella, y no te digo loco en sentido figurado… ese huevón se quedó mal de la cabeza después que ella le dijo hasta acá nomás”. Yo sólo sonreía “hablas huevadas huevón” le decía.

Las chicas del barrio decían que era “llenita”, “empatadita”, “es una gordita que a la primera se te desmondonga” decía Paty con una desmesurada tirria en cada palabra.  Un tufillo de envidia se vislumbraba en sus gestos. “Pero  si fuera de verdad gordita no tendría tantos pretendientes tras de ella”. “¡Ay! si yo fuera regalona, también tendría a veinte carretones persiguiéndome” alegaba, seguida de la celebración de las otras chicas. “bueno, no sean mal habladas, al menos yo no la conozco en la faceta de regalona” respondí. “no es una regalona” intervino el gordo Pineda, “es una calienta huevos nomás… te calienta, te calienta y no te da nada… por qué crees que el chato Domínguez adelgazó tanto hasta parecer un pejerrey sin tripa, porque paraba caliente y se iba en paja nomás” agregó. Todos rieron, porque el gordo Pineda solía mezclar sus creencias populares con cualquier investigación científica que llegó a leer a duras penas. “que se ríen, ustedes no saben nada, yo he leído que un pajazo equivale a siete polvos”.

Todos podían hablar, murmurar, pero por ese par de piernas y esos senos redondos cualquiera daría la vida entera, porque ese caminar peculiar, sin ninguna intención de provocación, podía despertar miradas concupiscentes, lascivas hasta del más correcto. Y es que Reina tenía esa mezcla de mujer con toquecillos de niña y se movía como si desconociera tener esas cualidades. Actuaba con inocencia, se movía con confianza, sonreía con amabilidad, no hacía distinciones, acariciaba con facilidad, abrazaba  sin intenciones secundarias. Había nacido con una gracia inigualable, tocada por una estrella. Ella no era el problema. El problema éramos  aquellos que podíamos perder la cabeza, la razón, la cordura por su coquetería innata. Quizá, después de todo, el gordo Pineda podría estar en lo cierto, “son las feromonas huevón, te está aventando sus feromonas y ella, tiene bastante, hasta para regalar”.

“Ese gordo Pineda habla tonterías…. es peor que mujer” me decía Reina como adivinando lo que podría haber llegado a mis oídos.  Recostada sobre la reja de su chalet me conversaba mientras movía la pierna como dibujando un círculo en el piso “yo nunca he tenido enamorado”, me decía. “¿Y Perleche?” pregunté. “¿ese?... ese nunca ha sido mi enamorado, no sé qué cosas habrá hablado, seguro tonterías, cosas de su imaginación porque siempre estuvo mal de la cabeza” me respondió. Luego de un silencio preguntó “¿y tú?, ¿cuántas enamoradas has tenido?”. “sólo una” respondí  después de unos segundos. “¿y qué pasó?, cuéntame de ella” me dijo acomodándose a mi lado, rozando sus senos con mi hombro. Su cercanía me hacía temblar. “mmm nada, terminamos porque yo ya tenía que viajar a Lima”. “Dime pues, te terminó seguro”. Sonreí  al verme descubierto. Definitivamente era malo para las mentiras. “bueno, si pues, se fue con otro, así de simple” respondí tratando de terminar todo allí. Apoyó sus manos sobre mi hombro mirando mi perfil. No me atrevía a voltear y quedar frente a ella. Acercó sus labios a mi oído hasta sentir el cosquilleo caliente de su respiración y me susurró “si se fue con otro, qué importa, seguro viene algo mejor para ti”.

 “¿Y?, ¿qué dice tu hembrita?” preguntaba el gordo pineda siempre que lo encontraba. “cuál hembrita huevón es mi amiga… más parece que tú te has enamorado de ella”. “Ya caíste seguro huevón, ya caíste uuuuuuyyyy estoy viendo ojos de enamorado” alegó socarrón el gordo. Sonreí negando todo “somos amigos nomás gordito” le dije tratando de minimizar la situación. El gordo se puso serio “cuidado nomás que termines en el psiquiatra… a todos los malogra, los vuelve locos, pajeros  o drogadictos, ya sabes”. “Yo no creo Marcelito que tú tan correcto y tan inteligente te metas con ESA… yo no creo” dijo Silvana. “ayyyy Marcelito no nos decepciones si te metes con ESA, ni te aparezcas por aquí, ni te vamos a mirar” culminó Paty.

