Thursday, April 26, 2012

El Lago De Los Cisnes (Segunda Parte)



Estimados amigos, a pesar que en la primera parte INEXPLICABLEMENTE me han apabullado con sus comentarios, aquí les va la segunda parte, a fin que quede claro que este varón ha actuado en todo momento con idoneidad ante las situaciones presentadas y que mi único fin, en todo momento, ha sido salvaguardar la integridad de mi chica.


(Ver Primera Parte AQUÍ)

Empezamos a discutir y echarnos la culpa el uno al otro. Nos quedamos en silencio cada cual mirando al lado contrario. Por un momento pensé que nuestra relación allí acabaría y que el destino había graficado nuestra vida amorosa en ese paseo, empezamos felices y terminamos arrastrados por la vorágine del destino, sin rumbo, sin timón, sin puerto al cual llegar.

Esperamos largos minutos con la esperanza que pase algún otro cisne y nos rescate de nuestro naufragio, pero no apareció ninguno. Por primera vez lamenté que el local no esté atiborrado de gente. Fácil ya nos hubieran rescatado de esta debacle. A lo lejos se divisaba la orilla. Me levantaba y agitaba las manos tratando de comunicar con gritos inútiles de “Auxilio socorro” que se los llevaba el viento en dirección contraria. A lo lejos podía divisar el chaleco anaranjado que usaba el marinero que nos alquiló el cisne, sentado sobre una mesa libando alguna botella de licor de dudosa calidad.

Decidí buscar una solución. Intenté mover los pedales y no giraban ni media vuelta. Al parecer se había enredado con las plantas acuáticas que apenas asomaban a la superficie. Janecita aún molesta me dijo:

- Sácate las zapatillas y la ropa, bájate y empuja el bote-

Toqué el agua con las manos y estaba helada. Yo que he nacido en la costa y acostumbrado a bañarme en el mar en días soleados, me acobardé meterme a esa laguna de aguas gélidas y oscuras con quién sabe Dios haya allá abajo. Tal vez pirañas, cocodrilos o hasta el monstruo del lago Ness.

- Está muy fría el agua, además no sé qué tan profundo sea y qué cosas haya allá abajo- Intenté justificar mi temor

- El marinero dijo que tenía un metro y medio!- respondió tajante Janecita – sácate la ropa que nadie te va a ver, salimos de este enredo y de ahí te la vuelves a poner-

Dudé por un momento, pero sabiendo que tenía que salvar a mi chica de este naufragio y que a la vez significaría salvar nuestra hermosa relación amorosa, me quité las zapatillas y las medias. Luego la polera y la casaca. Mirando a todos lados me bajé los pantalones y me saqué con vacilación los calzoncillos tratando de ocultarme tras las alas del cisne. Sólo me quedé con mi gorrito que me cubría de la inclemencia del sol serrano. Con el frío se empezó a encoger cada parte de mi cuerpo a su mínima expresión. Toqué el agua nuevamente y la sentí aún más fría. Pensé que podría morir de hipotermia. Janecita que miraba a otro lado molesta me dijo:

- Ya?! Que esperas?-

- Mmm tengo dudas, no sé que habrá allá abajo- respondí tratando de ocultar que en realidad quise decir “me cago miedo de meterme allí entre esas plantas acuáticas calato y que alguna piraña hambrienta de un mordisco me arranque mi tesorito”.

- Ya! No seas cobarde, de una vez, si por tu culpa estamos acá-

No respondí a fin de evitar otra pelea pero tenía bien claro en mi mente que todo esto no habría ocurrido si Janecita me hubiera hecho caso desde el primer momento en que me rehusé subirme a esos cisnes “achimbombados”.

Tomé valor y me lancé de pié sobre el agua de un solo golpe. Caí, pero esa lagunilla, no tenía un metro y medio de profundidad. Me hundí del todo que desaparecí de la superficie y lo único que quedó flotando a su suerte fue mi gorrita.

