Thursday, February 23, 2012

Teatro desde el Teatro




Tenía 15 años y ya me había convertido en un ser pernicioso para la religión católica. Después de innumerables lecturas de su historia lóbrega y truculenta había decidido alejarme totalmente. Pero como decía el viejo solitario Calixto, que vivía en el barrio “las mujeres son el mismísimo demonio, pueden hacer pecar al más correcto, al más moralista, al más ecuánime, si se lo proponen”.

Después de un pequeño viaje de vacaciones por Lima, cuando regresé me di con la sorpresa que algunos de mis amigos habían decidido enrolarse a los famosos grupos de preparación para la confirmación. Yo, a pesar que a los 8 años había hecho la primera comunión con honores, la vida me había llevado a tomar la decisión de romper filas, de patear el tablero y no seguir más con los rituales católicos. Por eso decidí sacarlos a todos de esos grupos.

Después de una larga conversación los resultados fueron totalmente opuestos a los que me había trazado como meta. Al final terminaron convenciéndome de unirme al grupo, sólo con esta frase:
- Es que en la confirmación están Karen, Pilar, Karina, Janet y Adelita.

Palabras mágicas las últimas “Adelita”. En mi mente resonó “aleluya, aleluya, aleluya aleluuuuya”.

Así que inventando la excusa más tonta e irracional, de “solo por estar con la mancha”, decidí inscribirme. Aunque a decir verdad, lo que me catapultó al abismo de mi decisión fue cuando me dijeron que el grupo de confirmación había una sarta de lobos que se sumaban a esos grupos a buscar pareja y por supuesto peligraba que me arrebaten a mi “Adelita”, a quien yo le había puesto la puntería primero.

Con esas últimas palabras alentadoras terminé por inscribirme al día siguiente en el grupo y asistir religiosamente los domingos a esas charlas largas y aburridas. Los sermones y los estudios de la biblia se me hacían tediosas, más de una vez me dormí descaradamente en el grupo, hasta roncar como grupo electrógeno. Si había una razón por la que no había desistido era “Adelita”. Por algunos momentos me sentía un farsante metido en ese grupo simulando una fe que no tenía. Y tampoco le creía a esa sarta de galifardos que eran mis amigos simulando ahora un arrepentimiento y una promesa de portarse bien de allí en adelante. A otro perro con ese hueso.

Así que cada mañana, al llegar a las charlas, como quien no quiere la cosa, solía juntarme, sentarme al lado de Adelita, a fin de hablarle, tener un contacto más frecuente con ella y evitar que algún otro galán pretenda arrancármela de mi lado.
También estando a su lado tenía la esperanza que las dinámicas frecuentes que solían hacer me pongan con ella. Una vez nos ataron los pies y teníamos que hacer unas carreras. Abrazarla para poder coordinar los pasos lo consideré un avance importante. Nos divertimos jugando, sonreímos y por un momento nos quedamos mirando frente a frente y tal vez hubiera sido la ocasión ideal para aplicarle el primer beso si es que no se hubiera aparecido el tal “Pepe”. Un sujeto por demás cargoso y que se había dispuesto arruinar mis planes de conquista, partirme como quien se arranca la parte malograda de una fruta y tirarme al tacho para quedarse con la pulpa jugosa.

Apareció en ese preciso instante y malogró mi momento sublime. Hasta ya había inclinado ligeramente mi rostro y había entre abierto la boca para darle un chape digno de culebrón venezolano, cuando apareció este enano cretino. Y lo que más me molestaba y me enronchaba el cuerpo como intoxicado era que Adelita lo atendía con las mismas atenciones que a mi. Le regalaba la misma sonrisa y el mismo trato amable, preferencial, trato VIP que me daba a mi.

Como parte de la programación de la confirmación, el grupo parroquial debía presentar un número teatral a fin de ponerlo en escena en la reunión anual que se solía hacer entre las distintas parroquias. El catequista animó a todos a participar, incluyendo a este embustero, pero solo sonreí y me dije mentalmente “suficiente tengo con esta actuación de monaguillo clerical en el grupo de confirmación. Sería el colmo que me anote como actor de teatro”.

Al domingo siguiente al llegar a la parroquia, me quedé leyendo la lista de inscritos en la obra teatral y diviso el nombre de Adelita, pero lo que llamó más mi atención fue que debajo de su nombre estaba “José Ramírez”, el inefable “Pepe”. De inmediato, sin pensarlo dos veces y con una decisión determinante poco usual en mi, me dirigí donde el catequista a pedir que me incluya en la obra. Después de una breve conversación me dieron el único papel que quedaba disponible, el de bufón. Acepté, sin reproche alguno, porque debía impedir que este sujeto enano desmañado me saque ventaja en los días adicionales de ensayo que tendría el grupo de actuación.

