Thursday, July 26, 2012

Mi Hermano

- Aló- respondí al escuchar la melodía de la marcha turca en mi celular


- Que tal, novedades? – era mi hermano al otro lado de la línea

- Nada, tú que cuentas- respondí sabiendo que llamaba otra vez, sólo para conversar con alguien o para escuchar las palabras de quienes lo queremos, a pocos días de partir.

- Acá en el trabajo- respondió de inmediato

- Oye que se escucha atrás… están disparando? – pregunté al escuchar el ruido característicos de las balas.

- Ah, si… estoy en prácticas de tiro… de 10 disparos, 9 le he dado en la cabeza… y a 100 metros de distancia-

- No jodas, y los demás, seguro que le dieron los 10- lo dije con las únicas ganas de jorobarle la vida.

- Jajaja, nada, la gente a las justas le da 3 ó 4 tiros-


Y de inmediato me llegó a la mente cuando éramos niños y jugábamos a lanzar piedras a botellas vacías, o apuntarle a alguna antena aérea con una honda o lanzar dardos que hacíamos con agujas, palitos de fósforos y cartón o simplemente lanzar los “huevos hueros” que quedaban en el corral a los techos vecinos para luego salir corriendo; juegos en los que lógicamente tú ganabas y no porque mi puntería era tan mala como la de Maxwell Smart, si no porque tu puntería era digna del programa de Top Gun.

Creo que nos hemos divertido a lo grande, porque sólo nos separa un año y medio de edad y a pesar que mucha gente pensara que no fuéramos hermanos, porque tú eras más alto, grueso, macizo, blanco y por si fuera poco tenías (o tienes) esos ojos verdes que te hicieron ganar el apelativo de “El gato”; yo, por el contrario, en esos tiempos era un enano, delgaducho, trigueño y por si fuera poco medio torpe.

Era, 1984, nos había visitado nuestro primo Lucho y junto con mi papá partimos rumbo a “la compuerta”. “La compuerta” era una desviación del río Pisco, que llegaba a un grupo de chacras lejanas. Allí habían instalado una especie de “by pass” para dirigir el agua hacia uno u otro lado. Por eso se formaba una especie de piscina natural donde uno se podía bañar tranquilo y desde donde mi papá nos podía divisar y controlar sin tener que preocuparse mucho por la profundidad o por alguna ola brava.

Nos bañábamos sobre esa agua marrón que venía arrastrando tierra, ramas secas y heces de caballos. Saltábamos como pececillos por la compuerta y pasábamos de un lado a otro, jugando a cualquier cosa que se nos ocurriera. Mi padre como siempre nos vigilaba mas allá, recostado sobre el agua en un lado de la acequia, mientras despacio se embadurnaba con barro el hombro o alguna otra parte donde lo aquejara el dolor.

Junto contigo y con nuestro primo Lucho estábamos al otro lado de la compuerta conversando sumergidos como sapos en el agua, asomando apenas las narices y los ojos, cuando sentimos caer pedazos de barro con arena cerca de nosotros. El agua salpicaba a cada instante y tú como siempre, te percataste que era papá que sumergido al otro lado y escondido tras la vegetación sacaba pedazos de barro y nos lanzaba para luego esconderse nuevamente.

“Es mi papá” dijiste y te sumergiste en el agua escabulléndote y sacaste, de igual manera, un pedazo de barro. Estaríamos a unos 18 metros de distancia, cuando milimétricamente calculaste el intervalo de tiempo que papá asomaba el rostro entre la vegetación para esconderse nuevamente. Y esperaste su próxima salida y lanzaste como émulo de “Guillermo Tell” esa “champa” de barro, que cruzó de forma parabólica la compuerta y se estampó precisamente directo en el ojo derecho de papá.