Janecita preocupada empezó a gritar mi nombre que apenas escuchaba de manera distorsionada bajo el agua. Sacando fuerzas de flaqueza jalé las plantas que se habían enredado entre el sistema de arrastre del pedalón. Asomé como un viejo lobo de mar la cabeza a la superficie y empecé a empujar el pedalón hasta un lugar alejado de esas plantas acuáticas. El frío me empezó a pasar factura. Empecé a temblar, tiritar y rechinar los dientes. Janecita empezó a pedalear, esta vez con dirección a la orilla.

- Ya se puede pedalear, apúrate sube- me gritó, esta vez con un tono más dulce.

Con el cuerpo desnudo y con el frío intenso de un salto me trepé por un ala del cisne, cuando estaba con medio cuerpo dentro del bote y con el poto apuntando al sol, escuché el sonido de un motor a mis espaldas y un montón de gritos. Era un bote inmenso repleto de chicas de algún colegio secundario.

Por mi desesperación y mi pudor me impulsé aún más, pero lo único que hice fue darme un volantín y caer dentro del bote echado boca arriba con el colgajo al aire apuntando al cielo a vista y paciencia de todas las chicas que empezaron a reírse a carcajadas de mi pequeñez.

Janecita, trató de taparme con mis prendas, no sin antes ella también soltar las carcajadas que el caso ameritaba.

Tiritando y luego que el bote pasara me arropé nuevamente. Janecita al verme avergonzado y cabizbajo (en todos los sentidos), para consolarme me dijo:

-no te preocupes, a cualquiera por el frío se le encoje-

...

Sólo para finalizar, olvidaba comentar que durante el suceso, habré contado una veintena de flashes de cámaras indiscretas de las escolares, así que, si alguna vez me ven que aparezco en alguna página web o por las redes sociales o en algún programa de “naked wild on”, ya saben que no soy un degenerado, un exhibicionista, un corrompido o un envilecido, sólo fui víctima de las circunstancias.


Wednesday, April 18, 2012

El Lago De Los Cisnes (Parte I)




Soy un tipo apático, conservador, hasta aburrido diría. Si tomo riesgos éstos son controlados, medidos, estudiados previamente, a fin de evitar que algo me vaya a sorprender desprevenido, sin preparación, como se dice “con los pantalones abajo”. Por eso hasta hago mi plan de contingencia para mis viajes o para las actividades que me pueden generar ciertos riesgos.


Me gusta controlar actividades rutinarias para tomar la mejor elección. Por ejemplo he anotado en un cuaderno el tiempo que me toma regresar a casa por 2 o 3 rutas distintas. Anoto si están realizando obras, parchado de pistas u otros que afecten el normal tránsito. Anoto también las horas de mayor afluencia de autos, de personas, horarios de salida de empresas, institutos, universidades, conciertos que se vayan a realizar en el jockey club, partidos de fútbol en el monumental, etc. Le doy un valor y un peso a cada variable y con una ligera corrida decido qué camino tomar de regreso a casa.

Me gusta tener las cosas controladas. Por poner otro ejemplo cuando viajamos de paseo a Cusco, compré los pasajes y ubiqué el hotel con anticipación. Consulté con varias personas que antes habían viajado e hice mi rutina día por día sacando el máximo provecho al menor costo. Me informé bien sobre el vagón Peruano, horas de salida, llegada, costos y horarios de atención de la oficina. Comparé ventajas y desventajas de tomar un tour y cuanto me ahorraría si iba por mi cuenta. En el viaje yo manejaba los DNI de mi esposa, mi hija y mi madrecita querida. Yo hacía todos los pagos, presentaba los papeles, sacaba los boletos turísticos, manejaba el dinero, decidía qué movilidad tomar, qué vuelo, a qué hora debíamos levantarnos y a qué hora salir del hotel para llegar a tiempo, qué souvenirs comprar y para quién, qué comer y dónde. Así mi viaje me salió casi perfecto y al menor costo. Digo casi perfecto porque nos agarró un paro de agricultores que me hizo variar mi programa ligeramente y aplicar mi plan de contingencia de inmediato.

Así suelo ser. A veces trato de ser más espontáneo pero algo nuevamente me devuelve a la raya, a la línea y me mantiene caminando derechito como caballo con anteojeras. Aunque ha habido situaciones en que ciertas cosas se me escaparon de las manos por no haber previsto las cosas, no haber hecho una planificación previa y por tomar decisiones a último minuto.

Todo me lleva allá por el año 1998 cuando mi Janecita trabajaba en Huancavelica como profesora y yo en Lima como empleaducho de una conocida empresa. Cada fin de semana nos encontrábamos en el punto medio, en Huancayo. La incontrastable ciudad se había convertido en nuestra segunda morada, visitamos todos los sitios turísticos, los parques, hoteles, clubes, museos, mercados, ferias, espectáculos folklóricos, etc.

Todo estaba controlado, excepto aquel día de abril del 98. Por recomendación de los empleados del hotel decidimos ir al Centro recreacional Mayopampa, ubicado en Vinques al sur de Huancayo. Si bien la idea no me pareció buena al principio pues prefiero sitios con poca bulla y cierta tranquilidad, terminé por aceptar toda vez que por esas fechas, el frío intenso hacía que poco público asista a dicho local.

Tomamos un taxi que nos llevó hasta allí, luego nos recogería a puntualmente a las 4:00 p.m. para retornar a Huancayo (había calculado el tiempo de regreso, con un espacio de contingencia para llegar a ducharnos y emprender el viaje de retorno cada quien a su ciudad).

Llegamos y el centro recreacional era inmenso, tenía canchas de fulbito, voley, basket, piscinas, frontón, un restaurant inmenso y una laguna de tamaño considerable en su interior. Y en efecto había poca gente para tremendo lugar.

Así que sentados cerca de la laguna tomando un aperitivo, un sujeto se acercó y nos ofreció alquilarnos unos pedalones para dar una vuelta por la laguna. Como mencioné soy un tipo apático así que me rehusé en un primer instante, “déjenme aquí tomando mi traguito, disfrutando del viento, el aire puro y el sonido de la naturaleza”, pero Janecita que por el contrario es más arriesgada, más activa, me convenció de dar una vuelta romántica por la laguna.

Bajamos unos metros hasta un pequeño muelle, pero al ver esas embarcaciones, una vez más insistí en no subir. Esos pequeños pedalones tenían forma de cisne y estaban pintados de colores chillones y un macho que se respeta no puede ir paseándose en esos botecitos poco varoniles. Si tuviera forma de tiburón hubiera aceptado a la primera pero con forma de esa ave digna de una película de “Barbie” no me hacía sentir muy cómodo. Pero una vez más Janecita me convenció de subir y de tener un paseo romántico similar a los que se hacen en Venecia, salvando diferencias.

Una vez más convencido, tenía que asumir mi rol de macho protector. Yo que soy un viejo lobo de mar y me he recorrido a nado grandes distancias, me he trepado a botes y me he lanzado infinidad de veces desde el muelle de Pisco, esto sólo sería pan comido. De un salto, me subí a ese “bote-cisne” y como todo un caballero ayudé a Janecita a bajar lentamente. Pregunté por los chalecos salvavidas pero el sujeto éste que más que fijo era un marinero de río frustrado, me dijo que no era necesario y que la laguna sólo tenía un metro y medio de profundidad. Poco convencido de su respuesta y para no aguarle la diversión a Janecita que estaba entusiasmada de dar una vuelta con su galán, continué. Nos sentamos adelante y empezamos a pedalear lentamente hasta alejarnos de la orilla. Lógicamente que rápidamente cogí el timón del pedalón para dirigirlo correctamente por la ruta que me había indicado el guía. El timón valgan verdades no era más que una palanca similar a las que usan los autobuses escolares para abrir la puerta delantera.

Pedaleamos y pedaleamos hasta alejarnos considerablemente de la orilla y de la poca gente que estaba en el recreo y nos perdimos en el horizonte abrazados. Por un momento dejamos de pedalear y nos entregamos al suave vaivén de las aguas que nos llevó poco a poco hasta un lugar recóndito de la laguna, lejos de la vista de curiosos.

Después de prodigarnos caricias prohibidas decidimos volver, por lo que sugerí tomar mi camino imaginario que dibujé en el espacio con el dedo. Janecita terca insistió en girar por la derecha y regresar por la misma vía. Mientras pedaleábamos empezamos a disputarnos el control del timón, jaloneamos la palanca de un lado a otro. Particularmente no podía permitir que una dama le gane en fuerza a este muchachón varonil así que de un fuerte jalón logré arrancarlo de las manos de Janecita. Pero tanto fue mi afán de tener el control que me quedé literalmente con el timón en la mano. Este cisne mal adaptado se había empezado a desarmar por pedazos. Sin rumbo tratando de remar con las manos quedamos encallados en un cúmulo de plantas acuáticas. Ahí fue el acabose. Los pedales no daban para atrás ni para adelante y por si fuera poco sin timón... (CONTINUARÁ)

Friday, April 13, 2012

Esto No Se Le Hace A Un Poeta



Qué carajo! No me resigno a no ser poeta. Yo quiero ser poeta, quiero tener la habilidad de escribir poemas. Quiero ser como César Vallejo y que me salgan frases como “yo nací un día que Dios estuvo enfermo”, quiero ser como Pablo Neruda y plasmar en el colectivo algo como “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, quiero ser como Gustavo Adolfo Becker y atribuirme la frase “volverán las oscuras golondrinas”. Al carajo con los que dicen que no tengo talento para los poemas, los que me mandan a freír monos o a sacar camote con el pié. Quiero demostrar al mundo mi versatilidad, mi multifuncionalidad, mi polivalencia. Quiero codearme con la crema innata de escritores de la Lima antigua y ser el nuevo engreído del Palais Concert.



Total! que saben los demás del talento. Que saben ellos, si no han sabido valorar en su momento a grandes como Julio Ramón Ribeyro o a Mariano Melgar “vuelve mi palomita, vuelve a tu dulce nido”. No esperaré a que me recoja la parca para que recién le den los honores que corresponden a mi talento innato, a “mi corazón de poeta, de niño grande, de hombre niño”.


Después de mi éxito arrasador “El peor de todos” (Ver AQUÍ) he decidido demostrar mi versatilidad y mi ignorancia, aquí va mi nueva entrega, son mis décimas que tienen la libertad, que aprendí de las lecturas del gran Vallejo, a la mierda con la métrica, son décimas y punto.



Estaba aburrido en casa
Nadie me había llamado
Justo hoy estoy desesperado
Tengo que salir de caza
a darle uso a la gua…yabera
o a recrear la vista
Hoy seré el rey de las pistas
Seré el bravo de la discoteca
Que caiga la primera muñeca
Para retirarme de onanista


Este caballo quiere su potranca
salí cambiadito bien afeitado
Con mi calzoncillo atigrado
Y bajo el pantalón una tanga
Bañado con chamiko y con puzanga
Hoy me divierto, hoy no me aburro
Me siento macho, me siento churro
Saca las botellas, saca los vasos
Y tírate un qué, tírate un paso
Salgan de aquí llegó el wachiturro


Pero de arranque me bajaron la moral
Nadie me paraba bola
Perdido me eché a la bartola
Y deambulé de local en local
Pues todas las cosas me salían mal
Yo que me quise de dar de bailarín
Y me trataron como un calcetín
Nadie quería bailar conmigo
“no pasa nada contigo amigo”
“Regresa para jalowin”


Terminé solo en un bar bohemio
A mi suerte en la barra acodado
Pero apareciste y te sentaste a mi lado
Prácticamente como mi bella genio
Así que con un poco de ingenio
Nervioso y tembleque
Al ver tu tremendo “queque”
te inicié la conversación
Con esta loca ilusión
De tener tus pechereques


