Tuesday, March 20, 2012

Las Malas Intenciones




El sábado me visitó mi amigo Rafael, amigo de adolescencia, de juergas interminables, de noches de rock. Rafael el chato, el enano, el pigmeo de Pisco. Nos encontramos después de tanto tiempo en mi casa a fin que cumpla con pagarme esa apuesta que tenía pendiente. El muy iluso apostó a que la selección peruana de fútbol ganaría su último partido de la eliminatoria. Le gané de la forma más fácil, como quitarle un dulce a un niño. Así que “dándole curso” a lo ganado, decidimos entonarnos algunas cancioncitas con la guitarra, así como cuando teníamos 20 años en ese grupito de rock metalerito que formamos en aquellos años y del cual les hablé en un post anterior. Pero bueno, ahora Rafael, ya con una panza chelera prominente, con hartos nódulos en la garganta y con un par de hijos a cuestas no tiene la voz que tuvo hace 18 años. Si antes se creía “Axel Rose”, ahora más parecía “Susan Boyle” con la voz de “Peter Ferrari”. Bueno, yo también, ya viejo, ojeroso cansado y sin ilusiones, había perdido la poca habilidad que tuve alguna vez con la guitarra.

Así que después de soltar algunos gallos y que más de un vecino nos callara con el clásico “chitón”, decidimos por el bien de la comunidad disminuir la contaminación sonora y dejar de cantar. Y empezamos a conversar de lo que conversan siempre dos machos que se respetan “mujeres”:

- Adivina a quien he encontrado en el Feiusbuk- Me dijo Rafael
- Al negro Tristeza?
- Anda huevón, no jodas… a la Mary
- A la enana Mary? Tu hembrita que era de tu barrio?, la que tenía el ombligo cochino?
- Jajaja ella misma
- Anda y que es de su vida?
- Está por acá por Lima, le he chequeado sus fotos y sigue ufff “powerpuff girl”, como para un “matatiru tirulá”… ya la agregué a mi feiusbuk y me ha aceptado – dijo el chato orgullosazo, con la alegría de quien ya tiene el partido en el bolsillo y sonrió levantando las cejas una y otra vez.

Como dos cavernícolas muertos de hambre, dignos descendientes del hombre de Cromagnon, nos lanzamos al feiusbuk de la susodicha para ver sus fotos. Luego de comprobar que en efecto “la Mary” estaba en aceptables condiciones y que es más, ya se había lavado el ombligo, me dijo: “Ayúdame a escribirle algo, tú que paras escribiendo huevadas en tu blog, dame una manito con el floro”.

Y empezamos a escribir, no un poema digno de Pablo Neruda, ni un relato de amor de Corin Tellado, sino el objetivo era redactar unas palabras precisas que suenen como cualquier conversación coloquial, como si hubiera sido escrito de un solo tirón, pero que diga las palabras precisas para inducir, para embaucar, para volver a despertar aquel interés de hace muchos años.

Me dictó sus ideas y empecé a escribir esos floros baratos, tratando de maquillar, de hacer parecer las malas intenciones como “buenas”. Esas frases, esos párrafos que dicen pero no dicen. O que te dicen las cosas de manera sutil, de manera diferente, sin ser muy quedado, pero tampoco muy lanza, que conserva el espacio pero te tienta, te prueba de manera tenue para saber sobre que terreno te mueves, para desplazarte como una bestia en la selva africana, paso a paso, despacio, sin levantar ruido, hasta el momento adecuado para saltar sobre la yugular de su presa y dar el zarpazo final.

Luego, unas horas después, en mi soledad, en mis coloquios mentales con la almohada, descubrí que los hombres somos unos embaucadores, que solemos disfrazar las palabras para ocultar el real propósito, diría yo las malas intenciones. Y esto nos lo enseñaron desde niños, desde que nacimos recibimos la educación del embuste en la cuna. O que creen ustedes, acaso el lobo feroz no se disfrazó de la abuelita para comerse a Caperucita (y a la abuelita de pasada). Acaso el gato con botas no se volvió un estafador y a punta de mentiras creó al Marqués de Carabás para que al final su dueño se case con la princesa. Y el Sastrecillo Valiente con su polo de “Maté siete de un golpe” acaso no engañó con algunos trucos al ogro y al final consiguió el objetivo de cepillarse a la princesa?... bueno, el final no era “cepillarse”, pero es mi “aporte” a la lectura. Todos acaso no utilizaron mil y un ardid para conseguir el objetivo final? Todos los citados acaso no son representantes del sexo masculino?.

Después de todo mi queridísimo amigo Rafael solo estaba usando las viejas armas de aplicar algunos truquillos para conseguir conquistar a su princesa, esas armas que aprendimos sin querer desde niños y que lo más probable se lo haya contado su propia madre o alguna profesora representante del sexo femenino.

Así que, esto es lo que se escribió, pero más abajo está la traducción de lo que se quiso decir:

“Hola, como estás que gusto saber de ti después de tanto tiempo. Que sorpresa encontrarte en el Feisbuk que es una página excelente para encontrarse con las personas que han sido importantes en nuestras vidas”
(Leer con una voz similar a la de Roncayulo)
[Hola mamacita, como estás por fin te encuentro después de tanto tiempo. Te busqué en esta página del Feisbuk que para lo único que sirve es para trampear].


“Te confieso que en cuanto aceptaste mi invitación de amigo, revisé casi desesperadamente tus fotos para saber que había sido de ti en todo este tiempo. Y me da gusto verte bien y déjame decirte que sigues igual de bella como cuando tenías 16"
[De fresa te digo que en cuanto aceptaste mi invitación de amigo, me dije “ya la hice con el remember” y al “toquepala” nomás revisé tus fotos para saber si seguías tan buena como antes. Y me da gusto saber que es así, que sigues igual de rrrrriiiiiiica como cuando tenías 16].

“Tu hijo, precioso y grande, que se parece mucho a ti, ha hecho de tu maternidad la clara expresión de la belleza”

[Tu “calato”, que gracias a Dios no se parece al Criter de tu esposo, ha hecho que se resalten tus atributos, ahora eres 38B?].


"Recuerdas cuando tenías 14 y yo 15? Cuando salíamos juntos al parque, cuando jugábamos a las escondidas en el barrio. Yo vivía enamorado de ti y tú de mi, cuando la inocencia nos colmaba?"

[Recuerdas cuando tenías 14 y yo 15? Cuando salíamos juntos al parque. Porque no vienes para jugar a las escondidas y darte tu “chancalalata” de una buena vez. Que enamoramientos ni que ocho cuartos. Ven para acá mamita que vamos a recuperar el tiempo perdido]

"Las casualidades que da la vida, venir a encontrarte aquí. Espero que algún día tengas un tiempito para encontrarnos y vernos en persona y contarnos que ha sido de nuestras vidas en todo este tiempo de separación, para caminar por la playa como en aquellos años, descalzos hasta que nuestras piernas ya no quieran dar un paso más".

[Y ahora que ya te “chequié”, a ver si te das un tiempo para encontrarnos y scanearte en vivo y en directo y aplicarnos un remember, como pide chumbeque, aquí nomás en la playa de Agua Dulce, hasta el cansancio, hasta que me dejes como borrego recién nacido, con las patas temblando, sin poder dar un paso más].

"Vamos anímate, Un fuerte abrazo para ti".
[Vamos nomás mamita, no te hagas de rogar, ven para darte tu abrazo rompecostilla]

Y que piensan ustedes, es verdad lo que sustento?, las mujeres conversan igual cuando hablan de hombres?, hablan de hombres las mujeres?. Por favor ilústrenme.

Thursday, March 08, 2012

¡Temblor!




Si de manías se trata, debo confesar dos: la primera, duermo desnudo, “calato”, “calatayud”, “coluncho coluncho”, como mi madrecita querida me trajo al mundo y, la segunda, duermo con los audífonos puestos escuchando música a todo volumen.

Siempre he defendido la causa que uno debe ser libre, uno no puede ir atándose y poniéndose cadenas sobre el cuerpo todo el tiempo, así sean éstas de algodón. Si bien de día no podemos salir mostrando las carnes a cuanto transeúnte se nos cruce por el camino, al menos la noche, la oscuridad y la privacidad de nuestra habitación nos dan las condiciones para liberarnos, para dejar las ataduras, para sacarnos los elásticos y tiras que nos aprietan por unas pocas horas y dejar respirar todo nuestro cuerpo, nuestros poros, extremidades, tronco, tronquito o lo que fuere.

Por favor no me califiquen de degenerado, de ignominioso, de exhibicionista, pero considero que es muy bueno para nuestra salud estar libres, sin ataduras, emancipados y listos para la acción, en caso se requiera. El dormir, que lo ubico como el segundo placer más grande que nos da la vida, debe ejercerse en total libertad.

Además un varón reconocido por sus cuatro lados, no puede ir vistiendo pijamitas cursis, con rayitas verticales, con estampados de gatitos, con gorros con un pompón en la punta y mucho menos usar pantuflas de felpa con la cara de piolín en la punta, que es el más gay de los canarios conocidos. No, no, no, eso no es digno de un semental, de un verraco, de un garañón.

La segunda manía que tengo para conciliar el sueño es escuchar música. Creo que no podría dormir sin una buena dosis de notas musicales en el cerebro. Aunque para escuchar en las noches debo sortear dos obstáculos, primero no puedo poner algún CD a volumen alto porque Janecita de un cachetadón me hace apagarlo y segundo, tampoco puedo ponerme los audífonos tan rápidamente, primero tengo que esperar que Janecita me cuente todo lo que quiera decirme y solo si ella concilia el sueño, ya yo, subrepticiamente jalo mi MP3, mis audífonos y me los enfundo en los oídos para escuchar alguna musiquita que me lleve al cielo, me haga alucinar y pueda dormir tranquilito como un bebé toda la noche.

Hace unos meses atrás, como cada noche me desarropé y llevé todo a la cesta de ropa sucia. Me acomodé nuevamente en camita y aprovechando que Janecita dormía plácidamente, me enfundé los audífonos y puse “shuffle” para que suene cualquier canción que se le ocurra a ese aparatejo.

A la cuarta parte del “set list” ya estaba roncando como camión petrolero, en los brazos de Morfeo, cuando un sobresalto de Janecita en la cama, me hizo despertar. El ruido de la música estridente en mis oídos no me había permitido percatarme del zumbido que antecede a un movimiento telúrico.

- “Temblor!” - gritó Janecita.

Se levantó ágilmente de la cama y como buena madre sacó al bebé de la cuna y salió rápido. No me tuve que preocupar de mi hija Lucía que pareciera que hubiera nacido con un sismógrafo instalado. Al menor movimiento, ella ya había salido disparada en pijamas del departamento, había bajado las escaleras como alma que lleva el diablo y se había refugiado entre las piedras del parque, junto a los caracoles. Yo que de un jalón me había sacado los audífonos, sólo me quedó preocuparme por mi integridad.
Si algo caracteriza a un macho que se respeta, es que debe mantener la calma en todo momento y pensar y actuar con lucidez. No es de varones salir corriendo y mucho menos ir gritando como una loca desesperada. Toda la buena reputación ganada en una vida entera de macho dominante, de semental, se puede ir al tacho por una reacción, digamos, poco viril.

Así que, siguiendo el manual del macho reconocido, rápidamente, cogí mis llaves, mi billetera, jalé la llave del auto, el control de la cochera, pensando que un movimiento telúrico mayor me obligaría a desplazarme a algún hospital o a alguna otra zona con mayor protección. Mientras actuaba rápidamente, el suelo aún temblaba y ese sonido como rocas deslizándose empezó a quebrantar mi calma y aplomo que había mantenido hasta ese momento. Cuando salía corriendo por la sala, sentía que algo iba moviéndose de un lado a otro, me golpeaba el bajo vientre, las piernas. Miré hacia abajo y me di cuenta que estaba desnudo, calato. Regresé rápidamente a mi habitación con todas las llaves y billetera en la mano. Esta vez, si, la desesperación estaba apoderándose de mi, la tierra no dejaba de temblar. Nervioso abrí un cajón y encontré mi pantalón jean Levi’s, clásico, dobladito. No había tiempo para buscar ropa interior, algún bóxer o algún calzoncillo atigrado. No me quedó más remedio que jalarlo y empezar a ponérmelo. Como era un jean de los clásicos, me empecé a complicar vestirlo rápidamente. Saltando en un pié me puse una de las piernas y luego ya casi cayéndome me puse la otra. Y la tierra que seguía temblando y escucho todavía que de abajo gritaban ¡terremoto bajen todos!, “mierda!” Pensé “se cae el edificio”. Ahora si ya estaba al borde de gritar como una niña en pánico.

Cuando ya estaba a punto de terminar de calzarme el pantalón, subí el cierre bruscamente y por la premura del tiempo, el movimiento que se hacía más intenso y como no tenía ropa interior, me agarré con el engranaje del cierre, el colgajo. “Ayyyyyyyyyyyyy” dí un alarido quejumbroso, un grito largo y tendido que corrió con un eco lastimero, desgarrador, plañidero, por los tragaluces del edificio. Los dientes del cierre habían mordido “mi tesorito” y no podía sacarlo. Doblado, de puntillas, levantando el poto para atenuar el dolor, empecé a bajar lentamente el cierre. Un par de lagrimillas se me escurrió sin intención, hasta que los dientes de esa fatídica cremallera empezaron a ceder y soltar a mi “mejor amigo”. Luego, presa del dolor caí doblado sobre la cama con las manos sobre la zona herida, como quien se cubre uno para un “tiro libre”, tratando de mitigar de alguna forma el dolor intenso.
¡Que temblor ni que ocho cuartos! Temblaba más por el dolor, como perro recién salido del agua, que por los tambaleos de la tierra.

Acabado el sismo, a los minutos, luego de comentar con las vecinas lo fuerte que había sido el movimiento, regresó Janecita del pasillo del edificio y me encontró doblado sobre la cama.

- “mira ve!”-, me dijo – “Yo preocupada por los niños y tú bien durmiendo”-

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