Así que sin más remedio empecé los ensayos en los que aparecía ocasionalmente en algunas escenas pequeñísimas como bufón, diciendo unas escasas líneas. Haciendo esfuerzos sobrehumanos hacía mis apariciones graciosas, que eran por decir poco, desastrosas. Si no me botaron de la obra como quien se bota un envase vacío era porque no había otro voluntario que se atreva hacer el papel de payaso medieval. Pero como saben mi objetivo no era ser el próximo “Ben Stiller” de la actuación. Una vez más mi presencia allí era solo una patraña, cuyo único objetivo era Adelita. Así que en el tiempo de descanso de los ensayos entraba a tallar yo, bueno y el pigmeo de Pepe, para conquistar a la dulce y buenota Adelita.

Después de incontables ensayos, llegó el día de la actuación ante un nutrido público y un jurado formado por representantes clericales y las damas de la directiva de las sociedades de beneficencia. Pero había algo que no había previsto o no había prestado atención hasta el día de la actuación, “el vestuario”. Me dieron el disfraz que debería usar, el cual consistía en unas “pantys” negras pegadas a mis delgaduchas piernas y por si fuera poco se me retrataba todo “el atado” ya que la camisa superior me quedaba muy corta. Ahora tampoco es que haya sido bendecido por la naturaleza pero uno tiene lo suyo que se habrán creído.

Así que metido en ese cuartucho que improvisaba de camerino estábamos todos, donde no había la menor privacidad para poder quedarme en paños menores y enfundarme esa licra pegadísima. Así que tapándonos entre nosotros y las chicas haciendo improvisados cambiadores con una toalla, me enfundé esa “panty” negra porque se acercaba mi turno de salir.

Cuando ya estaba casi listo con ese ridículo gorro de 4 puntas, nervioso, sin saber que hacer, atisbo por una rendija del camerino improvisado y veo a Adelita cambiándose, en el camerino contiguo que habían improvisado las chicas. Ella no notó mi presencia. Mirar escabullido tras el anonimato, viéndola desnudarse y mostrar un calzoncito amarillo diminuto exacerbó mis hormonas y por un impulso incontrolable, literalmente y sin pensarlo “hice carpa”.

Ahora, no me acusen de degenerado, depravado, licencioso, pero uno a esa edad anda con las hormonas revueltas, alborotadas y no puede evitarlo, pareciera que tuviera vida propia, una voluntad independiente.

En lo más concentrado que estaba, escucho mi nombre “Marcelito te toca salir” y veo la cara del catequista. Me quedé estático boquiabierto tratando de buscar una excusa para no salir, pero el catequista me jaló de un brazo y me lanzó al escenario de un empellón “vamos tú puedes, vence el miedo” me dijo.
El problema es que mis líneas eran breves y en esa situación, por decir lo menos, poco presentable, no podría salir a la tarima improvisada que hacía las veces de escenario.

Lo peor de todo es que las líneas que decía una de las chicas que hacía de reina era la siguiente:

- Y ahora, tengo esta tristeza, ¿qué podrá hacerme feliz?-
Y yo que no salía y la reina nuevamente repitió más fuerte sus líneas claves para mi aparición.

- Y ahora, tengo esta tristeza, ¿qué podrá hacerme feliz?-

Fue en ese momento que el catequista de un empellón me lanzó al escenario.
Y yo que entré con estas líneas mostrándole la carpa.

- Yoooooo-

En buena cuenta, aparecí con mi gorro de cuatro puntas, un blusón corto y las malditas pantys negras que me retrataban “el atado” en alto relieve.

De un momento a otro el público empezó a reír, las autoridades clericales miraban a otro lado y las señoronas de la directiva de clubes de beneficencia cuchicheaban, tapándose disimuladamente con sus libros religiosos; mientras yo, trataba de ocultar la prominencia, poniéndome de puntillas, levantando el poto, pero creo que ya había sido demasiado tarde. El público que había estado casi “moqueando” por la temática de la obra de un momento a otro empezó a reír a carcajadas. Lo que no entendía si era por mi aparición graciosa o porque habían notado mi situación poco adecuada para la obra.

El hecho es que dije mis líneas casi a la “paporreta” y sin ningún énfasis y salí disparado del escenario avergonzado y rojo como un tomate.
Al final perdimos el concurso de teatro. Las razones?, haber presentado una obra no apropiada, poco decente, lasciva, libidinosa, concupiscente y contar con un depravado como parte del elenco.

Luego de esa actuación abandoné el grupo de confirmación y no volví a frecuentar a Adelita.

Wednesday, February 15, 2012

Janecita




Nunca digo: “Gracias a Dios por ponerte en mi camino”, sino “Gracias a Dios por haberme puesto en tu camino”, porque ¿Qué camino tenía yo, antes de conocerte?, ninguno. Andaba por ahí buscando un sentido a mi vida, de tumbo en tumbo, de provincia en provincia, de trabajo en trabajo buscando sabe Dios qué.

Por eso doy gracias a Dios por haberme puesto como una piedra en tu recorrido, con la que tuviste que tropezar irremediablemente y porque en cuestión de amor nunca aprenderemos.

Sabes? Aún recuerdo aquél día como si fuese ayer, cuando entré en aquella tienda buscando una maleta. Hacía mucho frío, estaba en una tierra lejana donde no conocía a nadie, caminaba por las calles solo. Y por esas cosas que el destino tiene marcado para uno, fui a dar a la tienda donde tú atendías. Me preguntaste que iba a llevar y por poco te dije “nada, yo solo quiero mirarla a usted sin molestarla”. Tú sabes y siempre te lo he dicho que me gustaste desde que puse el primer pie en esa tienda y yo también sé que no te gusté para nada la primera vez que me viste, y que mejor prueba que al final me vendiste una maleta de “cuerina” como si fuera una “Renzo Costa”.

Y tuve la suerte que eras profesora y justo trabajabas en la zona donde a mi me tocaba supervisar, dime si eso no es algo dispuesto por Dios?. Había mil lugares repartidos en el Perú y por esas coincidencias de la vida me asignaron a la zona donde tú trabajabas, como si el bendito destino esta vez estuviera jugando a mi favor.

Que mejor pretexto para visitarte, para preguntarte cómo llegar, para inventarme mil excusas y caer por tu tienda una vez más. Y cómo sabes, creo tener la habilidad para inventar cosas y no es que sea un superdotado, un símil de Albert Einstein, sino simplemente solía andar en las nubes imaginándome cosas y viviendo en mundos paralelos.

Te compré mil cosas que no necesitaba a precios exorbitantes, sólo para irte a ver, para ver tus ojos, para intentar hacerte sonreír con alguna ocurrencia estúpida. Al final el cuarto que alquilaba empezó a llenarse de cosas que nunca utilizaba, 14 maletas, 5 canguros, 6 chompas, 3 casacas impermeables y hasta un poncho de lana de alpaca. Sé lo que debes haber pensado en esos momentos, pero créeme que este terco corazón no iba a rendirse fácilmente.

Desde ahí empezó mi historia de amor, la tuya mucho después, por supuesto. Y recuerdas también acaso cuando ya había pasado por esa escuelita donde tú trabajabas enclavada a 4 mil metros sobre el nivel del mar y solía llegar una y otra vez bajo cualquier pretexto, “me olvidé tomar nota del almacén de la escuela”, “es que de aquí me conecto para ir a la otra comunidad”, “Vengo de Pachacclla y tomé un camino que me trajo hasta acá”. Cualquier pretexto era bueno para llegar a verte, para esperarte, para simular un encuentro casual, como quien no quiere la cosa y regresar juntos a Huancavelica en cualquier bus, cualquier camión, que importaba, la hora que duraba el trayecto hasta la ciudad era el paliativo para las exigencias de mi corazón.

Creo que tú lo notabas y te reías por dentro de verme crear hasta las excusas más tontas para llegar allí a verte. Los otros profesores te solían decir que mi frecuente presencia tenía otros motivos y hasta el coordinador regional, mi jefe inmediato, se apareció por allí, pensando que cosas irregulares estaban ocurriendo en tu escuela. Si algo de irregular había allí es que un ser celestial caído de sabe Dios qué cielo, estaba dictando clases allí.

Y si alguna vez te parecí interesante, y te hablé de las cosas que se suponía sabía, de los libros que había leído, de las relaciones humanas, las relaciones con la comunidad y hasta del amor, es que sabes? de alguna manera tenía que suplir estas malditas deficiencias y esconder como quien se esconde un defecto físico, mi inseguridad, mi desvarío, mi desorientación. Sólo era un embustero interpretando el papel de un tipo interesante para impresionarte.

El 25 de diciembre, en navidad, te dije que te amaba, que no podía vivir sin ti, que quería pasar la vida entera a tu lado, quizás esperanzado en que esa fecha las personas suelen ser más caritativas y suelen estar más abiertas a expresar algunas dosis mayores de cariño. Y recuerdas lo que me respondiste?, querías que te diera 3 meses para pensarlo. Casi muero allí en tus brazos, a tus pies. Si hubieras sido cualquier otra me hubiera marchado resignado pero este corazón me gritaba que no, y no sé de donde saqué un valor que nunca tuve, para insistirte, para exigirte dulcemente una respuesta en un plazo menor.

Y el 26 de diciembre me dijiste que si, que aceptabas a este “corazón partío” con sus tiritas, sus banditas, sus curitas bien puestas. Ese día mi vida cambió por completo y las cosas empezaron a tener sentido.

Gracias por todos estos años a mi lado, gracias por soportar mis manías, gracias por entender mis pasiones, gracias por hacerme una mejor persona, gracias por los hijos maravillosos, gracias por ser como eres.

Pd.- siempre me gustó dedicarte canciones y regalarte cassettes con temas que escogía cuidadosamente para ti. Esta es nuestra canción, que nadie conoce, solo nosotros. Te amo inmensamente.

Monday, February 06, 2012

Perro, Perro, Perro



Amo los animales y empiezo así de categórico. Soy partícipe de Perú antitaurino y me opongo a cualquier actividad que tenga que ver con el sufrimiento animal. Si bien no soy vegetariano pero espero serlo algún día. Creo que el ser humano, podría matar como cualquier otra bestia para alimentarse. Pero tener el sufrimiento animal como diversión es algo abominable, execrable, condenable desde cualquier punto de vista y del cual sólo disfrutan una minúscula minoría obtusa de bípedos.
Amo a los animales porque siempre viví y crecí con ellos cuando vivía en Pisco. Con mis perros y gatos. Con patos, pavos y pollos. Con Bobby, Archi, Mota, Makanaki, Feo, Rosty, Recucha, Torombis, Romano y un largo etcétera.
Por eso ahora que vivo en un departamento pequeño extraño tener algún perro que me mueva la cola o algún gato que me ronronee. Este corazoncito lleno de amor solo le ha quedado prodigar este cariño insatisfecho a algunos perritos y gatitos del barrio.
Y comienzo así porque este último domingo estaba un poco aburrido en casa así que decidí salir al parquecito, ese que se encuentra frente a mi humilde morada. Esa pequeña área verde que se ha convertido en mi patio, donde mi hija Lucía sale a jugar cada tarde con sus amiguitas, donde corre y se esconde a su libre albedrío entre las plantas, arbustos y escaleras. Porque nuestro parquecito está enclavado en un lindo cerrito de La Molina donde vivimos gente de clase media pujante y trabajadora. Y a mi también me gusta salir algunas veces y sentarme un rato a mirar las plantas, los pajarillos amarillos o pechos rojos o simplemente a mirar los cerros con la esperanza de ver algún platillo volador.
El último domingo salí porque estaba un poco aburrido y me senté en una de las bancas a leer mi revistilla dominical, mientras Lucía jugaba con un perro Golden Retriever, de uno de los vecinos que suele dejarlo libre para que camine por el parque y para que deje, irresponsablemente, algún regalito cerca de algún árbol del parque y para que algún incauto lo pise con el pie izquierdo y piense inocentemente que es símbolo de suerte y corra a comprarse su tinka millonaria.
Al poco rato, luego de estar corriendo como loca por todos los lados del parque, Lucía se sentó a mi lado junto a “Zony”, así se llama el Golden retriever. Como soy amante de los animales de inmediato hicimos química con el perro y lo empecé a acariciar. “Zony” tomó confianza, me buscó, me hociqueó, se paró en dos patas para que lo abrace y me hizo gracias y piruetas.
Mientras jugueteaba con “Zony”, sobre la pista apareció un vecino de una calle próxima llevando un perro mediano, con su correa, no sé de razas pero presumo que era un Mastin español cruzado, color blanco. Y yo, mientras le acariciaba y rascaba la panza al buen “Zony”, su instinto canino dio cuenta de inmediato del vecino perruno intruso. El señor que sería de unos 55 años, percibió la situación de alerta de “Zony” y me dijo “señor cuidado con su perro…”, pero su advertencia fue muy tarde y apenas terminó de decir sus palabras, “Zony” salió corriendo atrás del Mastin Español. El señor intentó acelerar el paso, pero el mastin en un arrebato de tratar de imponer su dominio, lo jaló y al pobre vecino lo fue a tirar sobre la pista. Y yo que gritaba “Zony, Zony” tratando de detenerlo.
Los dos perros se trenzaron, prácticamente sobre el desafortunado vecino y se agarraron en una pelea callejera. El vecino se levantó a duras penas. Su pelo cano que inicialmente había estado ordenadito, ayudado quizás con alguna “gomina”, “glostora” o “brillo de brillantina”, esta vez estaba desordenado con un peinado más bien parecido al de “Neymar”. Jaló su perro y dio por terminada la pelea. Miró su brazo raspado sobre el cual corrían algunos hilillos de sangre. Me miró con sus ojos iracundos, juro que vi en sus pupilas brillar el rencor. De inmediato me increpó “Oiga señor usted no sabe que debe sacar a su perro con correa”, y yo que tartamudeé, me trabé “señor.. e-e-este perro, vive en la casa….”, “mire usted, como me he raspado el brazo, va a ver usted me voy a quejar…” interrumpió mi explicación, y se fue hablando y refunfuñando entre dientes.
Me quedé absorto, parado, con los hombros encogidos farfullando mi inocencia. Quise explicarle que no era mi perro, me quise lavar las manos cual Judas pero no me dio la oportunidad. Así que regresé otra vez a la misma banca, seguido por supuesto de “Zony”, que seguía hociqueándome la mano. “ya ves”, le dije, “por tu culpa se ha caído el señor”. A cada momento volteaba a hablarle y con el dedo índice le reclamaba “y ahora que vamos a hacer” le decía “segurito que ahora va a venir el señor con sus hijos a pegarnos”. Unos pasos más allá volvía a decirle “y si viene yo de frente te echo la culpa”. Dos pasos más allá “que te saquen el ancho, yo no me voy a meter... y que te pegue su gato también”. Y le hablaba y le reclamaba como si me fuera a entender.
Me senté otra vez en la banca mientras Lucía se desaparecía una vez más con “Zony” a seguir correteando por el parquecito. Abrí mi revista “somos” para seguir leyendo, porque así somos los “fashion”, leemos “somos” y nos miramos en la página de “Circo Beat”. En lo mejor que estaba de la sección “Campo de Venus”, se apareció la camioneta de Serenazgo con la circulina encendida y se estacionó frente a mi banca. Bajó el señor del Mastin Español y de frente me señaló, me apuntó con el dedo acusador “él es”. Bajaron dos serenos uniformados. Uno de ellos llevaba protección en los brazos, de esos que se ponen para el ataque de perros, por un momento pensé que iba a participar en “Canta si puedes”.
“Señor, buenas tardes, venimos a atender la denuncia del vecino, usted sabe que está prohibido pasear perros sin correa”.
“Si es un irresponsable, mire lo que me ha pasado” intervino gritando el vecino, mientras enseñaba su brazo lleno de heridas y raspones.
Prácticamente me habían agarrado frío. Sonreí nerviosamente.
“Disculpe vecino, pero ese perro no es mío”- les dije
“Como que no es su perro” – intervino otra vez el vecino gritando, “si lo he visto allí jugando… así son para tener animales, son unos irresponsables y después no se quieren hacer cargo”.
Me levanté dispuesto a demostrarle que “Zony” no era mi perro.
“Mire usted” - le dije, y me paré y crucé la pista, “yo vivo en este departamento” les dije y toqué el “202” de mi edificio, que es justamente donde vivo “en cambio, el perro vive en una casa más allá que no sé exactamente cuál es”, agregué tratando de mantener la serenidad del caso.
Y mientras estaba hablando, bajó Lucía del departamento con “Zony” a su lado y me dijo “Papá, porque estás tocando, te olvidaste tu llave?” y “Zony” que corre y se me abalanza para que lo acaricie.
“Ahí está como que no”- empezó a proliferar otra vez el vecino.
“Cálmese” dijo el sereno y tomó nota de mi dirección y me amenazó diciendo que la multa por sacar perros sin correa es 40% de una UIT.
Y a mi que nuevamente se me quedaban las palabras en la lengua y me alteré y les dije.
“Oiga ese perro no es mío!” y la miro a Lucía y le digo casi susurrando “que hacías con ese perro en el departamento” y ella que me responde también así susurrando “Zony tenía sed, fuimos a tomar agua”.
El sereno tomó nota de mi dirección y se retiró acompañado del vecino renegón, entre gritos e insultos.
Me quedé atónito. Y en el peor momento “Zony” decidió abandonarme y retirarse tranquilo a su verdadera casa. Crucé la reja que protege al edificio y en hall de entrada resbalé estrepitosamente, volé medio metro por encima del aire y caí sentado sobre una gran caca marrón.
En todo el sentido de la palabra, “Zony” había terminado de cagarme.

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