Por un momento nos desternillamos de risa, a mandíbula batiente. Pero luego al ver a papá amargo tratando de limpiarse con esa agua negruzca que cruzaba el cauce de la acequia, y con el ojo rojo como un tomate que apenas podía abrir, se nos apagó la algarabía. Luego de recibir un par de gritos acidulados, se nos acabó el regodeo y nuevamente nos sumergimos asustados para asomar otra vez solo las narices y los ojos.

Papá regresó rápido a casa y nos dejó asustados tras “la compuerta”. Temerosos nos sumergimos en el agua tratando de esconder la cara de la vergüenza. Nos quedamos casi toda la tarde remojándonos hasta que se nos arrugaron las yemas de los dedos y cuando ya casi oscurecía regresamos despacio tramando estrategias para ver como entrar a la casa.

Cuando volvimos nos empujábamos quien entraba primero. Mamá nos recibió “¡¿qué le han hecho a su papá?!” nos regañó y nosotros asustados pasamos casi marchando tratando de escondernos uno detrás del otro. Cuando pasamos por su habitación lo vimos sentado sobre su cama con un parche blanco enorme en el ojo derecho.

Había terminado en el seguro social, le habían hecho un lavado ocular y tendría que concurrir en los próximos días a seguir con el tratamiento.



Y podría seguir contando otras tantas cosas más que solías hacer por ocurrente, como cuando aquella vez que en la playa tratando de disputar la posesión de la pelota que papá sostenía con la mano derecha levantándola para que no se la quiten y tú en un arrebato, que sólo en tu imaginación podría ocurrir, diste una media vuelta de karate, tratando de dar con el pie a la pelota, pero para tu mala suerte le metiste directo el “tabazo” en la manzana de Adán de papá.

Aún queda en mi memoria esos segundos ver a papá desmayarse, como cuando “el chavo” recibía el beso de “Paty”. Desesperados lo reanimamos, que para buena suerte, sólo resultó ser un susto.

Hoy que te vas en esas misiones que sólo está hecha para los valientes, porque si de valentía se trata eso a ti te sobra, sé que todo te va a ir muy bien, como siempre. Y aunque papá nunca nos enseñó a decir “te quiero” y me cuesta muchas veces que me salga de la garganta, al menos puedo escribirlo sin que se me traben los dedos: “te quiero hermano”.

Tuesday, July 17, 2012

Reflexiones Sobre El Debut



Cuando eres adolescente la diferencia entre ser un hombre y no serlo está resumido a un simple acto: Ya tiraste o no. No me vengan con reflexiones concienzudas o bizantinos razonamientos que el debut sexual depende de muchas variables, que un hombre no se mide por su accionar sexual, que la madurez entre los adolescentes no es igual, Mentira!. A esa edad estás en el grupo de los que ya tiraron o no lo estás. O ya eres hombre o no lo eres. O eres de los bacanes o de los retrasados sexuales. Así de manifiestas son las cosas.



Por los años ochentas, para ser más exactos por 1987 cuando cursaba el tercero de secundaria, si no me falla mi blandengue memoria, tener acceso a una revista pornográfica era más difícil que encontrar una aguja en un pajar (valgan las analogías en todo el sentido de la palabra). Pero siempre en el salón de clases de un colegio nacional están los más avezados, los que cuentan con un largo trajinar en el arte de sobrevivir en las calles. Ellos los que ya contando con bigotes y que forman parte de las estadísticas de la PEA, aún siguen en los colegios nacionales tratando a duras penas de culminar la secundaria. Esos que se mezclaron con nosotros los más párvulos, los más inocentes, los aún impolutos, que apenas por esos años bordeábamos los 13 abriles.


Estos avezados eran los primeros en llevar las revistas pornográficas en blanco y negro con una historia truculenta y lujuriosa de alguna fémina o grupo de féminas ninfómanas en busca de placer y que encuentran en algún suertudo muchachón la posibilidad de dar rienda suelta a sus bajos instintos. Estos avezados luego de hacer uso de las revistas solían venderlas a nosotros los más cándidos, los más inocuos, a precios exorbitantes.


Recuerdo que si llegabas al aula y encontrabas a la mitad de los alumnos alrededor de una carpeta, buscando una mejor posición para ver, no era porque estaban revisando una tarea, una clase anterior o una enciclopedia del saber, no, no, mentira pobres ilusos, era porque alguien había llevado una revista de “calatas”. Y si peor aún los veías desesperados metiéndose entre la multitud, saltando, lanzándose por encima del grupo, era porque sólo querían saciar sus ojos lascivos. Por ahí, algunos más acelerados y producto de estar viendo escenas calientes, eran víctimas de la excitación y nunca faltaba escuchar un “oe compare no te me pegues mucho que ya me estás punteando”.


Luego llegaron las revistas a colores donde se veía a mayor detalle las piruetas más extrañas y con tomas a todo color y con tal nitidez que uno de mis amigos más ingenuos, al ver la revista, preguntó “que le están haciendo a la chica, la están operando?”. De allí todos reímos y quedó marcado como “el doctor”.


Y por eso allí tenías que aprender a la fuerza, para no quedar como un retrasado, un subnormal, un postrero de la retahíla de alumnos del sexo.


Un día de aquellos uno de los más avezados, se apareció diciendo que había debutado en un lupanar de Chincha, al que llamaban para despistar al enemigo “El Cerro”. Primero la noticia se empezó a correr entre murmullos en un pequeño grupo, luego se fue haciendo más grande hasta que por exigencia de todos, este compañero se tuvo que parar al frente y narrar con lujo de detalle cómo había sido su aventura por esa mancebía, como si fuera un profesor más que estaba dictando una clase.


Nunca vi a mis compañeros más atentos y en silencio escuchando a un expositor, como lo escuchaban a él y nunca los vi participando más a través de preguntas y cuestionamientos como en aquella charla.


Rememorando, mi amigo, se había parado al frente y empezó a decir que había debutado con una fémina pulposa similar a Amparo Brambilla (eran las vedettes de nuestros tiempos pues!). Uno de mis compañeros levantó la mano e intervino “Espera, no te saltes” le dijo “empieza desde cuando fuiste… cómo se hace para ir”.


Y este improvisado conferencista, que normalmente era un cobarde para pararse al frente y exponer en las clases del colegio, esta vez se transformó en un orador como Miguel Angel Cornejo y comenzó a relatar lo sucedido y se paseaba entre las carpetas como un versado predicador, explicando su accionar con las exageraciones del caso.


Contaba “primero, nos fuimos a Chincha y al lado de la plaza de armas hay unos autos viejos, esos lanchones, vas te subes y te sientas. No tienes que decir nada, ya todos saben a donde tienen que llevarte… Luego llegas, afuera venden de todo, te compras un chicle para calmar los nervios y entras. Hay dos pasadizos y las chicas están afuera con transparencias…”


Por ahí se escucharon algunos aisshhhh de algunos compañeros mientras se sobaban la entrepierna.


“Escoges, le dices cuanto cobras y entras”


Empezaron los murmullos, todos preguntaban “pero cuenta pues que hiciste”


“bueno, estuvimos así” decía mi amigo mientras se golpeaba el antebrazo desnudo “a pelo, los dos”.


“Y que se siente” preguntó otro de mis compañeros.


“mmm a ver cómo te explico… ya mira”- dijo “pon tu dedo en la boca y se siente así, húmedo y caliente”. En una mirada rápida vi que todo el salón estaba con el dedo índice en la boca. Algunos más histriónicos hacían movimientos como si se estuvieran cepillando.


Y nuevamente los murmullos y todos hablaban y empezaban a ponerse de acuerdo para hacer una nueva incursión a “El Cerro”.


