Thursday, November 15, 2012

Te Ofrezco Disculpas


Hoy, lejos de cualquier broma o anécdota graciosa, quiero ofrecer disculpas por algunas cosas que hice durante mi niñez, quizás por andar confundido, por estar resentido, o por una simple casualidad terminé perjudicando a otros sin medir las consecuencias. Quiero ofrecer disculpas de corazón:


Te ofrezco disculpas querido amigo Kike, Kike Rengifo, el que fuera mi mejor amigo de primaria pero que tuvo la mala suerte de burlarse de mi por una caída, digna de payaso de circo, que tuve en medio del patio del colegio en pleno ensayo para un desfile del 8 de setiembre. Te ofrezco disculpas porque cuando me invitaste la siguiente vez a tu casa, lleno de rencor y con sed de venganza me aparecí con una bolsa que contenía 10 oyucos, 4 langostinos y 3 uñas de cangrejo y en un descuido tuyo la escabullí en el fondo de tu ropero, donde nadie, ni tu aplicadísima empleada rebuscaba. En los días siguientes te apareciste en el colegio con tu ropa, literalmente, oliendo a mierda y no sabías por qué. Creo que pasaron más de tres semanas, cuando ya la pestilencia se había expandido por otros ambientes de tu casa, para que una comisión organizada por toda tu familia descubriera en el fondo de tu ropero una bolsa plástica con los oyucos podridos, enraizados, ya negros, y los langostinos y uñas de cangrejo agusanados. Disculpa, fui yo y no Juaneco, tu vecino, al cual solías invitar cotidianamente a tu casa. Si hay algo que pudiera hacer para recomponer esa amistad, después de 30 años, lo haría en este instante.

Te ofrezco disculpas papá por haber chamuscado los circuitos de tu calculadora. Sé que con dedicada devoción encargaste a mi tío que viajó a Tacna, que te compre una calculadora científica con el último adelanto tecnológico para la época. Una calculadora con letras fosforescentes que funcionaba con dos pilas doble A, y que tú llevado por tu vocación ahorradora le habías acoplado un transformador y confiadamente nos autorizaste para utilizarla en los trabajos del colegio pero que mi hermano y yo, sólo la usábamos para jugar; para hacer las estúpidas sumas de “una muchacha de 19 años, se fue con un chico de 19 años por 365 días…” y que al final daba como resultado "el bebé" si volteabas la calculadora. Y fue justamente, en uno de esos días de juego, por un ímpetu de investigación y curiosidad (por no llamarlo de otra manera) le movimos el botón del transformador hasta meterle 12 voltios al pobre aparato que luego de un ruido parecido al de un cohetecillo de navidad no quiso prender más. Lo dejamos en tu cajón tal y como lo encontramos y no lo volvimos a tocar más hasta que después de unos buenos meses quisiste usarla para hacer tus conversiones de centímetros a pulgadas para un trabajo de carpintería y no prendió por más que cambiabas las pilas o le movías el botón de on/off y asumiste que por el desuso, tu científica calculadora había muerto. En realidad fui yo, que azuzado por mi hermano, literalmente electrocuté a la calculadora.

Te ofrezco disculpas, otra vez, papá por haberte borrado tu cassette original de Nicola Di Bari. Nuevamente en complicidad con mi hermano y por habernos hecho fieles seguidores del rock en español, necesitábamos urgente hacer una recopilación de las mejores canciones para llevarlo a un “tono” de adolescente que teníamos aquel día. Si es que algo nos caracterizaba en el barrio es que nos habíamos ganado la reputación de ser rockeros natos. Los pelos con “suave gel”, los pantalones anchos, las mangas de los polos dobladas y las zapatillas “all star” nos daban la pinta de rockeros ochenteros y no podíamos fallar cuando nos pidieron una selección de los mejores temas de rock en español para la fiesta de aquella fémina popular del barrio. Al no tener ningún cassette en blanco decidimos coger uno tuyo, el que nunca escuchabas y que yacía olvidado en la ruma de cassettes, opacado por Los Ángeles Negros, Leo dan, Sandro, Leonardo Favio, Buddy Richard y hasta por Iván Cruz. Le sacamos la etiqueta, lo pelamos, tapamos la protección de borrado con cinta scotch y encima grabamos en el equipo doble cassettera una recopilación con canciones de Soda Stereo, Hombres G, Enanitos Verdes, Loquillo, Git y la Honorable Sociedad. A los pocos días, como castigo divino, como mandado por Dio, justo se te ocurre escuchar a Nicola di Bari. Lo buscaste incasablemente por todos lados y nunca lo hallaste y por supuesto no dudaste de nosotros cuando nos interrogaste y negamos haberlo visto. Creíste en la honorabilidad de tus hijos y le echaste la culpa a nuestros amigotes que algunas veces visitaban la casa para escuchar música en el equipo. Pues bien, no fueron ellos, fui yo junto con mi hermano que literalmente borramos del mapa a Nicola Di Bari.

Te ofrezco disculpas amigo Sandro, tú que eras el galán del segundo de secundaria y que te gustaba “la chechi” del colegio de mujeres y que tuviste la impertinencia de confesármelo, porque yo, luego de enterarme, preferí no decirte que a mi también me gustaba ella. Y lógicamente tú al tener la fama del “bacán” del colegio y del exitoso futbolista me llevabas kilómetros de ventaja, pues mis méritos físicos eran casi nulos (por no llamarlos “deméritos”). Y al verme en desventaja como quien no quiere la cosa, le dije con palabras bonitas que eras “un flojonazo de mierda” en el colegio, que sacabas rojos en la libreta y que el dibujo, ese de una parejita a orillas del mar con el sol poniéndose, que le habías regalado, tú se lo habías robado al Chino Lau, el mismo que ganaba cuanto concurso de dibujo se convocara en la provincia de Pisco. Te ofrezco disculpas, fui yo el que le contó los pormenores de lo que ocurría en nuestro salón; sobre todo, porque al enterarte que ella sabía todo tu historial “educativo” te empecinaste en averiguar quién le había ido con el chisme y me pediste ayuda para encontrar a ese “huevón” como lo llamabas tú, para literalmente, como tú decías “sacarle la entreputa”. Lo siento, lo único que hice fue desviarte por todos lados y acusar a inocentes. En ese tiempo pensaba que en la guerra y en el amor todo se vale. No me siento orgulloso de eso, después de todo, “la chechi” no se quedó con ninguno de los dos.

Le ofrezco disculpas señora Lucha, a usted y a su menor hijo por haberle tirado un huevo huero podrido en su cabeza, justo cuando se dirigían limpiecitos con su ropa nueva a una matiné de alguna familia “pipirinais” de la alta alcurnia de Pisco. Dispénseme usted porque ni siquiera fue un huevo común y corriente sino fue un huevo fecundado que no se había desarrollado y que se encontraba en la cúspide de su estado de putrefacción. Es que señora Lucha, como usted comprenderá mi mamá tenía un amplio corral donde criaba patos por docenas y esta clase de huevos abundaban al final de la “maternidad” de las patas. Y como usted sabe mi intención no fue lanzárselo a usted, sino a la vecina que solía aventar desperdicios a mi corral de manera constante. Fue una venganza planeada a mi corta edad, pero que por un exceso de fuerza, el huevo huero llegó hasta la calle lateral y se estampó en su peinado recién batido en la peluquería de la esquina y le salpicó a borbotones a la ropa blanquísima de Luchito su hijo. De corazón, le ofrezco disculpas.

Finalmente, te ofrezco disculpas, mamá por haberte hecho preocupar tanto, casi hasta matarte de la angustia. A mi corta edad no sabía que era malo chuparse todas las pastillas de la abuelita para luego botarlas después de haberles arrancado el poco dulce que tenían. Me cuentas que era muy pequeño, tanto así que casi no lo recuerdo. Creo que fue mi primer intento de suicidio. Tan pequeño y casi me muero por haberme “pepeado” sin intención. Si no es por tu gran instinto de madre que al verme hinchado, con las orejas como dos pencas de cactus, enrojecidas, gruesas y haberme llevado a tiempo al médico hoy estuviera con la “pelona”, como consecuencia de una sobredosis de sabe Dios qué compuestos químicos. Te ofrezco disculpas por eso y por las tantas cosas más que hice, que solo te trajeron angustia, zozobra y desesperación.

Dispénsenme todos... de corazón.

LinkWithin

Revisa también estos posts: