Tuesday, August 30, 2011

La Primera Vez



En febrero de 1990 yo tenía 16 años y tenía mi primera enamoradita. Miluska se llamaba. Ella tenía dos años menos que yo. Era una chica preciosa entradita en carnes y con una sonrisa capaz de hacer salir el sol en pleno invierno. Compartíamos los mismos gustos musicales. Todo empezó así intercambiando los ya obsoletos cassettes. Yo me esmeraba en conseguir esas cintas piratas de Bon Jovi, Poison y Europe que tanto le gustaban a ella. Era el tiempo del Glam metal.

Ella y yo, éramos unos párvulos inexpertos e impolutos que empezábamos a experimentar cosas nuevas en cada beso, en cada abrazo, en cada caricia subidita de tono.

Miluska vivía en una casa alquilada en un segundo piso. Tenía un hermano, que no era más que un pobre ganso que su vida se resumía en salir a jugar “fulbito” cada tarde. Su vida giraba en torno a una pelota. Luego de eso no le interesaba nada más. En cambio Miluskita, a pesar de ser su hermana de padre y madre, le encantaba el arte, la música y por supuesto yo.

Sus padres trabajaban todo el día y llegaban exactamente a las 6 de la tarde. Era su rutina de todos los días. Su rutina que también hice mía, pues sabiendo que no estaban en casa, cada tarde, después de almorzar, me cepillaba los dientes hasta tres veces, me compraba un halls de diez céntimos, agarraba mi bicicleta y pedaleaba las 20 cuadras que separaban mi casa de la de ella. Pasaba por la canchita de “fulbito” donde veía su hermano correr, como siempre tras la pelota. Llegaba a su puerta. Tocaba el timbre. Pasaba, dejaba mi bicicleta en el primer piso junto a la escalera y subía para verla.

Así transcurrían las tardes de febrero. Éramos dos jovencitos descubriendo el amor. Cada vez nuestros besitos se hacían más intensos. Los abrazos eran con más toqueteo y cada día nos íbamos quitando más la ropa. Cuando el reloj se acercaba a las 6 p.m. me despedía de ella, bajaba, montaba mi bicicleta y regresaba a mi casa al límite. A punto de estallar.

Un día le cuento a mi amigo Fernando. El “Nando”, mayor que yo, quien cual experto en la materia se encargó de hacerme quedar como un subnormal, como un retrasado sexual que al estar yo solo con Miluskita cada tarde hasta ahora no había debutado con ella.

Recuerdo aún ese día, fue un viernes, como cada tarde estaba con Miluska en su casa, nos besábamos, abrazábamos y poco a poco nos calentamos hasta terminar en su habitación. Después de hacer un par de intentos como “el misionero”, ella me dijo. “Mejor yo arriba” cuando estaba arriba, apenas empezando, suena la puerta del primer piso. Sonó la lata estrellarse. Miluska salió disparada a cambiarse y no tuvo mejor idea que decirme “métete debajo de la cama” (después de ese día entiendo todos esos chistes que hablan de esconderse debajo de la cama). Apenas pude jalar mi pantalón y escabullirme como un ladronzuelo bajo la tarima. Abriéndome paso entre algunos zapatos y juguetes, me quedé en completo silencio hasta contener la respiración. En esos momentos escucho abrirse la puerta de la habitación. Apenas respiraba y me encomendaba a todos los santos, prometía portarme bien y permanecer puro y casto hasta mi matrimonio si todo salía bien.

Que haces?- era la voz de su madre, que como nunca ese día se había aparecido a las cuatro de la tarde.

Todo estaría bien si Miluskita no se hubiera puesto nerviosa, tartamudeó un “na-na-nada”. Su esquiva mirada y su actitud sospechosa la delataron.

Y Eduardo?- Pregunta otra vez su madre.

- Ya se fue- otra vez apenas susurró Miluska.

Escuché los pasos acercarse. Su madre levanta con una habilidad única el colchón de espuma y me encuentra bajo las tablas de la tarima, escondido, acurrucado, en posición fetal con los pantalones abajo y sin calzoncillo.

Que haces ahí?- gritó

Y yo que con el susto, y con el frío, me había encogido hasta mi más mínima expresión, me quedé mudo sin atinar a dar la más escueta explicación.

Se han cuidado?- interrogó a Miluska.

Miluska también calló.

Después de ahí sólo escuché palabras y más palabras, sobre Dios, la moral, el sexo, los valores y la importancia de llegar impolutos y castos al matrimonio. Por si fuera poco, no bastando con eso, me amenazó que iría donde mis padres y que me acusaría que me había “ampayado calato” en su casa con mi “tesorito” a su libre albedrío.

Yo que siempre había mantenido la imagen de un jovencito bueno, respetuoso, estudioso apegado a la moral y buenas costumbres iba a quedar ante la sociedad como un vulgar degenerado, un abyecto, un sibarita descarriado que anda por ahí llevando por el camino de la perdición a jovenzuelas inocentes.

Bueno, cuando por fin, pude salir, me di cuenta que mi bicicleta me había delatado de alguna manera. Su madre la había visto ahí encadenada a la escalera y por lo tanto tenía que estar en algún lugar de su casa y no me había marchado como dijera Miluskita.

Desde ese día, cada vez que veía a la madre de Miluska pasar por las inmediaciones de mi casa de inmediato me escabullía como un perro huidizo y más aún si por esas casualidades mi madre, con quien se conocían y saludaban se encontraba fuera, con mil pretextos me la llevaba dentro de la casa. Gracias a Dios nunca llegó decirle nada. También, desde ese día, empecé a conocer los hoteles.

Sunday, August 28, 2011

Necesito un Auto

A mis treinta y tantos he concluido que necesito un auto. Uno a esta edad no puede seguir siendo un ciudadano de a pié, moviéndose en combis cochinas o en el mejor de los casos en algún taxi destartalado. Alguien de mi alcurnia que desciende de los más importantes abolengos de los Villalpando y Matalascayando no puede seguir siendo maltratado por cualquier cobradorcillo de transporte público.

Necesito un auto, porque no hay nada como llegar a una reunión social, a algún matrimonio de un familiar o un amigo en un auto propio. Bajas bien vestido a tu evento social y te diviertes y la pasas de lo lindo, sabiendo que cuando quieras retirarte, saldrás, encenderás el motor, meterás primera y directo y sin escalas a tu casita o al lugar que desees. Y si en la fiestecita lograste conquistar a alguna fémina, lograste convencer a alguna incauta, saldrás victorioso, la subirás al auto y la llevarás directo a algún hotel, algún “telo”, “telúrico”, “Telmex” y te meterás de frente hasta la cochera sin tener que hacerle pasar el roche de ir caminando por la vereda y justo al pasar frente a esa puerta luminosa con una “H” enorme que se prende y apaga, girar repentinamente y escabullirte como un ladronzuelo en su madriguera.

En el caso contrario, a estas alturas de la vida, no se puede llegar a algún evento social importante en un taxi tico amarillo o en un station wagon blanco y que todavía tenga inscripciones en el parabrisas cosas como “En memoria de mi madre Cirila” o en la parte posterior “Guíame Sr. De Muruhuay”, No pues! Esas cosas no son dignas de un treintón.

Y peor aún si a algún amigo se le ocurriese hacer su fiesta en alguna capilla escondida de algún distrito populoso de Lima, no te quedará más remedio que chapar tu mototaxi y, caballero nomás, llegar bien al terno “Giorgio Mamani”, “Gamarrage” o “Christian Pior” y bajar de esas mototaxis que le ponen lucecitas azules, rojas y escuchando reggaeton a todo volumen. En base tres esas cosas son imperdonables, y más aún si tienes el descaro de llevar pareja.

Y si en la fiesta, por esas casualidades de la vida, alguna jovenzuela cayó en tus sucias garras y no tienes auto, tienes que actuar de inmediato, saliendo y agarrando el primer taxi que se cruce en tu camino (si es que encuentras) y pagarle al chofer el precio que te pida. En estas circunstancias el “regateo” no tiene cabida. Sabes, que esos segundos, esos minutos que te demorarías en conseguir otro taxi destartalado pueden jugar en tu contra. La susodicha se puede desanimar, puede cambiar de opinión o en el peor de los casos puede recibir alguna oferta más atractiva y arrancarse sin compasión ni miramientos, pues se ahorraría el tener que estar esperando que su pareja consiga algún taxi o caminando hasta avenidas principales con el riesgo de ser asaltados a esas alturas de la noche.

Necesito un auto, porque un auto te da un plus, un adicional con el sexo puesto. Ahora me dirán que uno es igual con auto o sin él. Y en efecto, apoyo esa idea, pero no me podrán negar que contar con un auto te abre otras posibilidades. Si tienes un auto puede ser un buen pretexto para “jalar” a alguna fémina por el camino. Si vas sólo puedes hacer tu juego de lucecitas si ves alguna jovenzuela paradita esperando su microbús. O simplemente le tocas un par de bocinazos. Y si ya la tienes a tu lado, le puedes aplicar unas miraditas, una sobadita de pierna alegando que te equivocaste al querer hacer el cambio. Ah! Porque un macho reconocido maneja un carro mecánico. El carro automático es para señoritas. Un hombre que se jacte de tener sus testosteronas completas no puede ir desplazándose por las calles en un auto acelerando y frenando como carro chocón, eso no es de machos.

Bueno, por ahora, sólo me queda seguir viajando en estas combis destartaladas, descuajeringadas, así que he optado por sentarme al último para que nadie me esté empujando y para librarme que pudiera subir alguna ancianita y tener que cederle el asiento después de lo mucho que me costó sentarme. Y no es que sea un malcriado y no quiera dar el asiento. Por el contrario yo soy el primero en levantarme como un resorte si sube alguna viejecita, una mujer embarazada o alguna señorita guapa. Soy el primero en levantarme si estoy en uno de los primeros asientos, así no sea el reservado. Por eso, como siempre estoy cansado me siento al final, tranquilo y cuando sube alguna ancianita, soy el primero que grita “asiento reservado” y de inmediato me escondo en el anonimato.

Bueno, me desvié del tema, necesito un auto porque ya me cansé de ser torturado cada mañana, todos los días, 4 veces al día (y otros días 6) por las combis de este país. Aunque en estos últimos 5 meses he preferido las Couster. (Couster o nada!) a las combis pequeñísimas.

Me cansé de los cobradores, todos cochinos por igual, de los cuales recomiendo alejarse de su lado si desean mantener la salud de su nariz. Y peor si los ves usando esas camisetas de fútbol sintéticas que le sacan un olor a comino terrible, te sugiero caminar de inmediato sin parar hasta el fondo de la combi. No esperes que te lo pidan, dirígete derechito hasta el último extremo del pasamanos. En este país, pareciera que fuera un requisito indispensable tener un buen “alacrán” para ser cobrador de transporte público.

Me cansé que me estén diciendo “avancen, avancen! dos filas!”, “avancen por la derecha dos pasamanos!”, “colabore pues señor”, “al fondo entran cuatro”, “apéguese por favor apéguese”. Y ni hablar de los vendedores ambulantes que suben en cada esquina y te ponen sus “productos golosinarios” en la cara.

Necesito un auto porque ya me cansé de gorrearle el carro a mi hermana. Todos estos años he vivido como Facundo Cabral “No tengo auto porque mis amigos lo tienen”, pero ahora ya me cansé de depender de mi hermana para los paseos, de ajustarme a sus horarios, sus necesidades y de que me deje un espacio pequeñísimo en su maletera.

Necesito un auto, y necesito también el dinero para poder comprarlo. Alguien me podría prestar?.

Thursday, August 25, 2011

Ya Estoy Viejo



El día sábado fue cumpleaños de Inesita. Como se que lee este blog, me reservo mi derecho a no mencionar su edad, a fin de mantener su amistad.
Como todos los años Inesita celebró su cumpleaños, esta vez en la “Dolce Vita”, lugar al que nunca antes había ido, así que era una buena oportunidad de conocer nuevas alternativas de diversión.

Según las condiciones del local, la reserva solo era hasta las 11 de la noche. Luego de esa hora tu mesa reservada se la daban a cualquier parroquiano que la pida, así que como siempre, yo tan puntual, llegué a tiempo a fin de asegurar “la mesa”. Y pongo “la mesa” entre comillas porque me dieron un cuadradito, un cubito ínfimo con unas sillas pequeñísimas, dignas de algún nido para niños de 3 años. Eran unos asientos incomodísimos sin respaldar. Por si fuera poco la ubicación de la mesa estaba cerca de la pista de baile, que no era más que un breve espacio, una pequeñísima franja que poco a poco se fue llenando de jovenzuelos despeinados y jovencitas guapas.

A la hora se apareció Inesita con unos amigos, como siempre tarde. El local se llenó rápidamente de bote a bote a tal punto de parecer una combi en plena hora punta.
La gente bailaba apretujada, sudorosa, prácticamente se volvió imposible para mi bailar, no podía moverme en esos reducidos espacios. Y no es que sea un bailarín eximio pero pido al menos un pequeñísimo espacio para poder dar un “pasito pa adelante y otro para atrás”. Pero a los chibolos poco o nada le importaba que la pista de baile estuviera llena. De un salto se abrían paso y hacían coreografías y se iban hasta el piso y se abrían espacio a punta de caderazos. Y yo, sin poder moverme.
Cuando estaba sentado, las sillas eran tan diminutas que mi cara prácticamente daba a la espalda baja de los que estaban parados. Y como estábamos sentados al borde la pista de baile, en un momento sentí unos ligeros empujoncitos en mi cabeza, volteé y me encontré literalmente con “un poto” centelleante, redondo, apretado por unos jeans a la cadera de alguna fémina que se contorneaba al compás de la música. Yo que había volteado con el ceño fruncido con unas ganas de armarle la bronca a cualquier mozuelo que estuviera incomodándome, tremendo espectáculo hizo que me cambiara la cara y babeara como un inexperto quinceañero. Bajo esas circunstancias dejé que las cosas sigan así, me dejé llevar por la música, por el masajeo gratuito, que yoga ni que Pilates, no había mejor relajación que esa terapia.

Así transcurrió la noche y exceptuando la situación del masajeo, sinceramente no me sentí a gusto. Me sentí un bicho raro, un desubicado, como un huevo en un cebiche que no tiene nada que hacer allí.

Por eso he concluido que ya estoy viejo, que ya no estoy para estos trotes. Ya no estoy para que me estén empujando mientras bailo. Ya no estoy para la música estridente. Ya no estoy para estar peleando por un metro cuadrado. A estas alturas de mi vida prefiero mil veces una conversación que un baile. Ya no me divierte moverme como un loco sin poder conversar tranquilo. Por eso, repito, he llegado a la conclusión que ya estoy viejo.

Otro síntoma que me ha hecho llegar a este colofón es que, si alguna vez pretendo hacer algún pasito nuevo de baile en las coreografías de las canciones que dicen “para abajo, para abajo, para arriba, para arriba”, esta lumbalgia, este nervio ciático que recorre mis nalgas me hace acordar que por las puras puritas no se tiene treinta siete años a cuestas.

Y este dolor intenso en la espalda, me ha hecho algunas malas jugadas. Por ejemplo, hace unos días me senté en el asiento final de una “couster” que corría como loca por las calles de Lima y se pasaba los baches y los rompe muelles sin la menor consideración. En cada rompe muelle me hacía saltar hasta el techo y con este dolor de espalda me hacía ver al mismísimo Judas Calato. Así que prácticamente iba en el aire, por lo que opté por levantar la pelvis, despegar el trasero del asiento en cada bache para ir en el aire y no tener que sufrir el dolor de los brincos de la combi. El problema es que como estaba la combi llena, frente a mi habían dos jovencitas guapas que me veían que cada cierto tiempo levantaba el trasero del asiento y le hacía unos movimientos pélvicos, que si bien lo hacía por un asunto de salud ellas asumieron que era algún degenerado, algún sibarita aguantado haciéndole gestos obscenos. Las féminas desaparecieron a los pocos segundos y yo quedé como un viejo verde degenerado.

Y una vez más concluyo que estoy viejo porque últimamente orino en dos direcciones. Y no es que la naturaleza haya sido generosa conmigo o que sea Pepito Dos Cañones, sino que luego de mis indagaciones profundas en Internet, he descubierto que eso es un síntoma de una “prostatitis”.
El problema es que cada vez que voy a un baño ando como perro callejero dejando mi marca por todos lados. Y no puedo apuntar con habilidad para darle al water o al urinario. Últimamente se me cruzó la loca idea de sentarme para orinar pero mi orgullo de macho que se respeta no lo permitió.
Lógicamente que me rehúso a aceptar esa enfermedad, porque temo ir a algún consultorio y ver que el médico se ponga esos guantes de látex a fin de corroborar mi dolencia.
Tengo 37 años, a menos de un mes de llegar a los 38 y ya me siento viejo. Necesito olvidarme del trabajo, de los estudios, de los problemas y del stress. Necesito relajarme, necesito hacer yoga o Pilates, o mejor que eso, necesito el masajeo del algún poto centelleante.

Tuesday, August 23, 2011

Que es el Beso?

Dicen que el primer beso nunca se olvida. Supongo que es el beso en los labios, el beso apasionado, el beso enamorado. No es cualquier besito de una amiguita en el cachete o en la frente, es ese beso de dos, voluntario, en los labios y que por lo general es muy inocente. Y hay besos y besos, al menos yo recuerdo el mío, tercer grado de primaria, beso apresurado, sin el preámbulo necesario como para coronarse como un beso de telenovela, estábamos hablando de tomates y de un momento a otro simplemente la agarré y la besé en los labios o mejor dicho junté mis labios a los suyos sin ninguna carga erótica y luego salí disparado, corriendo a esconderme entre el tumulto de los alumnos. De ahí no tuve cara de mirarla nuevamente, a pesar que ella, quiero pensar eso, correspondió a mi beso, se dejó, se rindió, no opuso resistencia.
Y digo que hay besos y besos porque son de distintas formas y ocurren en distintos momentos, como el de mi amigo Antonio, cuando teníamos 17 años, habíamos invitado a tres amigas, y como buenos caballeros habíamos literalmente reventado nuestras propinas pagándoles las entradas a la discoteca, las gaseosas, los halls, los chiclet’s y un par de cervezas para seis. Habíamos invertido nuestras propinas de todo un mes en esa invitación con el objetivo de obtener alguna caricia de nuestras amigas. Como pasaba el tiempo y no había el menor indicio de que aquello ocurriera yo literalmente había tirado la toalla. Pero mi amigo Antonio no se había resignado a tirar así por así su dinero que había ahorrado con tanto esfuerzo y privaciones. El tenía que obtener algo, pero el tiempo se le estaba terminando mientras caminábamos a casa de una de ellas. Cuando estábamos en la puerta, dando la despedida final, Antonio no tuvo mejor idea que agarrar a una y besarla intempestivamente, casi a la fuerza. Aún me queda la imagen grabada de Antonio besando efusivamente moviendo su rostro de un lado a otro con sus manos sosteniendo los brazos de mi amiga. Y ella, absorta, inmóvil, petrificada, tomada por sorpresa, con los ojos totalmente abiertos.
Cuando Antonio terminó su supuesto beso amoroso, ella exclamó: “Y éste que tiene?”.Aún me queda la imagen de la cara de Antonio, desencajada, y a mi sólo me dejó una lección, hay que hacer las cosas con paciencia y hay que saber en que momento actuar. Hay que darse cuenta si tienes opción o no, no hay más.
Y nuevamente repito que hay besos y besos. Ya mayorcito y con algunos años encima, me encontré después de tiempo con mi gran amigo Carlitos, lo llamábamos “Carlitros” por las cantidades considerables de ingesta de alcohol que se echaba cada fin de semana y mi gran amigo Oscar. A éste lo llamábamos “Roscar”, “Rosquitar”. Porque en el Perú a las personas le gusta cambiar, tergiversar, rotar, invertir, cortar los nombres, poner apodos, chapas, motes. Acá en el Perú tu nombre no es tu nombre, es solo el punto de partida para todos los posibles nombres cambiados que podrías tener durante el transcurso de tu vida, según el capricho de tus amigos. Así le habían cambiado el nombre a mis amigos, Juan Carlos era “Juan Cabros”, Amparo era “Tramparo”, José Orihuela era “José Orihueca”, Alberto era “Abierto”, Martín era “Mierdin” y otros más que no recuerdo ahora.
Pero bueno, el hecho es que en esa reunión nos encontrábamos Carlitos, Oscar, Karina, Katy, Mirella y yo. Carlitos toda la vida había sido un triunfador, había arrasado literalmente con cuanta mujer se había cruzado en su camino. Oscar por el contrario había sido de perfil más bajo, sin que esto signifique que no hubiera tenido sus encontrones gloriosos con el sexo opuesto.
Ese día, después de mucho tiempo nos habíamos reunido y habíamos empezado con un cebiche y su respectivas cervezas, como tiene que ser, porque el cebiche es con cerveza, así como el chifa es con la inca kola, como la pizza es con sangría y como la parrilla es con el vino. Empezamos con las cervezas y luego de habernos contado muchas cosas y matizado la tarde, decidimos ir a mi departamento. En esa época tenía el privilegio de vivir solo y eso tácitamente significaba para los amigos tener un lugar donde juerguear, tomar, hacer reuniones e incluso hasta me pagaban para que les deje el departamento y me desapareciera una buena cantidad de horas.

Así que, decidimos ir a mi departamento, ya sazonados con unas chelas encima, a seguirla porque el objetivo estaba trazado, no hay más ni más, es la ley de la vida, de las relaciones sociales, de la conservación de la especie. Y como un acto de compañerismo también nos habíamos repartido las féminas. Cada quien le había puesto la puntería a una de ellas. No había porque disputar o pelearnos por una cuando había tres, exacto, una para cada una. La amistad está por encima de todo.

Carlos desde un inicio ya estaba de ganador con Karina, Oscar se había pegado a Katy y yo había aceptado de buena gana o por azar del destino ponerle la puntería a Mirella. Pero el alcohol juega su papel importante porque en estado sano quizás no pienses igual. Bajo esas circunstancias uno cree que todo se puede.

Entonces, yo me dije, yo también tengo que ganar. Así que ya con unas previas miraditas y una abrazadita de vez en cuando a Mirellita estaba dando mis primeros pasos para consumar el hecho. El alcohol había hecho lo que tenía que hacer, el resto era mío. Le tomé la mano a Mirellita y ella sólo me sonrió y yo sintiéndome un idiota por el poco coraje de lanzarme de frente a la yugular y clavarle los dientes.
Mirellita se paró de la mesa y se dirigió al baño, por lo que me dije “aquí tiene que ser”, “yo mismo soy”, “si no es ahora nunca”, “vamos caraaaajo”. El baño estaba ligeramente escondido, en el ya clásico “al fondo a la derecha”, así que me paré despacio, Carlitos estaba en pleno agarre y Oscar que le faltaba poco para lograr su cometido, se jugaba de manos con Katy. Yo era el que había avanzado menos.
Así que ni corto ni perezoso calculando el tiempo que salga del baño me paré y como “haciéndome el loco quien revisaba el bar, abría la refrigeradora”, me fui moviendo lentamente y a la vez esperando. Cuando escuché abrirse la puerta del baño, caminé y casi la detuve en el pequeño pasillo.
Que haces le dije y puse la mano sobre la pared para impedirle el paso. Me sonrió. Así que respirando hondo y tomando valor me acerqué y le apliqué un “chape de aquellos”, un “beso profundo” y ella me siguió, al menos así lo sentí yo. Se dejó llevar y yo “bingo” decía en mis pensamientos.
Cuando terminé de besarla, Mirellita agachó la cabeza y empezó a llorar, despacito.
- Que pasa Mirellita le dije-
- Discúlpame- me dijo -lo que pasa es que…- y se quedó en silencio.
Y yo, sintiéndome apenado sin saber que decir. Y ya estando a punto de soltarle ese poemita de Federico Barreto “Un beso es el dulce idioma, con que hablan dos corazones, que mezclan sus impresiones, como las flores su aroma”
Mirellita volvió a hablar.
“No Eduardito no es por eso” y yo que la abrazo fuerte y ella nuevamente, dice:
“Me sentía mal y he vomitado tu baño, discúlpame”…

Acá les dejo con este poema cursi que es “camote” de todos los cómicos ambulantes, vendedores y charlatanes:

Con candoroso embeleso
y rebozando alegría,
me pides morena mía
que te diga…¿Qué es un beso?
Un beso es el eco suave
de un canto, que más que canto
es un himno sacrosanto
que imitar no puede el ave.
Un beso es el dulce idioma
con que hablan dos corazones,
que mezclan sus impresiones
como las flores su aroma.
Un beso es…no seas loca…¿Por qué me preguntas eso?
¡Junta tu boca a mi boca
y sabrás lo que es un beso!

Sunday, August 21, 2011

Por Qué No Me Caso



Yo soy como Pablo Milanés cuando canta: “Yo no te pido que me firmes, diez papeles grises para amar” o soy partidario de aquella propuesta formulada por una política alemana de promulgar una legislación para que el matrimonio tenga una fecha de expiración.

No me veo parado frente a un altar vestido de pingüino, simulando una fe que no profeso. No me veo haciendo juramentos y promesas que tal vez algún día no pueda cumplir. No me veo caminando por el medio de una iglesia y que todo el mundo me esté mirando, cuchicheando y otros rajando, los que nunca faltan. No me veo saliendo de una iglesia y ver las caras de mis hermanas, tías y primas aventándome arroz, tan caro que está. De mis amigos no lo espero, porque estoy más que seguro que sólo se aparecerían a la fiesta diciéndome “ya pues Eduardito donde están las chelas”.

No me veo firmando unos cuantos papeles con un sujeto que me está filmando y otro más atrás diciéndome, “espera, espera” y mientras yo hago la finta que firmo con una sonrisa forzada, me estampa el flash en la cara para que quede el recuerdo de una sentencia voluntaria.

No me veo en esos estúpidos juegos de sacar la liga de la pierna de la novia y que la gente todavía grite “oeeee, suave” como si aún no conociese todos esos lugares de la anatomía de mi supuesta novia. Y no me veo más aún pararme al frente, dando la espalda a los solteros y que un animador de barrio me diga bajito “shhh a la tercera avientas la liga para ponerle más emoción”. De lo que si estoy seguro, es que si aventase la liga, todos mis amigos correrían, se alejarían, se abrirían como si lo que cayera fuera una bombarda que aquel que la toque será la próxima víctima de una muerte anunciada.

No me veo bailando el danubio azul o el ahora ya clásico “tiempo de vals” de chayanne, en versión 12 pulgadas, con todas las tías, hermanas, primas, amigas, acercándose una tras otra con una sonrisa burlona como diciéndome “te cagaste”.

No me veo gastando los ahorros de toda mi vida en una ceremonia, una boda que sólo dura 24 horas a lo mucho. No me veo dándole de comer y beber gratuitamente a familiares, amigos y paracaidistas que nunca falta, a cambio de recibir unos cuantos regalos comprados en “Mesa Redonda”. Un reloj de pared de 10 soles. Un juego de tazas chinas de 20 soles. Tres cuadros pacharacos, una plancha Imaco o una olla arrocera Miray.

Podrán acusarme de insurgente, de rebelde a las buenas costumbres. Pero déjenme sustentar aún más mi teoría, con el recuento de algunos matrimonios a los que he asistido:

Primer caso

En enero de 1996 se casó mi gran amigo Raúl, El Raulito, militar él. Después de un corto noviazgo con Adriana decidieron que lo mejor era casarse y continuar el camino juntos. Para esa fecha, haciendo un gran esfuerzo Raulito había logrado agenciarse de un dinero a costa de privaciones y dietas forzosas. En realidad era poco, pero al fin y al cabo tenía un gran valor por todo el sacrificio que había hecho con Adrianita para poder atender a los invitados.

Llegó su día “D”, su día clave. Se casó en una ceremonia sencilla y luego todos pasamos al salón de recepción. Empezó la fiesta con un equipo cuadrafónico (como ponen en las tarjetas de polladas) y el bar estaría surtido de la rica y refrescante rubia, pero oh! Sorpresa! El poco dinero que con mucho esfuerzo había logrado juntar el buen Raulito no alcanzó para abastecer esa sed de náufragos de toda la sarta de galifardos que tenía por amigos. Los que, todavía en un acto de “irrespetuosidad” no asistieron a la ceremonia, sino, como buenos peruanos, fueron de frente al salón de recepción. Que felicidad de Raulito ni que ocho cuartos, que venga las chelas gratis, la comida y las hembritas.

Pero el poco dinero no alcanzó para comprar un par de camionadas de cerveza que estimo sería lo suficiente para saciar la sed devoradora de la mancha, sino para una modesta cantidad de 30 cajitas.

El hecho es que se acabó la cerveza, se acabó la fiesta. Mejor vamos a otro lado y que empiece el raje.

Situación actual de Raul y Adriana a la fecha: Separados.

Segundo caso

En 1998 se casó mi amiga Liliana. Lindísima ella. Era una chinita finita de linda sonrisa. Graciosísima. Estaba estudiando para profesora en un instituto local. Solía estar siempre con nosotros, pero no sé en que momento y bajo que circunstancias conoció a un sujeto que la enamoró y para colmo de males la embarazó en el poco tiempo que estuvieron juntos. Y no es que defienda a mi amiguita o la unidad de grupo de aquella época, pero este sujeto era un vago. No estudiaba ni trabajaba. De vez en cuando le salía algún cachuelo poco significativo. Y para colmo de males, que Dios me perdone por lo que voy a decir, pero no encuentro otra frase mejor que describa a este sujeto, era un feo de mierda. No era feíto, era un feo de mierda con las letras bien puestas. Y que conste que no es que esté derramando bilis por haber tenido algún interés sentimental por Lilianita, sólo estoy tratando de ser lo más objetivo. No encuentro otro calificativo mejor que ese.

El hecho es que los padres de mi amiguita decidieron que debía casarse. Así ellos corrieron con todos los gastos (de donde pues! Si el otro ni trabajaba!) y se organizó la famosa ceremonia en noviembre de 1998.

Nunca vi una ceremonia tan radicalmente separada. La familia de la novia todas “fashion” para el lado derecho, dignos de una página de Sociales de El Comercio; y la familia del novio, todos feos para el lado izquierdo, dignos de alguna página de cine de terror.

Nadie se atrevía a cruzar esa línea divisora imaginaria trazada en el centro del salón de recepciones, para ir a sacar a bailar a alguien del lado opuesto.

Situación actual de Liliana: A punto de separarse, con 3 hijos.

Tercer caso

Cuando se casó Rosmery mi amiga entrañable de casi toda una vida me dio mucha alegría. Había tenido un noviazgo por más de 10 años. Habían pasado mil y un situaciones, desde pequeñas peleas, separaciones, postergaciones de boda por quedarse sin trabajo, etc. Etc. El hecho es que después de haber trabajado ella y su novio denodadamente habían alcanzado una estabilidad económica por encima del promedio nacional y por lo tanto habían juntado lo suficiente como para tener una boda digna. Yo estuve con ella en varios pasajes de los preparativos de su boda. Algunas veces cuando su novio no podía acompañarla, yo solía hacerlo. Ir al centro de Lima. Escoger las mejores tarjetas de invitaciones, recuerdos. Hacer contrato para la elaboración de la torta. Alquiler de la limousina, vestido de novia, etc.etc. Rosmery en esos meses previos a la boda bajó de peso tan rápido por todo el stress que si se hubiera metido en un gimnasio en ese tiempo.

El hecho es que llegó la boda. Ella y su novio gastaron una buena suma de dinero en la ceremonia. Había orquesta, sonido, vino, cerveza, whisky, champagne, comida para todos sin excepción.

La pobre Rosmery durante la ceremonia, el clásico paseíto antes de ir al salón de recepciones y durante los ritos que dura la boda se la pasó preocupándose que todo esté en orden, que a nadie le falte nada. Que todos coman y tomen. Es decir se la pasó preocupándose por todos y fue la que menos se divirtió.

Sus amigos y yo, no podíamos corresponder de mejor manera esa preocupación que comer y chupar como desgraciados, como alcohólicos no anónimos, como camión succionador de aniegos de sedapal. A costas del pulmón de Rosmery y su novio, dimos rienda suelta a nuestros voraces apetitos de comida y alcohol.

Situación actual: Su esposo perdió el trabajo. Se separaron. Un hijo.

Podría seguir relatando otros casos más, en donde después de un gran esfuerzo y querer atender a todos los invitados, reciben a cambio un raje tremendo, como las clásicas frases que he escuchado “Que vergüenza, no había cerveza y todos estábamos mirándonos las cara”, “Que roche, donde se ha visto eso, haciendo una chanchita para comprar el trago, si no tienen plata no deben invitar entonces”, “Viste el vestido de la novia, horrible, a cuanto lo habrá alquilado… seguro el más barato”, “La comida estaba fea, creo que hasta ya se estaba malogrando el pollo”, “Que ridícula la familia de la novia, se adueñaron de la cocina y sólo repartían la comida para ellos… y nosotros nada”, “Ese es su novio de fulanita… bien chancadito el pobre”, “tamare, sutanito debe estar bien desesperado para casarse con esa gorda”.

Y termino negándome rotundamente a casarme. A firmar un sentencia voluntaria. ME NIEGO!!!.

LinkWithin

Revisa también estos posts: