Wednesday, September 26, 2012

La Impulsadora



Cuando cursaba el tercer ciclo en la universidad solía andar solo. Eran mis épocas de estudio y por avatares de la vida de alguna manera me había alejado de las intenciones de querer tener amoríos con alguna fémina. Podría decir que había perdido temporalmente el interés de tener una relación, consolidar una pareja o iniciar algo sustentable en el tiempo, sin que esto signifique no tener por allí de vez en cuando un “choque y fuga”, un “raspa y gana”, un “dame que te doy” (valgan verdades, nunca me ligaba una, pero sólo lo menciono para no sentirme tan mal). Estaba dedicado a mis estudios universitarios, las clases, los trabajos, la música y los amigos. Todo estaba bien, hasta que uno de esos días, cerca de la una, salí, como de costumbre, junto con mi amigo Oscar rumbo a Wong de La Molina a comprar un par de galletas. Bueno, a decir verdad las galletas las podíamos comprar en cualquier kiosco, la verdadera intención era ir a degustar todos los productos que allí nos daban a probar amablemente las impulsadoras, quesos Edam, jamonadas, hot dogs, hamburguesas de trucha, trocitos de pavita, galletitas con atún o con queso philadelfia, cebiche de champiñones y hasta refrescos nuevos que entraban al mercado. Esa era nuestra verdadera intención, ir a comer sin gastar un centavo.


Todo iba bien en mi vida de libertad sentimental, sin compromisos ni ataduras, hasta aquel día que degustando unos quesillos frescos divisé dos pasillos más adelante una fémina preciosa enfundada en un uniforme fucsia, mediana estatura, cabello recogido, labios rojos, cuerpo pulposo y con unos ojos que alumbraban como dos soles todos los estantes que osaban estar frente a ella. Me quedé tan anonadado que el queso se me cayó del palito y caminé como un zombie directo sin poder controlar mi voluntad, bajo la desconcertada mirada de mi amigo. El motor de mi corazón “cascabeleaba” como auto con gasolina de poco octanaje. Sabía que era “mi media mitad”, “mi media naranja”, “mi alma gemela”, “mi complemento perfecto”, “la mujer a quien llevaría sustento día a día”. Caminé atravesando carritos de compra, tropezándome con niños, amas de casa, canastillas de metal, avisos publicitarios. Caminé directo dispuesto a conversarle, “meterle letra”, comprar si o si lo que estuviera vendiendo. Yo iba decidido con mi mirada clavada en la suya, a buscar la manera de hablarle, de buscar captar su atención, de hacerla sonreír, saber su nombre y tal vez, mañana o pasado poder decirle “a que hora sales, puedo venir a esperarte, te invitó un café”.

Cuando estaba a unos pocos pasos de llegar a su presencia, la palabra estampada en su ceñido vestido de impulsadora me detuvo y me volvió como una cachetada a mi realidad. Un hálito de racionalidad invadió mi cerebro al verla allí con unos paquetitos rosa finamente envueltos, regalándolos a cuanta fémina pase por su lado. En su coqueto uniforme decía “Kotex”.

Yo que iba con la mano casi extendida a recibir su tan promocionado producto tuve que hacer un giro pronunciado hacia la derecha para evitar hacer tremendo papelón. Con la cabeza agacha me desvié hasta llegar a una caja donde me detuve simulando esperar que la cajera contabilice mis productos, que a decir verdad no tenía ninguno.

Salí desconcertado y mi amigo Óscar se apareció a los pocos minutos a interrogarme por mi actuar sospechoso y repentino. Después de explicarle que la “chica Kotex” era la mujer con quien debía casarme y no mi vecinita Marilú, ni mi compañera del inglés Roxanita, ni nuestra compañerita Amanda de la facultad de Ingeniería, ni Pilarcita a quien conocí en unas prácticas pre profesionales, por las que alguna vez también le dije lo mismo; el buen Oscar terminó por aceptar ayudarme e iniciar una estrategia para poder entablar una bonita amistad con fines serios con la fémina en cuestión.

El problema es que regresábamos cada día esperando encontrar a esta bella dama con otra camiseta. Que deje de ser la “Chica Kotex” y sea por ejemplo la “Chica Philadelfia”, “Chica Donofrio”, “Chica Ayudín” o por último “Chica Mister Músculo” para tener la oportunidad de poder preguntar por el producto, las bondades, soltar un par de bromas por allí y luego saltarme al tema personal y finalmente pedirle su número. Pero la “chica kotex” nunca cambió de camiseta, siempre siguió bajo la misma marca lo que me obligó a buscar otra solución y tomar el toro por las astas.

***************

¿Qué es lo que creen que pasó luego?. Quien me da la respuesta más cercana a lo sucedido, se hará acreedor a un premio sorpresa. Es en serio.

Saturday, September 15, 2012

Problemas De Comunicación





En los últimos 15 minutos de la reunión mensual que realiza nuestra Gerencia, se suelen desarrollar exposiciones sobre temas diversos efectuados por los mismos trabajadores. Estas exposiciones generalmente son temas de actualidad o trabajos de investigación. Como nunca he hecho las veces de ponente, esta vez me han conminado a desarrollar una exposición y como particularmente no soy experto en nada, me han asignado un tema: “La Comunicación”. Paradójicamente creo ser el tipo que menos habla en la oficina, pero que sin embargo ya que me han dado esa tarea me he echado a rebuscar mis apuntes y libros de la última maestría para refrescar algunos temas sobre la comunicación organizacional.

En este transcurso de recopilar información y comparándola con mi vida y mis vivencias he descubierto que en efecto la comunicación debe tener ciertas condiciones para que se desarrolle correctamente sino podemos ser mal interpretados. Todo esto me lleva a relatarles este enredo de palabras:

No siempre lo que escuchas es lo que crees que significa
Era un mozuelo, delgaducho, flacuchento, esmirriado, que vestía polo negro y llevaba el pelo largo emulando a mis cantantes de heavy metal. Aún así a pesar de las apariencias era un chico sano, inocuo, impoluto, como hasta ahora. No le he entrado a las drogas ni al alcohol (bueno si, bebedor social).  No fumo y ni siquiera tomo café. El hecho es que por esas épocas andaba un poco mal del estómago, del hígado, los granitos, el desarrollo, así que mi mamá se encargaba de buscarme infinidad de recetas caseras y naturales para solucionar mis males. En una fecha me envió un paquete con “hercampuri”, un desintoxicante natural de nombre demasiado complicado, dizque bueno para solucionar todos mis males. De acuerdo a lo coordinado me dirigí a la agencia de transportes “San Martín” que quedaba en el centro de Lima, recibí el paquete y de inmediato agarré el teléfono público que estaba dentro de la agencia y le dije “aló, si ya recibí la hierba, sin ningún problema”, mi mamá que estaba al otro lado de la línea me dijo “Fíjate si está todo completo”. Así que haciendo malabares abrí la pequeña encomienda allí y saqué el paquetito que estaba envuelto en una bolsa transparente repletito de una hierba seca. “si está completa la hierba” respondí. Al otro lado de la línea “y ya te has cortado ese pelo?” me recriminó mi madre que se oponía a que camine greñudo y desaliñado. Y yo a manera de broma le respondí “jajaja cuando vengas me vas hacer 10 moños”. Agradecí y prometí algún día pagarle todo. Colgué el teléfono y lo que no me había percatado es que había un sujeto que había estado escuchándome todo el rato. Cuando salí me abordó en la calle y me pidió que le diera la mitad de la hierba que llevaba a cambio de no “tírarme dedo” (esas fueron sus palabras). Yo pensando que este sujeto también estaba mal del hígado decidí regalarle un poquito. Cuando saqué el paquete, el sujeto me lo arranchó y se fue corriendo con mi “hercampuri” con rumbo desconocido. Ojalá que nunca se haya sanado del hígado.

Las palabras en un mismo país pueden tener significados diferentes
Era 1996, había ido a hacer mis prácticas profesionales a Centromin en la Oroya, antes que pase a la funesta Doe Run. Como practicante tenía el derecho a un desayuno, almuerzo y cena dentro de uno de los comedores en los horarios estrictamente establecidos. El problema es que por las funciones que me habían asignado, diferente al resto de practicantes, siempre llegaba al término del horario del almuerzo. Más de una vez el encargado del comedor, que era un sujeto amanerado y que por los pasillos de la empresa se comentaba su predilección por los chibolos, me servía lo último que quedaba en las ollas o se ofrecía a prepararme un plato de última hora.