De inmediato como haciéndome el loco
Tratando de aplacar mi calentura
Te llevé a la parte más oscura
Donde no había ningún foco
Y deslizando mis manos poco a poco
Te acaricié suavemente tu espalda
Y mirando a tus ojos color esmeralda
Te dije: Ya no hay tiempo para la espera
Ahora mismo he izado la bandera
Por favor levántate la falda


Luego en un rincón de esta taberna
con una dinamita en el pantalón
Te acaricié con inusitada desesperación
buscando el túnel de tus piernas
Pero me topé con un bulto, es una linterna?
Pregunté con absoluta firmeza
un celular antiguo, una llave francesa?
Por favor dime que me equivoco
Es un cocoroco lo que toco?
Y respondiste “yo vengo con sorpresa”


Me engañaste con esa silueta
Así que con determinación resuelta
Te dije “saca tu mano, ya suelta”
“Yo soy un macho que se respeta”
Me timaste con esas falsas te…teras
Tendrás una figura esbelta
Y una personalidad desenvuelta
Pero como dijo mi tío Monchito
Yo mejor de aquí me quito
Antes de que me des vuelta


… Esto no se la hace a un poeta

Wednesday, April 04, 2012

Mi Primera Chamba

La verdad no sé si aún se estila esta estructura organizacional de géneros en Pisco, pero en mis épocas, por allá por los 80, mi madrecita querida cocinaba apuradita en la mañana y a las 12 nos mandaba de forma rotativa, un día cada uno, a mi hermano y a mi a pararnos en la esquina con una canasta conteniendo “tapers” de comida a esperar que pase la bendita camioneta de la fábrica donde papá trabajaba. La camioneta recogía las canastas de comida de todos los trabajadores y llegaba a la 1 en punto a la fábrica para que los obreros y empleados hambrientos puedan deglutir su opípara comida. Presumo que ahora las cosas ya no funcionan así, las damas ya no cocinan, trabajan fuera de casa y a la porra con los esposos que coman en la calle su menú de 5 soles y que se enfermen de la gastritis. Todo esto me trae al recuerdo mi “primera chamba”. Tenía 10 años, cuando una señora mofletuda, gorda, rolliza, que no quería caminar, y que valgan verdades buena falta le hacía, me “contrató” por unos cuantos billetes mensuales, para que le lleve la canasta de comida desde su casa hasta la plaza de armas de Pisco, donde esperaba un ómnibus de ENAPU, empresa donde trabajaba su queridísimo esposo. En eso consistió mi primera chamba. Todos los días me aparecía a la hora pactada en la puerta de su casa a esperar que me entreguen la canasta repletita de comida y luego correr hasta la plaza de armas, dejarla en el ómnibus, y el resto ya era parte de otra cadena que no me competía. Como en mi familia, de acuerdo a las enseñanzas de mis padres, todos somos super puntuales, me aparecía tempranísimo por su casa, pero a la tía poco o nada le importaba que el ómnibus lo deje sin comer a su pobre esposo. Preparaba la comida con una lentitud única, o cuando yo llegaba recién salía a comprar a la tienda un pedazo de carne, un par de tomates y una cebolla. Yo, por mi parte esperaba intranquilo en la puerta de su casa. Para matar el tiempo, me ponía a jugar con las plantas del jardín, contaba las hormigas, recogía semillas o me peleaba con las abejas. Mientras tanto la señora con toda la “pachocha” del mundo freía su pescado, preparaba su guiso, su mancha pecho o su combinado de chanfainita con tallarín. Cuando faltaba pocos minutos para las doce recién se apuraba la tía y me entregaba la suculenta comida acomodada en una canasta de paja con las iniciales del nombre de su esposo bordadas en la tapa. Como a las doce partía el ómnibus, lo único que me quedaba era correr y correr por las callecitas de Pisco para alcanzar el revejido ómnibus. Esa era mi rutina diaria, hasta que uno de esos días en que la hora me ganaba, por ir a todo galope, no me había percatado que uno de mis pasadores se había desatado. En plena carrera, se me enredaron los pies, tropecé y caí como una gelatina desparramada sobre el empedrado de la antigua calle comercio. La canasta se abrió y los tapers salieron volando unos metros más adelante. El guiso de papas con carne cayó sobre la pista y la botella de vidrio que contenía su agua de cebada heladita se hizo añicos. El suelo empedrado árido y reseco por el sol se bebió el agua en un santiamén. Rojo por la vergüenza y con el temor que me despidan con una soberana patada en el culo de mi primera chamba, busqué la manera de corregir el error rápidamente, así que recogí con la mano la comida, con piedra, con tierra con todo. Cerré el “taper” y lo puse en la canasta nuevamente. Recogí los cubiertos y el mantel, los limpié con mi polo y los coloqué en la canasta. Ahora solo me faltaba la bebida. Gracias a Dios, mi trayecto estaba a una cuadra del Mercado Modelo de Pisco, así que a desesperado y apremiado por el tiempo bajé una cuadra hacia el mercado sin un cobre en el bolsillo. Encontré en un montículo de basura una botella de plástico de alguna bebida gaseosa. La enjuagué con una manguera que regaba solitaria un jardín y la llené de agua. Recogí un limón podrido y lo exprimí en la botella. Así sin azúcar, le puse una tapa y la agité vertiginosamente. Vi que algunos “gajitos” flotaban en el líquido elemento y me dije “Listo! una limonada saludable”.
Acomodé la botella en la canasta y corrí agobiado por el tiempo. A media cuadra de mi destino veo que el ómnibus de Enapu avanzaba lentamente echando el humo negro por el tubo de escape. Corrí desesperado. Al ver que no lo iba alcanzar, aplicando mis conocimientos de Pitágoras, crucé por la hipotenusa imaginaria que divide a la plaza de armas en dos triángulos, sabiendo que el ómnibus daría la vuelta necesariamente. Corrí esquivando peatones y bancas hasta llegar a la esquina contraria. Levantando la mano y prácticamente parándome frente al ómnibus como estudiante en la plaza Tiananmen, logré parar el vehículo. Me subí rápidamente, previo saludo acomodé la canasta atrás del chofer, le di una sacudida tratando eliminar cualquier vestigio de polvo o tierra y listo. El ómnibus nuevamente arrancó lentamente y se perdió por las calles de Pisco. Regresé con una doble sensación, de alivio por haber alcanzado a enviar la comida y de preocupación por el temor a ser descubierto. A mi corta edad, había tratado de borrar todas las huellas de la caída. Me sentí como un delincuente “primarioso” y hasta pensé que mi futuro ya no sería la de ser un economista renombrado, sino más bien me vi como un integrante de los “Destructores” o de “Los Malditos del Fundo Oquendo”. Al otro día al dirigirme nuevamente a realizar mi labor, toqué la puerta de mi empleadora con un poco de duda y temor. Abrieron despacio y asomó sigiloso el señor, su esposo. No había ido a trabajar. Luego cruzó por completo el umbral de la puerta. Tenía una venda blanca que le rodeaba toda la cara, desde el mentón hasta la cabeza y se veía una hinchazón en su cachete izquierdo. Farfullando me dijo: - Muchacho, hoy no he ido a trabajar. Ayer mordí una piedra en mi comida y me han tenido que sacar una muela- Sin saber que hacer sonreí nerviosamente. - Y por si fuera poco- agregó -estoy con una diarrea bárbara que ya me duele el culo de tanto limpiarme… Anda nomás muchacho ya te pasaremos la voz cuando me reintegre- Nuevamente con la doble sensación, aliviado de saber que no me habían detectado y sentimiento de culpa por la muela y por la diarrea del señor. A las 2 semanas me enteré que el señor se había enfermado de la fiebre tifoidea y recién se reintegró al trabajo después de 1 mes. No me volvieron a contratar.

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