Desde que apareció Reina, hace un año atrás, había puesto de cabeza el barrio. Al principio todos salíamos juntos, pero no sé desde cuando el grupo de chicas decidió alejarla, dejó de pasarle la voz, de no invitarla a las reuniones y Reina, que era lo suficientemente inteligente para darse cuenta, poco a poco prefirió privarse de nuestra compañía. Creo que todo empezó desde que Paty, quien alguna vez fue la atracción del barrio y por quien todos alguna vez nos peleábamos para que ningún mozuelo de otro vecindario se la llevara, repentinamente fue desplazada. El Chino Lau, el Chato Rivera, el loco Perleche, el zambo Román y hasta Pepe Ricón habían empezado a fijarse más en Reina. A hacerle pleitesías, a querer acompañarla y hasta pelearse a puño limpio entre ellos por su cariño. Yo en un inicio me mantuve al margen pero en los últimos días el azar nos puso en el mismo camino.

Su madre buscando una costurera para que le arreglara un vestido había llegado hasta mi casa por recomendación de una vecina. Mi madre cosía. La citó y se apareció con Reina. Habíamos salido en grupo pero no habíamos conversado mucho, al menos no lo suficiente para frecuentarnos a solas, para sostener largas conversaciones. Ese fue el inicio. Cada visita de su madre por la compostura de un vestido significaba horas de conversación con ella, en mi sala, escuchando canciones de “Sui Generis” que ella traía en una cinta magnetofónica. “Pon esa, la cuarta canción, adelanta un poquito”, me ordenaba dulcemente y se ponía a cantar y bailar con los ojos cerrados. “Me encanta esa canción” me decía. Tarareaba como si nadie la viera y cuando terminó se dejó caer como una pluma sobre mis rodillas. Sentí la piel suave de sus piernas blancas sobre las mías. Se colgó de mi cuello y pegando sus labios a mi oído me susurró “si mañana me la cantas y me la dedicas, te voy a dar un regalito… una sorpresita que te va a gustar mucho”...

CONTINUARÁ

Friday, November 22, 2013

Crónica De Un Dolor (Parte II)



La primera parte AQUI.




Seguí religiosamente las indicaciones del médico pero lejos de aliviarme el dolor, se complicó mi situación, esta vez con fiebre y escalofríos. Las 6 pastillas diarias que tomaba sólo causaron un efecto verdadero, en mi pobre estómago.


El día miércoles con todos los síntomas del mal, me dirigí por emergencia a una clínica cercana a mi trabajo. Nuevamente tuve que ir enseñándole el “totorrete” a cuanto doctor se acercase a inspeccionarme. Casi cerca de las 8 de la noche el último de ellos, me dijo “te quedas, hoy mismo te operamos”. 


Yo que había ido saliendo del trabajo y sin ninguna preparación me quedé solo y abandonado en una clínica “fichona” ubicada en San Isidro, lejos de mi casa, como un hongo, a enfrentar lo que vendría después.


No quiero extenderme con este relato penoso, así que sólo voy a mencionarles algunos datos curiosos.


1.

Antes de ir por emergencia a la clínica y habiendo estado todo el día sentado, parado, caminando y haciendo un sinfín de actividades, y sabiendo que me harían bajar los pantalones en la clínica, me metí al baño del trabajo y me di una lavada de "poto". No me podía aparecer todo cochinón a la clínica, peor aún que me había empujado en el almuerzo un "tacu tacu" de menestras con pescado frito. Imagínense que durante la revisión del doctor me encuentren una cáscara de frejol o un par de lentejitas.



2.

Como estaba lejos de casa y solo, Janecita no podía venir a apoyarme, tenemos un hijo pequeño y siempre primero será él. Mi cuñado fue quien se acercó y fue él quien me apoyó en esos momentos difíciles.



3.

Cuando pasé a la sala de operaciones solo llevaba puesto una bata y abajo totalmente calato. Había dos enfermeras, una anestesióloga y el médico cirujano. Ni en mis fantasía sexuales más descabelladas me habría imaginado que tres mujeres juntas me vieran calato.



4.

“Va a dormir un ratito” me dijo la anestesióloga. Yo sonreía nervioso mientras pensaba “NO ME VOY A DORMIR, tengo miedo de no despertar o lo peor, que se le pase la cuchilla al cirujano y termine por mutilarme el colgajo dejándome mocho, mochila, mochica-chimú”. La anestesióloga me aplicó un líquido por el catéter  y lo demás fue historia. No recuerdo nada. Cuando desperté ya estaba en la “sala de recuperación”, gracias a Dios, totalmente consciente y con “el tesorito” completo.



5.

Al día siguiente se apareció el médico nuevamente, me revisó, llamó una enfermera nueva. Me curó y me cambió el parche y me dijo “si deseas hacer tus deposiciones, llamas por el timbre a la enfermera para que te ayuden  y te cambien el parche”. “¿Qué voy a cacarear acá?” pensé. “Me las aguanto hasta mañana que me den de alta”. El problema fue que me trajeron jugo, leche en el desayuno, frejoles en el almuerzo y pollo con champiñones en la cena. A las tres de la mañana del día siguiente me levanté con unas ganas de terribles de liberar los intestinos. Me contuve  hasta las cinco que le toqué el timbre a la enfermera “señorita, disculpe, quiero hacer mis deposiciones (sic), YO PUEDO HACERLO SOLO” aclaré, “pero por favor indíqueme cómo tengo que hacer para limpiarme”. “Un momentito, la enfermera está poniendo una vía y en cuanto se desocupe va a venir”. Esperé cinco minutos, diez, quince, media hora y no se aparecía la bendita enfermera. No aguanté más. Caminé medio inclinado, me jalé los esparadrapos, los parches y “bururururún” alivio total. Luego me pegué un baño y esperé al médico para que me dé de alta de una buena vez.



6.

Para darme de alta el médico me dio una receta con pastillas de todas las formas y una crema. Me dio las recomendaciones de lavado de la herida, mínimo tres veces por día y cubrirla con una gasa. Pero me advirtió que poner una gasa allí era medio complicado pues se mueve  y puede caerse. Por esa razón me recomendó usar mejor una toalla higiénica. “ya tú le preguntas a tu esposa, cuál es mejor” me dijo el médico riéndose. Las primeras que compré y por ser un completo ignorante, me las puse de frente y me resultaron totalmente incómodas. Luego descubrí que tenía que quitarles algunos autoadhesivos y esa era la razón por la que me venía molestando. Bueno, ahora soy toda una experta, así que cuando quieran hablamos chicas! Siiiiiiiiiiiiiiiiiii.



7.

Conversando con Janecita por teléfono y ya sabiendo que tenía que quedarme un par de días le pedí: “tráeme una maleta, calzoncillos limpios, un polo, un jean y un par de zapatillas”. Cuando llegó no trajo la maleta y me dijo “tus zapatillas están viejas, te he traído tus zapatos y no te traje tu jean porque te va hacer daño a la herida, mejor te he traído tu buzo”. Así que ya saben, al final abandoné esta clínica “fichona”, “nice” en buzo y zapatos y llevando el resto de mi ropa en 2 bolsas blancas de Metro.


Bueno, gracias estimados lectores por su preocupación y por soportar esta crónica llena de tristezas y desgracias. Ahora me siento bien pero estoy en evaluación. Espero que el próximo mes ya esté retomando mis actividades deportivas y empujándome mi tacu tacu de lentejas sin culpa alguna. Un abrazo a todos.

Tuesday, November 19, 2013

Crónica de un Dolor (Parte I)



No hay cosa peor para un varón que tener que bajarse los pantalones, resignado y redimido frente a un total desconocido, para que hurgue entre sus oquedades, entre sus intimidades y con su venia toque esas zonas que alguna vez pensó jamás dejaría que alguien más las tocara.




Todo empezó el domingo con un dolorcillo pequeño "ya se pasará" me dije. Quizás un inusual estreñimiento o una mala limpiada de poto había terminado por dañar esa parte intocable de mi cuerpo. El lunes ya me dolía al caminar, al sentarme o al cargar un peso. Hasta ya le había agarrado un miedo terrible a estornudar. "¡Carajo a mi edad descubro que eso es una especie de centro de gravedad!". Ya preocupado me doy cuenta para mi alivio que no era ahí sino "más allacito". Al costadito. En el pliegue, se me había inflamado terriblemente.
 
Preocupado llamé a la clínica para pedir una cita. "Quiero una cita para medicina interna, a partir de las 6 y 30 de la tarde por favor". "Si tenemos espacio con la doctora Teresa Ramos". Se me erizaron los pelos. Tenía claro que para mi diagnóstico me pedirían bajarme los pantalones y aunque no suene muy macho prefería en ese momento que sea un varón. Entre mostrarle las bolas a una doctora o el culo a un doctor, prefería lo segundo. Cambié de inmediato de galeno.
 
Mientras me dirigía a la clínica manejando iba tratando de preparar mi explicación para el doctor. Como hombres nos entenderíamos.
 
Llegué. Me registré y pasé a espera. Mientras hojeaba esas revistas frívolas que suelen poner en las salas de espera, escuchaba por los parlantes "paciente Juan Rosas pasar a cardiología 5". Por un momento me llegaron ideas descabelladas a la cabeza. Empecé a imaginarme que me llamarían pronto por todos los parlantes de la clínica "señor Marcelo Gasan, que está mal del culo, pasar a Consultorio 7". Me tranquilicé. "Bah! eso no podía pasar, ni siquiera saben lo que tengo".

Al rato escuché mi nombre y me dirigí al consultorio. Me recibió un doctor que en mi putañera vida había visto pero que lo pedí sólo por ver su nombre en la web. "Dime Marcelo ¿en qué te puedo ayudar?". Un poco nervioso al ver sus manos gigantes entrelazadas en el escritorio, le empecé a explicar mi dolor y en la zona que se había producido. "A ver" me dijo. "Échese en la camilla y bájese los pantalones".


A estas alturas ya me había resignado. Mientras me echaba en la camilla y desataba mi correa, el doctor se iba poniendo unos guantes de látex. De inmediato se me vino a la mente todos esos chistes que solía hacer a mis amigos “el doctor que te hizo la prueba no se puso guantes de látex sino guantes box”. “Maldita sea porque me viene esos chistes tontos a la cabeza ahora”.


Resignado me eché de costado con los pantalones abajo. Después de revisarme y toquetearme el médico concluyó. "Es un absceso". "¿Qué es eso doctor?" pregunté. "Es una infección e inflamación del tejido del organismo caracterizado por la hinchazón y la acumulación de pus" respondió. Creo que fue la manera más técnica de decirme que me había salido un forúnculo en el culo.

Me recetó una serie de antibióticos y antinflamatorios y me mandó a casa.
 

Pero lo peor aún estaba por venir.

(CONTINUARÁ)

Tuesday, October 29, 2013

Aunque Tú No Lo Sepas



Aunque tú no lo sepas, te juro que yo estuve allí contemplándote a lo lejos, encubierto entre los curiosos. Te lo puedo jurar.

(dale play, por favor)



¿Recuerdas cuando éramos unos párvulos impolutos, tontos ilusos que pensábamos que el amor era para siempre?. ¿Recuerdas? Me pregunto si aún evocas esos sueños inalcanzables de querer ser estrellas de rock. Yo recuerdo y me sale una mueca involuntaria que aún no sé si es una sonrisa o el puchero de una tristeza.

Aún me pregunto si te viene mi nombre a tu cabeza al escuchar esa canción que hicimos nuestra y que yo te cantaba desafinado, como una promesa de amor, "I'll be there for you, these five words I swear to you, baby". Sí. Aún en mi corazón tu nombre está adherida a esa melodía. No lo puedo disociar. Me pregunto si a ti te pasa lo mismo.

Recuerdas aquel día de fiesta de mi promoción que como una promesa de amor eterno te regalé esa pulsera tejida con cables delgadísimos de telefonía, de colores, que yo mismo hice y que luego de ponerla sobre tu muñeca prometí amarte y nunca dejarte. Recuerdas que luego te besé quizá como nunca te había besado. ¿Aún lo recuerdas mi cómplice?. Y esbozo una sonrisa pues hace mucho no te llamaba así, aunque ahora sólo te lo pueda decir en letras. 

Y aunque tú no lo entiendas, hasta hoy, que ya ha pasado tantos años, tu recuerdo me viene a veces con fuerza, como una puñalada mal clavada, repentinamente. Te puedo jurar que, no sé por qué. O tal vez, es porque un día como hoy decidiste casarte con ese sujeto mayor, que alguna vez se interpuso en tu promesa de amor; sí porque no hay más culpable que él. Tú no tuviste nada que ver en esto. Lo sé, ni siquiera tienes que decírmelo.

¿Sabes? en la lejanía, cuando me dijiste que todo se había acabado que decidiste partir convencida quizá en lo que él te pudo ofrecer sólo lo acepté y decidí largarme lejos. Si eso era lo mejor para ti pues a otro lado con mis tontas canciones de amor.

¿Quieres saber un secreto que aún guardo hasta hoy entre el sístole y el diástole?, ¿sabes?. Yo estuve el día de tu matrimonio contemplándote a lo lejos, fuera de la iglesia. Estabas linda lo admito, quizás tu belleza opacada un poco por el exceso de parafernalias. Yo sé que tú no querías eso. Odiabas los protocolos, me lo dijiste alguna vez. Pues aunque tú no lo sepas, yo estuve allí, escabullido entre la multitud afuera de la iglesia, encubierto como un curioso más, un poco alejado. Yo estuve allí te lo puedo jurar como quien jura el pecador frente al cura.

