Thursday, November 17, 2011

Vestido de Mujer



Cuando se mudó mi amigo “el Mono Contreras” del Barrio, dejó un hueco en mi horario de juegos. Cada tarde después, de terminar las tareas del colegio, solía subirme al techo de mi casa y sentarme a mirar el horizonte, los techos de los vecinos y los pollos y pavos que criaba mi madre en el corral. La parte posterior de la casa del mono contreras, que su padre alquilaba, daba con la parte lateral de la mía. El Mono, a esa hora se aparecía también por su techo. Sólo un pequeño muro de ladrillos de un metro de altura, sin tarrajear, dividía mi casa de la de él. El Mono de un salto se pasaba a mi techo y nos sentábamos cada tarde a conversar del colegio, de fútbol y de mujeres.

Teníamos 14 años y empezábamos a interesarnos con mayor ímpetu en el sexo opuesto. “a que tú nunca has tenido enamorada” me decía el mono, y yo “la verdad no… y no me digas que tú si has tenido?”, el mono callaba y solo decía “sssssss si te contara”. Yo sabía que en el fondo tampoco, a pesar que él siempre terminaba contándome que por la casa de su abuela, donde se mudaría muy pronto, vivían dos mellizas preciosas que se peleaban por él.

Después de un fin de semana que nos ausentamos con la familia volví a subir al techo como cada tarde a contemplar el horizonte ponerse rojizo-anaranjado, pero el Mono Contreras no apareció. Husmeé cerca de su azotea y ya no estaban su bicicleta, ni su pelota que solía dejar allí. Al día siguiente tampoco se apareció y luego me enteré que ya se habían mudado. Me dio una tristeza saber que mi único confidente con quien podía conversar de mujeres sin ningún tapujo, se había marchado.

Así pasaron varios días, yo sobre el techo mirando la gente a lo lejos limpiar sus antenas aéreas del televisor o los pollos revolotear en el corral de mamá. Todo transcurría igual, hasta una tarde que al subir nuevamente, me topé con el canturreo de una niña que tendía ropa en la ex casa del mono contreras. Tenía un short diminuto y un gorrito con visera. Su coleta salía por la parte posterior de la gorra. Nuestras miradas se cruzaron, ella me sonrió y movió ligeramente la cabeza a manera de saludo. Yo que llevaba también siempre mi gorrita le hice un gesto cogiendo mi visera y me sentí realmente estúpido porque asumí que había hecho el saludo de un viejo, de un anciano. Por el rabillo del ojo la miraba empinándose de puntillas para alcanzar los cordeles que cruzaban la azotea, con una gracia inigualable, como una bailarina de ballet.

De inmediato, decidí investigarla, por unos días caminé por el frontis de su casa, pregunté disimuladamente con algunos amigos y me ofrecí hacer las compras en la tienda sólo para pasar por su casa una y otra vez. A los 3 días ya sabía que se llamaba Isabel, se había mudado hace pocos días a la ex casa del mono contreras y estudiaba en el colegio nacional de mujeres.

Todas las tardes volvía a mi techo, me trepaba por una de las cañas que sobresalía y me sentaba a esperar que ella apareciera. Cerca de las 6 de la tarde, ella se asomaba nuevamente a recoger la ropa tendida, pantalones, polos y buzos pequeños, definitivamente de su hermano menor que asistía a la primaria.

Así pasamos unas buenas semanas, sin hablarnos, yo sólo la contemplaba y ella solía regalarme unas miradas de vez en cuando, en silencio, sin decirnos nada. Sólo sonriendo cada vez que nuestras miradas se encontraban. Hasta que una tarde Isabel se acercó al muro de ladrillos que separa su casa de la mía y me dijo “hola!, tendrás un libro de Historia del Perú que me prestes?”. Esas fueron las palabras que rompieron ese hielo construido por mi timidez extrema. De inmediato me acerqué a ella, era casi de mi tamaño, un poquito más baja nomás. Siempre con su gorrita para cubrirse del sol y su sonrisa de niña coqueta. Le dije que si, que me espere unos minutos. Bajé de mi techo, busqué entre mis libros, el de Historia del Perú, regresé al techo, trepándome por la caña y se lo presté.

Al día siguiente, otra vez nos encontramos en el mismo lugar. Me devolvió el libro tal y como se lo presté y desde allí, como un ritual, como una obligación placentera nos encontrábamos cada tarde a conversar. Nuestros encuentros eran fuera de lo común. No nos encontrábamos en el barrio, en la calle, en un parque o en un patio, nos encontrábamos en nuestros techos sólo para hablar de nosotros. Y no solo le presté mis libros de historia y matemáticas, sino unos cassettes, unas Revistas de grupos de rock y le regalé los dibujos que solía hacer a lapicero negro. Ella me prestó un cassette de “Jeannette” que si bien nunca le había prestado atención, desde esa fecha adoré a esa cantante y hasta hoy cuando la escucho en alguna radio limeña me viene a la memoria el nombre de Isabel.

Así pasábamos las tardes conversando del colegio y de su vida pasada. Ella me contaba que había vivido en Pisco Playa, en San Andrés y en San Clemente. Su vida había sido un trotar como gitanos por distintas partes de Pisco. Así pasaron los días y los meses hasta que llegó diciembre, el mes de la navidad.

Con los pocos soles que había juntado de mis propinas había decidido comprarle un regalo. Con un amigo del colegio, saliendo de clases nos habíamos ido a una tienda. Apenas teníamos 14 años y una vergüenza enorme de comprar un regalo para una chica. No sé por qué nos hacíamos tremendos enredos por cosas insignificantes. Con lo poco que había juntado logré comprarle una cajita musical, pequeña, a cuerda que cuando se abría aparecía una bailarina de puntillas dando vueltas y sonaba “Para Elisa” de Beethoven. Era precisa para ella, así como Isabelita se ponía de puntillas para alcanzar los tendederos de su casa.

Guardé celosamente el regalo en mi cuarto, hasta el 24 de diciembre. Subí al techo como siempre pero Isabel no apareció. Toda la tarde la esperé en vano. Mi madre me llamaba para que me bañe y me cambie antes que anochezca y yo seguía sobre el techo, recostado ya sobre el muro que separaba mi casa de la de ella, esperando que aparezca con su short diminuto y su gorrita con visera.

Con mi regalo en la mano, salté el muro y me dirigí hacia la puerta que llevaba al primer piso “Isabel” llamé bajito, mientras caminaba despacio. La reja que comunicaba al primer piso estaba entreabierta, Asomé mi cabeza “Isabel” llamé nuevamente, “Señora” empecé a decir esta vez y solo un eco tímido me respondió. Por un acto de valentía o estupidez empecé a descender las escaleras. Se me había ocurrido en ese momento dejarle el regalo en su habitación. Total! Yo, por el “mono contreras”, me conocía esa casa al revés y al derecho. El regalo tenía una tarjeta de esas pre-impresas, recontra “pacharaca” a la que había escrito: “Para: Isabelita”, “De: Eduardo” y más abajo “No es un libro de Historia del Perú”. Bajé con la firme convicción de entrar rapidísimo, dejarle el regalo sobre su cómoda y regresar de inmediato a casa. Ya me imaginaba la cara de Isabelita, sus ojos grandes y vivaces, sorprendiéndose de encontrar el regalo en su habitación y preguntándose como hice yo para dejarlo allí.

Llegué a la habitación de Isabel, que era la misma que había ocupado el mono contreras, no me había equivocado, mis dotes de Sherlock Holmes los tenía en los genes. Entré despacio como un ladronzuelo y en vez de dejar el paquete y salir corriendo me quedé mirando los “pinta uñas”, cremas, espejitos, peines, joyeros y cientos de chucherías que tenía sobre una cómoda. Dejé el regalo, haciendo un espacio y cuando me disponía a salir, suena la puerta de su casa abrirse. El ruido de esa puerta de fierro con vidrios era inconfundible. Recién allí entendí la magnitud de lo que estaba haciendo. Me escondí entre su cómoda y un ropero que tenía, de cuclillas y me cubrí con unos cojines viejos que había al lado. Temblaba como un teléfono en vibrador y empecé a sudar frío.

Unos pasos se acercaron a la habitación, directo entraron hasta donde estaba yo de cuclillas tapado con algunos cojines, era su hermanito menor. Entró como si fuera un sabueso siguiendo una pista y se paró frente a mi mirándome en silencio y yo que lo miraba por un espacio pequeñísimo entre dos cojines. Miró mis zapatillas que aparecían abajo. Luego giró el rostro a uno de los lados. Sentí temor que me acuse, que dijera algo, saqué mi cara entre los cojines y le dije “shhhhh”. Busqué entre mis bolsillos, saqué un sol y se lo dí para comprar su silencio. El niño recibió el sol y se retiró. Si bien había aceptado esa mísera moneda, no significaba necesariamente que me había salvado de su acusación, así que debía tramar una huida urgente. A los pocos minutos se aparece Isabelita, traída por su hermano. Se asustó de verme metido allí, encogido entre los cojines “que haces allí” me dijo sorprendida pero bajito, apretando los dientes. Le señalé con mi mano temblorosa el regalo. Después de advertirle a su hermano que no dijera nada, me susurró “tienes que salir de acá porque si mi papá te ve te va a matar”. Lejos de aliviarme sus palabras lo único que hacía era acrecentar más mi miedo. Pero sus padres estaban sentados sobre los muebles revisando algunas compras y desde donde se divisaba fácilmente el pasillo que llevaba a la escalera. Como cubrirme?, no lo sabía. “Ponte esto” me dijo Isabel y me alcanzó un vestido corto similar al que tenía puesto y de un lado del ropero sacó su gorrito y me dijo “y esto también” y sales corriendo, mis papás van a pensar que soy yo. Me puse encima el vestido, que llegaba hasta el largo de mi short y la gorrita.

Salí disparado y crucé el pasillo. Su padre levantó la mirada y quizás el disfraz improvisado, el contraluz del pasillo o mi espalda esmirriada, delgaducha habrían terminado por confundirlo. Trepé a trancos la escalera, de dos en dos, llegué a su azotea. De un salto pasé el muro de ladrillos y me descolgué por la caña que sobresalía. Cuando caigo al piso, se enciende la luz del corral y entraron mi papá, mis tíos, mis primos y primas que habían llegado de Lima a pasar navidad con la abuela.

Y yo con el vestido puesto y la gorra rosada sólo atiné a sonreír forzadamente y a decir “bienvenidos”. Y mi padre, sorprendido, pasmado, desconcertado, al verme en esas fachas, casi farfullando sólo gritó “Que mierda haces vestido así?”.

Wednesday, November 09, 2011

Choro Monse




Cuando arribé al trabajo el día lunes me había llegado un correo de Recursos Humanos. Me habían inscrito en un curso del Sistema de Calidad, donde iban a repasar la 9001, 14001 y 18001 y no sé cuantos “unos” más. Particularmente me considero un tipo medianamente inteligente pero no sé porque con las ISO’s me vuelvo un bruto, un obtuso, un zopenco. Debe ser porque no me gusta. Odio las cosas mecanizadas y peor aún si tengo que leer normas y aprender los numeritos de cada obligación y de cada registro.

Si bien no dije nada y me las aguanté como los machos pero por dentro estaba que quería explotar. Tantas cosas que tenía pendientes por hacer y me mandaban a este curso que odio. La verdad de tantas normas se me ha hecho un sancochado en la cabeza.

El día martes que era el bendito taller, me dirigí al hotel donde se iba a dictar las clases. Si hay algo bueno que tenía que sacar de esto es que no estaría en el trabajo y siempre hay buenos desayunos en los “breaks”. Asimismo, si los cursos me aburren me duermo de la manera más desvergonzada, cabeceo y hasta babeo en plena clase.

Era temprano y no había llegado nadie todavía “Buenos días señor, en que lo podemos ayudar” me dijo la recepcionista “Buenos días señorita, es por el curso del sistema de Calidad”, “Ah! Ok, por acá pase adelante, es en el piso 11”, “Gracias” le dije y le sonreí y me puse un poco nervioso porque la chica era preciosa y me pongo así cuando alguien me impacta a la primera.

Subí por el ascensor hasta el piso 11. No había nadie, así que elegí sentarme en la última fila, para así “pestañear” con confianza y nadie me esté incomodando.

Poco a poco empezaron a llegar todos los asistentes. Yo era el único de mi empresa y deduje que era porque habían notado que no había aprendido nada de los cursos anteriores. Así que me sentí como un lobo solitario. Mientras los demás formaban grupos yo estaba allí en la última carpeta haciendo dibujitos en un papel y comiéndome los caramelos que ponen como paliativos para que los alumnos no se duerman.

Arrancó el curso y a los diez minutos entró una persona tarde. Escuché el chirriar de la puerta abrirse “gente tardona irresponsable” pensé. Si hay algo que más odio es la impuntualidad. La persona que había llegado tarde, caminó unos pasos y sentí el golpe de una botella de agua sobre mi mesa, luego se sentó a mi lado.

Volteé a saludar a esta “tardona” sólo por cortesía, ella me miró y acto seguido me derretí como mantequilla en la sartén. Era una chica preciosísima con un lunar cerca de la boca. Juraría que de allí se inspiraron para componer “cielito lindo”. La belleza de sus ojos harían retroceder a cualquier mortal y su cabello largo sujetado con una peineta atrás me hizo poner inquieto. Yo que estaba refunfuñando entre dientes “gente tardona irresponsable” mis pensamientos la justificaron de inmediato “por el tráfico debe haber llegado tarde”. Además que importaba esa maldita tardanza si iba a llegar con tanta belleza encima. La justificaría así haya llegado a la hora de salida.
- hace rato que han empezado?- me preguntó bajito.
- noo, no, recién hemos empezado- le dije tartamudeando un poco
- Que han hecho?- respondió
- toma- le dije y le estiré mi separata llena de dibujitos infantiloides
- donde te han dado la separata?-
- toma es tuya, te la regalo- le dije mirándola a los ojos, tratando de ser amable
Ella sonrió.
- No te preocupes, acá me traen una-

Y la señorita asistente del curso se acercó y le entregó una separata y una lista de asistencia. Luego de revisar y buscar su nombre, me susurró “no estoy en la lista”, “debe haber una equivocación” le dije. Se puso de pie y se dirigió a hablar con la asistente del curso, no sin antes yo darle una miradita a sus espaldas, únicamente con fines estéticos.

Después de unos minutos volvió y me dijo que su empresa estaría arreglando su situación durante el día. Y yo que pensaba “aparte de ser bella es una chica entradora, que toma el toro por las astas, resuelve los problemas, como las que me gustan, yo que en vez de resolver problemas me meto en ellos, sería mi complemento perfecto, esa pieza exacta para hacer línea en mi tetris”. Escuchamos lo que restaba de las horas antes del primer “break”, como estábamos solos salimos juntos, tomamos unos jugos y unos sándwiches. En ese poco tiempo se interesó mucho en saber de mi. Le conté donde trabajaba y que me gustaba hacer, que hacía los fines de semana. De hecho que traté de impresionarla y le solté que me gustaba la música, que componía canciones, que me gustaba hacer deporte y hasta quedamos en que le pasaría un día la voz para ir a jugar frontón en el club que frecuento. Me pidió mi número, le dí el número de mi trabajo so pretexto, que más paro allí. Ella me dijo que había extraviado su celular y que me llamaría. Me dijo que trabajaba en una empresa, desconocida para mi, y que ocupaba el cargo de asistente del gerente. Practicaba deporte y de hecho que le creí, ese cuerpo no se hace así nomás. Se le veía muy preparada y entradora, definitivamente las relaciones públicas eran lo suyo.

En el “hall” había un piano, nos sentamos un rato y de la manera más infantiloide toqué lo único que sabía “London Bridge” con un dedo. Igual le gustó. Aún la tengo en mi memoria, sentados los dos en ese banquito del piano. Muy juntitos. Situación ideal para cantarle en el piano alguna baladita de Alejandro Sanz y caiga rendida de una vez en mis brazos, lástima que nunca aprendí a tocar piano.

En la siguiente hora nos pasamos como dos adolescentes escribiéndonos papelitos. “Que aburrido”, me escribió ella, en el mismo papel le respondí “odio las ISO’s… ya se me ISO un sancochado en la cabeza”. Ella sonrió. Escribió luego “Me caes muy bien, me gustas, almorzamos juntos?”. Cuando lo leí me estaba mirando y me sonrió de costadito. Temblé como perro Chihuahueño y debía responder algo inteligente sin ser muy mandado ni muy quedado “almorzamos de todas maneras, tú también me caes muy bien, si no fuera por ti ya me hubiera ido de este curso”. Me acobardé de escribirle de igual forma “tú también me gustas”. De inmediato me la imaginé en el ascensor los dos solos llevándola a alguno de los cuartos de ese lujoso hotel, besándola con lujuria con esa adrenalina que te da el temor de ser descubiertos, salir comiéndonos a besos, desesperados hasta la habitación. “Pasamos al break” dijo la expositora y me sacó de mis alucinaciones.

Salimos juntitos al almuerzo y nos dirigieron a un salón grande donde estaban las mesas dispuestas. Nos sentamos en una de ellas y nos sirvieron esos almuerzos feos dizque “gourmet”. Lo que a mi respecta me gusta la comida criolla no me vengan con nombrecitos raros y sírvanme mis frejoles con seco, mi mancha pecho, mis pallares con asado o mi lomo saltado. Pero para mi mala suerte había soufflé de no sé qué cosa y otros nombres rimbombantes pero más feos que comida para chancho.

Almorzábamos de los más felices. A mitad de su almuerzo me dijo. “un ratito, me he acordado que tengo que hacer una llamada urgente”. “Llama de aquí” le dije y le extendí mi celular. “no, no te preocupes” me dijo. “no de verdad, llama nomás”. “eres lindo” me dijo y puso su mano sobre la mía “pero no puedo aceptar. Espérame un minuto ya regreso” agregó y puso sus manos en sus labios, dio un beso y me lo estampó en la mejilla. Me dejó como el chavo del 8 cuando recibía un beso de Paty, la nueva vecinita. Me puso “sedita” con eso y de inmediato revisé si hoy estaba preparado y si había traído los calzoncillos adecuados para la ocasión. Ella salió por el pasillo, no sin antes, yo darle la segunda revisión de sus espaldas, únicamente con fines estéticos, insisto.

Pasó un minuto, luego cinco, luego diez y me empecé a preocupar. Yo que prácticamente había dejado de comer sólo por esperarla, mientras me imaginaba una vida a su lado, “una casa frente al parque y un pequeño de repente”. Su plato de comida aún estaba a medias. El arroz apenas revuelto con ese amasijo de champiñones que habían servido. Mi cabeza empezó a tejer mil explicaciones. Ya todos empezaron a terminar y a salir a darse una vueltita por los pasillos. Yo también hice lo mismo. La busqué con la mirada. Me caminé todos los pisos. Me asomé por los baños. Una que otra salía y se sorprendía verme espiando por el baño de mujeres. “Disculpa has visto a Sandra, debe estar dentro”. “no la conozco” me respondían. “tiene un lunar cerca de la boca”. “ya no hay nadie adentro”.

Pensé, tal vez alguna mala noticia?, algún imprevisto? Estaba mal del estómago?, estaba con la bicicleta acaso?, algún trabajo urgente?. El tiempo del “break” se venció. Regresé al piso 11 y mi mesa estaba vacía y “yo que quisiera mirarla en su pupitre porque si ella ya no vuelve mi salón será muy triste”, me senté atribulado, pesaroso, acongojado, preocupado.

A los minutos todo tendría una explicación, las carteras de las asistentes y la lap top de la expositora habían desaparecido. Para colmo sólo le habían dejado el cable colgando. Empezó el alboroto. Vinieron los de seguridad y todos empezaron a apuntarme como cómplice. Un poco más y estuvieron a punto de hacerme justicia popular, de lincharme y quemarme vivo atado a una de las columnas del hotel. Ya veía yo mi rostro en una de las portadas de “El Trome” o “El Chino”: “Queman vivo a raterillo monse”. Terminé en la comisaría dando mi declaración, gracias a Dios, no pasó a mayores.

Cuando llegué a casa, muy tarde ya, confundido, indignado, enfadado conmigo mismo, cayó de entre las hojas de mi separata un papel diminuto. Lo levanto y decía “si te hubiera conocido unos años atrás me hubiera casado contigo… lo siento” y firmaba Sandra.

Thursday, November 03, 2011

Los Amigos Que Perderé - El Chiri





En “Los amigos que Perderé” hablaré de las muchas personas que tuve el gusto o disgusto de conocer a lo largo de mi vida. Algunas de ellas amigos, otros sólo compañeros de trabajo o estudio o simplemente conocidos, cada quien con sus características, sus defectos y virtudes. Si eres mi amigo y estás leyendo estas líneas, no deberías confiarte de este sujeto. Puedes aparecer en este blog.

Hoy no sé porque me vino a la mente mi amigo Vicente Chiriboga, quien trabajó conmigo en la Municipalidad de Jesús María. Bueno, yo en ese tiempo trabajaba para un service y él directamente para la Municipalidad.

El Dr. Vicente Chiriboga trabajaba en el área Legal de la Municipalidad de Jesús María, donde yo también por esos devaneos de la vida había ido a parar allí a trabajar de apoyo administrativo, mientras buscaba un mejor lugar donde desarrollarme profesionalmente. Trabajábamos en la misma sección por lo que habíamos coincidido en llevar juntos algunos casos de ex trabajadores que entablaban juicio a la municipalidad por algún abuso o despido arbitrario; bueno yo sólo lo apoyaba a través de la disposición de información sobre los trabajadores implicados porque de juicios y derechos sé tanto como química cuántica espacial.

Habíamos formado con otros trabajadores un grupo de amigos compacto y de mutua confianza. Almorzábamos juntos y algunos fines de semana salíamos al karaoke o algún bar a celebrar el cumpleaños de uno de nuestros integrantes.

En el grupo habíamos apodado a Vicente Chiriboga como “El Chiri”. Se quedó con ese mote, ya nadie lo llamaba por su nombre. El Chiri era un tipo alto, poco agraciado, dientes amarillos y picados. Parecía poco amigo de la limpieza personal. Cuando se levantaba del asiento dejaba una estela de olor a poto a su paso. Tenía dos hijos y una esposa quien inexplicablemente lo celaba y que con esos actos se convertía, tal vez inconscientemente, en firme defensora del dicho “el amor es ciego”. Sin embargo, si algo hay que reconocer es que El Chiri tenía muy buena labia, de hablar pulcro que contrastaba enormemente con su apariencia física y con un nivel de cultura general muy por encima del promedio. Jugaba muy bien el deporte ciencia y en más de una vez me atreví a retarlo con resultados poco alentadores. A pesar de percibir una remuneración por encima del promedio siempre andaba a las justas, con sólo su pasaje de regreso. Más de una vez le presté un sol para que pueda regresar a casa. Algunas veces traía los pantalones remendados o el cuello de la camisa gastado con algunas hilachas saliendo. Cuando se sentaba cruzaba las piernas y exhibía sus pies jactándose de calzar 45, ¿y si te cortas las uñas? le respondía siempre. Porque más que fijo dentro de esos zapatos se escondían algunos dedos hediondos con uñas amarillentas larguísimas como garras de una arpía.

Si hay algo que me sorprendía, es que este tipo por lo general no almorzaba. Su refrigerio consistía en 2 paquetes de galletas dulces y una gaseosa, y si alguna vez lo vi comer un plato de comida, siempre fue una carne frita, hamburguesa o cualquier otra comida chatarra. Quizás esa alimentación basada en frituras y comidas llenas de grasas saturadas le afectaba el buen funcionamiento de su estómago pues solía ser frecuente visitante de los servicios higiénicos, y como lo mencioné inicialmente era poco amigo de la limpieza personal. Siempre que su sistema digestivo le urgía una evacuación, me decía “voy a pasar un fax”, agarraba unas cuantas normas legales que apilaba en su oficina, las ponía bajo el brazo y acto seguido se dirigía a liberar los intestinos. Literalmente nuestro abogado defensor se cagaba en las leyes.

No sé de cuando, pero uno de esos días empezó a correrse el rumor en la oficina que su esposa del Chiri, no quería tener relaciones sexuales con él, por lo que El Chiri había optado por dar rienda suelta a sus pasiones con una papaya. Esto resultó gracioso e inverosímil y se tejió una serie de historias alrededor de ello, como que su esposa en las noches apagaba la luz, se ponía una papaya con un orificio entre las piernas y le engañaba al Chiri que estaba teniendo relaciones sexuales con ella, incluso por ahí, alguien más agregó que el Chiri, todas las mañanas tomaba de desayuno jugo de papaya.

Pero el Chiri era mi amigo, era muy entretenido conversar con él, sobretodo hacer una especie de competencia de cultura general. Nos divertíamos tratando de responder las preguntas del fenecido programa “Quien quiere ser millonario”.

Las cosas cambiaron cuando el Chiri conoció en una reunión de trabajadores Municipales a una mujer alta de provincia. El quedó impactado, como cuando una bala entra directo al corazón, al purito músculo sin rozar ninguna costilla y ella le dió cabida porque él solía decir que era el Asesor Legal de la Municipalidad. El Chiri perdió la cabeza, muchas veces salía del trabajo temprano, abordaba el primer avión a Trujillo sólo para estar con ella un par de horas y regresaba el mismo día a Lima en el vuelo de la noche. Abandonó mujer e hijos y dejó su casa. Ella vino de provincia para casarse con el Asesor Legal. Ya después, cuando era muy tarde, ella descubriría que él solo era un abogducho más de la Municipalidad.

La última vez que lo vi, lo encontré casi igual que la primera vez, los pantalones remendados, el cuello de la camisa gastado con hilachas que salían. Su primera esposa le había hecho juicio y le quitaba el 60% de su remuneración. Al final de la conversación, me pidió un sol para regresar a casa.

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