Friday, December 07, 2012

CENICIENTA MODERNA



Siempre que alguna fémina recurre a mi para pedirme un favor, siento la necesidad imperativa de ayudarla. Y no es que yo tenga algún interés subalterno o que pretenda ser el sucesor de Badani o de Ezequiel Ataucusi, ni mucho menos pretendo ser un filántropo a ultranza o la madre Teresa de Calcuta, simplemente aflora en mi, algún instinto animal primitivo de protección, de cuidado, de tutela.

Un viernes de octubre, una amiga de Janecita se casaba en una iglesia ubicada en Miraflores y por lo tanto tendríamos que asistir (entiéndase el “teníamos” como “ser chofer de Janecita”). El plan era sencillo, saldría de trabajar, apretaría el acelerador, Janecita me esperaría lista, yo con las mismas me enfundaría mi único terno por el que ya todos me conocen en matrimonios, cumpleaños, aniversarios, quinceañeros, etc. Y listo. Todo estaba medido, cronometrado, planificado.

Pero como dice el dicho “uno propone, Dios dispone pero llega el diablo y todo lo descompone”, justo antes de salir, suena mi celular. Era mi amiga Helen. “Hola Marcelito” me dijo “por donde estás” agregó. “Estoy saliendo de mi trabajo”, respondí en tono apurado. “Estoy por San Isidro y tengo que ir a Surco, por la U de Lima, me das una jalada?”. Estaba realmente apurado, pero una vez más como comenté en el primer párrafo, afloró, renació, brotó en mi el instinto de benefactor que me aqueja y acepté darle un “aventón” considerando que de alguna manera estaba dentro de mi ruta de regreso. “Ya Helencita, pero estoy apurado, tengo un matrimonio y estoy con el tiempo medido, así que cuando pase ya tienes que estar allí” le dije. “No te preocupes, es más ya estoy saliendo”, respondió.

Salí rapidísimo por las calles de San Isidro. Cuando llegué al centro empresarial Helencita ya estaba esperándome. Salía del trabajo y llevaba una maleta deportiva enorme. Subió rapidísimo, varios carros protestaron tocándome el claxon. Previo saludo empezamos a conversar. Me contó que se iba a hacer deporte con una amiga. Mientras hablaba se sacó los zapatos de taco y se calzó unas zapatillas blancas de deporte “estos zapatos me están matando” me dijo. “bueno, no me opongo a que sigas cambiándote… prometo no mirar” le bromeé. Ella sonrió, “idiota” respondió.

Conversamos todo el camino. La dejé cerca a la universidad de Lima y me dirigí directo a casita. Llegué y Janecita, como todas las mujeres, aún no terminaba de arreglarse. Me di un baño, me enfundé mi “terno tonero” y salimos al carro. Janecita salió llevando algunos accesorios en la mano. En el auto aún seguía dándose los últimos toques al maquillaje usando cuanto espejo encontrase alrededor.

Como iba al límite de la velocidad permitida, al hacer una frenada repentina sentí que un objeto rodó hasta parar cerca de los pedales. En uno de los semáforos disimuladamente miré a mis pies  y vi un zapato de taco de mujer. De inmediato me vino a la mente que Helencita estaba cambiándose los zapatos en el auto. “Maldita sea” pensé, “sólo esto me faltaba”. De inmediato mi mente empezó a maquinar qué responder si Janecita descubriera esa prenda femenina en el auto. Decirle la verdad, a pesar de ser inocente, me costaría una pelea terrible, más aún que Helencita nunca fue de su agrado. El temor me invadió y decidí mantener oculto el zapato hasta tener la oportunidad de deshacerme de él.

Mientras Janecita se arreglaba el maquillaje y mientras yo conducía, con un movimiento hábil deslicé con mi pié, el zapato de taco hasta cerca del asiento. Intentaba distraer a Janecita que mire a otro lado pero ella seguía arreglándose el vestido. En un semáforo un pequeño niño se acercó por la ventana de Janecita para ofrecer sus productos “golosinarios” (¡siempre me he preguntado si existe esta palabra!). Quedaban pocas cuadras para llegar al local y esta era mi oportunidad. Aproveché el momento de su distracción, bajé la ventana y lancé el zapato a la berma central. Y como dicen que para eso existe la Ley de Murphy, para mi mala suerte le cayó en la cabeza a una señora vendedora de caramelos que cabeceaba rendida por el sueño, sentada en el pasto.

La luz verde del semáforo me salvó esta vez y arranqué como “fast and furious” rumbo al local de recepción, mientras veía por el retrovisor a la vendedora que me perseguía con el zapato en la mano. “¿Qué tiene esa señora?” preguntó Janecita. “no-no-no he visto nada” respondí titubeando. “venía corriendo atrás gritando” agregó. “no sé, la gente está cada día más loca” alegué tratando de simular cierta soltura.

Cuando llegamos Janecita terminaba de darle los últimos toques a su vestido y mientras buscaba entre sus pies exclamó desesperada:

“ME FALTA UN ZAPATO… ¡ME FALTA UN ZAPATO!”.

Y otra vez la Ley de Murphy, apareció la vendedora de caramelos con el zapato de Janecita en la mano intentándome atacar.

Thursday, November 15, 2012

Te Ofrezco Disculpas


Hoy, lejos de cualquier broma o anécdota graciosa, quiero ofrecer disculpas por algunas cosas que hice durante mi niñez, quizás por andar confundido, por estar resentido, o por una simple casualidad terminé perjudicando a otros sin medir las consecuencias. Quiero ofrecer disculpas de corazón:


Te ofrezco disculpas querido amigo Kike, Kike Rengifo, el que fuera mi mejor amigo de primaria pero que tuvo la mala suerte de burlarse de mi por una caída, digna de payaso de circo, que tuve en medio del patio del colegio en pleno ensayo para un desfile del 8 de setiembre. Te ofrezco disculpas porque cuando me invitaste la siguiente vez a tu casa, lleno de rencor y con sed de venganza me aparecí con una bolsa que contenía 10 oyucos, 4 langostinos y 3 uñas de cangrejo y en un descuido tuyo la escabullí en el fondo de tu ropero, donde nadie, ni tu aplicadísima empleada rebuscaba. En los días siguientes te apareciste en el colegio con tu ropa, literalmente, oliendo a mierda y no sabías por qué. Creo que pasaron más de tres semanas, cuando ya la pestilencia se había expandido por otros ambientes de tu casa, para que una comisión organizada por toda tu familia descubriera en el fondo de tu ropero una bolsa plástica con los oyucos podridos, enraizados, ya negros, y los langostinos y uñas de cangrejo agusanados. Disculpa, fui yo y no Juaneco, tu vecino, al cual solías invitar cotidianamente a tu casa. Si hay algo que pudiera hacer para recomponer esa amistad, después de 30 años, lo haría en este instante.

Te ofrezco disculpas papá por haber chamuscado los circuitos de tu calculadora. Sé que con dedicada devoción encargaste a mi tío que viajó a Tacna, que te compre una calculadora científica con el último adelanto tecnológico para la época. Una calculadora con letras fosforescentes que funcionaba con dos pilas doble A, y que tú llevado por tu vocación ahorradora le habías acoplado un transformador y confiadamente nos autorizaste para utilizarla en los trabajos del colegio pero que mi hermano y yo, sólo la usábamos para jugar; para hacer las estúpidas sumas de “una muchacha de 19 años, se fue con un chico de 19 años por 365 días…” y que al final daba como resultado "el bebé" si volteabas la calculadora. Y fue justamente, en uno de esos días de juego, por un ímpetu de investigación y curiosidad (por no llamarlo de otra manera) le movimos el botón del transformador hasta meterle 12 voltios al pobre aparato que luego de un ruido parecido al de un cohetecillo de navidad no quiso prender más. Lo dejamos en tu cajón tal y como lo encontramos y no lo volvimos a tocar más hasta que después de unos buenos meses quisiste usarla para hacer tus conversiones de centímetros a pulgadas para un trabajo de carpintería y no prendió por más que cambiabas las pilas o le movías el botón de on/off y asumiste que por el desuso, tu científica calculadora había muerto. En realidad fui yo, que azuzado por mi hermano, literalmente electrocuté a la calculadora.

Te ofrezco disculpas, otra vez, papá por haberte borrado tu cassette original de Nicola Di Bari. Nuevamente en complicidad con mi hermano y por habernos hecho fieles seguidores del rock en español, necesitábamos urgente hacer una recopilación de las mejores canciones para llevarlo a un “tono” de adolescente que teníamos aquel día. Si es que algo nos caracterizaba en el barrio es que nos habíamos ganado la reputación de ser rockeros natos. Los pelos con “suave gel”, los pantalones anchos, las mangas de los polos dobladas y las zapatillas “all star” nos daban la pinta de rockeros ochenteros y no podíamos fallar cuando nos pidieron una selección de los mejores temas de rock en español para la fiesta de aquella fémina popular del barrio. Al no tener ningún cassette en blanco decidimos coger uno tuyo, el que nunca escuchabas y que yacía olvidado en la ruma de cassettes, opacado por Los Ángeles Negros, Leo dan, Sandro, Leonardo Favio, Buddy Richard y hasta por Iván Cruz. Le sacamos la etiqueta, lo pelamos, tapamos la protección de borrado con cinta scotch y encima grabamos en el equipo doble cassettera una recopilación con canciones de Soda Stereo, Hombres G, Enanitos Verdes, Loquillo, Git y la Honorable Sociedad. A los pocos días, como castigo divino, como mandado por Dio, justo se te ocurre escuchar a Nicola di Bari. Lo buscaste incasablemente por todos lados y nunca lo hallaste y por supuesto no dudaste de nosotros cuando nos interrogaste y negamos haberlo visto. Creíste en la honorabilidad de tus hijos y le echaste la culpa a nuestros amigotes que algunas veces visitaban la casa para escuchar música en el equipo. Pues bien, no fueron ellos, fui yo junto con mi hermano que literalmente borramos del mapa a Nicola Di Bari.

Te ofrezco disculpas amigo Sandro, tú que eras el galán del segundo de secundaria y que te gustaba “la chechi” del colegio de mujeres y que tuviste la impertinencia de confesármelo, porque yo, luego de enterarme, preferí no decirte que a mi también me gustaba ella. Y lógicamente tú al tener la fama del “bacán” del colegio y del exitoso futbolista me llevabas kilómetros de ventaja, pues mis méritos físicos eran casi nulos (por no llamarlos “deméritos”). Y al verme en desventaja como quien no quiere la cosa, le dije con palabras bonitas que eras “un flojonazo de mierda” en el colegio, que sacabas rojos en la libreta y que el dibujo, ese de una parejita a orillas del mar con el sol poniéndose, que le habías regalado, tú se lo habías robado al Chino Lau, el mismo que ganaba cuanto concurso de dibujo se convocara en la provincia de Pisco. Te ofrezco disculpas, fui yo el que le contó los pormenores de lo que ocurría en nuestro salón; sobre todo, porque al enterarte que ella sabía todo tu historial “educativo” te empecinaste en averiguar quién le había ido con el chisme y me pediste ayuda para encontrar a ese “huevón” como lo llamabas tú, para literalmente, como tú decías “sacarle la entreputa”. Lo siento, lo único que hice fue desviarte por todos lados y acusar a inocentes. En ese tiempo pensaba que en la guerra y en el amor todo se vale. No me siento orgulloso de eso, después de todo, “la chechi” no se quedó con ninguno de los dos.

Le ofrezco disculpas señora Lucha, a usted y a su menor hijo por haberle tirado un huevo huero podrido en su cabeza, justo cuando se dirigían limpiecitos con su ropa nueva a una matiné de alguna familia “pipirinais” de la alta alcurnia de Pisco. Dispénseme usted porque ni siquiera fue un huevo común y corriente sino fue un huevo fecundado que no se había desarrollado y que se encontraba en la cúspide de su estado de putrefacción. Es que señora Lucha, como usted comprenderá mi mamá tenía un amplio corral donde criaba patos por docenas y esta clase de huevos abundaban al final de la “maternidad” de las patas. Y como usted sabe mi intención no fue lanzárselo a usted, sino a la vecina que solía aventar desperdicios a mi corral de manera constante. Fue una venganza planeada a mi corta edad, pero que por un exceso de fuerza, el huevo huero llegó hasta la calle lateral y se estampó en su peinado recién batido en la peluquería de la esquina y le salpicó a borbotones a la ropa blanquísima de Luchito su hijo. De corazón, le ofrezco disculpas.

Finalmente, te ofrezco disculpas, mamá por haberte hecho preocupar tanto, casi hasta matarte de la angustia. A mi corta edad no sabía que era malo chuparse todas las pastillas de la abuelita para luego botarlas después de haberles arrancado el poco dulce que tenían. Me cuentas que era muy pequeño, tanto así que casi no lo recuerdo. Creo que fue mi primer intento de suicidio. Tan pequeño y casi me muero por haberme “pepeado” sin intención. Si no es por tu gran instinto de madre que al verme hinchado, con las orejas como dos pencas de cactus, enrojecidas, gruesas y haberme llevado a tiempo al médico hoy estuviera con la “pelona”, como consecuencia de una sobredosis de sabe Dios qué compuestos químicos. Te ofrezco disculpas por eso y por las tantas cosas más que hice, que solo te trajeron angustia, zozobra y desesperación.

Dispénsenme todos... de corazón.

Friday, October 26, 2012

Fiesta de Halloween


Después de mucho tiempo de haber estado “afanando” a una fémina que había conocido durante mis clases de inglés en un poco conocido instituto limeño, se presentó la oportunidad de mi vida para poder dar la estocada final y conseguir sus caricias. El instituto había organizado una fiesta de disfraces por motivo del “Halloween” y Adrianita, así se llamaba ella, estaba entusiasmada por ir. Como solíamos sentarnos juntos ella se encargó de animarme a pesar de saber que era un tipo flemático, aburrido, apático y me prometió pasar una noche inolvidable “nos vamos a divertir como nunca, te lo prometo” me dijo mientras guiñaba uno de sus coquetos ojitos. De inmediato en mi libidinosa cabeza pasaron imágenes concupiscentes, lascivas, indecentes que determinaron mi decisión de asistir por esa promesa de Adrianita.


Como todas las mujeres Adrianita se llevaba bronca con otra de las chicas del salón, motivo por el cual se pasó los días previos a la fiesta pensando qué disfraz ponerse. Su enemiga no podía ir con un atuendo mejor que el de ella. En los días siguientes se enteró que la susodicha iría con otro compañero como Batman y Gatúbela, por lo que a ella no se le ocurrió mejor idea que nosotros también podríamos ir disfrazados como una pareja “como pareja podemos ser los mejores… voy a ver que se me ocurre, pero esa perra no me puede ganar” me espetó con un toquecillo de rabia.

Al día siguiente se apareció con la idea que íbamos a ser Blanca nieves y el príncipe. La verdad yo no era entusiasta de las fiestas de disfraces pero tratándose de Adrianita estaba dispuesto a hacer lo que sea por darle el beso que le despierte esos sentimientos que tenía bien escondidos hacia mi persona.

Tres días antes de la fiesta Adrianita alquiló los disfraces, los recogió y me entregó el que me correspondía. Hizo que me lo probara, mandó hacer unos ajustes y listo. Nos despedimos porque ya habían acabado las clases del ciclo y los próximos movimientos sólo lo coordinaríamos por teléfono hasta el día de la fiesta que nos veríamos. Su última recomendación fue “córtate el pelo, péinate bien y échate gel, recuerda que eres un príncipe y no puedes estar todo greñudo… ah! Y báñate”. Por un momento estuve a punto de literalmente mandarla a la porra pero al ver como movía las cuatro letras mientras se retiraba, mis palabras se transformaron en baba que derramé hasta el piso.

Un Par de días antes de la fiesta el espejo me devolvió una imagen aterradora. Me había salido caprichosamente un grano en la punta de la nariz. Se había levantado exactamente sobre la cúspide de mi perfil haciéndome caricaturescamente “más respingado”. Traumado por lo que me había devuelto el espejo me apliqué cuanta crema encontré en el botiquín de la casa: clearasil, alcohol, alcohol yodado, agua oxigenada, dencorub, charcot, mentol caliente, mentol chino, hirudoid, lamisil, nívea, la Carmela, timolina Leonard, pero los resultados fueron en vano. Al día siguiente el granito había crecido mucho más. Ahora ya no era el granito, era “El Grano” y bajo esas fachas no me sentía en la capacidad moral de representar a un príncipe.

Por su parte Adrianita se había empecinado en hacerme la vida imposible, me llamaba cada tres horas para preguntarme si ya me había cortado el pelo, si había revisado el disfraz que no tenga ninguna mancha, que lo cuelgue bonito para que no se arrugue y hasta que le vaya echando todos los días el perfume “Arom” que me había obsequiado por mi cumpleaños, porque tenía que ir oliendo rico.

Un día antes de la fiesta y considerando que el grano no había bajado ni un milímetro, decidí tomar medidas más drásticas y empecé a apretarlo. Después de varios intentos lo único que conseguí es que se pusiera más rojo y se me irrite la nariz. Mi única esperanza es que al día siguiente milagrosamente baje. Sin embargo al despertar, al mirarme nuevamente al espejo el grano se había hinchado hasta tamaños descomunales por los apretones que le había dado. Ahora si definitivamente no podría ser ningún príncipe, a lo único que podría aspirar es a ser Aniceto, el brujo.

Derrotado me tiré en la cama a pensar en inventarme un libreto para decirle a Adrianita que no iría. Sin embargo a los pocos minutos recibí su llamada: “Marcelito hoy ya me probé el vestido con los arreglitos que le hicieron y he quedado como una misma Blanca Nieves. Me ha quedado perfecto, ahora solo me falta mi príncipe” me dijo sonriendo coquetamente por el teléfono “esta falda está un poquito larga pero adivina que tengo puesto abajo?” agregó y sonrió. Y yo sin atinar a decirle palabra alguna sonreí nerviosamente. “ya verás cuando nos veamos… a qué hora pasas por mi?” preguntó una vez más. Quise desistir y aceptar mi derrota de una vez por todas pero no tuve el valor de matar su alborozo y su alegría. No lo merecía. “Adrianita, no voy a poder ir” le dije. “Cómo?” preguntó, “estas bromeando?” agregó. No tuve las agallas de darle el tiro de gracia y sólo para prolongar más mi agonía le dije “nos vemos a las 9 en punto en la puerta del local”. Cuando colgué el teléfono, decepcionado me eché a pensar cual sería mi solución.

Después de un cavilar sempiterno, la única solución llegó a mi cabeza. Salí de inmediato a la tienda de disfraces y regresé con uno de Darth Vader. Como siempre he dicho no soy cinéfilo y no tenía ni la menor idea que es lo que hacía este tipo, pero lo único que me importaba en ese momento es que llevaba una máscara. Me enfundé en el disfraz y me aparecí un poco tarde en la puerta del local. A un lado esperaba Adrianita que buscaba con cara de pocos amigos a un príncipe entre las personas que iban llegando al punto de encuentro. Me acerqué y le dije hola a través de la máscara. “Marcelo, eres tú?” dijo tratando de ver entre las rendijas de ventilación. “si soy yo… pasemos”. Ella aún un poco extrañada preguntó molesta “¿y por qué carajos estás vestido así… y el disfraz del príncipe?”. “Mi hermana lo quemó planchándolo y sólo pude encontrar éste” Le di la respuesta que ya había tramado previamente. “porque no te sacas la máscara, ya ni siquiera sé si eres tú”. “Es que me llega hasta los hombros y tendría sacarme toda la capa... y si soy yo, Marcelo, y le mostré mis muñecas”. En ella había una costra ovalada producto de un arañón que me había dado ella misma cuando jugábamos a hacernos cosquillas”.

Toda la fiesta me la pasé escondido tras la máscara sin poder hacer nada. Por ratos levantaba el compartimento que servía para respirar y me tomaba algunos sorbos de cerveza. Bajo esas condiciones no podría hacer nada. Por si fuera poco Adrianita aburrida se encontró con dos amigas de su universidad y poco a poco se fue yendo hasta dejarme como un apestado en un rincón en la fiesta. Por ratos la veía unos metros más allá con sus amigas y un grupo de varones que recién le habían presentado. Fastidiado por lo que estaba pasando y no poder hacer nada decidí largarme.

Salí muy tarde de la fiesta, eran cerca de las 2:00 a.m. las calles estaban vacías. Derrotado me senté en el paradero esperando en vano alguna combi que quiera llevarme. Cuando estaba perdido en mis pensamientos, me tocaron el hombro. Era Adrianita. Se sentó a mi lado. Me jaló la máscara bruscamente, como solía ser ella. Me miró detenidamente y me dijo “tienes un grano en la nariz”. Después de un silencio le respondí “gracias por recordármelo”. Se acercó y me besó efusivamente una vez, luego otra, y nos marchamos al primer hotel que encontramos… y descubrí que en su intimidad ella también tenía un “defectillo”, la única diferencia es que a mi se me notaba en la cara, a ella no.

Pd.- Adrianita, siempre te recuerdo con mucho cariño.

Thursday, October 04, 2012

Meme: 10 líneas

Advertencia: He hecho descaradamente "copy paste" la primera parte del post de Elmo por flojera a escribir:

Recibí la nominación de Lenya y Elmo para un meme, cuyas reglas son:


1. Contar una historia de sexo en 10 reglones.
2. Utilizar una fotografía ilustrativa al final de los 10 reglones.
3. Estilo libre, poesía, narrativa, noticia, la creatividad es lo mejor.
4. Debe ser algo que aplique a su vida.
5. Entenderse como sexo lo primero que se venga a la cabeza.
6. Nominar a 3 personas a contarnos sus 10 líneas sobre sexo.


Ahí va mi Meme:

Estaba frente a mi, su uniforme plomo se ceñía a su cintura y una blusa casi transparente se resistía a abrirse por culpa de unos despreciables botones bien puestos. Sus senos redondos se retrataban perfectamente y entre las hendiduras dejadas por la fila de la botonadura podía divisar unos pechos blancos sostenidos por un brassier de encajes. Sus manos pequeñas sostenían un lapicero que llevaba a la boca rozando sus labios color carmesí. Sus dientes alineados perfectamente y su lengua traviesa que aparecía por momentos para lamer coquetamente la punta del lapicero, me estaban poniendo nervioso. Ya sabía mi nombre, mi dirección, sólo revisaba que faltaba para completar en mi solicitud. Se quedó pensando inclinando la cabeza. Sus cabellos recogidos por un gancho me dejaban ver su cuello blanco que me ofrecía sin preocupación como una leona en celo. Fue ahí cuando me preguntó: “¿sexo?” y ahogando mis palabras en la garganta, sólo pude responder, “conmigo mismo por ahora”.

(sorry la letra chiquita, lo aprendí de Lenya)





 
Ahora me toca nominar 3 personas:


1. Cafeinómana (aunque sé que no anda por estos lares, pero por si acaso se digne entrar en estas humildes líneas)
2. Patydrómeda (creo que aún nadie te ha nominado)
3. Danny Salas (entra a las mil y quinientas)

Monday, October 01, 2012

Kathy Kotex y el Chico Pejerrey



La primera parte de este relato viene del post “La Impulsadora”.

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- ¿Sabes?- le dije a Oscar – voy a ir de frente a pedirle que me dé una a mi-

- Jajaja, ¿estás cojudo?, ¿cómo vas a hacer eso?, ¿Qué le vas a decir?- respondió Oscar -“ay, dame una para mi, que ya me toca”- agregó aflautando la voz y haciendo gestos amanerados.

- ¿Que tiene?, le diré que es para mi mamá, para mi hermana, cualquier cosa se me ocurrirá-

- No seas huevón, la vas a cagar toda… mira, para que veas que soy tu pata, acá te traigo la solución- dijo Oscar mientras sacaba de su mochila el suplemento “Empleos” del diario El comercio.

Se me iluminó la cara. Una señal más clara no podía haber. Me lo estaba enviando el destino o el “El Señor de la Agonía” de Pisco. Wong estaba pidiendo jóvenes a tiempo parcial para trabajar en sus tiendas de San Isidro, Miraflores y La Molina. De inmediato salimos a dar unas vueltas por las calles aledañas hasta que de un jardín me robé un recibo de luz. Con esa información redacté mi currículum vitae (léase Ridiculum Vitae) y me presenté al día siguiente.

El reclutador luego de la entrevista me asignó a la sección pescados, aduciendo que como yo era de Pisco, tendría mayor facilidad para trabajar allí. Por más que le insistí no aceptó derivarme al área de licores o al de juguetería. Como no tenía otra opción acepté.

Empecé a trabajar un lunes, previa inducción y me asignaron mi uniforme blanco, gorro, mandil y botas. Mi trabajo solo consistía en mantener frescos los pescados, administrar de alguna manera la congeladora y ofrecer a los clientes la variedad de peces, filetearlos, pesarlos y listo.

Así empezó mi rutina y aunque estaba un poco alejado de la sección de perfumería y artículos de tocador me las ingenié para toparme con la chica Kotex. “Una tarde de aquellas, cuando el amor nos llama”, la encontré cerca de los vestidores. La miré. Le sonreí nerviosamente y le dije “hola”. Ella me regaló también una sonrisa que alumbró los casilleros y me respondió “Hola”. Achinó los ojos, levantó una ceja y agregó “¿no nos hemos visto antes?”. Y yo, ya con las manos sudorosas levantando los hombres le respondí “supongo que no”. “¿Tú estás en la sección… pescados?”, me preguntó, “sí cómo te diste cuenta” le respondí tratando de hacerla sonreír porque era obvio que trabaja en esa sección por el uniforme que llevaba puesto. Pero La chica Kotex más astuta, me dijo “por el olor” y me sonrió. Me bromeó y siguió preguntándome por las cosas que hacía allí. Me sorprendió su naturalidad y su buena disposición para seguir conversando con este desconocido. Desde ese día nos hicimos amigos y tratábamos de encontrarnos y conversar un ratito. Es más, ella cambió su descanso para coincidir con el mío, para almorzar juntos o tomarnos una cremolada en la tienda que se encontraba al lado. Yo me esmeraba siempre de hacerla sonreír y ella me decía que se sentía muy cómoda conmigo. Nos hicimos inseparables en poco tiempo. Yo solía llamarla “Kathy kotex” por el producto que promocionaba y ella por mi delgadez extrema me decía “Chico Pejerrey”.

Pero como en esta vida, no todo es felicidad un supervisor ya me había “chequeado” que solía abandonar mi puesto de trabajo y desplazarme hasta la sección de perfumería por donde se desplazaba Kathy. En una oportunidad siguiendo mis huellas desde la congeladora me había encontrado conversando de lo más orondo con la chica Kotex mientras los clientes esperaban aglutinados en la sección pescados. Me llamó la atención y a decir verdad tenía razón. Yo no tenía porque estar allí, imagínense las chicas bellas, “nice”, “pipirinais” que asistían a comprarse algún champú, algún agua de colonia, algún tinte para el cabello, toparse con un sujeto vestido de blanco con un mandil de plástico, unas botas de jebe, escamas en la piel y chorreando agua. Definitivamente estaba espantando la clientela.

Por los horarios no había encontrado la oportunidad de declararle mi amor a Kathy, así que siguiendo el consejo de mi fiel escudero Oscar, decidí escribirle una nota en la que plasmara mi amor por ella. Esa noche me la pasé cavilando y buscando encontrar las palabras precisas que describan con exactitud mis sentimientos. Después de estar en vela toda la madrugada, terminé de escribir la nota. La perfumé con “Varon Dandy” y salí apurado al trabajo.

Era más temprano de lo normal y me dirigí a los cambiadores con la carta en la mochila. Cuando entraba caminando empecé a ver la figura de Kathy. Una sonrisa se empezó a dibujar en mi rostro, pero luego apareció la imagen del supervisor que la tenía tomada de la cintura. La cercanía de sus cuerpos me dijo todo. Se me apagó el brillo de los ojos y cuando Kathy notó mi presencia quiso soltarse de las garras del supervisor. Vi su cara sorprendida, algo desencajada. Un “buenos días” frío fue lo único que salió de mis labios. Ahora entendía porque este supervisor andaba siempre vigilante tras de mi, cambiándome los turnos y tratando de impedir que me acerque a la “Chica Kotex”.

Me puse mi uniforme de inmediato y me dirigí a la sección de pescados, me metí a la cámara frigorífica y no salí de allí hasta que se me congeló el corazón.

Esta es la carta que le había escrito a Kathy Kotex y que nunca llegó a su destino. Ustedes, después de leerla, ¿me hubieran aceptado?.

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Hoy he tenido las AGALLAS de escribir estas PALABRITAS con el corazón, con este cariño y esta pasión que no son TRUCHAS. Sé que no soy BONITO y mi PINTADILLA de PIRAÑA no me ayuda mucho, pero lo bueno es que soy un MERO macho, nada que ver con CABRILLAS ni TRAMBOYOS. Mucha-CHITA linda no quiero pasarme de la RAYA pero quisiera ser tu MACHETE. Me gustaría que mi PEZ ESPADA le dé una fileteada a tu POTA y en un futuro dejarte ANCHOVETA y BALLENA y formar nuestro CARDUMEN.

Ya me cansé de amanecer MOJARRILLA y nada de nada. Puedo JUREL que mi corazón se vuelve un TAMBORETE cuando te veo con mi OJO DE UVA.

Aunque últimamente el COJINOVA del supervisor me marca como LAPA porque me parece que te quiere para un CACHEMA.

Querida DONCELLA, mi corazón es todo TOLLO. ¿Le darías un beso con LENGUADO a este PEJESAPO que promete convertirse en BONITO?

Aceptarías ser la REYNETA de este PEJERREY?

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De acuerdo a las bases de este mini concurso quien más se acercó al desenlace final es Paty de PATYDROMEDA. Ella se ha hecho acreedora de una Camioneta Hummer todo Terreno, jajajaja. El premio es un regalo simbólico. Es un USB de 4GB.

Si alguien no considera justo el resultado del concurso tiene hasta el 05.10.2012 para presentar su reconsideración sustentando fehacientemente los motivos del desacuerdo. Presentar su reclamo en la sección “comentarios” de este blog. Luego se coordinará la entrega del premio.

Wednesday, September 26, 2012

La Impulsadora



Cuando cursaba el tercer ciclo en la universidad solía andar solo. Eran mis épocas de estudio y por avatares de la vida de alguna manera me había alejado de las intenciones de querer tener amoríos con alguna fémina. Podría decir que había perdido temporalmente el interés de tener una relación, consolidar una pareja o iniciar algo sustentable en el tiempo, sin que esto signifique no tener por allí de vez en cuando un “choque y fuga”, un “raspa y gana”, un “dame que te doy” (valgan verdades, nunca me ligaba una, pero sólo lo menciono para no sentirme tan mal). Estaba dedicado a mis estudios universitarios, las clases, los trabajos, la música y los amigos. Todo estaba bien, hasta que uno de esos días, cerca de la una, salí, como de costumbre, junto con mi amigo Oscar rumbo a Wong de La Molina a comprar un par de galletas. Bueno, a decir verdad las galletas las podíamos comprar en cualquier kiosco, la verdadera intención era ir a degustar todos los productos que allí nos daban a probar amablemente las impulsadoras, quesos Edam, jamonadas, hot dogs, hamburguesas de trucha, trocitos de pavita, galletitas con atún o con queso philadelfia, cebiche de champiñones y hasta refrescos nuevos que entraban al mercado. Esa era nuestra verdadera intención, ir a comer sin gastar un centavo.


Todo iba bien en mi vida de libertad sentimental, sin compromisos ni ataduras, hasta aquel día que degustando unos quesillos frescos divisé dos pasillos más adelante una fémina preciosa enfundada en un uniforme fucsia, mediana estatura, cabello recogido, labios rojos, cuerpo pulposo y con unos ojos que alumbraban como dos soles todos los estantes que osaban estar frente a ella. Me quedé tan anonadado que el queso se me cayó del palito y caminé como un zombie directo sin poder controlar mi voluntad, bajo la desconcertada mirada de mi amigo. El motor de mi corazón “cascabeleaba” como auto con gasolina de poco octanaje. Sabía que era “mi media mitad”, “mi media naranja”, “mi alma gemela”, “mi complemento perfecto”, “la mujer a quien llevaría sustento día a día”. Caminé atravesando carritos de compra, tropezándome con niños, amas de casa, canastillas de metal, avisos publicitarios. Caminé directo dispuesto a conversarle, “meterle letra”, comprar si o si lo que estuviera vendiendo. Yo iba decidido con mi mirada clavada en la suya, a buscar la manera de hablarle, de buscar captar su atención, de hacerla sonreír, saber su nombre y tal vez, mañana o pasado poder decirle “a que hora sales, puedo venir a esperarte, te invitó un café”.

Cuando estaba a unos pocos pasos de llegar a su presencia, la palabra estampada en su ceñido vestido de impulsadora me detuvo y me volvió como una cachetada a mi realidad. Un hálito de racionalidad invadió mi cerebro al verla allí con unos paquetitos rosa finamente envueltos, regalándolos a cuanta fémina pase por su lado. En su coqueto uniforme decía “Kotex”.

Yo que iba con la mano casi extendida a recibir su tan promocionado producto tuve que hacer un giro pronunciado hacia la derecha para evitar hacer tremendo papelón. Con la cabeza agacha me desvié hasta llegar a una caja donde me detuve simulando esperar que la cajera contabilice mis productos, que a decir verdad no tenía ninguno.

Salí desconcertado y mi amigo Óscar se apareció a los pocos minutos a interrogarme por mi actuar sospechoso y repentino. Después de explicarle que la “chica Kotex” era la mujer con quien debía casarme y no mi vecinita Marilú, ni mi compañera del inglés Roxanita, ni nuestra compañerita Amanda de la facultad de Ingeniería, ni Pilarcita a quien conocí en unas prácticas pre profesionales, por las que alguna vez también le dije lo mismo; el buen Oscar terminó por aceptar ayudarme e iniciar una estrategia para poder entablar una bonita amistad con fines serios con la fémina en cuestión.

El problema es que regresábamos cada día esperando encontrar a esta bella dama con otra camiseta. Que deje de ser la “Chica Kotex” y sea por ejemplo la “Chica Philadelfia”, “Chica Donofrio”, “Chica Ayudín” o por último “Chica Mister Músculo” para tener la oportunidad de poder preguntar por el producto, las bondades, soltar un par de bromas por allí y luego saltarme al tema personal y finalmente pedirle su número. Pero la “chica kotex” nunca cambió de camiseta, siempre siguió bajo la misma marca lo que me obligó a buscar otra solución y tomar el toro por las astas.

***************

¿Qué es lo que creen que pasó luego?. Quien me da la respuesta más cercana a lo sucedido, se hará acreedor a un premio sorpresa. Es en serio.

Saturday, September 15, 2012

Problemas De Comunicación





En los últimos 15 minutos de la reunión mensual que realiza nuestra Gerencia, se suelen desarrollar exposiciones sobre temas diversos efectuados por los mismos trabajadores. Estas exposiciones generalmente son temas de actualidad o trabajos de investigación. Como nunca he hecho las veces de ponente, esta vez me han conminado a desarrollar una exposición y como particularmente no soy experto en nada, me han asignado un tema: “La Comunicación”. Paradójicamente creo ser el tipo que menos habla en la oficina, pero que sin embargo ya que me han dado esa tarea me he echado a rebuscar mis apuntes y libros de la última maestría para refrescar algunos temas sobre la comunicación organizacional.

En este transcurso de recopilar información y comparándola con mi vida y mis vivencias he descubierto que en efecto la comunicación debe tener ciertas condiciones para que se desarrolle correctamente sino podemos ser mal interpretados. Todo esto me lleva a relatarles este enredo de palabras:

No siempre lo que escuchas es lo que crees que significa
Era un mozuelo, delgaducho, flacuchento, esmirriado, que vestía polo negro y llevaba el pelo largo emulando a mis cantantes de heavy metal. Aún así a pesar de las apariencias era un chico sano, inocuo, impoluto, como hasta ahora. No le he entrado a las drogas ni al alcohol (bueno si, bebedor social).  No fumo y ni siquiera tomo café. El hecho es que por esas épocas andaba un poco mal del estómago, del hígado, los granitos, el desarrollo, así que mi mamá se encargaba de buscarme infinidad de recetas caseras y naturales para solucionar mis males. En una fecha me envió un paquete con “hercampuri”, un desintoxicante natural de nombre demasiado complicado, dizque bueno para solucionar todos mis males. De acuerdo a lo coordinado me dirigí a la agencia de transportes “San Martín” que quedaba en el centro de Lima, recibí el paquete y de inmediato agarré el teléfono público que estaba dentro de la agencia y le dije “aló, si ya recibí la hierba, sin ningún problema”, mi mamá que estaba al otro lado de la línea me dijo “Fíjate si está todo completo”. Así que haciendo malabares abrí la pequeña encomienda allí y saqué el paquetito que estaba envuelto en una bolsa transparente repletito de una hierba seca. “si está completa la hierba” respondí. Al otro lado de la línea “y ya te has cortado ese pelo?” me recriminó mi madre que se oponía a que camine greñudo y desaliñado. Y yo a manera de broma le respondí “jajaja cuando vengas me vas hacer 10 moños”. Agradecí y prometí algún día pagarle todo. Colgué el teléfono y lo que no me había percatado es que había un sujeto que había estado escuchándome todo el rato. Cuando salí me abordó en la calle y me pidió que le diera la mitad de la hierba que llevaba a cambio de no “tírarme dedo” (esas fueron sus palabras). Yo pensando que este sujeto también estaba mal del hígado decidí regalarle un poquito. Cuando saqué el paquete, el sujeto me lo arranchó y se fue corriendo con mi “hercampuri” con rumbo desconocido. Ojalá que nunca se haya sanado del hígado.

Las palabras en un mismo país pueden tener significados diferentes
Era 1996, había ido a hacer mis prácticas profesionales a Centromin en la Oroya, antes que pase a la funesta Doe Run. Como practicante tenía el derecho a un desayuno, almuerzo y cena dentro de uno de los comedores en los horarios estrictamente establecidos. El problema es que por las funciones que me habían asignado, diferente al resto de practicantes, siempre llegaba al término del horario del almuerzo. Más de una vez el encargado del comedor, que era un sujeto amanerado y que por los pasillos de la empresa se comentaba su predilección por los chibolos, me servía lo último que quedaba en las ollas o se ofrecía a prepararme un plato de última hora.

Por mi postrera asistencia siempre terminaba solo en una mesa, como un olvidado, un castigado, almorzando en la más completa soledad. El problema es que este sujeto empezó a sentarse en la mesa y a hacerme el habla. Yo la verdad no tengo problemas en conversar con las personas, dentro del marco del respeto mutuo, así que conversábamos de lo más normal, casi todos los días. Es más como me veía siempre solo, asumía que no tenía muchos amigos, así que se ofreció hacerme un tour por la “Oroya nueva”, donde habían discotecas y bares donde se podía pasar un buen rato, ofrecimiento que rechacé muy amablemente. Todo iba bien hasta que un día se suscitó la siguiente conversación: “Tú debes ser bien activo”, me preguntó. De inmediato se me vino a la mente que en efecto, me considero una persona que realiza muchas actividades durante el día. Es más le había contado que estaba trabajando allí en Centromin, tocaba en una banda de rock cuando regresaba a Lima, jugaba “fulbito” con mis primos los domingos y por si fuera poco iba avanzando mi trabajo de investigación, así que por todo eso le respondí “Ah si, bien activo, aunque también por temporadas”, le dije. Abrió los ojos inusitadamente y esbozó una pequeña sonrisa “Ahhh”- respondió, “o sea podríamos decir que eres moderno”. Y nuevamente se dibujaron en mi impoluta conciencia, mi predilección hacía el rock actual y me vestía digamos “a la moda” sin llegar a ser un metrosexual, respondí inocentemente “bueno, podríamos decir que si”. Otra vez, al sujeto del comedor, se le abrieron los ojos, se rascó la barbilla, se acomodó sobre la silla y soltó la tercera pregunta “o sea también eres pasivo”, y yo sabiendo que a veces como a todo ser humano le entra la flojera y la modorra respondí alegremente “bueno, si de vez en cuando, pero siempre trato de estar más activo”. Bueno, lo que vino después fue una tremenda confusión cuando este sujeto me propuso pasar a la bodega que tenía tras la cocina a lo que me rehusé tajantemente. Después de una larga explicación, me di cuenta que todo había sido un mal entendido, y que para mi las palabras, activo, pasivo y moderno sólo tenían el significado que se encuentra en la RAE y no como una clasificación de preferencia sexual. De todas maneras desde esa fecha preferí pagar mi menú afuera.

Las palabras en países distintos pueden tener significados diferentes
Tendría unos 15 ó 16 años cuando metido en ese grupo parroquial para hacer la confirmación y antes que me expulsaran por mi actuación obscena y que les relaté en el post “Teatro desde el teatro”, nos visitó un grupo de jovencitos de nuestra misma edad, de México. Exactamente venían del D.F. y por esas cosas de la iglesia, habían llegado a hacer una especie de “Intercambio cultural”, vivir nuevas experiencias espirituales y conocer la realidad de otros países. Siempre conocer gente extranejra es estimulante e interesante, por lo que en el grupo de confirmación se desató un inusitado énfasis.

Dentro de las mexicanas estaba Alejandra. Era pequeñita pero tenía una linda sonrisa y dos ojos que “sin palabras hablaban”. Con ella tuve más química. Conversábamos a menudo, me contaba cosas de su país, de su ciudad y de su labor como catequista en su comunidad. Me agradaba su compañía por lo que siempre buscaba la manera encontrarla, de toparme con ella para conversar. Tenía su gracia Alejandrita, adoraba la entonación de sus palabras y su buena disposición y alegría para llevar las charlas y las actividades grupales.

El problema de comunicación empezó cuando como todos los fines de semana solíamos hacer dinámicas, juegos, concursos, charadas, carreras, etc. El hecho es que al terminar el último concurso Alejandrita terminó sobre una de las sillas que se había utilizado para el juego. Como todo un caballero me acerqué para ayudarla a bajar, cuando ella me soltó la siguiente frase  “si me aviento, ¿me cachas?”. Yo que apenas era un párvulo inexperto y estaba aún inmaculado, impoluto, me vi sorprendido por tremenda proposición lanzada directamente sin anestesia local y con un vocabulario procaz que jamás habría imaginado de Alejandrita. Tartamudeé y sentí el calor subir por mi cara. Se me cruzaron de inmediato mil planes por la cabeza, ya a esa edad tenía claro el deber que la naturaleza me había encomendado y que debía cumplir por la conservación de la especie, así que sólo atiné a responder “bueno… yo no tengo problemas pero tú dirás donde?”. “¿dónde?” volvió a preguntar Alejandrita, “ya cáchame de una vez” y se soltó en mis brazos. Yo que volteé y vi todavía un grupo significativo de personas en el patio de actuación de la iglesia y por un momento en mi mente cochina me la imaginé ahí mismo en ese lugar sacrosanto. Cuando la recibí en mis brazos y ya teniendo su venia y su consentimiento, decidí dar un adelanto y le agarré el poto. Bueno lo que vino después fue un rodillazo en mis partes nobles que me dejaron doblado sobre el patio. Ahí entendí que “esa palabrita” en México, tiene otro significado.

Por favor si tienen algunas vivencias donde haya habido “problemas de comunicación”, háganmelo saber en sus comentarios para incorporarlo en los ejemplos de mi próxima exposición.

Desde ya, les agradezco su invalorable aporte.

Monday, September 10, 2012

Tres Veces Que Me Confundieron


Si hay algo que hiere en su orgullo a un macho que se respeta, a un semental, a un verraco, a un macho alfa es que lo confundan como miembro del otro equipo. Y este muchachito formal que nunca se lava con el champú de su flaca, nunca pide ensalada Cesar, traga como hombre, se lava la cabeza con detergente y el cuerpo con jabón de pepa, ha sido víctima unas pocas veces de esta confusión debido a gente despistada, cegatona que no supo reconocer a este homo eroticus super macho.

1994, Universidad Nacional Agraria La Molina
Estaba con una amiga en los retoques finales de un trabajo que debíamos entregar ese mismo día. Habíamos estado en mi casa de amanecida trabajando, el sueño me vencía. Lo último que faltaba era anillar las más de 50 hojas que había salido la monografía. Mi amiga, que en esos momentos se encontraba más lúcida que yo, porque valgan verdades tuvo la desfachatez de echarse unas buenas dormidas mientras trabajábamos y encima roncar y babear mi mueble, me dejó anillando el trabajo donde atendía un sujeto amanerado. “pagas de aquí” me dijo mi amiga y me entregó su monedero, “yo voy haciendo la carátula en el centro federado” agregó. Lo que no me había percatado por estar medio sonámbulo es que su monedero era un peluchón rosado con aplicaciones de estrellitas brillantes. A la hora que me entregan el trabajo anillado, saco el monedero y delicadamente (entiéndase que era un objeto ajeno y debía tratarlo con cuidado), saqué algunas chucherías que había dentro, entre ellas un lápiz labial, hasta que por fin encontré las ansiadas monedas. Cuando se las entrego al sujeto amanerado, casi me tomó de la mano al recibir las monedas y hasta podría decir que me dio una rascada en la palma de la mano. Quité mi mano asustado. El sujeto me guiñó el ojo y me dijo “hoy tenemos una fiesta en casa de una amiga, ¿te animas?”. Cogí el trabajo y casi salí corriendo.

 2002, Pollería Rokys Los Olivos
Era el último día de labores de una compañera trabajo, habíamos quedado en ir al Rokys a comer un pollito y de ahí pasarnos al karaoke. Pero justo una hora antes de la salida, se me cayeron los lentes y mis lunas que eran de cristal se hicieron añicos en el piso. “ya no voy” dije pero mis amigas terminaron por convencerme “yo te presto mis lentes para cantar” me dijo Lorenita, muy solícita ella. Salimos a la hora pactada y nos dirigimos directo y sin escalas al Rokys de Los Olivos, al último piso para pedir nuestro pollito y lanzarnos a soltar nuestros gallos, amenizados y animados por la rica sangría con harta manzana.

La hora de la comida me la pasé mordiendo por donde caiga mis dientes, no veía bien así que mordía cualquier cosa que haya en el plato. Cuando llegó la hora de cantar la buena Lorenita me prestaba sus lentes y así un rato ella y un rato yo intercambiábamos sus anteojos. Hasta nos animamos a entonarnos “sin miedo a nada” de “Alex Ubago y Amaya Montero”, cambiando rapidísimo los lentes de un lado a otro.

Cuando llegó la hora de pagar, Lorenita y yo bajamos hasta el primer piso, a la caja. Cuando estaba dispuesto a desembolsar el dinero, escucho que me llaman. Volteé de inmediato y era mi amigo Héctor, que había estudiado con nosotros la universidad hasta el octavo ciclo y luego se había retirado para seguir ingeniería civil en la UNI. Me dio gusto verlo después de tanto tiempo, nos saludamos. Le quise dar un abrazo fuerte porque habíamos sido buenos amigos durante los cuatro años que estuvo en la universidad pero sentí un poco de resistencia. Sólo me dio fríamente la mano y me comentó que estaba trabajando en una constructora reconocida. Yo por mi parte le conté que andaba por allí celebrando la despedida de una amiga. Pero notaba que mi amigo me miraba medio raro y me observaba como animal en especie de extinción, hasta que me soltó la pregunta: “y desde cuando eres … mmm… decidiste…. este…” y me hacía gestos con la mano o simulaba patear con un pie y luego con el otro. Y yo por las sangrías que me había tomado no me percataba que quería decirme y lo miraba esperando que termine la oración. El buen Héctor se acercó un poquito y casi susurrando y mirando a todos lados para que nadie escuche, me dijo “¿desde cuando eres cabro?”. Recién me di cuenta allí que me había quedado con los lentes de Lorenita, que a decir verdad eran unos lentes lilas y todavía medios jaladitos para arriba. Me eché a reír y me deshice dando explicaciones a mi amigo. Sólo espero que me haya creído.

2004, Vía Veneto
No me gusta ir al centro de Lima. Odio el centro de Lima. No me gusta ver mucha gente junta. Me desconcierta el caos, el tráfico, los delincuentes, los jaladores. Creo que tengo Enoclofobia moderada. Pero algunas veces el trabajo te lleva inevitablemente a tener que visitar el damero de Pizarro. Asistí porque había quedado con un primo para firmar unas actas en una notaría ubicada en la Plaza San Martín. Habíamos escogido esa notaría porque era significativamente más cómoda que otras. Como llegué temprano empecé a caminar haciendo tiempo. Rápidamente me recorrí una buena parte del jirón de la unión y me aburrí rapidísimo. Sin saber que hacer entré a una galería y decidí tomar algo en un café  para matar el tiempo. Me senté en una de las mesas y pedí un mate de manzanilla. No suelo tomar café porque me pone ansioso. Leyendo un periódico que había adquirido por allí escuché una voz “disculpe joven, lo puedo acompañar”. Levanté la mirada y era un tipo maduro de unos cincuenta años. Lo invité a sentarse. No me importaba que se sentara mientras estuviera callado. El sujeto pidió un café y sacó una revista “Caretas” para leer. Mientras yo tomaba despacio mi manzanilla el sujeto empezó a hacer comentarios “uy mira que rico” me dijo. Volteó la revista y me mostró imágenes de mujeres calatas. Dentro de la revista “Caretas” había puesto otra más pequeña donde había escenas de sexo explícito. Sonreí nerviosamente y pensé “viejo aguantado anda vete a Cailloma”. Luego de unos segundos me dijo “por donde vives?”. Este viejo ya se estaba pasando de la raya “Lejos” respondí. “Mira vamos a tener una fiesta y necesitamos apoyo, no quieres ganarte con un trabajito?”. Encima me vio cara de misio y necesitado. Sonreí un poco y levanté mi taza de manzanilla, ya las cosas se estaban complicando y necesitaba salir. “Pagamos 100 soles y si quieres te hacemos cariñitos gratis” me dijo y sentí su pie rozar mi pierna por debajo de la mesa. Casi me atoro. Es más le salpiqué un poco de manzanilla en su horripilante cara. Me levanté, pagué la cuenta y salí disparado. Cuando atemorizado le conté lo sucedido a mi primo, me dijo mientras reía a carcajadas, “que esperabas pues huevón si ese café es punto de reunión de cabros y fletes”.

Los dejo con este comercial de EGO. Disfrútenlo!



Tuesday, September 04, 2012

Cómo Revalidar Tu Licencia de Conducir




Hace unos días mirando mis tarjetas de crédito, débito, cineplanet, 187, tarjeta Bonus y tarjetas de presentación que los amigos gentilmente me obsequian y que sólo me sirven para hacer anotaciones en la parte posterior, descubrí que mi licencia de conducir estaba próxima a vencer. 2 de setiembre, justo la fecha de mi cumpleaños. No sé si es una coincidencia o siempre es así para todos.

De inmediato me invadió la incertidumbre y el temor que no quieran renovarme esta bendita licencia porque los últimos años he venido perdiendo considerablemente la visión.

Llamé por teléfono a un conocido centro médico autorizado por el MTC y reservé mi cita para el día sábado. Ese día un poco nervioso llegué como siempre puntual a la hora pactada, me tomaron mis datos y me hicieron pasar al primer consultorio. Previamente había dispuesto 100 solsitos en unos de mis bolsillos, por si acaso tuviera que utilizarlo como último recurso. Sé que es un acto desleal, poco honesto, pero la necesidad de trasladar a mi familia cómodamente y evitarme en la medida de lo posible a las combis, me estaba llevando a ese extremo. El médico me hizo pasar, me senté frente a una máquina que tenía dos visores, uno para cada ojo, por supuesto con los lentes puestos, y me dijo “lee la última línea, la línea 7” y yo empecé “r, n, d, g…”, “no, no, no”, interrumpió el médico, la última línea que empieza con “t,f,h”, “pero qué carajos” pensé, para mi la línea empezaba con “r, n, d, g…”. “¿tienes algún problema con el ojo izquierdo?”, preguntó el médico. “bueno si doctor, tengo un poquito de miopía”, respondí de la manera mas deslenguada, pues poco me falta para ser un “pirata cojo, con pata de palo y con un parche en el ojo”. Lo que en realidad tengo, es lo que los oftalmólogos han llamado ojo perezoso, defecto de nacimiento que hace que no pueda ver el “Westin Hotel” así estuviera a 10 metros de distancia. “ajá”, me dijo el doctor. “A ver, mira otra vez” y me empezó a poner una serie de figuras que empecé a responder, pero siempre me quedaba alguna que no veía “¿no ves otra figura ahí, al lado del cuadrado?” preguntaba insistente el médico. Deduje de inmediato que había más figuras de las que mi único ojo derecho podía percibir, así que al menor descuido, zuácate!, movía el ojo derecho, al visor izquierdo y de la manera mas histriónica iba respondiendo “creo que hay una bicicleta”.  Ya esas alturas, que me había descubierto que tenía un ojo malogrado no podía decir con seguridad que figura era porque me podría pillar haciendo trampa, así que aplicando mis conocimientos de sinónimos, antónimos, y parónimos que aprendí en mi cursillo de redacción, empecé a usar verbos como “creo que es…”, “me parece que es…” o a modo de pregunta “¿es una…?”. “Ajá” dijo otra vez el médico. “Hay cosas que ves y hay otras cosas que no, que interesante, si pues así hay casos particulares, cada caso es único” me dijo y me miró como si fuera un espécimen raro. “si doctor hay casos únicos” reforcé esa última idea para cubrir mi farsa. El médico empezó a hacer anotaciones en una hoja, así que atemorizado pensando que podría poner algo como “imposible manejar vehículos motorizados” o algo más cruel como “Sólo puede manejar bicicleta”, empecé a conversarle al médico tratando de caerle simpático y se apiade de mi. Deduciendo que era ya un padre de familia lo ataqué por lo más sensible, los hijos: “doctor, yo solo manejo para movilizar a mi familia, para llevar a mi hijita al colegio, doctor, yo no soy taxista ni nada de eso... usted sabe, tengo un hijo pequeñito que hay que llevarlo siempre a sus controles médicos”. “si, si, ok” respondió indiferente y seguía haciendo anotaciones en mi ficha médica. Desesperado ya por lo que estuviera escribiendo y por último tratando de llevarlo ya al tema central de decirle “¿cómo es doctor?”, solté la última pregunta casi a manera de súplica, de imploración: “voy a poder manejar, doctor, no me vaya a hacer un daño”, “si, si, no te preocupes, si vas a poder manejar, pero con restricciones”. Solté un suspiro aliviado. Terminó de completar la hoja y me dijo “ponte esos audífonos”. Me coloqué los auriculares y me preguntó “¿Que escuchas?” y a decir verdad no escuchaba un carajo, yo sabía que era ciego pero no que era sordo. “doctor se escucha mucha bulla de afuera”. En efecto, se escuchaba las conversaciones de las secretarias. “si pues no es hermético este consultorio… no escuchas como un zumbido?”. Escuché las palabras salvadoras. “doctor escucho un zumbido como un aire acondicionado”. “correcto” respondió. “y ahora?” agregó. Ahora si escuché un pitillo en el oído derecho, le indiqué con el dedo. “y ahora” volvió a preguntar. No había escuchado absolutamente nada, pero deduje que si ya había sonado el lado derecho, ahora tocaba el izquierdo. Levanté el dedo de ese lado y respondió “correcto!”. Salí un poco aliviado del consultorio, pero con algo de preocupación. No estaría tranquilo hasta ver mi certificado médico apto para conducir. Luego pasé al psicológico, si bien siempre he pasado este tipo de exámenes, a la vez siempre me preocupa que me vayan a descubrir algún trastorno, una psicopatía, una obsesión o algo parecido, así como lo descubrieron a mi Tío Roberto, que dibujó una mujer sin un brazo. ¡vaya usted a saber lo que significa!. Gracias a la mano milagrosa y a mi oración de la Virgen del Carmen que me regalara mi abuelita que en vida fue, pasé el examen satisfactoriamente. Finalmente me llamaron para entregarme el certificado “¡Sr. Gasan!”. Me acerqué de inmediato. La señorita me dijo “¿no quiere ir donde su oftalmólogo y cambiar las lunas de sus lentes?... tiene tres días para subsanar estas observaciones, sino va a salir con restricciones”. Bueno, definitivamente, así me pongan el telescopio espacial Hubble en vez de las lunas de mis lentes no iba a ver ni un elefante frente a mi, así que solo asentí que iba a tomar los resultados como habían salido. Cuando me entregaron el certificado, el resultado tenía escrito lo siguiente: “Con lentes, dos espejos laterales y espejo 180º”. Pregunté que significaba eso y me dijeron que los espejos laterales es lo que tienen todos los carros, pero el panorámico, es el retrovisor que tendría que adaptarle a mi humilde vehículo. Sonreí aliviado, por un momento pensé que iba a salir cosas como “requiere sensor para retroceder y avanzar”, “ponerle ‘peligro al volante’ en los laterales del carro”, “requiere circulina”, “ponerle luces de neón al contorno del carro”, hasta me imaginé mi pobre auto como un ovni, y todavía perseguido por el doctor Anthony Choy. Una vez más, sin ser católico, agradecí a mi oración de la Virgen del Carmen que me regalara mi devota abuelita.

De inmediato me fui al centro de Lima a preguntar por el espejo panorámico y me encontré que son unos espejos larguísimos y que se acoplan a cualquier espejo retrovisor. Resignado, compré uno de ellos y ahora mi pobre camionetita pequeña, por dentro parece una “combi”, una “custer”, un bus interprovincial, un camión transportador de papas, con un espejo que ocupa casi todo el ancho del carro, hasta ya me estoy animando a pegarle “stickers” de “suba pero sola” o algo como “todo en este carro es chévere, la música, el chofer y el cobrador”.

Habiendo pasado lo más difícil, me tocaba pasar el segundo requisito: “dar un examen o llevar un curso de reglas”. A fin de no arriesgarme a patinar, decidí por lo segundo. Llamé al Touring y me inscribí en el curso. Asistí saliendo del trabajo. Llegué puntual como siempre. Empezó la clase y dormí como un bebé de pecho toda la clase. Al cabo de unas buenas cabeceadas el ruido de las carpetas me despertó. Había terminado la clase. Rendí mi examen y pasé satisfactoriamente. Ahora ya tengo todo listo para renovar mi licencia por 8 años más. ¡Agárrense!, ¡Apártense de todos! continúo en las pistas y aténgase a las consecuencias quien se quiera atravesar en mi camino. Ya saben que soy como Shakira, no, no como una loba sino “Ciego sordo y mudo”.

Thursday, August 30, 2012

Los Amigos Que Perderé: "Sercor"





Si eres amigo de este blogger, ¡ten cuidado!, en cualquier momento puedes aparecer en esta sección.

En el año 1998 ingresé a trabajar a “Servicio de Correos”, más conocido como “Sercor”. Esta institución se caracteriza por llevar cada intervalo de tiempo una ringlera de mendrugos, de zoquetes, de adoquines, a quienes se les encarga administrar, dirigir y controlar las actividades postales de la institución.

“Sercor” se ha convertido en un refugio de excomulgados, de desplazados, de desterrados cuyo éxodo los lleva como aves de paso por esta empresa del Estado. Por un tiempo estuvieron los desplazados de “Telefónica”, luego los de “Conasev”, le siguieron los de “Esan” y ahora, los de las “Fuerzas Armadas”. Quizás por esta razón “Servicio de Correos” se mueve como un barco a la deriva, sujeto a los movimientos constantes de poderes políticos.

En 1998, entró la gente de telefónica, el Gerente General era un tal Domingo Navarro, un sujeto liliputiense, de pelo cano y cuyas cejas parecían dos escobillas de lavar ropa. Este pigmeo acomplejado que usaba sus “elévate shoes” para verse más alto, trajo como secretaria a Marianita Quiroz, una despampanante mujer que le llevaba más de una cabeza de tamaño. Domingo era un enano que bordeaba los 55 años pero que por cosas de la naturaleza se le había desatado la libido como quinceañero eléctrico. Aparte de mantener serios amoríos con su secretaria afanaba a cuanta muchachita se le atravesara por el camino.

En el año 2002, ingresó Miguel Coveñas como Gerente de Desarrollo Corporativo. Este gordito mofletudo con una calva pronunciada tenía dotes reprimidos de cura de parroquia o de pastor de “Pare de sufrir”. Cada lunes en la mañana por obligación, convocaba a reuniones para litúrgicas, que más parecían sesiones espiritistas, que desarrollaba en la oficina. En esa primera hora matutina no se atendía a nadie, primero estaba la oración, la compunción, el arrepentimiento de nuestros pecados y de la vida mundana. Nos hacía cerrar los ojos y con entonación casi bíblica, parecido a Charlton Heston en los 10 mandamientos, lanzaba una serie de pedidos de perdón, de misericordia y rogaba para que el divino nos ilumine en nuestros trabajos y la empresa se encarrile nuevamente por la senda del desarrollo espiritual y económico. Luego formábamos grupos pequeños, nos tomábamos de las manos y coordinábamos una sola idea, un deseo en común que decíamos en voz alta a manera de petición, mientras los demás permanecían abrazados en círculos, compungidos, contritos, escuchando los deseos fantasiosos, onanistas de cualquier advenedizo que quería figurar.

En el año 2006, entró en reemplazo del gordito mofletudo, Juan Manuel Parodi, un cincuentón atlético, hábil para las actividades físicas pero como si fuera una maldición para los trabajadores de esa Gerencia, poco versado para la planificación de  estrategias de desarrollo empresarial. Si este sujeto había llegado hasta allí era por alguna recomendación de algún político de turno, no cabía más, su poca agudeza mental no lo llevaría a este cargo en ninguna otra institución. Sin embargo, era un tipo afable, ameno, positivo, que por ratos me hacía recordar a Ricardo Belmont de la época de los ochentas. Como primera medida al tomar el cargo implantó las actividades físicas obligatorias para todos los trabajadores después de la jornada de trabajo. Organizó, sin ser la oficina de Recursos Humanos, concursos de salto largo, salto alto y salto triple, así como una carrera de largo aliento a la que llamó “mini-maratón postalina” y que consistía en dar 4 vueltas a la manzana donde está establecido hasta hoy “Sercor del Perú”. El buen Parodi, alentó a su equipo en todas las competencias y sólo se inscribió en la “mini-maratón”. Participó, corrió, y ganó. Ganó porque nadie se atrevió a pasarlo para evitar ganarse su antipatía, peor aún sabiendo sus conexiones e influencias con la alta dirección. ¡Total! Una mísera copa comprada en la Avenida Abancay no iba a reemplazar el puesto de trabajo. Parodi, contentísimo ganó la carrera y levantó la copa y para las fotos simulaba morderla mostrando sus dientes alineados. Por si fuera poco, instauró la carrera como una costumbre institucional, inscribió su tiempo como un récord y mandó hacer una placa que colgó en uno de las salas de capacitación. La placa decía “Récord de Mini-maratón postalina del Perú: Juan Manuel Parodi”. A los pocos días, algún palomilla, algún disconforme, algún reclamón, le había escrito más abajo con tinta indeleble “no se ve con Parodi”.

Después de estar 6 meses en el cargo y habiendo notado que ya nadie quería salir con él a correr después de la jornada laboral decidió implantar la “gimnasia laboral”. Para tal efecto contrató a un sujeto que se aparecía lunes, miércoles y viernes, a las 8:15 en punto a hacernos una rutina de ejercicios de estiramientos y de respiración. Esta vez Parodi tuvo buena acogida, no se podía negar que era una buena medida, servía para despejarse un rato, estirar las articulaciones, flexionar las extremidades, darle uso a las “bisagras” y sobretodo chequear a Sandrita, la secretaria de la Gerencia, eficiente ella, bueno, a nadie le importaba si trabajaba bien o mal, su sola presencia era suficiente  para justificar su puesto en la empresa. Era una delicia verla contornearse al compás de las rutinas, estirar sus extremidades, sacar pecho, inclinarse tratando de agarrarse los tobillos sin flexionar las rodillas. Los ejercicios en ella se veían como rutinas de ballet, como gimnasia artística, no como los movimientos torpes del narizón Rivera o del regordete Nogales que viéndolo flexionarse me hacía parecer una malagua a punto de ser varada por el mar.

En los días posteriores, el instructor se apareció con unos aparatejos para hacer masajes.  Al final de la rutina nos dispusimos de dos en dos y por turnos nos hacíamos masajes. El primer día que se apareció con los masajeadores me agarró frío y me tocó turnarme con el gordo Nogales. No había tomado las precauciones del caso y después de masajearlo, el aparato quedó lleno de una grasa brillosa que le salió de la cabeza. Cuando tocaba el turno de intercambiarnos simulé que me llamaban de otra oficina y me retiré de inmediato. Un macho alfa que se respeta no puede ir masajeándose con otro hombre, así porque sí.

Al otro día, previo estudio del horario de llegada del instructor, me dispuse cerca del sitio de Sandrita. Si alguien tenía que masajearla como se debe, ese tenía que ser yo. En esos momentos que simulaba coordinar un documento con ella, entró el instructor, así que me quedé a su lado para iniciar los ejercicios. Todo iba bien, hacíamos nuestra rutina y nos regalábamos miraditas y sonrisitas de vez en cuando y de cuando en vez. En uno de los ejercicios, girando hacia el lado derecho e inclinándonos hasta tomar nuestros tobillos me regaló tremenda vista panorámica que quedé impresionado, casi se me sale el “malandrín”, el “barrunto”, el “aguantado de construcción civil” que llevo dentro y por poco se me sale “que tal quecazo”, pero me contuve salvando mi buena reputación de chico sano y respetuoso. Sandrita, déjame decirte que las envidiosas de la oficina, con quienes tú trabajabas, te rajaban a tus espaldas, te han acusado que te has puesto siliconas adelante y tus nalgas han sido redondeadas con aceite de avión, y encima retorcidas por la envidia de tu rostro angelical se han atrevido a decir que algunos años atrás, antes que yo llegara tenías una nariz más grande que la de Lloque Yupanqui y que cuando fuiste a hacerte una rinoplastia, el doctor al ver tu inmensa ñata lo que te hizo fue una “tucanoplastia”. Pero no les hagas caso Sandrita estás preciosa. Ya me desvié del tema, ah! Les contaba que al final de la rutina de ejercicios se apareció el conserje nuevo, “Gianmarco”. Todos lo llamaban así a pesar de ser un enano macizo de cara redonda. Si le buscaba algún parecido al cantante que todos conocemos, para ganarse tal apelativo, era que se pelaba la cabeza y no por una calvicie incipiente sino porque su pelo no conocía la ley de la gravedad, podría crecer indefinidamente con dirección al cielo. Obviamente no se parecía ni una pizca al intérprete de “una canción de amor”. Después me enteré que en realidad se llama “Jan” y se apellidaba “Maco”. Este sujeto se apareció intempestivamente en la última parte de la rutina de ejercicios y se atrevió a meterse  entre Sandrita y yo.  Cuando tocó el turno de los masajes Sandrita se acopló con Parodi y me abandonó a mi suerte, busqué fugarme pero el instructor tuvo la osadía de emparejarme con “Gianmarco”  y me dejó masajeando a este pigmeo macizo.

Estimado instructor, sé que usted no tenía la culpa de nada y sólo cumplía con su función, pero me dio tanta rabia que me malograra el plan que había trazado para Sandrita que de pura cólera y masajeando con tanta furia al buen “Gianmarco” terminé por romper su aparato masajeador. En un descuido le pegué de mala manera una “cinta scotch” y se lo devolví sin que se dé cuenta.

Wednesday, August 08, 2012

La Cucarachita Muerta

Si hay castigo más inhumano para cualquier varón adolescente, es que estudie en un colegio nacional de varones. Porque es una penitencia larga, un lugar de exilio donde pasarás 5 largos años de tu vida, perdidos, sin aprender las relaciones sociales mínimas para saber comportarte ante una dama. Los hombres en grupo solo es una piara en potencia, una jauría hambrienta, un grupo de cavernícolas que solo sabe gruñir, derramar lisuras sin ser la flor de la canela, lanzarse eructos y cuescos sin reparos y hasta organizar seudos concursos del “chancho” más sonoro o el meteorismo más letal.


Así son los varones en grupo y ¡ay de ti! que oses demostrar tener sentimientos, conmiseración, piedad o amor, serás hecho “papilla” en un “santiamén”, te tildarán de cabro, de delicado, de fileno y tratarán de manosearte el trasero o pellizcarte las tetillas. Si esto te sorprende, pues, eso no es nada, se hacen juegos de “levante” que nunca entendí, donde cada día, el primero que sorprende a su contrincante va y de sorpresa lo ataca por la retaguardia y le pasa la mano por el culo. El humillado tendrá que espera hasta el otro día para esperar su venganza. Otros más puercos, se sueltan ventosidades en su mano y luego se lo ponen a cualquier distraído, como máscara de gas, con la diferencia que acá el gas está adentro.

Por eso tal vez, algunos colegios de varones, en los ochentas, se comportaban como reformatorios, como recintos castrenses, donde había que corregir y enderezar a todos y ponerlos por el buen camino. Y no los culpo, porque si estás en un colegio nacional de varones inevitablemente te tropezarás con una fauna heterogénea de especímenes raros, de palomillas, abusivos, drogadictos, delincuentes en potencia, ovejas descarriadas que habría que volver a ponerlos en la senda del bien.

Y por eso también, justo pagan por pecadores, porque en mi otrora colegio también había gente de bien, alumnos amigos que querían estudiar, aprender, sacarle el jugo a las clases y que por supuesto, tendrían que aprender además a sobrevivir en esa jungla y lidiar con auxiliares inicuos y profesores corruptos.

Mi colegio era la Gran Unidad Escolar José de San Martín, otrora prestigiosa institución educativa, galardonada inmensidad de veces por los lauros académicos y deportivos que obtuvo. Pero, en los ochentas, cuando yo estudié allí, de su alcurnia y prestigio solo le quedaba el nombre y algunas paredes señoriales que se resistían a caer, a pesar de las patadas, piedras y pintarrajeos con pepa de mango que recibía a diario. Hoy ya no queda nada de ese viejo colegio, el terremoto de 2007 terminó por destruirlo y en su lugar han levantado un moderno centro educativo. Le han arreglado la cara, pero quizás no el alma.

Yo, por mi carácter flemático he sido un tipo tranquilo, sosegado, que prefería mantenerme dentro de los límites de la legalidad. He sido un Pan de Dios y he cumplido a cabalidad con las normas del colegio, me sabía el himno nacional con sus 6 estrofas, incluida la sétima que le agregaron al final, el himno del colegio, la marcha a San Martín, el padre nuestro, avemaría, yo confieso, el credo y San Miguel Arcángel. Aunque creo que tampoco he sido un “nerd”, o un “ñoño” como los llaman ahora los niños. Hice buenos amigos de toda calaña, me junté con todos, los estudiosos y los revoltosos y justamente por esa amistad con estos últimos terminé involucrado en algún problema y tuve que asumir las consecuencias del caso.

Tenía amigos, como dicen las tías, que eran una “bala perdida”. Se escapaban de clases y lo menos que querían era estudiar. Se trepaban las paredes del colegio y se descolgaban con habilidad única hasta el otro lado, o simplemente se escondían por algún lado del enorme colegio para no hacer la formación. No los culpo, los soporíferos discursos que daban los directores cada mañana, más efectivos que el “diazepán”, ahuyentaban a cualquiera.

Una mañana de aquellas, como siempre, había llegado temprano al colegio. Me encontré con tres amigos de grados superiores y nos dispusimos a conversar bajo la palmera que descansaba en el patio posterior. Conversábamos tan amenamente que no nos habíamos dado cuenta que ya había sonado la campana para la formación del lunes, donde se debía cantar el himno nacional y escuchar el discurso tedioso e interminable del Director.

No nos habíamos dado cuenta que ya no había ningún alumno más por los alrededores hasta que nos sorprendió el auxiliar Pedro Rosales, el riguroso, puritano, infame auxiliar de secundaria, conocido por su exacerbada imaginación para crear castigos. Haciendo una revisión, una ronda por los patios posteriores, nos pilló conversando amenamente bajo la sombra de la vieja palmera.

- A ver, qué hacen ustedes allí- nos dijo al vernos.

De inmediato sentí un hormigueo bajo el vientre y literalmente sentí que poco a poco se me iban encogiendo los huevos.

Sólo obtuvo como respuesta el silencio. Los cuatro alumnos con la cabeza agacha nos mirábamos de reojo, esperando que cualquier otro diera una respuesta que pueda salvarnos del castigo.

- Que hacían ustedes acá si estamos en formación- Preguntó otra vez con voz de militar, mientras se paseaba alrededor de nosotros con una vara de 60 centímetros, hecha paradójicamente de una rama de la misma palmera.

Intenté salvar mi pellejo y exclamé.

- Auxiliar, no nos habíamos dado cuenta que había empezado la formación, no volverá a ocurrir-

- No te preocupes, que después del castigo que les voy a dar, no se les ocurrirá ausentarse de la formación otra vez- respondió, mientras gesticulaba una mueca con la boca.

- ¡A ver en posición de cucarachita muerta!- gritó

Y yo, que siempre había sido el más tranquilo y en ninguna otra oportunidad había tenido que pasar por estos trances, me vi desconcertado por no saber qué diablos era “posición cucarachita muerta”. Cuando vi que los otros tres alumnos mayores se echaban en el suelo en cúbito dorsal, flexionando los brazos y piernas, en efecto como quedan las cucarachas al morir, no me quedó más remedio que tirarme al húmedo cemento imitando a mis compañeros de fuga.




Don Pedro, primero se paseó alrededor de los cuatro, para alargar nuestra agonía y sufrimiento, luego agarró la vara con el brazo derecho y nos asestó uno a uno un palazo en las piernas, bajo las nalgas. Nos dio con tanta fuerza que nos hizo ver al mismísimo Judas calato y nos dejó dando de brinquitos en el patio. Era uno de esos golpes que no sabes si te duele, te pica, te arde o te quema y por no saber identificarlo, corres, das brinquitos, te agachas, te detienes, pero igual, nada alivia la dolencia. Si no gritamos fue porque aún nos quedaba nuestro orgullo de macho.

Pero Don Pedro no había terminado.

- Ahora los cuatro se van corriendo hasta la pared y regresan, el último que llegue se pone otra vez en posición cucarachita muerta… uno, dos tres- gritó rápidamente.

Y los cuatro salimos disparados corriendo de manera desigual, dando saltitos raros por el dolor que aún teníamos. Ahora, no es que me haya caracterizado por ser un velocista reconocido como un “Usain Bolt”, pero digamos que tenía una velocidad promedio. La gracia de Dios, es que entre los 4 estaba el gordo Ramírez que su ligero sobre peso lo ponía en desventaja frente al resto. Así que salí disparado adelantando a los otros tres.

Mientras corrían, el gordo Ramírez y el chino Yong que estaban en el quinto de secundaria me gritaban

- Perro, perro, pobre que nos ganes te vamos a sacar la mierda-

Pero yo no creía en nadie, lo único que era real en ese instante era esa vara hecha de palmera que me quemaba las piernas como azote del diablo.

Llegué primero y como era de suponerse, todos se olvidaron de la amistad y lo dejaron último al gordo Ramírez, quien fue el último en cruzar la línea imaginaria. Otra vez don Pedro le asestó el segundo varazo en sus rollizas piernas, en la posición de cucarachita muerta.

Cuando terminó el castigo, ya había culminado la formación, caminamos rengueando cada quien a su salón de clases. Cuando llegué, me asomé a la puerta y ya estaba el profesor de Educación Cívica iniciando la clase.

- Ajá así que llegando tarde- me dijo

Intenté explicar mi tardanza, pero me trabé, tartamudeé.

- ¡A ver, a la esquina, en posición de la grulla coja!- gritó.

Thursday, July 26, 2012

Mi Hermano

- Aló- respondí al escuchar la melodía de la marcha turca en mi celular


- Que tal, novedades? – era mi hermano al otro lado de la línea

- Nada, tú que cuentas- respondí sabiendo que llamaba otra vez, sólo para conversar con alguien o para escuchar las palabras de quienes lo queremos, a pocos días de partir.

- Acá en el trabajo- respondió de inmediato

- Oye que se escucha atrás… están disparando? – pregunté al escuchar el ruido característicos de las balas.

- Ah, si… estoy en prácticas de tiro… de 10 disparos, 9 le he dado en la cabeza… y a 100 metros de distancia-

- No jodas, y los demás, seguro que le dieron los 10- lo dije con las únicas ganas de jorobarle la vida.

- Jajaja, nada, la gente a las justas le da 3 ó 4 tiros-


Y de inmediato me llegó a la mente cuando éramos niños y jugábamos a lanzar piedras a botellas vacías, o apuntarle a alguna antena aérea con una honda o lanzar dardos que hacíamos con agujas, palitos de fósforos y cartón o simplemente lanzar los “huevos hueros” que quedaban en el corral a los techos vecinos para luego salir corriendo; juegos en los que lógicamente tú ganabas y no porque mi puntería era tan mala como la de Maxwell Smart, si no porque tu puntería era digna del programa de Top Gun.

Creo que nos hemos divertido a lo grande, porque sólo nos separa un año y medio de edad y a pesar que mucha gente pensara que no fuéramos hermanos, porque tú eras más alto, grueso, macizo, blanco y por si fuera poco tenías (o tienes) esos ojos verdes que te hicieron ganar el apelativo de “El gato”; yo, por el contrario, en esos tiempos era un enano, delgaducho, trigueño y por si fuera poco medio torpe.

Era, 1984, nos había visitado nuestro primo Lucho y junto con mi papá partimos rumbo a “la compuerta”. “La compuerta” era una desviación del río Pisco, que llegaba a un grupo de chacras lejanas. Allí habían instalado una especie de “by pass” para dirigir el agua hacia uno u otro lado. Por eso se formaba una especie de piscina natural donde uno se podía bañar tranquilo y desde donde mi papá nos podía divisar y controlar sin tener que preocuparse mucho por la profundidad o por alguna ola brava.

Nos bañábamos sobre esa agua marrón que venía arrastrando tierra, ramas secas y heces de caballos. Saltábamos como pececillos por la compuerta y pasábamos de un lado a otro, jugando a cualquier cosa que se nos ocurriera. Mi padre como siempre nos vigilaba mas allá, recostado sobre el agua en un lado de la acequia, mientras despacio se embadurnaba con barro el hombro o alguna otra parte donde lo aquejara el dolor.

Junto contigo y con nuestro primo Lucho estábamos al otro lado de la compuerta conversando sumergidos como sapos en el agua, asomando apenas las narices y los ojos, cuando sentimos caer pedazos de barro con arena cerca de nosotros. El agua salpicaba a cada instante y tú como siempre, te percataste que era papá que sumergido al otro lado y escondido tras la vegetación sacaba pedazos de barro y nos lanzaba para luego esconderse nuevamente.

“Es mi papá” dijiste y te sumergiste en el agua escabulléndote y sacaste, de igual manera, un pedazo de barro. Estaríamos a unos 18 metros de distancia, cuando milimétricamente calculaste el intervalo de tiempo que papá asomaba el rostro entre la vegetación para esconderse nuevamente. Y esperaste su próxima salida y lanzaste como émulo de “Guillermo Tell” esa “champa” de barro, que cruzó de forma parabólica la compuerta y se estampó precisamente directo en el ojo derecho de papá.

Por un momento nos desternillamos de risa, a mandíbula batiente. Pero luego al ver a papá amargo tratando de limpiarse con esa agua negruzca que cruzaba el cauce de la acequia, y con el ojo rojo como un tomate que apenas podía abrir, se nos apagó la algarabía. Luego de recibir un par de gritos acidulados, se nos acabó el regodeo y nuevamente nos sumergimos asustados para asomar otra vez solo las narices y los ojos.

Papá regresó rápido a casa y nos dejó asustados tras “la compuerta”. Temerosos nos sumergimos en el agua tratando de esconder la cara de la vergüenza. Nos quedamos casi toda la tarde remojándonos hasta que se nos arrugaron las yemas de los dedos y cuando ya casi oscurecía regresamos despacio tramando estrategias para ver como entrar a la casa.

Cuando volvimos nos empujábamos quien entraba primero. Mamá nos recibió “¡¿qué le han hecho a su papá?!” nos regañó y nosotros asustados pasamos casi marchando tratando de escondernos uno detrás del otro. Cuando pasamos por su habitación lo vimos sentado sobre su cama con un parche blanco enorme en el ojo derecho.

Había terminado en el seguro social, le habían hecho un lavado ocular y tendría que concurrir en los próximos días a seguir con el tratamiento.



Y podría seguir contando otras tantas cosas más que solías hacer por ocurrente, como cuando aquella vez que en la playa tratando de disputar la posesión de la pelota que papá sostenía con la mano derecha levantándola para que no se la quiten y tú en un arrebato, que sólo en tu imaginación podría ocurrir, diste una media vuelta de karate, tratando de dar con el pie a la pelota, pero para tu mala suerte le metiste directo el “tabazo” en la manzana de Adán de papá.

Aún queda en mi memoria esos segundos ver a papá desmayarse, como cuando “el chavo” recibía el beso de “Paty”. Desesperados lo reanimamos, que para buena suerte, sólo resultó ser un susto.

Hoy que te vas en esas misiones que sólo está hecha para los valientes, porque si de valentía se trata eso a ti te sobra, sé que todo te va a ir muy bien, como siempre. Y aunque papá nunca nos enseñó a decir “te quiero” y me cuesta muchas veces que me salga de la garganta, al menos puedo escribirlo sin que se me traben los dedos: “te quiero hermano”.

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