Yo estuve allí y te lo confieso porque quizás también quisiera tener alguna respuesta sobre lo que alguna vez fui para ti.

Pues al tener claro que tu promesa de amor había terminado y que entre tú y yo solo el vacío existía, repentinamente todo tuvo un giro inesperado. Cuando subiste a ese carro de novia adornado con flores y al bajar los vidrios de las ventanas sonaba a todo volumen "I'll be there for you". Tú la pediste, lo sé y mientras agitabas la mano saludando a tus amigos divisé que entre tu vestido blanco y tu joyería carísima llevabas en tu mano derecha aquella pulsera de colores mal hecha, que alguna vez te regalé, casi rasgando el organdi de tu vestido. Esa imagen, esa canción y esa sonrisa tuya como una mímica aprendida se quedaron como una interrogante en mi corazón.

Friday, October 04, 2013

A, E, I, O, U (AND SOMETIMES Y)


Como estamos en pleno concurso del Blog-day me estoy poniendo serio con este relato, con la esperanza, que alguno de los organizadores se dé una vueltita por este humilde espacio y piense que soy un tipo circunspecto y responsable y no se lleve la impresión que soy un degenerado, un sibarita, un truculento que anda escribiendo por ahí cosas sin sentido. Espero les guste









Mi hijo tiene los ojos vivaces y una falsa tristeza en su cara. Es zurdo. Su cabeza es grande como la de un marciano, tiene dos remolinos y es muy inteligente.  A pesar que le he comprado autos, aviones y muñecos de súper héroes vive obsesionado con las vocales A, E, I, O y U (and sometimes Y). No es muy sociable, le gusta mucho la música y siempre me pide que ponga canciones de navidad en cualquier fecha.


Suele revisar mi velador, mis cajones, sacar las cosas, tirarlas por allí y poner otras. 


Todo estaría bien si no fuera hasta aquel día que nos quedamos jugando hasta altas horas de la noche. Vencido por el cansancio y por su inagotable fuente de energía, caí en un sueño profundo. Me quedé dormido y lo dejé jugando a mi lado mientras él revisaba mi maleta de trabajo.


Aprovechando mi estado de somnolencia sacó cada uno de mis papeles, mi agenda, mis cables cargadores de teléfono, jugó con ellos, los mezcló con sus juguetes, con su ropa, sus baberos y cuanta cosa encontró a su alrededor,  y luego los guardó uno por uno, en desorden, al azar hasta cansarse.


Al otro día desperté tardísimo azuzado por mi esposa “¡es tarde nos quedamos dormidos!” me dijo. Me levanté de un salto y me dirigí al baño de inmediato a darme una media lavada “justo hoy que tengo reunión a primera hora” me lamentaba en silencio.


A duras penas me vestí, agarré mis llaves, billetera, celular y mi maleta. Me despedí, puse primera y salí a enfrentar el tráfico limeño. Durante el camino miraba a cada instante mi reloj. Aún podía llegar. Pasada las ocho y treinta recibo una llamada “Eduardo, donde estás, ya va a empezar la reunión, faltas tú nomás” era mi compañero de trabajo. “ya ahorita llego, dame cinco minutos” respondí. “Apúrate que tú tienes que hacer la presentación” culminó.


Lejos de tranquilizarme, me invadió el nerviosismo. Esta reunión era muy importante para exponer el proyecto que habíamos planeado ejecutar en los próximos meses y necesitábamos la aprobación de la Gerencia.


Llegué corriendo al trabajo y subiendo las escaleras de tranco en tranco me dirigí de frente a la sala de reuniones. Apenas entré todas las miradas se fijaron en mi. “Buenos días con todos” dije “el tráfico está terrible” agregué tratando de justificar mi tardanza. Sólo tuve como respuesta el estridular de un grillo. Me habían reservado una silla para que haga la presentación, así que aún con todos los ojos apuntándome, puse mi maleta sobre la mesa y jalé mi agenda donde tenía mis notas. El problema fue que lo jalé de un tirón y salió enganchado de un calzón de encaje rojo de mi esposa, el cual se deslizó por la mesa de reuniones hasta posarse al lado del “ipad” del Gerente.


Luego de ver la cara de sorprendidos de todos y después de un segundo de silencio que pareció eterno todos echaron a reír.
Al llegar a casa, como siempre, mi hijo salió a mi encuentro. Lo abracé fuerte y le dije mentalmente “gracias por ayudarme al romper el hielo en mi reunión”, mientras él me iba contando que estaba jugando con las vocales A, E, I, O y U (and sometimes Y).

LinkWithin

Revisa también estos posts: