Friday, June 22, 2012

Mi Trayectoria Futbolística


Siempre me ha gustado el deporte. No se puede decir que haya sido una estrella destacada y reconocida en mi paso por el colegio o por la universidad, pero tuve mis momentos de gloria y de fracaso. Después de todo pienso como Oki Doki que lo importante son las tres “P”, “persistir, practicar y participar”.



Quizás mi primer gran coqueteo con el éxito fue en la escuela primaria. Se había iniciado el campeonato de “fulbito”. Me llamaron porque había venido ocupando el puesto que muy pocos quieren, el de arquero. En los “partidos” que sosteníamos en la hora de Educación Física, me había afianzado bajo los tres palos y había hecho algunas atajadas, con vuelo incluido, que había logrado que mis compañeros me consideren como un “grande” del arco.


Posteriormente para un aniversario de la escuela nos lanzaron al ruedo para disputar el campeonato interno. El campeonato solo consistía jugar con el sexto grado “B”. El que ganaba se llevaba la copa. Así de simple. La verdad, solo recuerdo que ganamos 7 a 1, pude efectuar algunas voladas memorables, pero lo que más recuerdo y se quedó grabado en mi mente es que cada gol que hacía mi equipo, las chicas del salón entraban corriendo a la cancha y me abrazaban como si hubiera sido yo el autor del gol. Mientras que al anotador del tanto lo felicitaban los demás integrantes del equipo cerca del arco contrario, por mi área entraban las chicas y me abrazaban. Desde ese día vi la luz, el camino correcto para el éxito con las chicas. Descubrí la verdad, lo que en estos tiempos más o menos sería así: “Iker Casillas no tiene las chicas por su pepa, sino por su éxito deportivo”


Cuando cursaba secundaria nuevamente, me apoderé del arco de la sección A. Era titular indiscutible para los campeonatos que vendrían. Pero esta vez el escollo era más grande. Por lo general, en un colegio nacional, en la sección “A” se encuentran los más chancones y los “estudiosos” no han estado muy ligados a los “deportistas”. Por otro lado en el colegio nacional no había solo dos secciones “A” y “B” como en primaria, sino, en mi entonces Colegio, había desde la “A”, hasta la “M”. Y si nos tocaba jugar con la “M” que estaba compuesta por todos los repitentes reincidentes y que ya la mayoría tenía “Libreta Electoral”, lo más probable es que en el primer partido literalmente nos saquen la “M”.


Gracias a Dios en el sorteo que se realizó, nos tocó enfrentarnos a la “D”, “E” y “G”. Ahora, no es que me jacte de ser una estrella del deporte pero en los partidos del grupo y en las semifinales hice tapadas memorables y volé como si “me hubiera fumado un troncho”, reproduciendo las dignas palabras del comentarista deportivo Germán Leguía.


Como ya me había ganado cierta confianza, decidí invitar a Isabelita, a quien yo le había puesto la puntería para pretenderla y luego lanzarme como quien se lanza alguien por un balón al ángulo, hacer el mayor esfuerzo y atraparla entre mis manos para no soltarla más.


Isabelita estudiaba en el colegio de mujeres, vivía al lado de mi casa y siempre solíamos conversar cada tarde, luego del colegio. Creo que hasta ese momento había dado los pasos que había tenido que dar. Debo confesar que, como no soy un adonis, me tomaba mi tiempo en afanarla, no era un lanza que me ligaba a la primera. Tenía que hacer mi trabajo, hablarle detenidamente, hacerle reír, hacer que el poco tiempo que me destinaba cada tarde sea ameno para que luego, de esta manera extrañe estar a mi lado. Esa ha sido mi estrategia de siempre, desde que vi la luz.


Creo que hasta ese momento había hecho las cosas bien. Cada tarde ella no faltaba a la cita de encontrarnos “casualmente” a conversar. Las noches anteriores me la había pasado pensando en mi cama, antes de dormir, invitarla al partido decisivo, de la final, para que vaya a ver a su campeón, a su super héroe, al deportista ganador. Y luego, me veía en un estadio, repleto de gente, con un penal en contra. Alucinaba que íbamos ganando uno a cero y que de ese penal dependía la victoria o el empate. Era el último minuto del encuentro. En mis alucinaciones escuchaba el bullicio del público, luego veía correr al oponente y patear directo al ángulo superior derecho. En mis sueños despierto, me estiraba como nunca y de una volada acrobática con las uñas lograba desviar el balón. Caía en el pasto y luego veía venir a todos mis amigos corriendo y levantarme en hombros. El estadio coreando mi nombre y yo, buscando con la mirada a Isabelita y guiñándole un ojo. Luego, me quedaba dormido en medio de mis desvaríos.


Cada noche imaginaba casi lo mismo, un penal, un tiro libre. Hasta un tiro de esquina en el arco contrario, al cual siendo el último minuto, me iba hasta el área contraria, entraba y cabeceaba anotando el tanto de la victoria.


Así soñaba despierto, de modo que llegado el día anterior al partido la invité a Isabelita con los honores del caso, tratando de no darle tanta importancia a mi desempeño. La estrategia era simple, “te invito a tomar un helado, caminar un rato por el parque, pero vas al partido, porque de ahí salimos juntos”, pero en realidad lo que quería era “mírame, voy a disputar la final del campeonato, voy a hacer tapadas memorables y voy a ser campeón, We are the champions my friend”. Isabelita aceptó ir.


El día del partido llegó puntual, con el pelo arregladito, sujeto atrás con una peineta un short deportivo pequeño y un polo blanquísimo con ribetes azules que delineaban su figura. Toda una damita, delicadita, como siempre la había conocido. Me acerqué a ella, violando cualquier indicación del entrenador y me mantuve a su lado marcando territorio como un perro cuando se orina en las esquinas “hey, no se acerque nadie, propiedad privada”.


Después de un rato, me llamaron la atención por no estar con el grupo y concentrarme. A los 15 minutos entramos a la cancha, sacaron a los advenedizos que pululaban jugando en el arco y los espectadores se ubicaron a los bordes del campo deportivo. Isabelita, se paró cerca del área grande, pegadita a la línea del lateral, y desde allí lamiendo un helado me hacía “holitas” con la mano cada vez que volteaba a verla.


Decidí concentrarme y acomodarme la camiseta de arquero, color negro con el número uno que me habían asignado. Empezó el partido y disputamos minuto a minuto todo el primer tiempo. Digamos que mi defensa actuó muy bien, tuvieron pocas llegadas y sin mayor peligro. Los pocos centros o remates los controlé sin mayor preocupación.


El problema empezó en el segundo tiempo cuando el equipo contrario hizo ingresar a su jugador estrella, su as bajo la manga, un zambito quimboso que a punta de amagues empezó a desbaratar la defensa y pasar como “pedro por su casa”. Quizás el cansancio había hecho presa de nuestra férrea defensa, pero cada vez que este sujeto tocaba la pelota dejaba sembrados como postes a uno, dos, tres defensores y pasaba, generando peligro. Dos tiros al palo me habían salvado esta vez. En una tercera oportunidad pude salir a tiempo y arrancarle la pelota de los pies con una volada espectacular, que luego de los aplausos busqué con la mirada a Isabelita para que vea a su campeón. Ella en retribución me mandó un beso volado y una sonrisa que hizo salir el sol de inmediato.


En el minuto 44 del segundo tiempo, cuando aún seguíamos empatados, un pase largo por el extremo derecho, lo recibe perfectamente el zambito quimboso y con un túnel se deshizo de su marcador y empezó a entrar libre, sin marca alguna por el vértice del área grande. Prácticamente era un mano a mano. Cuando picó la pelota, salí con todo del arco y le gané el vivo, llegué primero y le metí un patadón a la pelota con todas mis fuerzas mientras me estrellaba con este morenaje corpulento.


El problema es que la pelota salió a 200 kilómetros por hora por el lado derecho de la cancha y directo fue a estrellarse en la cara de Isabelita. Ella, que prácticamente distraída comía su segundo helado, recibió el golpe como un derechazo de Mike Tyson, su pelo recogido, se soltó, su helado salió volando hacia un lado, y ella cayó encima de un cúmulo de cieno que estaba tras la cancha.


Lo peor de todo es que todos los espectadores que estaban al lado de la cancha empezaron a reír sin compasión y yo que estaba estupefacto corrí a verla buscando justificarme de alguna manera. Su mejilla roja hinchada me dejó sin palabras. Ella sólo me miró y me dijo “mejor me voy”. Mientras todo eso ocurría, el equipo contrario sacó el lateral y sin arquero anotaron en el minuto 45 el gol de su victoria.


Desde ese día cambié el futbol por el básquet... e Isabelita me cambió por el vecino del frente.

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