Tuesday, December 20, 2011

Los Amigos que Perderé: Fernando (Y el Intercambio de Regalos)



Hoy tengo que contar algo que guardo aquí en el corazón, que me jode como una angina de pecho, como una piedra en el zapato, como una cuerda desafinada, como una espina de pescado en la garganta. Hoy tengo que exorcizar este demonio guardado por años para sentirme aliviado, aunque sea, un poquito mejor.

Fernando es un cabrón, un cabroncete, un pérfido, un canalla, un jijuna, jijuna gran-puta, que se portaba pésimo con las mujeres. Las engatusaba, las seducía, las embaucaba y luego las cambiaba como quien se cambia de calzoncillo, de camisa “y sin perder la sonrisa”. Sé que eran cosas de chiquillos, pero, al menos yo, siempre que he dicho “quieres estar conmigo?”, ha sido en serio.

Era diciembre del 91, estaba de vacaciones en la universidad. Como siempre aproveché en viajar a Pisco a hacer mi vida de hijo consentido y mantenido. Dormía hasta tarde, comía lo que quería, bebía como descosido y amanecía donde me agarraba el día. Mi madre, mi santa madre, nunca me dijo nada y me consintió como si aún tuviera 10 años.

En aquel inicio de verano, al llegar al grupo, Fernando me presentó a su pareja de turno, Pilar, Pili, Pilarcita, Pilicita, agraciada ella como las anteriores, con sus piernas parejitas y su coleta en el cabello. Se había mudado no hace mucho al barrio, por eso no la había visto antes y había caído como otras tantas en las garras de Fernando.

Y siempre me preguntaba qué carajo hacíamos nosotros en el grupo si el cabrón de Fernando iba atrapando a todas y nosotros solo éramos una especie de guardianes eunucos que no nos ligaba una.
- Hola - Me dijo Pilar y me ofreció la mejilla cuando nos presentaron.
- Hola - le dije muy suelto de huesos, sabiendo que tenía el letrero grande de “propiedad privada”.
Fernando la tomaba de la mano cuando conversábamos “cuando has llegado”, “a qué hora”, “que haces en Lima”. Comenzamos a hablar sin ningún interés de por medio y yo; yo que soy un torpe en entender a las mujeres esta vez había notado unas miradas distintas en Pilar.

Sentados en el jardín de la casa de uno de mis amigos, mientras hablábamos estiró la pierna y golpeó con la puntilla de sus sandalias mis zapatillas. Levanté la mirada y encontré sus pupilas marrones grandes clavadas sobre mi y una especie de sonrisa cómplice. Busqué de inmediato a Fernando con la mirada y él que aún la tenía tomada de la mano, conversaba distraído con otro de mis amigos. Decidí tomarlo como una casualidad. Soy un tipo poco agraciado y era muy raro, por no decir imposible, que una fémina me haga insinuaciones a la primera.

Y así todos los días al juntarnos Pilarcita se dedicó a hacerme sentir "incómodo", me miraba de forma rara, me hacía sentir “calato” cuando fijaba sus ojos marrones en mi cara. Cuando estábamos en alguna mesa de un bar, por debajo estiraba su mano y cogía la mía, sino se sacaba el zapato y ponía su pie sobre mis rodillas. Empecé a seguirle el juego. Acariciaba su pie, le cogía la mano por debajo de la mesa, sabiendo que su otra mano estaba tomada por Fernando. El punto cúspide fue cuando se le cayó una moneda. Simuló buscarla por debajo de la mesa y me cogió el sexo con un fuerte apretón que me hizo saltar medio metro por encima de la silla. Todos voltearon a mirarme, y ella muy suelta de huesos empezó a reír y dijo en voz alta "jajaja Eduardo es un cobarde, le pasé la mano despacito por la pierna y creyó que era una araña". Todos los demás rieron y yo simulé que en efecto había sido así. Sé que las cosas no iban por el camino correcto pero ese juego malévolo me iba atrapando cada vez más. Si algún consuelo me quedaba es que lo más probable que Fernando solo esté jugando con ella así como había jugado con las demás. Solo era cuestión de esperar que se aburra, la cambie y ya no me sentiría tan culpable de jugarle tan mal a sus espaldas.

Unos días, antes de la navidad cuando todos los del grupo nos habíamos juntado una vez más, Fernando, este cabroncete, sujeto de mala calaña, tremendo quebrantador de las leyes morales de cualquier religión, entusiasmado lanzó la idea que le había sugerido días atrás Pilar: hacer un intercambio de regalos por navidad. Yo por supuesto, que no creí en su repentino entusiasmo navideño por más que ahora su comportamiento era como la de un gatito, la de una mascota mimada. De verdad no me la creía, sabía que en cualquier momento la cambiaría como cambiar de sombrero y "sin haber sufrido primero".

Bueno, yo, por mi parte, no soy muy entusiasta en este tipo de juegos, sabiendo que siempre he tenido la mala suerte de recibir pésimos regalos: un reloj de pared en forma de manzana, un paquete de calzoncillos atigrados o una colonia “Diosa de las Huaringas”. Pero esta vez para no romper el entusiasmo de Fernando y las chicas del grupo acepté participar.

Estando ya todos reunidos, como siempre en la casa de mi amigo Oscar, Pilarcita, salió con una bolsa de plástico donde introdujo papelitos con los nombres de todos. Uno a uno fue sacando su papel. Al tocarme, estiré el papel y decía “Fernando”. Bueno, Fernando era mi amigo, desde secundaria, del barrio y a pesar de su no adecuado comportamiento con las féminas, yo había terminado por aceptarlo cual era.

Así pasaron los días con ese juego malévolo de Pilar, al filo de la navaja, a espaldas de uno de mis amigos, hasta que llegó el mentado día del intercambio de regalos. Como en esa época todos éramos estudiantes, no tenía como expectativa un tremendo regalo. Yo también solía andar a las justas, con los bolsillos agujereados, así que mi último recurso, fue buscar en el bar de la sala, encontré una botella de pisco empolvada por los años, la envolví con un papel de regalo reciclado y listo. Estaba preparado para el intercambio.

Cuando empezaron a hacerse los intercambios cada quien hablaba un poquitín de su amigo secreto, así que llegado mi turno y al no encontrar palabras elogiosas para él, sin caer en la burda mentira solo atiné a decir: “mi amigo secreto es un amigo desde secundaria, desde el primer año, a quien aprecio mucho por su incondicionalidad con el grupo… mi amigo secreto es Fernando” y le entregué la botella de Pisco mal envuelta. Creo que Fernando fue más elogioso conmigo cuando recibió el regalo “Eduardo, gracias, eres de puta madre carajo… te quiero… desde que estuvimos en secundaria y me ayudabas con las tareas y te dabas tiempo de explicarme las cosas que no entendía, eso no lo hace cualquiera, eso lo hace un verdadero amigo”. Y me hizo sentir una basura, una mugre, un papel con caca, por las cosas que estaba haciendo con Pilar.

Uno a uno fueron pasando, cuando le tocó a Pilar, dijo lo siguiente “Mi amigo secreto, lo he conocido hace poco y me ha caído super bien. Es un chico muy inteligente, buenísima gente y sé que nos vamos a llevar muy pero muy bien… Eduardo”. La gente aplaudió. Me sentí halagado por lo de “muy inteligente y buenísima gente” a pesar de saber que eso se dice cuando las gracias físicas no te acompañan. Me acerqué. Ella me dio un sobre con una tarjeta, me dio un beso en la mejilla y me susurró rapidísimo. Hay una nota dentro. Todos gritaban “que lo abra, que lo abra”. Abrí con temor el sobre. Había una tarjeta navideña, que abierta sonaba la melodía de “blanca navidad” y se encendía una lucecita roja. Más no vi ninguna nota, solo unas palabras escritas “para mi amigo secreto especial, feliz navidad” Simulé estar agradecido, sonreí y guardé la tarjeta.

Continuamos con la reunión. Los demás siguieron con los regalos. Casi todos los hombres recibieron su botella de pisco o de vino, así que decidimos compartirlo en esa misma noche, porque navidad es compartir.

Al otro día al despertar, decidí dormir hasta tarde. A las justas desperté a almorzar y tomar agua. Mientras estaba en mi cama como un enfermo encuentro la tarjeta de Pilar. La abro nuevamente. Se enciende la música bulliciosa y otra vez leo “para mi amigo secreto especial, feliz navidad” “de que nota hablaba ésta, si no hay nada”, me dije mentalmente. Se me ocurrió mirar por detrás del adminículo que hacía la música. Forcé la tarjeta y había una nota escrita en papel cuadriculado arrancada de un cuaderno. Decía: “23 de diciembre, Calle Monteverde 135, 05:00 p.m. tocar timbre del segundo piso”.

Me levanté como un resorte de la cama, era 23 de diciembre. Miré el reloj, 16:56. Agarré la poca ropa que había dejado el día anterior y así sin bañarme y sin acicalarme, diría yo, todo “cochinón” no más, con la resaca aún en la cabeza, corrí por la ciudad por unos 10 minutos. Cuando me estaba acercando a la dirección pactada me detuve, caminé lento, se me cruzaban ideas en la cabeza. Sería una broma de Fernando?. Me escabullí entre las personas. Encontré la casa, caminé despacio mirando a todos lados. Desde la acera del frente vi el segundo piso vacío, las ventanas no tenían cortinas. Crucé con cuidado y toqué el timbre. Mientras esperaba estaba mirando a todos lados cuando abrieron la puerta y de un jalón me llevaron adentro. Era Pilar. Caminó sin decir una palabra por las escaleras. La seguí. El segundo piso estaba vacío. El eco de nuestras pisadas le daba un aire tétrico. Siguió hasta una habitación donde había un sillón viejo abandonado quizás por el último inquilino.

- aquí vivíamos antes- rompió el silencio Pilar - de aquí me mudé a tu barrio, aún tengo la llave-
- Ven siéntate aquí- me dijo y señaló el sillón.

De pié ella, frente a mi, se sentó en mis rodillas mirándome. Me besó. Se quitó la ropa. Su cabello cayó sobre mi rostro. "Feliz Navidad amigo secreto" me dijo y me empezó a hacer el amor. A cabalgar como una jinete de equitación. A menearse como bailarina de Axe Bahía. A contornearse como Vedette de Café Teatro. A cada salto me susurraba "merry christmas, merry christmas, merry christmas". El eco repetía sus jadeos. Y yo tratando de sacarme de la cabeza que estaba con la enamorada de uno de mis amigos.

Un líquido resbalaba entre sus piernas cuando sonó la puerta. Tocaban insistentemente, con furia. Luego escuché ¡Pilaaaar!. "Es Fernando?" pregunté. Y ella impertérrita, como si nada pasara respondió "si, ayer terminé con él". Y seguía moviéndose como si estuviera en un "sube y baja".

Me separé un instante, me desplacé reptando por el suelo, como buena víbora en la que me había convertido, aunque “mi tesorito”, en la situación que estaba, me impedía desplazarme con facilidad. Asomé apenas la cabeza y vi a Fernando afuera. Estaba borracho gritando. Regresé y no sé porque razón extraña le hice el amor con más ganas. Y nos quedamos escondidos allí hasta que se marchó. Ya muy de noche solo cuando tuve la seguridad que se había ido, salimos escabullidos. Llegando al barrio nos separamos. Al llegar a mi casa mi madre me dijo "te ha estado buscando Fernando". A los pocos minutos sonó la puerta. Era Fernando.
Un sentimiento de culpa me invadió, por un momento pensé que lo sabía todo. Me dijo "podemos hablar". Pensé "lo sabe".
Al verlo apesadumbrado, acongojado, pregunté:
- te pasa algo?-
- puta madre, ayer terminé con Pilar- respondió y se frotó los ojos.
- jejeje – sonreí nerviosamente - porqué – pregunté – ahora a quien le has puesto la puntería –agregué.
Yo esperaba las respuestas que siempre me dio, que estaba saliendo con otra o que simplemente se había aburrido.
- nada huevón, de verdad estoy cagado-
Callé un instante.
- A que te refieres?-
- Sabes hermano? ahora me tocó-
- de que hablas?-
- Estoy enamorado huevón, e-na-mo-ra-do-
- De pilar?- susurré con miedo-
- Si, conchesumadre... no sé que me pasa-
- No jodas Fernandito, anda descansa y mañana vas a ver que saldrás con otra-
Se paró y antes de retirarse puso una mano sobre mi hombro.
- Puta madre, no le digas a nadie, pero creo que me he enamorado de ella. Yo solo te lo digo a ti porque eres mi pata y te estimo de verdad-

Cuando se marchó, me sentí una mierda.

En la noche, al no poder conciliar el sueño, decidí dos cosas: terminar con todo ese juego en cuanto amanezca y callarme esta historia el resto de mi vida.

Con el post de hoy, puedo decirme “No cumplí ninguna de las dos cosas”

Friday, December 02, 2011

Todo Por Ser Flaco




Según la psicología los flacos tenemos una personalidad distinta a la de los gordos. El gordo es percibido como alegre, divertido, animado, vivaracho y bonachón. Los flacos estamos asociados a una personalidad más pensante, callados, a la apatía y a la tranquilidad. Esto lo recuerdo de mis libros de psicología de secundaria. Y que mejor ejemplo que Cesar Vallejo cuyas manos huesudas que exhibe en las pocas fotos que conocemos nos mostró a un poeta resentido, deprimido, renegado con Dios o como Julio Ramón Ribeyro, por demás asociado a la tristeza y al desánimo y que para colmo de males me encuentro marcado bajo su mismo signo zodiacal.

He tratado de negar esta descripción por demás generalista que aprendí de mis libros de psicología, aunque la realidad muchas veces me ha golpeado contra la misma definición una y otra vez.

Yo nací flaco, crecí flaco, sigo flaco y moriré flaco. Podría comerme ahora mismo una vaca entera hecha parrilla y no subir ni medio kilo. Y por eso siempre en mis posts me describo como un flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones, parafraseando a Oscar Athié. Y por esta contextura me he ganado ciertos problemillas, sobretodo en este país donde la gordura de un niño es síntoma de salud, así sea la definición más equivocada.

Todo por ser Flaco 1
Me considero una persona muy sana, normalmente nunca me enfermo y si buscan mi record de asistencia en el trabajo no encontrarán ninguna ausencia. Pero en invierno siempre me molesta los bronquios. Mi madre siempre me cuenta que de niño, un poquito más y era “asmático” que tenía una “tos de perro” que me retumbaban los pulmones como bombo de barra brava cuando tosía. Ahora de grande se me prende una tosecilla de tísico debido a que suelo ser descuidado. No me abrigo, duermo “calato”, camino descalzo por la casa y por si fuera poco tomo bebidas heladas o con harto hielo.

Hace unos años atrás, en un cambio de estación, me agarró nuevamente esta tosecilla, así que, a insistencia de mi hermana fui a ver al médico. Luego de esperar unos buenos minutos me hicieron pasar al consultorio. Después de explicarle mi “mal” el doctor de inmediato me dio una escaneada de pies a cabeza, bajándose los lentes ligeramente.
- Desde cuando tienes esa tos… más de dos semanas?-
- Mmm creo que si doctor-
- Toma te voy a dar una orden para que pases a Rayos X, urgente y me traes las placas ahora mismo.
Y una vez más, todo porque me vió flaco. Seguramente pensó que tenía el bacilo de koch corriendo por mis plomos. La verdad ya me cansé que me saquen placas y me disparen “ene” rayos X a mi esmirriada anatomía y toda la vida concluyan que sólo es una enfermedad a las vías respiratorias, una tos simple o una infección en la garganta.
Me hicieron sacarme la polera, me pusieron una bata de cocinera y me dispararon los rayos. Regresé con mis placas donde el médico.
- A ver- me dijo y puso las placas sobre ese aparatejo con un fluorescente atrás.
- Ajá, todo bien, solo tienes los pulmones con flema – agregó.

Se levantó y sacó de un estante que tenía al lado 4 ampollas.
- Toma te vas a aplicar esto por cuatro días para que botes la flema. Pasa a tópico por esa puerta para que te pongan la primera dosis-
Y yo, asustado, olvidé decirle que soy un cobarde y que soy alérgico a las agujas. Pasé atemorizado al tópico y habían dos sujetos más esperando quien sabe que.
De inmediato empecé a tramar mi huida, pero a los pocos minutos entró la enfermera con una aguja inmensa dándole de toquecitos con el dedo.
- Quién es el de la ampolla para la flema?- preguntó
El primer sujeto, movió la cabeza. El segundo también se negó. Cuando clavó sus ojos lascivos sobre mi, musité “yo tampoco”
- Que raro- dijo la enfermera –voy a revisar- agregó y se retiró a revisar las historias clínicas.

De inmediato salí como alma que lleva el diablo atrás escabulléndome entre la gente y me escapé de la clínica. Al pasar por un tacho, lancé las dos ampollas restantes que aún tenía en mi poder.

Todo por ser Flaco 2

Mi amiga Marita, guapísima ella, de una figura apetecible, valgan verdades, me llamó y me pidió por favor que le preste mi cabeza a su hermana. Yo gustoso acepté pensando que era algo relacionado a un encontrón con su hermana o a un trío, pero luego descubrí que no era así. Su hermana estudiaba para ser “estilista” y necesitaba, digamos, “ciertas cabezas” para hacer sus prácticas de corte de cabello. Como Marita me gustaba mucho y este muchachón tenía intereses subalternos de formar una pareja estable con fines serios con ella, acepté que mi cabeza sea un conejillo de indias, total! Nada malo podría pasar.

Cerca de las cinco de la tarde de aquel día, Marita me volvió a llamar, coordinamos, nos encontramos en Riso y me llevó caminando a un instituto de Estilistas de la avenida Arequipa. Cuando llegamos había un cartel afuera “Corte de cabello gratis”, “vaya”, me dije “de haberlo sabido antes”. Buscamos a su hermana, nos hicieron pasar a un salón grande donde había cerca de veinte sillas e igual número de estudiantes con sus respectivos mandiles cortando cabello. Cada vez que alguien nuevo aparecía las estudiantes te miraban como lobos, como hienas, al ver carne nueva y te jaloneaban para cortarte el pelo gratis. Por primera vez me sentí asediado por varias mujeres. Lamentablemente yo ya estaba separado para Rosita, la hermana de Marita, que a decir verdad también estaba lindísima. Si tuviera que compararla con alguien podría decir que era el rostro de Amanda Bynes con el cuerpo de Nadia Comanecci tenía una sonrisa perfecta para comercial de “Aquafresh”, dientes blancos y fuertes, aliento fresco y encías sanas.
- Hola- me dijo Rosita – y me dio un besito con una sonrisa preciosa “espérate que se libere un espacio”- agregó.
Pero corría el tiempo y no se liberaba ninguna silla, cada estudiante se había apoderado de su territorio y traían más incautos a cortarles el pelo.

De tanto esperar Rosita me dijo:
-sino siéntate aquí y así avanzamos- y me señaló la silla de los niños. Esa con un caballito blanco adelante.
- Si entras, estás flaquito- agregó
- jajajaja- me reí y me negué rotundamente.
Al ver mi “no” contundente, intervino de inmediato Marita
- ¿Que tiene?, siéntate nomás, ya tenemos mucho tiempo acá-
- Nooooo –me negué nuevamente
- Vamos Eduardito, siéntate, para terminar rápido y de aquí nos vamos a tomar un traguito- me dijo Marita, me sonrió, me dio una sobadita en el brazo, me guiñó un ojo y jugó con su cabello dejándome impregnado de un olor riquísimo a flores silvestres.
Literalmente me “chorrié”, me volví una “mazamorra”; diría yo que hasta un hilo de baba derramé hasta el piso y por esa angustia masculina insatisfecha acepté sentarme en el caballito blanco, bajo la firme promesa de irnos luego a disfrutar de la noche.

Así que sentado como un manganzón en esa ridícula silla, Rosita empezó a cortarme el pelo. De vez en cuando aparecía su profesora y después de reírse de mi, en mi cara pelada, le iba indicando a Rosita como cortarme el Pelo. Y Marita lejos de apoyarme lo que hacía era desternillarse de risa y burlarse de mi al verme como un infantiloide sobre el caballito.

Cada sujeto que entraba a cortarse el pelo gratis lo primero que hacía era reírse de mi. Por cerca de dos horas fui el hazmerreir del grupo, pero lo peor vendría después.

Como soy cegatón me había sacado los lentes y no me veía bien en el espejo, cuando terminó su faena Rosita, me puse los lentes y me di cuenta que me había dado una pelada y una “casqueada” y me había dejado 20 huecos desiguales en la cabeza. Más parecía un parque público mal podado.
Y Marita lo único que hacía era reírse de mi
- Jajaja te han cagado la cabeza- me decía
Y yo aguantándome como los machos para no hacer sentir mal a Rosita que tenía cara de apesadumbrada. Su sonrisa “Aquafresh” se había esfumado de su bello rostro.
- Está bien- le dije- no te preocupes- así se aprende poco a poco- agregué
Me la di de caballero con la firme esperanza de mantener viva esa llama que me lleve alguna vez a tener un encuentro apasionado con ella.
Avergonzado salimos y decidimo ya no ir a ningún lado; primero, a mi con esa cabeza no me iban a dejar entrar ni a la más mísera discoteca y segundo, ella toda “nice”, toda “fashion” no se sentiría cómoda andando con un sujeto con cabeza de pollo carioco.

Al otro día, al mirarme al espejo me vi peor que el día anterior así que decidir resolver de una buena vez por todas, este tremendo problema.
Después de consultar con mi deteriorado bolsillo decidí irme a la Av. Abancay, donde cobran barato por corte de cabello, a ver si me arreglaban un poco. Llegué, busqué un sitio más o menos decente y le pedí que me arreglen la cabeza.
- Sabes hermano- me dijo el tipo – te han malogrado la cabeza, te sugiero mejor cortarte todo chiquito, para que te crezca parejo. Además está de moda el pelo corto, como Gian Marco-
Con esa explicación y con el sólido juramento de tener chicas a granel y fans enamoradas que me persigan como a Gian Marco, acepté que me corte el pelo.

El sujeto aprovechó y con una podadora en miniatura me peló toda la cabeza.
Nuevamente cachimbo, salí de la avenida Abancay, aproveché en comprar algunos DVD’s piratas que me envolvieron en una bolsa negra y me dispuse a regresar a mi casa.
El problema es que ningún microbús quería llevarme, cada vez que me iba a subir, el cobrador me cerraba la puerta al verme todo flaco, pelado y con mi bolsa negra
- No, no, ya han subido del centro victoria- Me dijo uno
- Está prohibido que suban fumones en rehabilitación vendiendo caramelos- me dijo otro.

Al próximo bus me subí “a la prepo” nomás antes que me dijeran algo.

Al llegar a casa, encontré a Marita parada en la quinta donde yo vivía solo, en un departamento que me había cedido mi papá temporalmente.
- Hace una hora que te estoy esperando acá- me dijo en tono de reclamación
- No me dijiste que venías- respondí un poco serio
- A ver – me dijo e intentó sacarme la gorra que me había comprado para que me dejen subir al microbús –
Con una “quimba” ágil la esquivé. Me hice el resentido y no le dije nada.
- No me vas a enseñar?-
- No- respondí en un tono poco amigable.
Marita abrió su mochila y sacó una botella de Pisco
- Para ti- me dijo. Te manda mi hermana dice que gracias por el apoyo... la tomamos juntos?- preguntó
Recién sonreí. “claro” le dije y estiré la mano para agarrar la botella. Ella la retiró rápidamente y la acomodó a su lado para que no la alcance.
- Pero si te sacas la gorra y me enseñas tu cabecita- me dijo, me guiñó el ojo y sonrió coquetamente.
Abrí la puerta. Pasamos. Nos tomamos la botella de Pisco y le enseñé mi cabeza pelada.

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