Por mi postrera asistencia siempre terminaba solo en una mesa, como un olvidado, un castigado, almorzando en la más completa soledad. El problema es que este sujeto empezó a sentarse en la mesa y a hacerme el habla. Yo la verdad no tengo problemas en conversar con las personas, dentro del marco del respeto mutuo, así que conversábamos de lo más normal, casi todos los días. Es más como me veía siempre solo, asumía que no tenía muchos amigos, así que se ofreció hacerme un tour por la “Oroya nueva”, donde habían discotecas y bares donde se podía pasar un buen rato, ofrecimiento que rechacé muy amablemente. Todo iba bien hasta que un día se suscitó la siguiente conversación: “Tú debes ser bien activo”, me preguntó. De inmediato se me vino a la mente que en efecto, me considero una persona que realiza muchas actividades durante el día. Es más le había contado que estaba trabajando allí en Centromin, tocaba en una banda de rock cuando regresaba a Lima, jugaba “fulbito” con mis primos los domingos y por si fuera poco iba avanzando mi trabajo de investigación, así que por todo eso le respondí “Ah si, bien activo, aunque también por temporadas”, le dije. Abrió los ojos inusitadamente y esbozó una pequeña sonrisa “Ahhh”- respondió, “o sea podríamos decir que eres moderno”. Y nuevamente se dibujaron en mi impoluta conciencia, mi predilección hacía el rock actual y me vestía digamos “a la moda” sin llegar a ser un metrosexual, respondí inocentemente “bueno, podríamos decir que si”. Otra vez, al sujeto del comedor, se le abrieron los ojos, se rascó la barbilla, se acomodó sobre la silla y soltó la tercera pregunta “o sea también eres pasivo”, y yo sabiendo que a veces como a todo ser humano le entra la flojera y la modorra respondí alegremente “bueno, si de vez en cuando, pero siempre trato de estar más activo”. Bueno, lo que vino después fue una tremenda confusión cuando este sujeto me propuso pasar a la bodega que tenía tras la cocina a lo que me rehusé tajantemente. Después de una larga explicación, me di cuenta que todo había sido un mal entendido, y que para mi las palabras, activo, pasivo y moderno sólo tenían el significado que se encuentra en la RAE y no como una clasificación de preferencia sexual. De todas maneras desde esa fecha preferí pagar mi menú afuera.

Las palabras en países distintos pueden tener significados diferentes
Tendría unos 15 ó 16 años cuando metido en ese grupo parroquial para hacer la confirmación y antes que me expulsaran por mi actuación obscena y que les relaté en el post “Teatro desde el teatro”, nos visitó un grupo de jovencitos de nuestra misma edad, de México. Exactamente venían del D.F. y por esas cosas de la iglesia, habían llegado a hacer una especie de “Intercambio cultural”, vivir nuevas experiencias espirituales y conocer la realidad de otros países. Siempre conocer gente extranejra es estimulante e interesante, por lo que en el grupo de confirmación se desató un inusitado énfasis.

Dentro de las mexicanas estaba Alejandra. Era pequeñita pero tenía una linda sonrisa y dos ojos que “sin palabras hablaban”. Con ella tuve más química. Conversábamos a menudo, me contaba cosas de su país, de su ciudad y de su labor como catequista en su comunidad. Me agradaba su compañía por lo que siempre buscaba la manera encontrarla, de toparme con ella para conversar. Tenía su gracia Alejandrita, adoraba la entonación de sus palabras y su buena disposición y alegría para llevar las charlas y las actividades grupales.

El problema de comunicación empezó cuando como todos los fines de semana solíamos hacer dinámicas, juegos, concursos, charadas, carreras, etc. El hecho es que al terminar el último concurso Alejandrita terminó sobre una de las sillas que se había utilizado para el juego. Como todo un caballero me acerqué para ayudarla a bajar, cuando ella me soltó la siguiente frase  “si me aviento, ¿me cachas?”. Yo que apenas era un párvulo inexperto y estaba aún inmaculado, impoluto, me vi sorprendido por tremenda proposición lanzada directamente sin anestesia local y con un vocabulario procaz que jamás habría imaginado de Alejandrita. Tartamudeé y sentí el calor subir por mi cara. Se me cruzaron de inmediato mil planes por la cabeza, ya a esa edad tenía claro el deber que la naturaleza me había encomendado y que debía cumplir por la conservación de la especie, así que sólo atiné a responder “bueno… yo no tengo problemas pero tú dirás donde?”. “¿dónde?” volvió a preguntar Alejandrita, “ya cáchame de una vez” y se soltó en mis brazos. Yo que volteé y vi todavía un grupo significativo de personas en el patio de actuación de la iglesia y por un momento en mi mente cochina me la imaginé ahí mismo en ese lugar sacrosanto. Cuando la recibí en mis brazos y ya teniendo su venia y su consentimiento, decidí dar un adelanto y le agarré el poto. Bueno lo que vino después fue un rodillazo en mis partes nobles que me dejaron doblado sobre el patio. Ahí entendí que “esa palabrita” en México, tiene otro significado.

Por favor si tienen algunas vivencias donde haya habido “problemas de comunicación”, háganmelo saber en sus comentarios para incorporarlo en los ejemplos de mi próxima exposición.

Desde ya, les agradezco su invalorable aporte.

Monday, September 10, 2012

Tres Veces Que Me Confundieron


Si hay algo que hiere en su orgullo a un macho que se respeta, a un semental, a un verraco, a un macho alfa es que lo confundan como miembro del otro equipo. Y este muchachito formal que nunca se lava con el champú de su flaca, nunca pide ensalada Cesar, traga como hombre, se lava la cabeza con detergente y el cuerpo con jabón de pepa, ha sido víctima unas pocas veces de esta confusión debido a gente despistada, cegatona que no supo reconocer a este homo eroticus super macho.

1994, Universidad Nacional Agraria La Molina
Estaba con una amiga en los retoques finales de un trabajo que debíamos entregar ese mismo día. Habíamos estado en mi casa de amanecida trabajando, el sueño me vencía. Lo último que faltaba era anillar las más de 50 hojas que había salido la monografía. Mi amiga, que en esos momentos se encontraba más lúcida que yo, porque valgan verdades tuvo la desfachatez de echarse unas buenas dormidas mientras trabajábamos y encima roncar y babear mi mueble, me dejó anillando el trabajo donde atendía un sujeto amanerado. “pagas de aquí” me dijo mi amiga y me entregó su monedero, “yo voy haciendo la carátula en el centro federado” agregó. Lo que no me había percatado por estar medio sonámbulo es que su monedero era un peluchón rosado con aplicaciones de estrellitas brillantes. A la hora que me entregan el trabajo anillado, saco el monedero y delicadamente (entiéndase que era un objeto ajeno y debía tratarlo con cuidado), saqué algunas chucherías que había dentro, entre ellas un lápiz labial, hasta que por fin encontré las ansiadas monedas. Cuando se las entrego al sujeto amanerado, casi me tomó de la mano al recibir las monedas y hasta podría decir que me dio una rascada en la palma de la mano. Quité mi mano asustado. El sujeto me guiñó el ojo y me dijo “hoy tenemos una fiesta en casa de una amiga, ¿te animas?”. Cogí el trabajo y casi salí corriendo.

 2002, Pollería Rokys Los Olivos
Era el último día de labores de una compañera trabajo, habíamos quedado en ir al Rokys a comer un pollito y de ahí pasarnos al karaoke. Pero justo una hora antes de la salida, se me cayeron los lentes y mis lunas que eran de cristal se hicieron añicos en el piso. “ya no voy” dije pero mis amigas terminaron por convencerme “yo te presto mis lentes para cantar” me dijo Lorenita, muy solícita ella. Salimos a la hora pactada y nos dirigimos directo y sin escalas al Rokys de Los Olivos, al último piso para pedir nuestro pollito y lanzarnos a soltar nuestros gallos, amenizados y animados por la rica sangría con harta manzana.

La hora de la comida me la pasé mordiendo por donde caiga mis dientes, no veía bien así que mordía cualquier cosa que haya en el plato. Cuando llegó la hora de cantar la buena Lorenita me prestaba sus lentes y así un rato ella y un rato yo intercambiábamos sus anteojos. Hasta nos animamos a entonarnos “sin miedo a nada” de “Alex Ubago y Amaya Montero”, cambiando rapidísimo los lentes de un lado a otro.

Cuando llegó la hora de pagar, Lorenita y yo bajamos hasta el primer piso, a la caja. Cuando estaba dispuesto a desembolsar el dinero, escucho que me llaman. Volteé de inmediato y era mi amigo Héctor, que había estudiado con nosotros la universidad hasta el octavo ciclo y luego se había retirado para seguir ingeniería civil en la UNI. Me dio gusto verlo después de tanto tiempo, nos saludamos. Le quise dar un abrazo fuerte porque habíamos sido buenos amigos durante los cuatro años que estuvo en la universidad pero sentí un poco de resistencia. Sólo me dio fríamente la mano y me comentó que estaba trabajando en una constructora reconocida. Yo por mi parte le conté que andaba por allí celebrando la despedida de una amiga. Pero notaba que mi amigo me miraba medio raro y me observaba como animal en especie de extinción, hasta que me soltó la pregunta: “y desde cuando eres … mmm… decidiste…. este…” y me hacía gestos con la mano o simulaba patear con un pie y luego con el otro. Y yo por las sangrías que me había tomado no me percataba que quería decirme y lo miraba esperando que termine la oración. El buen Héctor se acercó un poquito y casi susurrando y mirando a todos lados para que nadie escuche, me dijo “¿desde cuando eres cabro?”. Recién me di cuenta allí que me había quedado con los lentes de Lorenita, que a decir verdad eran unos lentes lilas y todavía medios jaladitos para arriba. Me eché a reír y me deshice dando explicaciones a mi amigo. Sólo espero que me haya creído.

2004, Vía Veneto
No me gusta ir al centro de Lima. Odio el centro de Lima. No me gusta ver mucha gente junta. Me desconcierta el caos, el tráfico, los delincuentes, los jaladores. Creo que tengo Enoclofobia moderada. Pero algunas veces el trabajo te lleva inevitablemente a tener que visitar el damero de Pizarro. Asistí porque había quedado con un primo para firmar unas actas en una notaría ubicada en la Plaza San Martín. Habíamos escogido esa notaría porque era significativamente más cómoda que otras. Como llegué temprano empecé a caminar haciendo tiempo. Rápidamente me recorrí una buena parte del jirón de la unión y me aburrí rapidísimo. Sin saber que hacer entré a una galería y decidí tomar algo en un café  para matar el tiempo. Me senté en una de las mesas y pedí un mate de manzanilla. No suelo tomar café porque me pone ansioso. Leyendo un periódico que había adquirido por allí escuché una voz “disculpe joven, lo puedo acompañar”. Levanté la mirada y era un tipo maduro de unos cincuenta años. Lo invité a sentarse. No me importaba que se sentara mientras estuviera callado. El sujeto pidió un café y sacó una revista “Caretas” para leer. Mientras yo tomaba despacio mi manzanilla el sujeto empezó a hacer comentarios “uy mira que rico” me dijo. Volteó la revista y me mostró imágenes de mujeres calatas. Dentro de la revista “Caretas” había puesto otra más pequeña donde había escenas de sexo explícito. Sonreí nerviosamente y pensé “viejo aguantado anda vete a Cailloma”. Luego de unos segundos me dijo “por donde vives?”. Este viejo ya se estaba pasando de la raya “Lejos” respondí. “Mira vamos a tener una fiesta y necesitamos apoyo, no quieres ganarte con un trabajito?”. Encima me vio cara de misio y necesitado. Sonreí un poco y levanté mi taza de manzanilla, ya las cosas se estaban complicando y necesitaba salir. “Pagamos 100 soles y si quieres te hacemos cariñitos gratis” me dijo y sentí su pie rozar mi pierna por debajo de la mesa. Casi me atoro. Es más le salpiqué un poco de manzanilla en su horripilante cara. Me levanté, pagué la cuenta y salí disparado. Cuando atemorizado le conté lo sucedido a mi primo, me dijo mientras reía a carcajadas, “que esperabas pues huevón si ese café es punto de reunión de cabros y fletes”.

Los dejo con este comercial de EGO. Disfrútenlo!



Tuesday, September 04, 2012

Cómo Revalidar Tu Licencia de Conducir




Hace unos días mirando mis tarjetas de crédito, débito, cineplanet, 187, tarjeta Bonus y tarjetas de presentación que los amigos gentilmente me obsequian y que sólo me sirven para hacer anotaciones en la parte posterior, descubrí que mi licencia de conducir estaba próxima a vencer. 2 de setiembre, justo la fecha de mi cumpleaños. No sé si es una coincidencia o siempre es así para todos.

De inmediato me invadió la incertidumbre y el temor que no quieran renovarme esta bendita licencia porque los últimos años he venido perdiendo considerablemente la visión.

Llamé por teléfono a un conocido centro médico autorizado por el MTC y reservé mi cita para el día sábado. Ese día un poco nervioso llegué como siempre puntual a la hora pactada, me tomaron mis datos y me hicieron pasar al primer consultorio. Previamente había dispuesto 100 solsitos en unos de mis bolsillos, por si acaso tuviera que utilizarlo como último recurso. Sé que es un acto desleal, poco honesto, pero la necesidad de trasladar a mi familia cómodamente y evitarme en la medida de lo posible a las combis, me estaba llevando a ese extremo. El médico me hizo pasar, me senté frente a una máquina que tenía dos visores, uno para cada ojo, por supuesto con los lentes puestos, y me dijo “lee la última línea, la línea 7” y yo empecé “r, n, d, g…”, “no, no, no”, interrumpió el médico, la última línea que empieza con “t,f,h”, “pero qué carajos” pensé, para mi la línea empezaba con “r, n, d, g…”. “¿tienes algún problema con el ojo izquierdo?”, preguntó el médico. “bueno si doctor, tengo un poquito de miopía”, respondí de la manera mas deslenguada, pues poco me falta para ser un “pirata cojo, con pata de palo y con un parche en el ojo”. Lo que en realidad tengo, es lo que los oftalmólogos han llamado ojo perezoso, defecto de nacimiento que hace que no pueda ver el “Westin Hotel” así estuviera a 10 metros de distancia. “ajá”, me dijo el doctor. “A ver, mira otra vez” y me empezó a poner una serie de figuras que empecé a responder, pero siempre me quedaba alguna que no veía “¿no ves otra figura ahí, al lado del cuadrado?” preguntaba insistente el médico. Deduje de inmediato que había más figuras de las que mi único ojo derecho podía percibir, así que al menor descuido, zuácate!, movía el ojo derecho, al visor izquierdo y de la manera mas histriónica iba respondiendo “creo que hay una bicicleta”.  Ya esas alturas, que me había descubierto que tenía un ojo malogrado no podía decir con seguridad que figura era porque me podría pillar haciendo trampa, así que aplicando mis conocimientos de sinónimos, antónimos, y parónimos que aprendí en mi cursillo de redacción, empecé a usar verbos como “creo que es…”, “me parece que es…” o a modo de pregunta “¿es una…?”. “Ajá” dijo otra vez el médico. “Hay cosas que ves y hay otras cosas que no, que interesante, si pues así hay casos particulares, cada caso es único” me dijo y me miró como si fuera un espécimen raro. “si doctor hay casos únicos” reforcé esa última idea para cubrir mi farsa. El médico empezó a hacer anotaciones en una hoja, así que atemorizado pensando que podría poner algo como “imposible manejar vehículos motorizados” o algo más cruel como “Sólo puede manejar bicicleta”, empecé a conversarle al médico tratando de caerle simpático y se apiade de mi. Deduciendo que era ya un padre de familia lo ataqué por lo más sensible, los hijos: “doctor, yo solo manejo para movilizar a mi familia, para llevar a mi hijita al colegio, doctor, yo no soy taxista ni nada de eso... usted sabe, tengo un hijo pequeñito que hay que llevarlo siempre a sus controles médicos”. “si, si, ok” respondió indiferente y seguía haciendo anotaciones en mi ficha médica. Desesperado ya por lo que estuviera escribiendo y por último tratando de llevarlo ya al tema central de decirle “¿cómo es doctor?”, solté la última pregunta casi a manera de súplica, de imploración: “voy a poder manejar, doctor, no me vaya a hacer un daño”, “si, si, no te preocupes, si vas a poder manejar, pero con restricciones”. Solté un suspiro aliviado. Terminó de completar la hoja y me dijo “ponte esos audífonos”. Me coloqué los auriculares y me preguntó “¿Que escuchas?” y a decir verdad no escuchaba un carajo, yo sabía que era ciego pero no que era sordo. “doctor se escucha mucha bulla de afuera”. En efecto, se escuchaba las conversaciones de las secretarias. “si pues no es hermético este consultorio… no escuchas como un zumbido?”. Escuché las palabras salvadoras. “doctor escucho un zumbido como un aire acondicionado”. “correcto” respondió. “y ahora?” agregó. Ahora si escuché un pitillo en el oído derecho, le indiqué con el dedo. “y ahora” volvió a preguntar. No había escuchado absolutamente nada, pero deduje que si ya había sonado el lado derecho, ahora tocaba el izquierdo. Levanté el dedo de ese lado y respondió “correcto!”. Salí un poco aliviado del consultorio, pero con algo de preocupación. No estaría tranquilo hasta ver mi certificado médico apto para conducir. Luego pasé al psicológico, si bien siempre he pasado este tipo de exámenes, a la vez siempre me preocupa que me vayan a descubrir algún trastorno, una psicopatía, una obsesión o algo parecido, así como lo descubrieron a mi Tío Roberto, que dibujó una mujer sin un brazo. ¡vaya usted a saber lo que significa!. Gracias a la mano milagrosa y a mi oración de la Virgen del Carmen que me regalara mi abuelita que en vida fue, pasé el examen satisfactoriamente. Finalmente me llamaron para entregarme el certificado “¡Sr. Gasan!”. Me acerqué de inmediato. La señorita me dijo “¿no quiere ir donde su oftalmólogo y cambiar las lunas de sus lentes?... tiene tres días para subsanar estas observaciones, sino va a salir con restricciones”. Bueno, definitivamente, así me pongan el telescopio espacial Hubble en vez de las lunas de mis lentes no iba a ver ni un elefante frente a mi, así que solo asentí que iba a tomar los resultados como habían salido. Cuando me entregaron el certificado, el resultado tenía escrito lo siguiente: “Con lentes, dos espejos laterales y espejo 180º”. Pregunté que significaba eso y me dijeron que los espejos laterales es lo que tienen todos los carros, pero el panorámico, es el retrovisor que tendría que adaptarle a mi humilde vehículo. Sonreí aliviado, por un momento pensé que iba a salir cosas como “requiere sensor para retroceder y avanzar”, “ponerle ‘peligro al volante’ en los laterales del carro”, “requiere circulina”, “ponerle luces de neón al contorno del carro”, hasta me imaginé mi pobre auto como un ovni, y todavía perseguido por el doctor Anthony Choy. Una vez más, sin ser católico, agradecí a mi oración de la Virgen del Carmen que me regalara mi devota abuelita.

De inmediato me fui al centro de Lima a preguntar por el espejo panorámico y me encontré que son unos espejos larguísimos y que se acoplan a cualquier espejo retrovisor. Resignado, compré uno de ellos y ahora mi pobre camionetita pequeña, por dentro parece una “combi”, una “custer”, un bus interprovincial, un camión transportador de papas, con un espejo que ocupa casi todo el ancho del carro, hasta ya me estoy animando a pegarle “stickers” de “suba pero sola” o algo como “todo en este carro es chévere, la música, el chofer y el cobrador”.

Habiendo pasado lo más difícil, me tocaba pasar el segundo requisito: “dar un examen o llevar un curso de reglas”. A fin de no arriesgarme a patinar, decidí por lo segundo. Llamé al Touring y me inscribí en el curso. Asistí saliendo del trabajo. Llegué puntual como siempre. Empezó la clase y dormí como un bebé de pecho toda la clase. Al cabo de unas buenas cabeceadas el ruido de las carpetas me despertó. Había terminado la clase. Rendí mi examen y pasé satisfactoriamente. Ahora ya tengo todo listo para renovar mi licencia por 8 años más. ¡Agárrense!, ¡Apártense de todos! continúo en las pistas y aténgase a las consecuencias quien se quiera atravesar en mi camino. Ya saben que soy como Shakira, no, no como una loba sino “Ciego sordo y mudo”.

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