Wednesday, September 28, 2011

La Muerte de la Abuela



Mi abuela se fue en octubre de 2006. Había vivido casi 91 años. Siempre estuvo sana, sin embargo tuvo una caída, la llevaron a la clínica y le detectaron cáncer. Pasó una semana y falleció. Así de rápido. Yo sólo pienso que no murió de cáncer. Murió porque ya había vivido lo suficiente y había hecho tanto por nosotros y por esta vida que se cansó y decidió partir, directo y sin escalas allá arriba, sin duda. El cáncer sólo fue un pretexto para irse.


A veces hay héroes anónimos en esta vida que merecieran estar en algún libro. Mi abuela tuvo siete hijos. Se quedó viuda muy joven con 5 hijos y por si fuera poco crió 3 sobrinos, hijos de un hermano fallecido y 3 ahijados. Luego tuvo 2 hijos más. A veces me pregunto como hizo? Viuda, 5 hijos, 3 sobrinos y 3 ahijados. Cómo hizo para criar a todos, educarlos y darles de comer?. Mi abuela solo cosía, no tenía ni siquiera luz eléctrica y se amanecía trabajando. Me rompo la cabeza pensando y creo que yo ni siquiera tendría los pantalones suficientes para aceptar criar un solo hijo ajeno.


Tuve la suerte de vivir con ella. De vivir en su casa. Desde que nací hasta los 16 años en que me mandaron derechito a Lima a seguir estudiando. Fue como una madre más para todos los nietos. Aún recuerdo sus cumpleaños que eran motivo para reunir a toda la familia, todos sus nietos y bailar con ella, obligatoriamente, al ritmo de vals de algún long play ejecutado por la vieja radiola “Emerson” que hasta hoy se aferra a vivir en la sala de su casa.


Aún recuerdo cuando con mi hermano solíamos comernos la fruta que ella guardaba para mi abuelo. Mi abuela por supuesto que se daba cuenta que le faltaban algunas manzanas pero nunca nos decía nada y mi hermano y yo creíamos que habíamos cometido el robo perfecto. Recuerdo como si fuera ayer cuando nos comimos con mi hermano una fuente enorme de gelatina que mi abuela había preparado para todos, pero nosotros cual Shaggy y Sccoby devoramos todo y para colmo regresamos la fuente a la refrigeradora. Cuando mi abuela fue a servir a toda la familia no encontró siquiera un trocito. Raspó algunas líneas rojas pegadas a la fuente y alcanzó apenas para un vasito para mi abuelo. Se molestó, pero a los pocos días nuevamente estaba preparando su gelatina o comprando sus frutas e invitándonos sin ningún rencor.


Algunas tardes me gustaba sentarme a conversar con ella y revisar los álbumes de fotos antiquísimas, muchas en blanco y negro y escuchar contarme la historia de la familia, de cada extraño que aparecía en las fotos.


Recuerdo todas esas cosas mientras me levanto en la mañana. No se porqué pero la noticia pareciera como si no me hubiera afectado. Alisto mi ropa y me dirijo al trabajo para pedir permiso para el día siguiente. Saliendo partiré a Pisco para su velorio y el día de mañana su entierro. Necesito el permiso para estar con mi abuela. Casi todo el día me la he pasado tratando de resolver los pendientes que tengo. No quiero dejar nada incompleto para mañana ni que me estén llamando del trabajo. Y me sorprendo porque estoy tranquilo, leyendo los correos de casi todos mis primos coordinando como vamos a viajar. Los que tienen carro y los que no tienen. Casi todos van a partir temprano. Yo respondo que no puedo. Tengo que terminar el trabajo y recién partiré saliendo. No quiero pedir permiso dos días. Aunque me duele un poco saber que mi abuela cuando yo era un niño hubiera dejado cualquier cosa por estar conmigo, por atenderme.

Así que no me queda otra me iré solo en el Soyuz. Termino lo que tengo pendiente, converso con mi jefe inmediato, que también es mi amigo y me ve tan tranquilo y sereno que me dice “ya pues dime la verdad, donde te vas… seguro a trampear y me estás floreando”. Sólo sonrío y le digo que es verdad que al otro día no podré estar en el trabajo.


Salgo raudo y me subo al primer ómnibus que encuentro. Estaba cansado. De inmediato recuerdo que estuvo viviendo en Lima tantos años y yo pocas veces las fui a ver. Siempre hubo pretextos. Estaba muy lejos. Al centro de Lima se me hacía pesado ir. Mucho tráfico. Enciendo mi MP3 y mi mente se cansó de buscar alguna justificación y me quedo dormido.


Prácticamente casi todo el viaje estuve durmiendo. Cuando llego al velorio ya estaban todos mis primos y pienso lo irónica que es la vida. Si antes el cumpleaños de la abuela era un excelente motivo para encontrarnos todos, hoy era su muerte.


Saludo a todos, entro y me acerco al féretro y sólo puedo verla por unos segundos. No era su rostro. Y me sorprendo verme tan fuerte. Mi padre me llama y me presenta tías, tías abuelas, ahijadas de mi abuela que no conozco. Todas que me ven dicen que me parezco increíblemente a mi abuelo. El padre de mi padre y que muriera sin conocerlo. Todas dicen que me parezco y me saludan. Aunque ya se que la próxima vez que las encuentre no me reconocerán, hasta que le cuenten otra vez la misma historia.


Voy donde mis primos que están afuera con una botella de Pisco y conversamos de todo. De nuestra niñez. Nos acordamos de todo lo que pasamos con la abuela. La recordamos alegre, como ella, estoy seguro, quiere que la recuerden. De sus cumpleaños y de los bailes obligatorios a su lado. Y nos acordamos cuando nos comíamos su fruta, su gelatina o cuando la hacíamos llenar todo el crucigrama con cualquier palabra que se nos ocurriera. Nos acordamos cuando mi abuela venía a Lima y compraba colonias por docenas para regalarnos a cada uno de nosotros conforme vayan llegando los cumpleaños. Así, cuando veíamos el regalo del primer cumpleañero, en enero, ya sabíamos que íbamos a recibir cuando llegue el nuestro. La recordamos alegre y nos reímos tanto que alguien tiene que salir y pedir que nos callemos.

Sin pensar, el cielo había empezado a clarear. Cada quien fue a descansar un rato y a las 10:00 nos volvimos a encontrar. La llevamos en esa carroza grisácea hasta el cementerio de Pisco. No hubo mucha gente. Sólo los más cercanos. Un pequeño discurso de un cura a la entrada del cementerio y luego la llevamos hasta ese agujero en la tierra, previamente preparado. Bajaron el ataúd y recién me cayeron lágrimas que no pude contener. Me cayeron tantas que un señor a quien no conozco me dio una palmada en la espalda y me dijo “hay que ser fuerte”. Yo que me había sorprendido todo este tiempo desde que recibí la noticia, ya no pude más y lloré. Lloré a borbotones. Quizás recién comprendí todo lo que había perdido.

Adiós Reynita



Hola Reynita, espero que te encuentres muy bien desde ese fatídico día de junio de 1995 que aún tengo grabado en mi corazón. Ese día cuando me dijiste que te habías cansado de llevar una vida a mi lado, que no tenía ningún sentido y que jamás tendría un final de cuento de hadas.

Sé que lees este blog, por eso te escribo ahora. Prometo que este es el último post en el que te menciono. Es lo último que escribo sobre ti. Discúlpame si violé algunas confidencias o si recién digo las cosas que sentí y no las mencioné en su momento. Necesitaba escribirlas para superar esa etapa de mi vida. Muchas veces necesito reírme de mis penas y depresiones, es una forma, tal vez absurda, poco ortodoxa, artesanal, de superarlas. Habría que preguntar a algún especialista si tiene algún asidero científico, pero créeme que después de contarlas, de reírme de mi mismo (y de que algunos se rían de mi), me siento mejor, como liberado, como si le quitaran una alforja a este burro cargado de penas.

Te escribo ahora porque tú lo sabes. Porque tu mejor amiga, que nunca fue mi amiga, empezó a llamarme en estos días para volver a salir. Si ella nunca me llamó en los dos años y medio que estuvimos juntos por qué ahora tendría que hacerlo. Sé también que trabajan juntas en una conocida empresa de telecomunicaciones como teleoperadoras, atendiendo a los clientes. Y es que tú siempre fuiste buena en eso. Sabías tratar muy bien a las personas. Tenías o tienes esa magia para hacer que la gente que viene molesta con ganas de tirar algún producto por la cabeza del vendedor cambie totalmente de opinión y se vaya feliz a su casa y encima, con otros productos más a cuestas. Es que bastaba con solo mirar a tus ojos color “Caramelo Monterrico” para apaciguarse, para sentir esa tranquilidad como paz después de la tormenta. Bastaba tu sonrisa y tu coquetería para que cualquier viejo cascarrabias te crea a rajatabla que lo que había comprado era lo mejor del mundo.

Sabes Reynita que yo te recuerdo con mucho cariño. Como a nadie. Pero también sabes, como siempre lo hablamos, que yo, al menos yo, no puedo ser amigo de las mujeres que he amado. Alguna vez he tratado pero no he podido. Te prometo buscar ayuda con algún especialista para que me dé una explicación y cuando lo supere, solo si alguna vez lo hago, prometo llamarte para tomar un café en el Laritza, como amigos, y al final despedirnos como quien se despide de un familiar, sin ninguna sensación adicional más que la despedida de un buen amigo. En cambio tú, a pesar de tener mi mismo signo zodiacal, eras totalmente diferente y a mi me sorprendía como podías responder, hablar y llevarte tan bien con aquellos hombres que marcaron tu vida. Sabías que yo moría de celos cuando recibías llamadas de aquel tipo, que ya no vive en el país, sólo para contarte lo que estaba haciendo por Estados Unidos o cuando tenías que verte con el padre de tus hijos para coordinar algunas cuentas del colegio o de la alimentación que te tenía pendiente.

Es que tú y yo, como te repito, a pesar de estar marcados por el mismo signo zodiacal, somos tan diferentes. A ti te gustaba bailar más que un trompo. A mi no. Nunca te gustó el estudio. A mi si. Tú eras tan alegre, tan coqueta, te tomabas las cosas a la ligera y superabas cualquier desavenencia con una facilidad única. Yo por mi parte me pensaba las cosas mil veces y me costaba (o me cuesta) mucho superar las tristezas. Tú veías las cosas tan superficialmente, mientras que a mi me gustaba analizarlas, buscar su origen y darles una explicación.

Nunca te vi celosa, al menos nunca lo noté, en cambio yo moría de celos cuando te veía sonreír a cualquier extraño, aunque tú me dijeras que no lo hacías.

Es que tú siempre llevabas una sonrisa en los labios. La coquetería se desbordaba por cada poro de tu cuerpo y creo que en el fondo, aunque siempre lo negaste, te gustaba verme sufrir, rabiar y morir de celos.

Ahora que ya aceptamos que somos tan diferentes, pienso que nunca debimos tomar en serio esa relación. Tu vivías el momento. Te gustaba ser feliz cada día. No querías sacrificar uno solo para tener más mañana. Al menos es la sensación que me dejaste. En cambio yo me hacía un mundo de problemas imaginando nuestras vidas juntas y si podría sobrevivir a tu forma de ser y no naufragar en el intento. No sé si hubiera podido soportar verte conversar tan alegremente con tus ex enamorados o con tu ex esposo. Tuve miedo apostar todas mis fichas a tu número. De jugarme todas mis acciones por algo que no tenía siquiera un “estudio de mercado” un “análisis de sensibilidad”, un “VAN”, un “TIR”, un “costo beneficio”. Por eso no quise dejar a mi enamorada tan correcta y pensante como yo. Tan plomiza y predecible. Tan estudiosa, que sabía lo que quería y tenía trazado su plan de vida. No quise arriesgar y no tuve el valor de dejarla para jugarme, como dicen los periodistas deportivos, el todo por el todo, contigo.

Ella tampoco se merecía esto. Ni tú ni ella. Al final lo que empezó como un gusto terminó complicándose y terminé haciendo daño a todos los que quería y amaba.
Tengo que confesarte también que estuviste a punto de hacerme dejar todo. A mi enamorada, mi trabajo y mi familia para emprender ese viaje que soñamos alguna vez fuera del país y empezar de cero en algún lugar extraño. Estuviste a punto, solo era cuestión de tiempo, tal vez de uno o dos meses. Pero tú no quisiste darme un día más, tal vez porque ya te habías cansado de llevar esa vida de sobresaltos. O tal vez porque simplemente habías encontrado a alguien que realmente te aceptara como eres y estabas cumpliendo lo que siempre te pedí “por favor nunca me engañes, si algún día conoces a alguien que te guste y quieras estar con él, no me engañes, termina conmigo primero y luego te vas”. Porque así el dolor duele menos, y si no duele menos, duele diferente. Tú sabes que siempre abrigué ese deseo que encuentres a alguien que realmente fuera feliz contigo, que realmente te convenga y te acepte como eres. Y no porque no te ame, sino por todo lo contrario. Estaba dispuesto a pagar ese precio por tu felicidad.

Por eso ahora, Reynita, ahora que me vuelves a llamar a través de tu amiga, ahora después de recibir un mensaje de texto en el que me saludas y me dices si podemos salir como amigos, no tengo más remedio que negarme con el silencio, porque como dice Saramago, las palabras solo valen lo que vale el silencio del acto y porque sólo el silencio puede decir lo que no se puede decir con palabras. Por eso no quiero responder siquiera un “no” que pudiera desatar una serie interminable de envíos y entradas de mensajes de textos, como antaño, que nos enviábamos un mensaje tras otro y hasta nos peleábamos a punta de mensajes de texto, sin siquiera pronunciar una sola palabra. Ya no quiero eso, no quiero soltar una chispa que pudiera desatar una nueva explosión en mi corazón.

Además para qué me quisieras ver. No creas que ha sido fácil para mi guardar este silencio. Muchas veces he tenido tu número digitado en mi celular, listo para apretar el “send” y llamarte y hablar contigo. O me he contenido las ganas de echar una monedita de un sol a cualquier teléfono público y llamarte y guardar silencio absoluto, solo para escuchar tu voz y para imaginar enfermizamente en que lugar estás y que estás haciendo, sí, así como lo hacía hace años cada vez que peleábamos.
Y si nos encontramos para conversar como amigos, como dices, y me cuentas que tienes una persona que sale contigo, un nuevo hombre al que amas, o en el peor de los casos que volviste con tu esposo, no sé como me sentiría. Suena estúpido, pero créeme que realmente no sé siquiera como lo tomaría.

Por eso hoy escribí este post, porque sé que me lees y debo confesar que muchas veces he esperado con alguna esperanza loca encontrar algún comentario tuyo, pero sé que no ha sido así, porque te conozco y sé hasta la forma como escribes.
Discúlpame una vez más por todo lo que digo acá y por no tener el valor de sentarme frente a ti, mirarte a los ojos y decirte de frente todo lo que alguna vez callé y si alguna vez no lo dije, ni lo mencioné siquiera, te pido perdón por todo el daño causado y por todo el tiempo perdido a mi lado.

Una cosa más, no lo tomes a mal, pero no me llames más… por favor.

Monday, September 26, 2011

La Llamada



Había salido un par de veces con Miluska al culminar las clases de Inglés. Una vez nos habíamos quedado en la cafetería del instituto tomando un café y un sándwich y nos habíamos reído como nunca. La química estaba funcionando muy bien. La segunda vez me dijo para ir al cine. Hay una película de terror buenísima me dijo. Y aunque no me gustan para nada las películas de terror accedí a ir sólo para complacerla y para estar más tiempo con ella. Al terminar ella salió feliz comentando todos los chorros de sangre y las tripas que habían salido volando y yo conteniéndome las ganas de decirle que después de ver esa película nunca más iba a comer Ketchup y que me había quitado todas las ganas de comer mi canchita extra grande.

Todo iba bien, hasta el sábado siguiente que el instituto había organizado una fiesta para todos los alumnos. La llamé el día anterior, como siempre como quien no quiere la cosa, preguntándole si iba ir. “Claro!” Me dijo entusiasmada, “Ahí nos vemos”, agregó. Así que yo, esperaba ansioso el sábado. Es más un día antes me paré frente al espejo y ensayé un par de discursos baratos sacados de internet, lógicamente con mis aportes. Así repetía una y otra vez frente a mi imagen “Miluskita, desde que te conocí me gustaste mucho, eres lo que siempre he esperado, eres lo que más he anhelado, aún sin conocerte yo ya te amaba, eres mi amiga que ocupa un espacio en mi mente en mi alma y en mi corazón, este sentimiento es puro y verdadero” y luego le estampaba un beso al espejo frío. Así ensayé varias veces y por consiguiente tuve que limpiar también varias veces las babas en el espejo, hasta que llegó el día tan esperado.

Aquel día me alisté con tiempo, me puse mi mejor camisa, mi perfume con feromonas y con los secretos de las Huaringas y salí disparado a la fiesta. Cuando llegué. Saludé a algunos amigos y la busqué con la mirada. Allí estaba Miluskita, conversando con un tipo. Me acerqué, le toqué el hombro. “Hooolaaaa!” Me dijo entusiasmada. “Como estás” le dije. “Te presento a mi enamorado!” Me dijo ella… y el mundo se me derrumbó. Todo se derrumbó dentro de mi, dentro de mi y la quijada se me fue hasta el piso como el coyote cuando el correcaminos pasaba a su lado a cien por hora. “Hola que gusto”, dije titubeando y después de un par de palabras más, como haciéndome el loco, como si alguien me llamara, me fui desviando hacia otro lado.

Así que resignado a mi suerte no me quedó que conversar por ahí con uno u otro, como perro callejero buscando que alguien me acepte en su grupo. Y de pura decepción empecé a aplicarme grandes dosis de cerveza, que gracias a Dios, eran gratis.

Pero después, nunca faltan los amigos pileros, los que quieren ver a bailar a todo el mundo. Jacky quien se había atribuido funciones de organizadora, de promotora de la hora loca, nos juntó a todos los del salón y nos hacía bailar y me jalaba como si me hiciera un favor metiéndome a la ronda. Y todos bailaban felices y yo estaba sólo como un apestado, un lumpen haciendo relucir mi sonrisa como si nada pasara. Luego apagaron la música, nos sentaron a todos en una mesa para degustar la comida y para coronar mi mala suerte me sentaron al lado de Miluska “ven siéntate aquí” me dijo el teacher “ustedes que nunca se despegan en clase” agregó. Así que a un lado estaba el sujeto ese que me había atrasado y al otro lado estaba yo mostrando mi sonrisa como quien no le importara en lo absoluto. Miluskita se repartía para hablar con él y de vez en cuando conmigo. Estaba haciendo el papel del idiota, del desadaptado social, así que, sacando moral, sacando fuerzas de flaqueza incentivado por el alcohol que corría por mis venas y haciendo de tripas corazón, me la quise pintar que no era un fracasado en las lides del amor. Al contrario que era un experto, que tenía cientos de chicas que se turnaban para salir conmigo y me desparramé en la silla y me conté un par de chistecitos en la mesa mientras llegaban los platos de la cena.

Todos se rieron y levanté más la moral. Ya era cerca de la una de la mañana y no se me ocurrió mejor idea que si recibía la llamada de alguna fémina a esa hora coronaría mi actuación de galán asediado. Así que caleta nomás saqué mi celular del bolsillo y busqué el nombre de Sarita. Ella no me fallaría y más que seguro a esa hora estaría también disfrutando de alguna juerga por ahí. Timbré unas 5 veces y colgué. Puse mi celular sobre la mesa, es más lo empujé mas pegadito a Miluska todavía. Después de un minuto empezó a sonar mi teléfono. Esperé que la melodía llamara la atención de Miluskita y de las otras compañeras y lo levanté de la mesa, miré la pantalla y dije “Sara”, sonreí y respondí. “Aló”, le dije. Al otro lado de la línea. “Me llamaste?. “Hola que tal que es de tu vida, que milagro”, respondí. “Oe que tienes?, me has despertado” me dijo Sarita, “para eso me llamas?” agregó. Y yo respondiendo cualquier cosa.” Yo aquí en una fiesta del instituto le dije mientras me echaba en la silla y jugaba con el tenedor”. “Carajo” me dijo Sarita, “estas borracho que tienes? para eso me llamas?” y me colgó. Lógicamente nadie escuchaba lo que decía Sarita así que yo seguí floreando para que me escuchen. “Noooo, hoy no puedo, te digo que estoy en una fiesta del instituto” le hablaba al celular. Dejaba un silencio y luego nuevamente. “Ya ok, si me animo yo te llamo”, dije en voz alta nuevamente. Un “Chau chau” y colgué. Sonreí nuevamente haciendo “no” con la cabeza y me uní a la conversación otra vez.

Así que después de contar otro chistecito más y batir a uno de mis amigos de la clase, era hora de aplicar nuevamente lo mismo, esta vez, con Claudita. Ella fijo, que en estos momentos también estaría en alguna fiesta de una amiga. Así que nuevamente caleta bajé el celular, busqué Claudia y le di “send” esperé que timbrara unas cuantas veces, corté y lo puse nuevamente sobre la mesa.

A los pocos minutos, nuevamente la melodía mi celular, así que otra vez a repetir el plan. Miluskita que mira mi celular moviéndose con el vibrador, que me mira a mi, y yo que pienso “listo” a seguir con el plan. Levanto el celular, le doy al botón responder y digo “aló”. Al otro lado de la línea me responde una voz de jalador del jirón de la unión, de llenador de combi “Dime Eduardo, me llamaste?”. Cuando miro nuevamente la pantalla decía “Claudio Vera”, que era mi jefe inmediato, un ingeniero con el que me habían asignado a trabajar y a quien yo reportaba a diario sobre mis labores cuando salía de viaje a provincia. Me desinflé totalmente, quise apretar el botón rojo y cortar pero todos los de la mesa tenían sus miradas sobre mi. Así que con mi voz de niño vendedor de caramelos dije, “Si, ingeniero, para decirle que ya le envié el informe a su correo. Llegué ayer ingeniero, levanté la información y todo correcto ingeniero, sin ninguna novedad”. “Ya ok” me dijo con voz somnolienta “hablamos en la oficina” agregó y me colgó. Nunca en mi vida me había reportado a la una de la mañana y encima ebrio y con risas en el fondo.

Después de eso me apagué por completo y toda mi actuación de galán asediado se fue al tacho.
- Que pasó Eduardito – me dijo Miluskita – quien te llamó que te cambió la cara-
- jejejeje sonreí- y titubeé sin saber que decir.
- ya sé- me dijo – seguro que tu ex –
Me sentí como un moribundo a quien le ponen respiración artificial.
- Que comes que adivinas- alcancé a decir
- Ay hombres- dijo ella y siguió hablando con su enamorado.

Hasta el hambre se me quitó, me quedé un rato más, apenas revolví la comida y me retiré derrotado. Menos mal que el lunes tenía que viajar nuevamente y no tendría que verle la cara al ingeniero por lo menos una semana más.

Al otro día temprano, antes de salir de viaje, me puse a limpiar el espejo que estaba lleno de babas.

Friday, September 23, 2011

Lunes de Miércoles



Hoy lunes, apareció en mi Outlook un aviso “cita con la nutricionista”, hora, de 09:00 a 09:15. Faltaba pocos minutos, así que de inmediato me dirigí al baño, me di una lavada de cara y fui al consultorio. No era la primera vez que venía la nutricionista ya en 3 oportunidades anteriores me había hecho un control, me había pesado, habíamos conversado un poco sobre las dietas, las calorías, las grasas, las proteínas y un poco de nosotros.

Esta vez subí al consultorio, me reconoció. Así que nos saludamos con besito, le pregunté que había hecho el fin de semana largo. Me contó que había estado en su casa descansando y que no había hecho nada fuera de lo común. Mientras hablaba jugaba con el lapicero. Miré sus manos, sus uñas se encontraban bien cuidadas con un dibujo de una flor blanca con centro celeste, preciosas. De inmediato la imaginé cantándome “que te aruño papi que te aruño”. Yo por mi parte le solté el rollo de mi viaje a Paracas, Chincha e Ica. Después de esa breve conversación y de un intercambio de sonrisitas, me pidió subir a la balanza para controlar mi peso. Gustoso acepté, me quité los zapatos y me subí de inmediato a la balanza digital. Mientras estaba todo orondo sobre la balanza lanzándole unas sonrisitas a la nutricionista, me incliné y ví mi dedo gordo del pié asomar curioso, sin vergüenza por un agujero… “Pero qué carajo!, juro que cuando salí de casa ese agujero no se encontraba allí”. Traté de disimular recogiendo mi pié, pero ya era demasiado tarde, la nutricionista había echado el ojo sobre el numerador de la balanza y obligada había visto aquel prisionero queriendo salir del calcetín. Me puse, rojo, amarillo, verde y morado. Yo que si bien no soy un modelito ni un metrosexual que anda siempre bien vestido y a la moda, me puedo jactar que mi madre, costurera ella, nos acostumbró a andar siempre limpios, sin huecos en las medias o calzoncillos, remendados podría ser, pero con huecos jamás!.

Cuando salí del trabajo, subí a esa combi destartalada, combi Peruana del Perú, perdonen la tristeza. El asiento parecía tener molida la espuma, me hundía en el asiento y sentía claramente los fierros marcarse a fuego en mi trasero, como caballo. Y del respaldar ni hablar. No podía apoyarme porque se iba para atrás, por un momento pensé que habían implementado el servicio de combi-cama 180º, pero como vi que estaba prácticamente echado sobre las piernas de un sujeto con cara de pocos amigos, me dije “piensa rápido varón” y de inmediato decidí mudarme al único asiento libre, el que estaba detrás del chofer. Allí me ubiqué y de alguna manera estaría más tranquilo porque no habría gente a mi lado de pie que me esté molestando o empujando. Pero error!!!, en cada giro que hacía el conductor, cada vuelta de timón, cuando agitaba los brazos despedía un olor hediondo que salía de sus “hot wings”. Por si fuera poco se atrevía a reclamar y pelearse con otros choferes agitando los brazos. No me quedó otra que abrir la ventana de par en par. Todo la Javier Prado me la pasé prácticamente con media cabeza fuera de la combi. Qué seguridad ni que ocho cuartos mi nariz sufría y tenía que hacer algo.

“Pasaje, Pasaje” gritó el cobrador. Le dí un sol veinte y me dijo, “Falta!, un sol cincuenta hasta la avenida la molina” y yo que ya estaba con cólera le digo “Que un sol cincuenta siempre pago un sol veinte”, “un sol cincuenta señor”, “ ya ok” le dije, “entonces me bajo en el jockey plaza”. Se quedó tranquilo y se fue. Y pensé, “total me da igual bajarme en la avenida la molina o el jockey plaza, igual de ahí tengo que tomar otra combi peruana en el Perú… perdonen la viveza”.

Me bajé en el jockey y me encontré con una turba de adolescentes fanáticos, hinchas de universitario. Me lamenté haberme bajado, hubiera pagado el sol cincuenta y me hubiera evitado este nuevo problema. Y pensé “Carajo no sabía que hoy jugaba la U en el monumental”. Odio el fútbol y lo odié más en ese momento.

De pié allí en el paradero, rodeado por esos vándalos, decidí hacerme el loco, como quien no le molestaba la hinchada. Un grupo entonaba sus cánticos a la U y me miraban de vez en cuando con cara de pitbull rabiosos. Por si fuera poco el terno que vestía ese día era azul, así que cuando estaban cantando y me miraban yo también movía la boca, como si me supiera el himno y fingía también ser un hincha más de la U que venía del trabajo.

Y las combis que no venían y estos que tampoco se movían y yo como un tarado moviendo la boca fingiendo saberme todas las canciones de la U al pie de letra y todavía movía la cabeza al ritmo del cántico para que me crean que era un hincha real y que el terno azul había sido una mera coincidencia. Se me acercó un chibolo con pinta de “reggaetonero blin blin” y me dice “tío creo que tú eres azul”. Y yo me sonreí nerviosamente y le hice un gesto con la mano “soy más hincha que tú sobrino”, le dije así “medio achorado”. Al instante aparece su “partner” y dice “el tío es crema chato, ha estado cantando con nosotros”. Y yo nuevamente le sonreí “viste sobrino, yo soy más hincha que tú, yo he visto jugar a lolo a chumpitaz, a Leguía, al nene!”. Cuando terminé de soltar la última frase los dos chibolos reggaetoneros voltearon al unísono “cual nene tío” y yo que pensaba “eso te pasa por bocón”, y agregué de inmediato “al nene pues, cuando Chumpitaz lo ajustaba en una cuando quería pasar al área”, los dos me miraron y les dije “naaada ustedes no saben cómo ha sido el capitán américa”. Y los dos que me volvieron a mirar “el capitán de América tío, de américa”. “claro pues de américa” les dije fingiendo saber mucho de la historia de universitario.

Los dos se alejaron y por fin pude soltar el aire contenido. Así que decidí no quedarme un segundo más. La primera combi que pasó estaba repleta pero igual corrí atrás y me subí como sea. A mi que no me gusta subir parado en combis pequeñas, tuve que hacerlo, para salvar mi vida.

Así terminó este lunes de miércoles, empecé mal y terminé mal, sobre esta combi enana, peruana del Perú, doblando la cabeza.

Monday, September 19, 2011

El Peor de Todos




Siempre quise tener la habilidad de escribir poemas. Admiro a las personas que pueden expresar en unas cuantas líneas las emociones más intensas. Yo para expresar algo me lanzo una perorata escrita, por demás aburrida y tediosa y al final ni yo termino por entenderlo.

Y afirmo que no tengo la habilidad para escribir poemas porque ya lo he intentado en más de una ocasión. Es más cuando aún cursaba la secundaria, aprovechando de la inocencia de ciertos amigos, solía embaucarlos con algunos poemas, dizque de mi inspiración, que no eran más que la suma de frases que iba sacando de algunas canciones de “Air Supply”, de “Chicago” o de “Bon Jovi”.

En una ocasión, en el curso de Literatura, el profesor ofreció subir 2 puntos en el promedio final quien participara y ganara el concurso de poemas para el colegio. Como yo tenía la reputación de ser un buen estudiante y siempre me ubiqué en los primeros puestos (ejem!), más la poca fama que me había ganado con mis poemas armados mismo “Frankenstein”, mis amigos me lanzaron al ruedo y le informaron al profesor que el suscrito tenía la habilidad innata de escribir “poemas”. Por tal razón, el profesor me encargó ser el representante del aula, elaborar un poema de mi inspiración para el colegio y participar en el cotizado concurso.

Vaya problema en el que había metido. Todas las noches me las pasaba buscando algunas frases que suenen bonito, que encajen perfectamente, que se complementen, que formen el famoso ABBA, pero la verdad no me nacía nada. Total! Si era un embustero para escribir a una fémina que podía despertar algún sentimiento o deseo en mi, peor aún que podría escribir al colegio que no me inspiraba absolutamente nada. Y no es que no quiera a mi colegio pero déjenme decirle que estudié en un colegio nacional de varones, el “José de San Martín”, donde cada recreo tenías que salir con tu mochila y tus útiles sino querías perderlos. En las clases te la pasabas con la mochila colgada adelante para que nadie te saque, te escriba, te pinte o te deje algún “regalito”. Donde cada día había que agradecerle a Dios llegar completo o llegar vivo a tu casa.

Bueno, después de tanto cavilar, y ya faltando un día para la entrega del trabajo, y al no tener nada, le pedí un consejo a mi hermano mayor, quien me dijo, cual experto, que lo mejor de los poemas era sólo poner lo que uno vive el día a día pero con palabras bonitas. Así que desesperado por entregar el trabajo al profesor, decidí escribir lo que salga, y lo único que me nació fueron unas palabras ridículas como las que transcribo a continuación:

Querido Colegio José de San Martín
Orgullo de nuestro Perú
Bajo corriendo del autobús
Al escuchar las campanas tilín tilín.

Con esa catastrófica estrofa que daba inicio a mi poema, el profesor no le quedó otra que sacar mi participación del concurso. Y lo peor de todo es que desde esa fecha mi fama de “escritor” se vino abajo y mis pocos poemas que había armado ya no tuvieron algún comprador. Y más nadie me cambió su “pan con atún” o su “pan con papas con huacatay” por uno de mis poemas. Traté de explicar que el colegio no me inspiraba, que mis musas sólo eran dignas representantes del género femenino pero sólo obtuve como respuesta un “ándate a la mierda”.

Así que, ahora ya más tranquilo, he pensado que uno puede destacar por dos cosas o “ser el mejor o “ser el peor”. ¿Cómo Susy Díaz impuso sus temas “la rechazada” o la “trompeta” en el competitivo mundo del a música?. ¿Cómo la Tigresa del Oriente, Delfín hasta el Fin y Wendy Sulca, son estrellas del youtube con más de 6 millones de visitas?.

Por tal motivo, he decidido que si no soy el mejor, seré el peor de los poetas. Si tengo que destacar, escogeré el segundo de los caminos. Así que aquí les va mi primera entrega, espero le pongan “el dedo abajo” o si existiera el botón “no me gusta” igual lo presionen.

"Buscando a una Ex-Enamorada"
Por: Eduardo Rodríguez

Después de tanto tiempo de estar lejos
Decidí buscarte como buen pen… sante
Fuiste mía hace años, un mes de “november”
Y hoy me dieron ganas de un “remember”

Te busqué preguntando con amigos y familiares
Te busqué por aquí, por allá y por todos lares
Te busqué en Lima, en Pisco y en todo el Perú
En el “feiusbuk”, el “jai faiv” y en el “cholotube”.

Después de esta larga búsqueda a muerte
Te encontré en el “feisbuk” de pura suerte
Tenías poca información y ni una foto
Pero igual te escribí pensando en tu po…rte

Me inspiré para enviarte un mensajito privado
Te pedí tu número y te dije “te he extrañado”,
“Me alegra verte y me renacen nuevas emociones”
Dije tratando de esconder mis oscuras intenciones

Caíste en mi red y respondiste casi de inmediato
Me dije para mi mismo “ya la hiciste compadrito”
Ahora tengo tu número de celular y todos tus datos
Así que te propuse una cita, rapidito

“Te veo en magdalena vieja” me dijiste
Y si quieres brindamos con un pisco
Me alegré yo (y se alegró Francisco)
Y me dije “Ahora sí ya la hiciste”

Llegué temprano, poco antes de la hora
Tardabas, no llegabas, me ponía ansioso
Me acordé de tu cuerpo y tus ojos hermosos
Del pollito tomando agua y de la silla voladora

Pasaron veinte minutos y apareciste
Tremenda decepción que me diste
(Habrás dicho lo mismo cuando me viste?)
No eres ni la sombra de lo que fuiste

Que fue de tu silueta preciosa y formada
Ahora es una masa toda descuidada
De tu belleza no queda ni una pizca
Hasta juraría que te vi un poco bizca

Que fue de mi amor de escuela
La vida te trató mal supongo
Jálate la blusa que se te sale el mondongo
Y no sonrías tanto que estás “chimuela”

Al final no valió la espera
Tomamos un café y decidí quitarme
Me asustó tus fachas de pepera
Más todavía que quisiste picarme

Me quedé tonto, medio zombi
Te di un billete casi me obligaste
Es más diría yo que me asaltaste
Mejor toma “una china” y vete en combi

Yo que había venido todo eléctrico
Me lo tengo bien merecido
Que me quede bien aprendido
“Eso te pasa por pipiléptico”

Thursday, September 15, 2011

Dicen Que Los Hombres No Deben Llorar




He descubierto que a la gente le gusta sufrir y no sé porque. Es más me atrevería a decir que este rasgo masoquista se encuentra más marcado en las mujeres. Sino fuera así no serían fieles seguidoras de las novelas mexicanas y venezolanas que no son más que una bomba lacrimógena directo a los ojos, donde la protagonista se caracteriza por ser la más gansa de la historia y de haber nacido para sufrir.


Yo por mi parte soy un enemigo de toda aquella historia que me haga llorar, suficiente con la vida misma, por eso siempre que elijo alguna película para ver, es para relajarme. Yo no voy a ver dramas, tragedias o películas de acción donde los muertos vuelan por todos lados, las mutilaciones se desperdigan por toda la pantalla, poco falta para que salpique chorros de sangre a los espectadores. Más que relajarme saldría con los nervios de punta o con una depresión única, buscando que comer cualquier cosa que contenga potasio.


Por eso siempre que voy al cine o me pego con una buena película en el televisor son esas comedias romanticonas, simples donde no hay que hacer mayor esfuerzo que mirar, sonreír y en algunos casos reír a carcajadas.


No me gustan esas películas alternativas, existenciales, profundas y no sé con que otros nombres las llaman donde no entiendo nada o tendría que hacer esfuerzos mentales y abstraerme para poder entender una trama por demás enredada. Para que generarme ese problema más si ya es suficiente con los que tengo en mi vida. Y no me gusta tampoco la gente que se la pega de intelectual, con su barbita de 4 días y sus anteojitos y sale comentando que la película es muy buena cuando en realidad no se entendió nada.


Repito, me basta con todo el trabajo que tengo y con las mujeres que conozco que me acarrean un esfuerzo sobre humano de abstracción para poder entenderlas. A eso no le voy a sumar el irme al cine a tener que cavilar y meditar largamente tratando de entender una película.


Yo voy al cine a relajarme, soy un promiscuo total. Miro lo que sea sin interesarme en lo más mínimo quien la dirigió o quien actuó. Con tal que me entretenga y me haga reír, creo que la película ya cumplió con su objetivo.


Todo esto me lleva allá por el año 1998, cuando conocí a Kathy, Katita le decíamos. Katita era linda, hija de clase media, vivía en Jesús María, era la menor de 3 hermanas, lindísima ella. A pesar de sus 25 años tenía algunos comportamientos de niña que particularmente me gustaban. Su inocencia, su forma de actuar, su forma de sonreír, su rostro sin maquillaje y un montón de etcéteras.


Nos conocimos en un curso de computación que llevaba en un instituto limeño. Casi de inmediato hicimos “clic”. Y “by the way”, no sé porque con algunas chicas casi de inmediato de conocerlas conversamos y no paramos de hablar y siento como si la conociera de años y nos reímos de cada cosa con una confianza única. En cambio con otros a veces es difícil llegar a un grado de confianza mínimo. Definitivamente la química, las feromonas, las dopaminas juegan un papel importante.


Bueno, regresando al tema con Katita hicimos “clic” de arranque, “de arrancancón” como dicen mis amigos. Yo le explicaba algunas cosas de los cursitos de Word y Excel avanzado que llevábamos, porque era media “burruchaga” Katita para las computadoras; pero ahí iba aprendiendo poco a poco. Y, entre tablas dinámicas y macros quedamos en ir un día al cine.


Y yo, conociendo a Katita, pensé en ir a ver algo ligero, una peliculita de amor, de romance, alguna comedia de esas hollywoodenses, fáciles de digerir, donde al final la chica bonita se queda con el “loser”, de forma tal que eso exacerbe su corazón y le entre las ganas de fijarse en este pobre corazón que anda por ahí buscando.


Además siempre había escuchado que el cine era un lugar perfecto para dar ese puntillazo final con una fémina. Últimos asientos, canchita de por medio y un vaso enorme de gaseosa con dos cañitas. Todo preparado para que el destino solo se deje llevar y por esas casualidades de la vida coincidamos en aquel instante de sorber un poco de gaseosa y juntemos nuestras caras. La película sería perfecta, con su fondito de música romántica. Podría ser con un soundtrack de Air supply o de Celine Dion.


Así llegamos al cine, y como todo un caballero dejé que Katita escoja la película. “La vida es Bella” eligió y como yo sé tanto de cine como de estructura de átomos polielectrónicos, pensé “aquí la hago”. El título era sugestivo, “la vida es bella”, deletreaba el título varias veces en mi cabeza. El afiche también me decía algo. Un sujeto escuálido parecido a mi con una chica guapa y un niño. El triángulo perfecto del amor.


Previa canchita en versión gigante y una sola gaseosa extra grande con dos cañitas, entramos a la sala. Todo estaba de maravillas, sobre ruedas. Nos ubicamos en la penúltima fila, colocamos el vaso de gaseosa enorme al centro, nos miramos y sonreímos esperando que inicie la película. Lo demás vendría por añadidura. Ya estaba la canchita, la gaseosa, solo falta la película de amor para que Katita se anime y se predisponga para este torpe corazón que nunca me hace caso.


El hecho es que empezó la película y la trama estaba más lejos de lo que imaginé. Y yo, yo que soy un sentimental de primera y que a estas alturas del blog lo confieso, me atrapé con la historia al ver a este sujeto famélico llamado Guido hacer lo imposible por su hijo Josué y su esposa Dora.


Confieso que toda la bendita película me la pasé tratando de contener las lágrimas y me hacía el loco que tosía, que me picaba el ojo, que me fastidiaban los lentes y trataba de borrar el más mínimo de indicio de alguna lagrimilla que quiera escaparse. Y miraba a Katita de reojo y ella tranquilita comiendo su canchita y sorbiendo algunos tragos de gaseosa de vez en cuando.


Hasta que llegó el final de la película, se acabó la guerra carajo!!! Sale Josué de ese gabinete donde lo había escondido su padre Guido y yo que me desparramaba en el asiento, hacía puño con las nalgas tratando de contener cualquier lágrima y Josué que se sube al tanque y a lo lejos divisa a su mamá Dora. Mamá, mamá!!! Grita el condenado y yo que me ponía de costado, engullía el pop corn tratando simular. Y baja el escuincle corriendo del tanque y se abraza de su madre y todo el mundo se preguntaba Y Guido?. Y yo también, Donde está Guido Carajo!!!… casi lanzo un grito que se iba a oir hasta la otra sala.

Y que se acaba la película y de inmediato encienden las luces y Katita toda tranquilita que se levanta, me mira a la cara y me ampaya con los ojos rojos, hinchados, con una lágrima rodando por mis mejillas… Eso no se le hace a un poeta!!!.

Tuesday, September 13, 2011

Un Beso Inesperado




Era uno de esos días en que había amanecido “bajoneado”. Estaba nublado y no había salido el sol para nada. Era esos días en que tenía mucha pereza y el sueño me ganaba. No quería salir, sólo quería seguir durmiendo cansado y no despertar jamás, mismo Emmanuel. Pero como siempre, como cada sábado, antes de anochecer recibí la llamada de mi amigo Carlos, para tomar unos tragos en la noche. Terminó convenciéndome. Acepté acompañarlos a esas reuniones de fin de semana, las que no era necesario tener un motivo para compartir un trago con los amigos y amigas. Los de siempre.

Quizás uno de los motivos de mi estado de ánimo “bajoneado” tenía un nombre “Carolina”. Debo admitir que me gustaba y todo hacía indicar que yo también le gustaba, el problema es que también parecía que le gustaban los demás amigos del grupo y cuanto amigo nuevo se integrara a la mancha. Sentía que me hacía daño al no saber si realmente quería algo conmigo o no. Y no sé porque me hacía un mundo cavilando situaciones sobre si le gustaba, si me aceptaría, si sólo era una percepción mía, errónea o verdadera y luego construía una vida imaginaria con ella en un futuro, hasta que algo o alguien me despertaba.

En esos casos como me ha enseñado la vida, lo mejor es alejarse, quitarse, desaparecer por un buen tiempo y esperar que el tiempo haga su trabajo. Acá no funciona, eso que somos amigos. Que ya pasará, no no, no, nada de eso funciona. Mientras tengas cerca la persona que te gusta no vas a poder safarte de sus encantos. La lejanía es lo mejor. Y cuando tengas la seguridad, sólo cuando la tengas, podrás volver a frecuentarla.

Bueno, yo estaba en esa etapa, en querer alejarme en “dejar de frecuentar amigos en común”, pero “no me acostumbraba no”. Y había aceptado reunirnos una vez más incluida Carolina.

Carolina era lindísima, con una sonrisa permanente en los labios y unos ojos vivaces. De alguna manera había notado que literalmente babeaba por ella y parecía disfrutar verme ir de un extremo a otro en mis emociones y en mi estado de ánimo.

Ese día nos juntamos en casa de Rafael, con Carlos, Oscar. Llegaron otros patas más que la verdad no recuerdo su nombre y no me interesa tampoco recordarlos. Estaban también Karina, Kathy, Zoila y Carolina. Sonaba la música en el equipo. Cada canción que escuchaba lo relacionaba con Carolina. Tocaba en esos momentos “hurt so good” y algunas baladas metal dignas para cortarse las venas. Aunque fácil en ese momento hubiera atracado “sírvame otra copa cantinero” o el “Y hoy lamento haberla amado tanto, que me duele mi pobre corazón” del buen Iván Cruz, cuyos CD’s traen como “bonus track” un cuchillo incluido.

De vez en cuando alguien caleta deslizaba un temita de Guns And Roses y de inmediato más de uno empezaba a agitar la melena, sobretodo Rafael que llevaba el pelo más largo que todos, a tal punto que más de una vez lo confundieron en alguna discoteca sacándolo a bailar algún asistente fornido y macetón. La canción sonaba hasta que alguna de nuestras amigas decía “ya pusieron otra vez esa bulla” y sacaba el disco y ponía algún pop de moda.

Así que como andaba con el ánimo en los pisos me acurruqué en un mueble, un poco alejado del tumulto. Escuchando la música con un vaso de chela en la mano.

A los minutos se acercó Carolina.

- Que pasa contigo? Preguntó.

- Nada - le dije.

- Anda, que haces ahí, levántate, vamos a conversar con el grupo, a bailar… cuál es tu problema?-

Yo la miraba y me perdía literalmente en sus ojos, mientras le cantaba mentalmente “que mis problemas sabes que se llaman tú”, pero como siempre me acobardaba, me chupaba, me arrugaba, me cohibía su mirada fuerte.

Luego la llamó Zoila con un gesto.

Antes que se vaya le dije.

- Me voy a descansar arriba mejor-

- Dónde vas a estar me dijo-

- En el cuarto de Rafael- respondí con una lucecilla de esperanza

Y ella se marchó coqueta, ensayando algunos pasos en su caminar.

Pasé a su lado y le lancé la última mirada. Una mirada de súplica, de “estoy arriba esperándote, como te espero cada día de mi vida”.

Subí, me tiré a oscuras en la cama, mirando el techo oscuro, con la lejana esperanza que aparezca Carolina. Cuando empezaba a perderme en el reino de Morfeo, escuché la puerta abrirse. Un rayo de luz y una silueta apareció cerca de la puerta.

Simulé estar dormido. Se acercó lentamente y pude sentir los labios de Carolina rozar los míos y besarme tímidamente. Sus cabellos con olor a cigarro cayeron sobre mi cara. Luego salió de puntillas y cerró la puerta suavemente.

Me quedé pensando sin saber que hacer. Me quedé esperando, en vano, que volviera otra vez. Que aparezca, que se ilumine la habitación con su presencia, pero nunca llegó.

Cuando bajé ya no estaba Carolina. Se marchó. Desapareció. Y me quedé con esa espina clavada en el corazón.

Por esos devaneos de la vida nos fuimos alejando y nunca tuve la oportunidad de preguntarle por ese día. De hacerle acordar. No se si no tuve la oportunidad o me acobardé en los pocos días que posteriormente nos vimos. Nunca encontré la situación adecuada para hablarle de ese beso que me subió al cielo. Se me quedó como dicen algunos como “una asignatura pendiente”, como un “libro inconcluso”, “una espina clavada”.

Pero el tiempo, los años se encargan de arreglar todo. No hay mejor médico del corazón que el tiempo. Y nos volvimos a encontrar nuevamente, primero por el correo electrónico, mandándonos mensajes por el facebook y luego por teléfono, conversando.

Hasta un buen día que me llamó y me dijo para encontrarnos con Karina y Rafael, dos de los amigos que frecuentábamos en esa época. Yo acepté gustoso. Quería verlos después de tiempo y si tuviera la oportunidad, esta vez le preguntaría sin ninguna carga emocional, lo juro, por ese beso. Por el significado de aquella noche. Total tantos años habían pasado que estaba seguro que “no pasaba nada”.

Nos encontramos en el "News caffe" de San Isidro, me gustó verla después de tanto tiempo, aunque, confieso ahora ya no me gustó tanto físicamente, los años como a todos le habían pasado la factura. Luego llegaron Karina y Rafael y empezamos a conversar de las cosas que hacíamos y todo lo que pasamos juntos. Hasta que Rafael, soltó el tema de la fiesta de aquel día, que prácticamente se había convertido, sin querer, en la fiesta que había marcado la separación del grupo. Nos habíamos alejados por “ene” motivos. Rafael, luego de comentar las juergas y los litros de licor que consumimos ese día, incluyendo los que guardaba su padre en su habitación, dijo:

- Debo confesar Carolina, que tú me gustabas en aquella época-

- Jajaja,- rió Karina – eso todos sabían-

-Pero eso fue hace mucho tiempo- dijo Rafael con toda la naturalidad del caso. -Aunque ese día te robé un beso-

Y yo no sé porque sentí un poco de envidia, de arrepentimiento por no haber sido yo quien le haya robado ese beso a la dulce Carolina.

- A mi?- preguntó extrañada Carolina- habrás estado borracho, cuando?-

- El día de la fiesta pues, cuando estabas descansando en mi cama-

Y yo que empezaba a hilvanar lo que estaba escuchando y a ponerme incómodo.

- Estarías borracho Rafaelito, ese día nos fuimos con Karina temprano, yo nunca me eché a descansar en tu cama-

- Qué no eras tú?. Si a mi Carlos me dijo que habías subido al segundo piso-

- Habré subido un toque al baño del segundo piso, pero para nada me fui a descansar

- Entonces a quién carajo besé yo?- preguntó Rafael-

Y Carolina que me mira y vi en sus ojos, como quien ve todos sus recuerdos antes de morir, nuestra conversación de aquel día. Carolina, suelta una risa contenida y me señala.

- No, no me mires a mi, yo ese día estuve un toque y me fui casi tras de ti- la adelanté antes que dijera algo.

Y Carolina siguió acusándome que yo había estado en el lugar de los hechos ese día y yo por supuesto me negué tantas veces haya sido necesario.

Ese día al llegar a casa corrí al baño a lavarme la boca como diez veces y me hice cinco enjuagues de listerine, el azul, el más fuerte.

Sunday, September 11, 2011

Mi Problema con las Mujeres



Este post no es un relato de una anécdota, es solo una suma de ideas sobre mi relación con las mujeres, a las que considero la creación perfecta y sobre las cuales el hombre, el varón, le resulta difícil desvincular de alguna manera de la imagen de la madre.

Todo esto empezó porque estuve leyendo a Julio Ramón Ribeyro, es mi ídolo, no me canso de leerlo una y otra vez (si no lo han leído no saben lo que se pierden, el mejor cuentista de habla hispana). Hay tesis sobre la obra de Julio Ramon Ribeyro y su relación con las mujeres, toda vez que en la mayoría de sus escritos aparecen como las "malas de la película". Creo que al final, sus mejores cuentos y narrativas nacen de esas relaciones tormentosas con el sexo opuesto.

«Las mujeres, Dios mío, esos raros compuestos. Me felicito de no conocerlas, de tenerlas siempre como enigmas renovados. Hay brutos que las aman y las golpean y las saben de memoria. Para mí son una charada, algo que incita a mi inteligencia y hace bullir mi corazón» -Julio Ramón Ribeyro-.

"No creas en la honestidad de las mujeres. ¿Sabes que no hay mujer honrada sino mal seducida? Todas, óyelo bien, todas son en el fondo igualmente corrompidas" - Julio Ramón Ribeyro en Crónicas de San Gabriel-

Bueno, he aquí mi problema con las mujeres:

Creo que todo se remonta a la etapa de la adolescencia, cuando empezamos a postergar los juegos de pelota por andar más con el sexo opuesto, con las chicas de nuestra edad o menores que nosotros. Creo que ahí empezó todo. Nunca fui bueno en el juego del flirteo. Por el contrario diría yo que fui tímido y torpe. Sumado a esto mi falta de pericia en los bailes de moda y por andar metido en cuestiones de Rock and Roll y del principio “yo no bailo lo que no me gusta” me vi postergado a pasarme las fiesta sin bailar. Aquella época coincidió, para mi mala suerte, con el “boom” de la salsa sensual por lo que con mayor razón me desaparecí prácticamente de discotecas o fiesta porque simplemente me aburría. Toda mi ideología y mis principios del rock se fueron al tacho cuando conocí a mi primera enamorada y por ella aprendí los pasos básicos de la salsa y el merengue y bailé con y por ella infinidad de canciones de ritmos caribeños y de una patada lancé lejos esa idea de no bailar lo que no me gusta. Por eso siempre he pensado que las mujeres de alguna manera dominan el mundo y sólo ellas pueden quebrantar cualquier cosa, cualquier idea, cualquier principio, cualquier moral, tarde o temprano. Sólo es cuestión de tiempo.

Bueno como repito nunca fui bueno con las jovencitas, sin embargo me fue mejor con las mayores. Me llevaba tan bien con las mayores que las mamás de mis amigas querían que estuviera con sus hijas. El problema es que las hijas no querían estar conmigo. Y no hay prueba más irrefutable que hasta ahora la mamá de mi primera enamorada siempre pregunta por mi a la hora de encontrarse con mi madre.

Si bien es una desventaja no tener una afinidad con las jovencitas, con las adolescentes que se encuentran en plena primavera, resulta también una ventaja tener cierta empatía con las mayorcitas. En mi caso definitivamente fui un fracaso total con las adolescentes, pero no me puedo quejar de las mayores. Es más aún recuerdo cuando aún bordeaba los 16 abriles una cuarentona me despojó de mis ropas, se subió encima y empezó a cabalgar hasta que se detuvo y yo le dije con una voz casi susurrando “ya me oriné”. Tal vez ahí empezó esta afinidad con las mayores.

Por otro lado mi carácter poco alegre, flemático, sosegado, inclinado más a las conversaciones con pocos amigos que a las grandes fiestas y francachelas, me ha conminado a moverme en un círculo pequeño. Y no me podrán negar que la gran mayoría de “chibolas” está pensando en las fiestas, discotecas, en las caras bonitas y los cuerpos musculosos. En cambio una mujer pasando los 30, esas cosas pasan a segundo plano, el orden de prioridades se invierte, la cara bonita pasa a segundo plano, la caballerosidad, la inteligencia, el sentido del humor, la estabilidad que pueda brindar un hombre pasan a tener un mayor peso ponderado.

Y como, tal vez, a esas alturas de la vida, la cara ya no importe, es donde tal vez, he podido ganar un poquito de terreno. Porque como mencioné en un anterior post, no soy de primer impacto. No soy de aquellos que en una noche pueden arrancar algún “chape” a alguna fémina que recién conocen. Yo no puedo. Al menos nadie me ha contado el secreto. Conmigo tienen que pasar largos días y meses para poder conseguir algún objetivo amoroso. Mi amigo, resumió mi técnica de la manera más simple y didáctica: “contigo ya caen por cansancio”.

Y que puedo hacer, no tengo otra arma. No soy ningún Adonis y por si fuera poco soy pésimo bailando. Y más ahora que, no sé desde cuando, hacer rondas se ha vuelto una moda en las fiestas. Aparte que no me gusta bailar odio aún más que me lancen al ruedo a bailar al medio y todos se pongan a aplaudir alrededor. Y peor aún que mi pareja de turno se tire al piso bailando mientras yo me muevo tanto como un árbol en una tarde serena.

Ahí mis problemas con las mujeres. Y por eso, no me queda otra arma más que la conversación. Aunque no soy ningún dicharachero, ningún orador egresado de la escuela del Partido Aprista, no, pero me puedo defender. Aunque muchas veces todo depende de la “química” y aunque este término suene rayado, yo si creo en él. Porque ha habido veces en que conozco alguna chica y puedo hablar hasta por los codos como si la conociera de años. Surge una empatía única y la conversación fluye sin ninguna presión, sin ninguna ansiedad. Pero en otras tantas, cuando no existe esa tal química me quedo embrutecido y no puedo combinar el más simple sujeto con predicado, y dejo silencios eternos en la conversación que termino por aburrirlas.

Cuando hay química puedo conversar y puedo reír y hacer reír. Y no es que tenga los dotes de Melcochita (No me lean!!), sino que he descubierto que puedo hacer reír a las personas simplemente contando mi vida. Y como dice uno de mis amigos: “si haces reír ya tienes el 50% de la partida ganada”.

Por eso, a estas alturas de mi vida me he resignado a cambiar inocencia, engreimiento, tersura, arrebato por experiencia, ecuanimidad, sutileza e inteligencia.

Por otro lado siempre he cuestionado los patrones de belleza femenino establecidos por la sociedad. Me he rebelado a someterme a los cánones de belleza mundiales. Demasiada belleza cansa. No van conmigo. Tal vez sea una desviación, algún gusto bizarro pero para mi una mujer no puede ser perfecta. Si quiero una mujer de proporciones exactas me voy a Gamarra y veo los maniquíes calatos. Así no funciona esa cosa compleja que nos atrae unos a otros. Por eso una mujer siempre debe tener algún defectillo por ahí que la haga humana. Como el diente de Julieta Prandi, como los pies de Marilyn Monroe, como la estatura de Salma Hayek, la nariz de Sarah Jessica Parker, el dedo índice del pié de Valeria Mazza o las orejas de Jennifer Aniston. Así de simple.

Y como buen peruano prefiero la carne. Porque no podría estar con una flaca igual que yo. Con una fémina de cuerpo perfecto “durita” como dicen mis amigos. En las noches pensaría que estoy tocando a otro hombre. A mi no. A mi me gusta la carne. Y lo confieso así abiertamente. Prefiero a Marina Mora de gordita que de Miss Perú.

Aunque después de todo, algunas veces las flaquitas no son tan flaquitas y los gorditas no son tan gorditas. Porque las mujeres suelen utilizar mil y un trucos para engañarnos con la ropa. Por eso prefiero una rellenita sincera que una flaca bamba. Y las cosas se delatan, se muestran a la hora de la verdad. En el choque de titanes, en el ring de las cuatro perillas. Allí realmente se demuestra la verdadera figura. Como dice un viejo amigo “No es lo mismo ver la res en la pampa que colgada en el gancho”.

Y yo les creo a todas. Para mi no va ese dicho que cielo serrano, cojera de perro y llanto de mujer no es de creer. No, eso no va conmigo. Yo les creo a todas sin excepción. Digan lo que me digan. Quizás por eso he salido perdiendo más de una vez, pero también he ganado en otras pocas.

Bueno, me despido, esta vez como Julio Iglesias... "Las amo a todas".

Nota Final, Recomiendo leer:

"Crónicas de San Gabriel" de Julio Ramón Ribeyro (juro que la he leído como 7 u 8 veces), debe ser porque el personaje principal "Lucho" tal vez se parezca mucho a mi (es me dio torpe con las mujeres).

Si deseas leer un cuento más corto "Tristes Querellas en la Vieja Quinta". Me he reído a mandíbula batiente con este cuento.

Friday, September 09, 2011

Aventuras en el Jirón Cailloma



Era febrero de 1989, vacaciones de colegio, antes de entrar a quinto de secundaria. Era un niño, un párvulo de apenas quince añitos, inocente, inmaculado, virgen, limpio e inexplorado. Estaba en Lima de vacaciones. En esas de verano, entre el cuarto y quinto de secundaria. Durante mi estancia me llamó mi amigo Joselo, amigo del colegio, mi promoción, mi yunta, mi uña y mugre que también había venido. Me llamó para salir, para ir a “latear” por ahí.

Joselo era mayor que yo por un año y ya había venido varias veces a Lima. Se apareció como a las 3 de la tarde por el departamento donde vivían mis hermanas en Jesús María. Salimos y tomamos esos omnibuses morados que van por la Brasil “la 10”. Llegamos a Miraflores. Reconozco que yo no conocía Lima, me sentía como la “Paisana Jacinta”, como “Nemesio Chupaca Porongo” recién bajado. Caminamos por las callecitas y por el parque Kennedy. Después de visitar las tiendas sin comprar nada, Joselo se animó a adquirir una camiseta de Alianza Lima. Particularmente nunca fui aficionado al fútbol y mucho menos a ningún equipo del Perú, así que me parecía una tremenda estupidez venir de lejos para comprar una camiseta de Alianza Lima. Después de varias horas de caminata, tomamos otra vez “la 10” y nos llevó esta vez hasta Wilson. Y otra vez caminar, subimos por “La Colmena”. Nos desplazamos lento mirando con ojos de lujuria, los letreros de los cines, con la boca abierta, leyendo los provocadores títulos de las películas. Cada paso nos daban volantes pequeñitos “Charapitas ardientes” “Exclusivo Solo para caballeros”, “15 soles 30 minutos con pose”, “Ven y experimenta la Tortuga Renga”. Así seguimos caminando hasta llegar a Cailloma. Sí al famoso y venido a menos Jirón Cailloma. Mi amigo Joselo, me dijo “Vamos a ver a las chicas malas un ratito”, “Qué vas hacer ahí mirando?” le dije con un poco de temor. “Vamos a ver piernas un ratito”. Particularmente me daba vergüenza caminar por esos lares, yo que tengo una imagen impoluta apegado a la moral y las buenas costumbres que por tantos años me han inculcado mis padres, que me vieran caminando por esos sitios de placer mundano, de dudosa reputación. Pero bueno, ante la presión, caminamos por esa callecita estrecha. Cada 5 pasos habían chicas, señoras, gordas, flacas, pero eso sí todas feas, paradas, con cara de pocos amigos. No sé como ofrecían sus servicios con esas caras. Un buen cursito de marketing directo no les vendría nada mal!!!.

En una de las calles había un callejón de mala muerte. Ahí estaban las chicas y justo al frente como 50 varones parados, mirando. Yo no entendía que hacían allí. Quizás solo habían ido a hacer lo mismo que nosotros. Mirar las piernas. Nos paramos como “aguantados” en la pared del frente mirando. Después de unos quince minutos de estar parados con las manos en los bolsillos, las gordas ya no se veían tan gordas y las feas no se veían tan feas. Joselo me dijo “Sabes? Ya me dieron ganas… vamos a cambiar este billete a la vuelta. Primero entro yo después tú”. Salimos disparados a la calle paralela, a una casa de cambio. Después de convertir los 10 dólares en soles regresamos, nerviosazos, caminando despacio. Mientras íbamos haciendo una visión, un análisis cualitativo y cuantitativo de las trabajadoras sociales, Joselo iba preguntando “amiga cuanto cobras?” – “Diez soles en la casa y quince en el hotel”. La casa era un callejón de mala muerte, piso de tierra, puerta de madera parchada, cayéndose. El hotel era un edificio de tres pisos, pero igual de sucio, ventanas oxidadas, llenas de hollín. Cuando pasabas por la puerta salía un vaho caliente con olor a terminal pesquero. “Que pasa won?, estás nervioso?” me decía Joselo. “Tranquilo nomás, primero yo, después tú… más bien escoge porque va a ser la misma para los dos, para que nos haga un descuento”. Del solo pensar entrar después de Joselo “Me dio cosa” y que esta frase no ponga en duda mi virilidad y mi preferencia por el sexo opuesto sólo que ya desde esa edad uno tiene que “darse su lugar”, que se habrán creído que yo, virgen, inmaculado, iba a entregar mi más preciado tesoro, mi tesorito en un lugar cochino y maloliente. Y todavía después de Joselo… no pues que se habrán creído. Pero a los quince años me presionaban los fantasmas. Esta historia sería contada si o si a nuestro regreso al colegio. Hasta que encontró una señora, una tía gordinflona, mofletuda, apretada por todos lados. Su rolliza figura se salía por los lugares donde los elásticos habían reventado. Después de una breve conversación atracó los dos por 15 soles (pero uno por uno, aclarando!). Joselo se acercó y me dijo “agarra mi camiseta”, “Primero yo, regreso y de ahí tú”. Y se dirigió con la fémina a la casa de mal aspecto. Cuando se perdió por esa puerta que se estaba cayendo me sentí solo, con temor. Caminé despacio por la callecita “A sol la barra!!! A sol la barra!!!” gritaban los jaladores de los Nights Clubs, si cabe el nombre. Mientras pensaba y caminaba, me quedé obnubilado pensando si haría un buen papel en mi debut. Me encomendé a la Mano Milagrosa que me proteja de todo mal y que dure más de 5 minutos. Yo que siempre he sido tan sensible, tan sentimental, venir a debutar con una fémina con cara de pocos amigos y encima en un cuchitril de mala muerte. 

Cuando mi mente estaba volando y haciéndose mil preguntas, aparecieron dos “tías” corriendo, con los zapatos en la mano. Sus carnes se movían en cámara lenta al compás del viento, para arriba y abajo. Gritaban: “Batida, Batida!!!!”, todos los aguantados empezaron a correr, las putas se metían a casa y tiendas y cerraban las puertas y yo, solo, solito parado en medio de una estampida, sin saber a donde ir. Y Joselo?. Mientras pensaba a donde correr, una mano me coge por el hombro y en peso me levantan a un camión de policía. Arriba me encontré con putas oliendo a colonia barata, con borrachos oliendo a trago y con ladrones con caras de pitbull rabiosos. “A ver documentos” me dijo un policía y yo con una cara de asustado como si hubiera visto al mismísimo Judas Calato, rebusqué entre mis bolsillos, las manos me temblaban (prometí en silencio ya no volver hacerlo más!!!!). Saqué mi Partida de Nacimiento doblada en cuatro. “Menor de edad!!!” “¿qué hacías aquí?” “Voy a llamar a tus padres” el policía me hablaba, me atarantaba y me asustaba más y yo tartamudeando “Jefe, yo estaba caminando…”, “Cállese!!!”. “´¿Qué tienes ahí?” me dijo y me arranchó la bolsa con la camiseta de Alianza. “ahhh Aliancista todavía”. Yo que siempre odié el fútbol había terminado en medio de tanto lúmpen y acusado de aliancista todavía. Cuando llegamos a la delegación policial. Me devolvió mi partida de nacimiento y me dijo. “Vete y no te quiero volver a ver por aquí” “Te salvaste porque yo soy aliancista también” y yo, forcé una sonrisa, un poco aliviado. Estiré la mano “Jefe la camiseta”. Me miró con cara de pocos amigos “Vete o quieres que te encierre acá toda la noche”. Salí disparado como alma que lleva el diablo.

Nunca encontré a Joselo. Caminé sin rumbo, sin conocer nada, preguntando como regresar a la Avenida Brasil. Creo que en el fondo, después de todo agradecí a la policía que me haya rescatado de ese lugar sucio, resinoso, cochinazo, con olor a choros con látex. Nunca dije ni conté nada al respecto. Hoy tenía que hacerlo para quitarme este fantasma de encima… ah! cuando regresamos al colegio tuve que pagarle la camiseta a Joselo.

Wednesday, September 07, 2011

Una Carita Feliz



Cuando Janecita tiene que salir y nos deja a mi hija Lucía y a mi solos, aprovechamos el tiempo para hacer cosas juntos, como jugar, cantar, mirar televisión, comer bastante pop corn con harta sal y gaseosa, sin que nadie nos diga nada. Pasamos el tiempo tirados por la casa sin hacer nada y sin ningún sentimiento de culpa por eso.
Y si hay algo que nos gusta mucho hacer a los dos juntos es cantar. No somos ningún prodigio del canto, dignos de “Britains got Talent” o del “American Idol”, pero nos gusta hacerlo, desafinados, cambiando la letra o intentando estar en el tono de la canción.
Ese sábado que se fue Janecita a sus clases, todo el día, con Lucía, miramos televisión, tirados en el piso comiendo canchita pop corn con gaseosa. Luego nos cansamos y empezamos con el karaoke en la computadora. Lucía, pequeñísima y dulce ella, me daba un premio por cada canción que ella consideraba yo había interpretado de la mejor manera. Así gracias a mi gran interpretación de alguna canción de Miley Cyrus o de los Jonas Brothers Lucía me daba un regalito: un caramelo, más canchita pop corn, un sticker o algún lapicero rosado con luces. Mientras tanto los regalos que ella exigía por cada canción bien interpretada era una muñeca “My Scene”, “un tablero gigante de pintura” o “un Nintendo wii” a los que yo simplemente prometía cumplir el día que sea Gerente de la empresa donde trabajo.


El hecho es que entre canto y canto, la hora se nos fue volando y nuestras barrigas empezaron a sonar de hambre. No había nada preparado para la cena. Me acerqué a la cocina, revisé el refrigerador y no encontré nada provechoso como para preparar algo rápido y salir del paso. Así que, no me quedó más remedio que salir a comprar mi comida.


Dejé con muchas recomendaciones a Lucía en casa y salí rapidísimo a la pollería más cercana. Salí prácticamente con lo que estaba vistiendo, un short, sandalias y un polo viejo con el estampado ya casi irreconocible. Llegué a la pollería, me acerqué a la caja a cancelar y sacar mi ticket. Una señorita guapa atendía en la caja registradora, levanta la mirada y me queda mirando fijamente mientras esboza una sonrisa, casi pícara, cómplice. Yo miré atrás, era el único en la caja. Me puse nervioso y también le sonreí. Mientras me preguntaba cual era el pedido, no dejaba de mirarme y sonreirme. Y yo, cada vez más nervioso, también sonreía.
- Dos cuartos de pollo- apenas tartamudeo
- Son treinta y dos soles- me dijo
Y yo, nerviosazo, saco el dinero del bolsillo, unas monedas rodaron por el suelo, las recojo rápidamente. Y es que me pongo así cuando inesperadamente una chica guapa me sonríe. Me vuelvo torpe, no coordino mis movimientos. Mi mente piensa una cosa y mi cuerpo hace otra. Casi transpirando le entrego un billete de veinte soles y doce soles en monedas de un sol.
Ella me extiende el ticket y nuevamente me clava la mirada con esa sonrisita matadora. Apenas balbuceo gracias con mi sonrisa tímida. Entrego el ticket al de la barra quien me mira un poco desconfiado. Apenas me recibe el ticket, levanta una ceja y hace un gesto de negación. Y yo pienso, “Este tarado se ha ganado que la chica de la caja y yo hemos hecho clic y posiblemente se ha puesto celoso”. “Claro!” me digo, “No faltaba más”. “Este sujeto de la barra le ha echado el ojo a la chica de la caja”. Me siento en una mesa a esperar que me llamen. Miro ligeramente al lado y nuevamente me topo con la chica de la caja que cuchichea con una mesera mientras me miran y sonríen. Y yo, más nervioso aún, sin saber que hacer. Definitivamente los dotes de galán me fueron negados.
Trato de distraerme en otras cosas. Miro mi ropa y anoto en una servilleta. “Polo blanco, short verde militar y sandalias”. Trato de encontrar una explicación. Posiblemente mi pobre polo usado, casero, concentra las feromonas que tan buenos resultados me está dando esta noche.


El de la barra me llama y me entrega en una bolsa mis dos cuartos de pollo a la brasa. No demoró casi nada, “claro, me quiere despachar rápido”, salgo por el lado de la caja “Gracias” le digo a la señorita y ella responde con esa dulce voz “gracias a ti” y nuevamente la sonrisita pícara.


Al salir a la calle, el viento me hizo volver a mi realidad. Por un momento había olvidado todo, Crucé casi corriendo la pista y abordé una combi, con la chica de la caja en la cabeza.


Como son las últimas cuadras de recorrido de esta línea de transporte, la combi va casi vacía, me siento pegado a la ventana. Una fémina guapísima, que está sentada frente a mi, me da unas miraditas de vez en cuando y yo, nuevamente, nervioso, miro atrás y no hay más que una viejecita con unas bolsas de víveres y yo “uy y esas miraditas para quien fue” pensé. “Debo estar alucinando” cavilé nuevamente. “Me debo haber equivocado”, “una pasa pero dos en la misma noche ya no me la creo”. Mientras hago la “finta” que miro las calles, me topo con su mirada nuevamente. “Que pasó hoy”, me pregunto. “Estoy arrasador”. “Deben ser mis feromonas”. Los astros, la luna, Júpiter y no se que más disposiciones astrológicas esta noche están jugando a mi favor.


La chica de la combi se baja no sin antes de darme la última mirada con su respectiva sonrisita y yo que también le regalo una leve sonrisa. Me bajo en la próxima esquina y el cobrador me mira y hace una mueca de desagrado. Y yo que pienso “Ya envidioso, el que puede puede, y el que no, que mire y aprenda”.


Bajo rapidísimo de la combi y subo corriendo al segundo piso con mi ego al tope. Abro la puerta del departamento, Lucía me esperaba hambrienta.
- Papito tanto te has demorado-
Me recibe la bolsa, y de inmediato empieza a comer las papas. Siento un poco de culpa.
- A lavarse las manos- le ordeno como todo buen padre cuidando la salud de sus hijos.
Mientras nos lavábamos las manos con abundante agua y jabón levanto la mirada y me topo con el espejo del baño y noto un sticker grande, redondo, amarillo en mi frente con una carita feliz: ”good job” decía con letras rojas. Había sido uno de los premios por cantar a dúo con Lucía "I need you now" de "Lady Antebellum"
Rápidamente mi mente retrocedió hasta el momento que salí a la pollería, la chica de la caja, el tipo de la barra, la fémina de la combi y el cobrador. Ahora todo tenía coherencia. No me queda más que sonreír.
Miro a Lucía y ella me regala una sonrisa mil veces más bella que cualquier fémina.
- Papito, te fuiste con tu carita feliz a comprar.
- Si amor, porque no me avisaste-
- Era tu premio-
Sonrío
- No te preocupes- le digo.
Y corrimos a la mesa a devorarnos el pollo.

Tuesday, September 06, 2011

Como Detectar a un Gay



Era un martes, tres de la tarde, había ido a darme un paseíto con Janecita y mi hija Lucía al Jockey Plaza, aprovechando mis cortas vacaciones y a ver si por ahí nos animábamos a comprar algún parcito de zapatos en el Payless o a algún polito 2×1 en Saga.Apenas había llegado me dirigí al baño y como nunca o por ser, tal vez, un día de semana laborable, el baño estaba vacío, sólo estaba un sujeto con su uniforme azul limpiando los lavaderos. De inmediato me dirigí al fondo del baño donde se encuentran los urinarios, uno al lado del otro, todos vacíos y limpios.

De frente fui y me estacioné en uno de ellos tranquilo y me dispuse a evacuar mi vejiga que iba a reventar por haberme tomado casi 2 litros de agua en el almuerzo. Cuando estaba de lo más tranquilo viene un sujeto y se para a mi lado también a miccionar, en el urinario contiguo. Hasta ahí todo tranquilo, al menos no había notado nada extraño. Mientras tanto, yo seguía expulsando “mi pis” como dicen las tías, de lo más forondo y placentero. En un momento miro al sujeto que estaba a mi lado y lo descubro que miraba “mi tesorito” fijamente. Si bien el sujeto llevaba unos lentes oscuros tipo “ray ban”, sin embargo pude notar que la dirección de su mirada iba hacia “mi Penélope cruz”. Ahora no es que yo haya sido bendecido en abundancia por la naturaleza pero tengo mis cosas que se habrán creído. Cuando el sujeto se ve descubierto, me levanta una ceja y sigue miccionando. Ahí recién me doy cuenta que las cosas no estaban tan bien, ¡Todos los urinarios estaban vacíos!. Este tipo pudo haber escogido cualquier urinario pero justo se fue a parar a mi lado. Me “palteé” y rápidamente guardé a “mi mejor amigo” y salí disparado del baño.

Me detuve en el pasillo a esperar que salgan del baño de damas Janecita y Lucía. Para mi mala suerte casi tras de mi salió este sujeto, caminando, vestía un jean medio desteñido, un polito blanco pegado al cuerpo, mangas pequeñas mostrando sus bíceps, tríceps, “triceratops” y no se cuantos músculos más, lentes oscuros tipo ray ban y corte militar. Yo ni mirarlo. El sujeto da la vuelta, como quien baja por las escaleras y ahí gira rápidamente la cabeza y otra vez la levantadita de cejas.

Ya después más tranquilo, conversando con algunos amigos, le conté esta experiencia y comenzamos a esbozar algunas teorías sobre como detectar a un gay. Todos lanzamos nuestras hipótesis, algunas más descabelladas que otras, considerando sobretodo que este sujeto del Jockey Plaza vestía como un hombre, militar, fornido, corte alto, pero que se le “chorreaba, se le chorreaba” y feo.

Acá les paso algunos “tips”, que manejan algunos amigos respectos a cómo detectar a los gays. Y ojo! No es que sea homofóbico sólo quiero mencionar algunos detalles técnicos para que no los sorprendan.

HOMBRE QUE LE GUSTA BAILAR, ES GAY

Esta teoría tiene mucho de validez, a un hombre generalmente no le gusta bailar y si baila es por algún interés subalterno de pretender a alguna fémina. Un hombre por ejemplo no baila mientras arregla sus cosas. Las mujeres bailan mientras limpian o barren, pero díganme cuando han visto a un mecánico, a un carpintero, meneando la cintura mientras arregla un auto o algún mueble. Eso no es para machos. Y con esto no quiero decir que todo hombre que baila es gay. Un hombre baila por un compromiso social, porque tiene que cumplir bailando con la familia, la novia o la enamorada. Hasta ahí está bien. Pero que se pase toda la fiesta sacando a bailar a medio mundo, ese si es gay seguro y es más gay aún si sabe las coreografías de los bailes de moda.

HOMBRE BIEN VESTIDO SIEMPRE, ES GAY

Un hombre no se fija en esas cosas. Para eso tiene una mujer, una esposa una novia que le puede aconsejar como vestirse. Un hombre que se cuida al extremo que anda bien vestidito, zapatitos limpios, corte de pelo exacto es gay. Con esto no quiero decir que el hombre tiene que andar todo cochino y resinoso, no para nada. Sólo que el hombre puede salir bien cambiadito de su casa pero pasa el día y se descuida, un pelo desarreglado se le ensucian los zapatos, se le desacomoda la camisa, etc. Ahí si pasa. Pero aquel que cuida al extremo su aspecto personal es gay. Y ojo que aquí hay una variante todavía. El que usa ropa pegada es más gay aún. Un hombre no usa ropa pegada. Imagínense un sujeto con unos pantalones ceñidos al cuerpo, no pues, uno tiene que dejar libre “el cardán”, “el atado”, no se le puede estar aplastando así porque sí.

HOMBRE METROSEXUAL, ES GAY

Acá no me vengan con tonterías, con nuevos nombres a las opciones sexuales. Ahora para disimular sus tendencias homosexuales se hacen llamar “metrosexuales”, no pues!. Un hombre no puede estar en un salón de belleza, haciéndose peinaditos a la moda, corte hongo, limpieza de cutis, base, ondulados, eso no es de hombres. Un hombre a las justas se peina y sale como los machos a la calle.

HOMBRE QUE VA AL GIMNASIO, ES GAY

Los que van al gimnasio dizque para formar bíceps, triceps, cuadriceps, etc. Lo que están haciendo en realidad es suplir ciertas deficiencias en otros aspectos de la vida. Entiendo que algunos puedan ir por un tema de salud pero los que van para verse bonitos, esos son gays, identifíquelos!.

Y esta es la última,

HOMBRE QUE NO TIENE NOMBRE DE HOMBRE ES, GAY

Un hombre tiene que tener un nombre de macho que se respete como Eduardo, Roberto, Rafael, Sebastián, Gabriel, Enrique, etc. uno no puede ir por el mundo llamándose Alexis, Johnatan, Christian, Stefan, Joseph, no pues, esos nombres no son de hombre, son nombres gays. Si no me creen hay que hacer un ejercicio simple, imagínense acá unos años, cuando sean grandes, hombres hechos y derechos, los llamarían “Don Eduardo”, “Don Roberto”, “Don Rafael”, etc. etc. Suena bien, verdad?, pero imagínense llamándose “Don Alexis”, “Don Johnatan”, no pueeeees!, no corre!, que me traigan a los bomberos!!!.

Si alguien tiene otras características que no se han detallado en este post, escríbanlas en los comentarios.

Saturday, September 03, 2011

Mis Primeras Adidas



Cuando se es niño, uno vive feliz con lo que nos compran nuestros padres para vestirnos. Yo vivía así. Vivía feliz. No sabía de tristezas ni de lágrimas ni nada que me hiciera llorar como dice el temita de Juan Gabriel.

Cuando llega la etapa de la adolescencia y las primeras salidas con las chicas y los amigos, la ropa empieza a tomar otro peso ponderado. Pasa de un peso ponderado de “2” a uno de “5” en la universidad de la vida. Así ocurrió. Yo que vivía feliz con mis pantalones y jeans “made in Gamarra” o mis zapatillas “sinfín”, “saeta”, “dunlop” y las más elegantes “mis jogger” color azulitas con amarilla que mi papá compró en “chapetex” con “yaya” en uno de sus viajes a Lima, pasó a destruirse después que la sociedad me aventara a la triste realidad de las “ropas de marca”.


Yo fui feliz con mi buzo “wonti” (siempre me pregunté porque en el mío la “M” venía volteada), con mi pantalón jean canguro, esos con bolsillos por todos lados si no lo recuerdan, que tan abnegadamente cosió mi mamá para mi y mi hermano con los 15 metros de tela jean que compró mi papá de remate en alguna fábrica de Lima y que todavía sobró para los pantalones de mis hermanas y un par de bolsos más. Fui feliz con mis zapatillas North Star (y no All Star), mis zapatitos de colegio Bobby de Bata (y no Hush Puppies, éste era otro perro), con mi guayabera blanquísima a punta de lejía y jaboncillo que superaba largamente “el desafío de la blancura” y con mis calzoncillos que venían con el estampado de un tiburón justo en la zona.


Yo vivía así, algo hermoso, algo divino, lleno de felicidad, hasta que… hasta que llegaron las modas, presiones sociales de usar las famosas “ropas de marca” y descartar por completo “la marca chancho” de mi vida. Y no me digan que soy un acomplejado, quién no en una etapa de su vida se ha fijado en esas cosas. Quién no, alguna vez en su adolescencia, sólo quiso usar “ropa de marca”, “ropa de moda” y desechó y refundió en lo más profundo de su cajón las “marcas chancho”? para perderse en el olvido con la vil excusa de “ya no me queda”. Quién no se fijó en la ropa y zapatillas de sus amigos y amigas antes de decir un sí?. A ver quién dice esta boca es mía?. Quién tira la primera piedra?.


Claro a estas alturas, a mis 37, esas cosas resultan una banalidad total (vano y banal), intrascendentes. Es más creo que me he ido al extremo total de no importarme nada y vestirme como se me da mi “regalada gana”. Por ejemplo para venir a trabajar uso ropa de vestir con zapatillas Hi-Tec, nunca uso corbata y mucho menos saco, a pesar de trabajar en oficina. Si algún día me tienen que botar por mis fachas, estoy dispuesto a asumir las consecuencias. Pero bueno, volviendo al tema, a los quince años, es básico contar con un juego de vestimenta de marca para las fiestitas, reuniones, salidas con las amigas, enamoradita, etc. No es la llave que te abra todas las puertas, pero a esa edad, que te ayuda, te ayuda.


Yo recuerdo claramente que muchas amigas, de plano descartaban cualquier galán que pretendiera enamorarlas vistiendo ropa “marca chancho” y mucho más aún si sus zapatillas no se encontraban en el exclusivo círculo de las “zapatillas de marca”.


Bueno, para alegría mía y de mi hermano éramos los menores. Para esa época nuestras hermanas mayores ya trabajaban y ellas con su buena voluntad y su desprendimiento empezaron a proveernos de ropas de marca, quizás no tanto por el cariño que nos prodigaban sino que socialmente no podíamos presentarnos ante sus amistades con unas zapatillas chinitas tipo Bruce Lee, compradas en la paradita, no pues, eso no era socialmente aceptado. Teníamos que vestir bien. A ver que alguien me diga cuando ha visto algún chico “fashion” de las páginas de “Circo Beat” del “Somos” salir con un polito blanco “made in china” que entró al país a precio dumping y zapatillas “Reno”. O alguna chica “pipirinais” con polito topy top y pantalón jean “Bambie”. Así jamás tendríamos la más remota posibilidad de salir siquiera en la página de Sociales que tan bien comenta la muy informada y analítica María Elena Peschiera.


Así por ese desprendimiento familiar consanguíneo me compraron “mis primeras adidas”. Eran unas zapatillas azulitas con las clásicas tres líneas a los costados y el símbolo de la hojita en la parte posterior. Eran Adidas, no “Cannabis” su imitación que venía también con la hojita pero “dentada” tirando más para hoja de marihuana. No, éstas eran las originales. Suela firme con aire comprimido. No era como esas que después de un mes de usarlas se aplastaban y peor aún si pisabas chueco tus suelas terminaban como una tajada de torta.


Así me regalaron mis primeras zapatillas Adidas y no te miento fui feliz, aunque con muy poco amor (otra vez la cancioncita). Fui feliz, hermoso y divino. Salía a pasear por la Plaza de Armas caminando sobre nubes, me deslizaba como una pluma por las callecitas, como un carro último modelo que no le suena el motor, cantando y silbando Así me sentía yo con mis primeras “Adidas” Habíamos sido hechos el uno para el otro. Éramos la dupla perfecta, mi complemento perfecto. Yo sin mis Adidas era como Fonzi sin su chamarra de cuero, como Shagui sin Scoobie, como Slash sin su guitarra Gibson Les Paul, como Ultrasiete sin sus lentes.

Así fui feliz a mis quince años, hasta esas malditas vacaciones de cuarto para quinto de secundaria. Esas vacaciones que las pasé en Lima, donde un maldito hijo de puta nos asaltó a mi primo y a mi en la entrada del edificio. Para colmo de mi mala suerte era domingo y ni un alma entró en los pocos minutos que duró el asalto. El maldito ratero al ver que no cargábamos ni un céntimo, me despojó de mis zapatillas que las llevaba puestas. Se las puso el jijuna y huyó despavorido como una rata, dejándome un par de zapatos pezuñentos de tres por medio y yo, yo me quedé en medias, traumado, sin saber que hacer. Perdí mis Adidas y tuve que volver a usar otra vez unas provisionales “North Star” con el dolor de mi corazón.

Tuvo que pasar mucho, pero mucho tiempo más para volver a tener otras “Adidas” parecidas… pero nunca iguales.

Thursday, September 01, 2011

Por el Amor de una Mujer II



En 1997 trabajé en Huancavelica para un proyecto del Estado. Durante mi corta estancia conocí a Janecita, mi esposa. Ella era profesora y trabajaba allí por algunos parajes inhóspitos de nuestra serranía peruana. Yo diría que fue algo de golpe. De primera vista. Bueno por mi parte, porque ella luego me confesó que en un primer momento no tuvo ningún interés en mi. Pero por esas cosas que nos depara el destino terminamos siendo enamorados y posteriormente marido y mujer.
Esto me recuerda cuando culminó mi contrato de trabajo y tuve que regresar a Lima a buscar otras maneras de sustentar mi existencia. Como había logrado ahorrar algo de dinero, solía visitar a Janecita algunos fines de semana quien se había quedado allá por razones estrictamente laborales.
Y miren lo que uno hace por amor. Salía a las 5:00 p.m. de Lima. En el “Oropesa” o en el “Expreso Huancavelica” que eran unos buses-camión, arriesgando mi vida, y viajaba por 14 horas para llegar a Huancavelica. 14 horas interminables que ya no sabía como sentarme, de ladito, derecho, me paraba, me volvía sentar. Así pasaba toda la noche hasta amanecer allá. Llegaba a las 7:00 a.m. aproximadamente.
Salíamos lindos de Lima, todos sentaditos “nice” y llegábamos entre borregos, atados de hierbas y costales de papa.
En otras tantas ocasiones me agarraba un huayco por el camino y no quedaba más remedio que esperar por unas 6 horas a que limpien un poco la carretera y luego puedan avanzar los vehículos.
Pero valía el sacrificio. Valía la pena pasar todos esos avatares para ver a Janecita quien me esperaba feliz para salir a pasear por las callecitas de Huancavelica. Que importaba que en media hora ya se recorría toda la ciudad. Lo importante era estar con ella.


Recuerdo aquel viaje que hice en semana santa. Llegué a Huancavelica y luego del viaje extenuante literalmente “me arrugué”, “me chupé” a darme un baño relajante. Hacía un frío terrible. Así que un baño de gato nomás y salí a buscarla. Tempranísimo me aparecí por la casa de su tía quien me saludó delicadamente y empezamos a conversar sobre el viaje y otras tantas banalidades mientras esperaba que Janecita salga a verme. Porque así era Janecita, se hacía esperar. Picábamos algunas tunas, con su tía y uno que otro pan con queso mientras hablábamos de las costumbres de semana santa en Huancavelica.


En ese lapso, su tía, luego de entrar a la cocina, se aparece con una taza de leche. Bueno, una taza es un decir, era un tazón, ya bordeando el límite para ser lavatorio, llenecito de leche.
Sírvase joven- me dijo – es leche purita de vaca.
Yo, la verdad, con su tía no tenía mucha confianza. Siempre la traté con todo el respeto del mundo y la verdad me sentía muy agradecido por la confianza y por la atención.


Así que me quedé corto para decirle que yo había dejado de tomar leche hacía ya mucho tiempo. Reconozco que de niño tomé bastante leche, más de tres vasos al día, por eso alcancé una talla considerable. Pero ya a esa edad había abandonado totalmente el consumo de ese líquido y blanco elemento, por no decir que literalmente lo había cambiado por el consumo de otro líquido, pero este último dorado y de cebada.
Años que no tomaba leche. Si de lácteos se trataba, prefería un queso fresco, un queso edam y hasta un yogurt, pero leche no.


Así que viéndome comprometido no tuve más remedio que aceptar tener que tomarme esa tina de leche de vaca, pura purita de alguna res que había crecido de la manera más natural por algún pastizal sano libre de insecticidas. Era en conclusión una leche orgánica.


Y su tía que se sentó frente a mi mientras me seguía conversando sobre las costumbres de Huancavelica. Y yo hacía larga tomarme esos dos litros que habrían ahí por lo menos. Rogaba que se aparezca Janecita y explicarle que yo ya no tomaba leche. Total ella si tendría que entenderme.
Mientras la hacía larga veía el reflejo de mi cara moverse al compás de la leche. Tomaba de sorbo en sorbo, poquito a poquito. No quería empujar todo de golpe porque me corría el riesgo de que su tía en un acto de benevolencia total asuma que me gustó mucho y me vuelva a llenar la batea que me había dado por taza.
Mientras me conversaba miraba a todos lados buscando la forma de deshacerme de esos dos litros de leche que me habían servido y que en ese instante ya formaban una nata amarillenta como una malagua sobre el líquido. Mentalmente había planificado que al menor descuido, en un momento que vaya a la cocina yo tomaba acción con esa leche. Pero no veía ni un caño, un desagüe cerca. Ni un gatito, ni un perro que me ayude con algunos buenos sorbos.
Así que de poquito en poquito. De conversación en conversación. De sorbo en sorbo y esperando y esperando que aparezca Janecita terminé por acabarme esos dos litros de leche purita de vaca. Fácil, si hubiera tenido 16 años, con esos dos litros hubiera crecido unos 20 centímetros más.
Te sirvo más?- me preguntó
No gracias, señora, no se preocupe- respondí sonriendo.
Esta vez su tía empezó a hablarme de las bondades de la leche de vaca y que no tenía punto de comparación con la leche de tarro. Y yo escuchándole y dándole la razón. Verdad o no, ya no era el interés de la conversación. Yo sólo daba la razón y esgrimía algunos comentarios científicos a fin que su tía termine por aceptarme.
En estas circunstancias uno tiene que ganarse a la familia, caer bien. Tener a la familia en contra puede jugar un papel negativo si estás interesado en alguna fémina.
Pero bueno, después de unos 10 minutos de haberme terminado esa piscina blanca de leche, empezó a hacer estragos en mi pobre anatomía citadina, acostumbrada a comer chatarra y enlatados. Mi cuerpecito no estaba preparado para recibir tanta naturaleza pura. Mis tripas empezaron a crujir. Podía sentir claramente que se formaban burbujas en mi interior y que avanzaban a una gran velocidad por sabe Dios que intestino.
Mientras tanto, esta vez, su tía se había encarnado en Jeannette Emmanuel de Santa Natura y me empezó a hablar de las bondades de la sábila y yo conteniendo los estragos de la leche purita de vaca. Poco a poco sentí inflarme como un globo. Mis tripas sonaban como un carro viejo y yo moviéndome de un lado a otro tratando de encontrar la mejor posición para evitar explotar. En un segundo de descuido su tía sacó un jarra y me empujó un vasito de sábila gelatinosa que me hizo tragar de un sorbo.
Llegué a un punto incontrolable, ya no aguantaba más algo que no sabía qué, quería salir de mi cuerpo, iba y venía a través del colon, el ileón, el transversal, no se a través de qué, pero iba y venía y yo conteniendo.
Y su tía que seguía hablando y otra vez venía ese alien que quería salir de mi cuerpo y mientras yo estaba tratando de contener, apareció Janecita por detrás y aprovechando que no la había visto se le ocurre hacerme cosquillas y… Zuácate!
Lo demás no tengo que explicarlo.

Salí casi disparado, con un permiso previo y me dirigí de frente al hotel. Lo peor de todo es que por el frío intenso yo solía andar con mi buzito de tela, mi calentador de rayas, debajo del jean.
Yo que no quería bañarme por el frío, terminé metido en una ducha tratando de limpiar, las consecuencias de mezclar la leche, el pan con queso, la tuna y la sábila.
Bueno, en esta oportunidad, una vez más la cagué!!!.


Y ustedes que han tenido que soportar por amor?.

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