- Y tú nos podrías llevar- preguntó otro de los compañeros


- Claro- dijo


Luego de esa etapa que marcó nuestras vidas, algunos compañeros empezaron a agruparse e ir en mancha a los lupanares y digamos que el salón se dividió entre los que habían debutado y los que no. Los del primer grupo solían hacer gala que eran lo máximo, que habían hecho trizas a la trabajadora sexual, que la meretriz le había dicho que su miembro tenía proporciones descomunales, que se habían enamorado de ellos y un sin número de cosas que por supuesto, en el caso que fuera verdad, es de conocimiento de todos, que son artimañas que usan las chicas malas para estimularte y rapidito no más termines tu faena y te vayas por donde viniste.


Algunos alegaban que ya habían debutado pero no contaban con testigos que lo respalden y se ponía en tela de juicio su debut. Un día mi amigo Juancho se apareció diciendo que él había debutado ya hace unas semanas atrás y de inmediato empezaron a interrogarlo para saber si era verdad o no, “como son los pasadizos?”, “Cuanto te cobraron?”, “de que color son las paredes?” “Que meretriz te atendió?” y un sin número de preguntas que mi amigo Juancho no pudo responder con la velocidad que se las hacían. Y no faltó quien preguntó “y como era su vagina?”, a lo que para su mal, el timorato Juancho respondió, “pues como todas, tenía una lengüita en sus partes y eso me hacía cosquillas y me hizo vaciarme rapidísimo”. Todos nos echamos a reír a mandíbula batiente y desde esa fecha se quedó con el apelativo de lengüita.

Unas semanas después, víctima de sus palabras, el interrogado fue otro, alegando que ya había debutado el buen Cesitar dijo que había hecho una faena digna de una película triple x y que para cerciorarse de no coger ninguna enfermedad le había hecho a la meretriz la prueba del limón. Es decir había llevado una tajada de limón, se lo había exprimido en sus “partes” y como a la chica no le “ardió” entonces estaba sana y por eso hizo su supuesto debut con ella. Desde esa fecha se quedó con la chapa de “limoncito”.


Si tengo que dar un colofón a este disparate de ideas es que la curiosidad y el despertar sexual, las hormonas revueltas nos hacen cometer algunas idioteces. Asimismo el querer figurar y ser aceptado dentro de un grupo nos hace mentir inventando historias fantásticas sobre nuestro debut.


Los más párvulos e inocentes, los que creemos en el amor, los que somos sentimentalones, esperamos que ese día no sea solo un acto mercantil, sino que esté atado a un vínculo de afecto. Nosotros los que esperamos ese momento para debutar con quien amábamos, y por ese acto de amor, más allá de los clichés de respeto y caballerosidad, nos lo guardábamos para nosotros y no teníamos que ir pregonando a medio mundo que es lo que habíamos hecho… Bueno, después ya con los años, lo podemos publicar en un blog.

Tuesday, July 03, 2012

La Entrevista Personal



Siempre he dicho que me gusta hacer las cosas con anticipación, planificar y controlar cada detalle. Pero a la vez, en contraparte, a veces suelo ser distraído o se me confunden las ideas cuando dos o tres proyectos se me juntan. Por poner algún ejemplo, en una ocasión, cuando estaba abrumado por el trabajo y los estudios, salí a una reunión en el colegio de mi hija y tuve que regresar a mitad de camino porque me percaté que tenía dos zapatillas distintas.


A veces creo que las cosas se me juntan porque tengo la necesidad inconsciente de querer hacer todo a la vez. Si hay alguna frase que me pinta de cuerpo entero es la que me dijo mi papá alguna vez “en todo te metes y nada terminas”. Por poner otro ejemplo, actualmente, practico con algunos amigos en un grupo de música, otro amigo me ha puesto en un proyecto para grabar canciones con un sujeto que se va a lanzar de solista, juego básquet algunos días de semana, los domingos hago ejercicios con la familia, escribo, estudio y trabajo, por solo mencionar algunas. Bien dicen “quien mucho abarca poco aprieta”, pero me gusta tanto las cosas que hago que me cuesta evitarlas.

Por eso creo que necesito serenarme un poco cuando las actividades se me acumulan para evitar hacer papelones o meterme en problemas.

Escribo todo esto a raíz de lo que me pasó hace unos días atrás. Se me había recargado el trabajo, tenía bajo mi responsabilidad la elaboración del presupuesto, el plan operativo, una auditoría a un procedimiento y por si fuera poco, la postulación a otro puesto de trabajo me tenía con la mente puesta en otro lado. No me estaba concentrando en lo que estaba haciendo.

El día jueves recibí una llamada de esta reconocida empresa a la que estaba postulando, había pasado a la etapa de la entrevista. De inmediato, me puse a revisar su página web, su visión, misión, valores, historia, principales proveedores, actividades, servicios y empecé a repasar algunos conceptos que me servirían para impresionar al entrevistador.

La noche anterior casi no dormí y me despertaba constantemente pensando en la entrevista y me acordaba de cosas que debía haber repasado. Nuevamente me ganaba el sueño y dormía otra vez, hasta despertar, pero esta vez, pensando en la auditoría que tenía pendiente y que para colmo de males se iba a realizar prácticamente una hora después de mi entrevista pactada, lo que haría que luego de la reunión en la nueva empresa, tenga que salir literalmente disparado a mi actual trabajo y llegar a tiempo y no me desembarquen del proceso de certificación al que se sometería mi proceso. Así me pasé la noche soñando y despertando alternativamente entre el nuevo trabajo y mis pendientes actuales.

Al día siguiente, desperté temprano, un poco ojeroso por las pocas horas de sueño, me di el baño respectivo, me enfundé en mi mejor terno, mi camisa nueva y mi corbata más cara, que por supuesto me la regalaron. Salí con anticipación y me dirigí a la dirección pactada.

Llegué temprano, como siempre, saludé con una sonrisa a la guapa recepcionista, me anuncié y me pasaron a espera a una sala donde había dos sujetos más sentados y mejor vestidos que yo. Definitivamente eran mi competencia. Mientras tanto, me empezaron a llamar de mi actual trabajo preguntándome “ene” cosas sobre la documentación necesaria para la auditoría, que el presupuesto, los planes operativos, y lo único que consiguieron era ponerme más nervioso previo a la entrevista.

Luego de tomarme varios vasos del dispensador de agua que estaba en la sala de espera, me dieron ganas de ir a evacuar la vejiga. Pregunté a la bella recepcionista, por los servicios higiénicos y me indicó el baño de hombres instalado al fondo de un pasillo. Agobiado por las cosas pendientes de mi actual ocupación caminé pensando en mil cosas, literalmente con la cabeza volada, mirando el celular y buscando en la bandeja de entrada los trabajos pendientes, las consultas, observaciones y tantas cosas más que tenía que resolver a la brevedad, más aún si agarraba esta nueva “chamba”, tendría que dejar todo en orden antes de partir. Me dirigí al baño manipulando una y otra vez el celular, esperando encontrar un correo nuevo con una noticia alentadora. Me cercioré que era el baño de varones, entré y las luces del baño empezaron a encenderse automáticamente al detectar mi entrada. Caminé en “piloto automático” hasta uno de los cubículos privados, me bajé el cierre y empecé a orinar como camión bombero por todo el nerviosismo acumulado que me tenía atrapado. Las luces de los últimos fluorescentes aún parpadeaban para encenderse. Mientras iba evacuando la vejiga seguía leyendo mi celular concentrado en toda la lista de correos que había recibido. Cuando terminé de miccionar, me percaté que las piernas de mi pantalón estaban mojadas. Previa sacudida y guardada, desesperado me toqué las piernas y efectivamente, el frío de la humedad me confirmó la noticia, miré alrededor buscando una explicación y recién me percaté que el inodoro estaba con la tapa abajo. Había orinado sobre la tapa del baño y me había salpicado todo el pantalón.

Me encerré en el cubículo desconcertado, como un niño asustado que se había hecho la “pichi” en los pantalones. De alguna manera para paliar mi tremendo error, intenté secar semejante charco con el papel higiénico y el papel toalla que había sacado del baño. No me pareció justo dejar las cosas así al personal de limpieza. Abrí despacio el cubículo y asomé por una rendija, buscando algún jabón que me alivie de este embarazoso error. En esos instantes se abre la puerta del baño.

Escabullido en el privado de esta prestigiosa empresa a la cual aún no pertenecía, me encerré nuevamente y para que no vean mis pies me subí sobre la taza. Me quedé de cuclillas en silencio tratando de secarme con el poco papel higiénico que quedaba y esperando que se vayan estos sujetos.

Por su forma de conversar, definitivamente eran trabajadores de la empresa.

- Oye Julio, donde vas a almorzar ahora-

- Acá a la vuelta donde la tía veneno-

- Esa tía me parece medio resina, mejor vamos a la siguiente cuadra donde el tío poison-

- Nooo el tío poison me parece más cochinón-

- Oe, manya! Se está saliendo agua de ese cubículo-

Cuando escuché esas palabras sentí un hormigueo de preocupación. Me quedé paralizado conteniendo la respiración. Un hilillo de “agüita amarilla” se escurría por debajo del cubículo.

Sentí que movieron la puerta

- Mierda, seguro se ha roto algo del baño, hay que llamar a “Servicios Generales”-

Cuando sentí que abandonaron el baño, me bajé de la taza, abrí el cubículo y salí de puntillas. Abandoné el baño y afuera simulé caminar despreocupado, cuando una voz sensual me interrumpió.

- Señor Gasán? Marcelo Gasán?, por favor pase adelante-

Sonreí nervioso, asenté con la cabeza y me hizo pasar a otro ambiente. Entré con los pantalones mojados a una sala muy elegante, alfombrada, aire acondicionado, con plantas ornamentales. Atrás una mampara de vidrio traslucía el verdor de un jardín muy bien cuidado. Una mesa al fondo del salón habían tres señores muy bien vestidos, bien peinados, de avanzada edad, con una carpeta idéntica en las manos. Silencio absoluto, sólo el chirriar de mis zapatos con agua dentro se escuchó y mientras me desplazaba iba dejando una línea de gotas que marcaban mi trayecto.

Me invitaron a tomar asiento. Y empezaron a preguntarme sobre mi experiencia laboral, mis estudios, pero mi cabeza estaba más pensando en ocultar la humedad del pantalón.

Está demás decir que hice una pésima entrevista. Salí desairado. Al llegar a la puerta, la recepcionista, muy amable ella, me indicó que tenía que esperar porque aún faltaba una entrevista adicional con la psicóloga. Me senté en una de los muebles y a la distancia veía a la recepcionista olfatear como un sabueso. Movía la nariz levantándola y girando suavemente la cabeza de un lado a otro. Como un culpable, como un asesino nervioso frente al polígrafo supuse que era yo. Decidí tomar acción, me levanté y simulé caminar por uno de los pasillos. Divisé una sala vacía con un ventilador de torre en el piso. Me escabullí e ingresé. Prendí el ventilador y me empecé a menear frente al aparato para secarme. El problema es que no me percaté que había un triturador de papeles al lado y al inclinarme para obtener un mejor secado, mi saco ingresó a la boca del triturador. De inmediato me empezó a jalar haciendo ese ruido como de un motor en neutro. Desesperado apreté el botón y apagué la máquina. Jalé mi sacó que quedó a la mitad hecho tiras. Ahora si parecía un mendigo y encima orinado como un borracho.

Por si fuera poco, se acercó un grupo de personas e intentaron abrir. Estaba con llave. “traigan la llave de la sala 4” escuché decir. Exasperado y atolondrado caminé hasta al fondo donde había otra puerta. Pensando que era un armario para escabullirme la abrí y me metí de inmediato, pero aparecí en la sala donde me habían hecho la entrevista. Los tres señores, bien vestidos y peinados voltearon a verme y yo con el saco hecho harapos y los pantalones mojados.

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