Tuesday, August 09, 2011

La Bicicleta

Cuando era niño me moría por una bicicleta, bueno no sólo yo, todos mis hermanos. El hecho es que por una situación económica incómoda mi padre no podía adquirirnos una. Como recordarán, por aquella época de los ochenta, no había tantas bicicletas como las hay ahora. En estos días te puedes comprar una hasta con 10 soles. En cambio por esos años era dificilísimo. Y más aún si vivías en provincia como era nuestro caso.

Por esos años, mi abuela, mi querida abuelita que vivía en Huaytará, un pueblito enclavado en la serranía peruana, nos regaló a mi y a mis hermanos un toro. Bueno a decir verdad fue un becerro, un ternero, un novillo pequeñísimo. El regalo, se puede decir, fue “nominal”, pues por la distancia nosotros jamás vimos el bendito torito que creció a sus anchas corriendo por los alfalfales de Huaytará. Cuando fue mayor y ya teniendo una edad para su comercialización, mi queridísima abuela lo vendió y cumpliendo su palabra envió el dinero a mi madre. Cuando vi tanto dinero junto me entusiasmé al máximo sabiendo que una cuarta parte era para mi. De frente, sin dudar siquiera un segundo, mi sueño de la bicicleta propia lo sentí cada vez más cerca de hacerse realidad. De inmediato me vi manejando en mi productiva imaginación, esas bicicletas que estaban de moda tipo motocross que tenía una especie de tanque color amarillo y eran contra-pedal, o una clásica bicicleta “Caloi” que iban a “crecer conmigo” o por último hasta me conformaba con esas bicicletitas clásicas de paseo que tenían paradójicamente el timón en forma de cuernos de toro.
Pero “oh! Sorpresa”, mi madre tenía otros planes para ese dinero. Nos llevó a cada uno de los cuatro hermanos al “Banco Popular” y nos abrió una cuenta bancaria que consistía en una especie de libretita escrita a máquina y depositó a cada uno de nosotros lo que nos correspondía del bendito toro. Por más que rogué, supliqué, me tiré al piso, prometí sacar diplomas en el colegio, portarme bien, no andar descalzos, bañarme todos los días sin renegar, alimentar a los patos, conejos, pollos y gansos; mi madre no dio su brazo a torcer “eso es para sus estudios cuando terminen el colegio” era su principal argumento. Con esa plata fácil me compraba hasta dos bicicletas.
Ese día lloré de rabia. Cada vez que veía esa libreta de ahorros, mal hecha, escrita a máquina y que tenía una especie de filigrana en el fondo con las letras “BP” me daba más cólera aún. Pero que podía hacer. A esa edad no se puede luchar contra las decisiones de los mayores. Así me resigné a “gorrearle” bicicleta a mis vecinas, a mis primos, amigos. Aprovechar cuando se cansaban para darme una vueltita por la cuadra nomás. Más allá no, porque podría ser víctima de cualquier ratero de los que abundan por allí.

Para esa década de los ochenta estuvo nuestro queridísimo Alan García de Presidente. Empezó la inflación, la inflación galopante, la hiper inflación, la recesión, la estanflación, la devaluación y todos los términos económicos que terminan en "ón" habidos y por haber (los negativos por cierto) y mis ahorros junto con los de mis hermanos se convirtieron en “NADA”. El toro, pobrecillo aquel que dio su vida para hacernos felices, se hizo agua. Su sacrificio fue en vano. Fue a parar a cualquier camal de mala muerte, al plato de algún hambriento carnívoro o la parrilla de alguna anticuchera de esquina de barrio. El objetivo para el cual había nacido no fue cumplido. No pudo hacer feliz a cuatro niños.
Después de unos años acompañé a mi madre otra vez al banco, con las cuatro libretas de ahorros. Sacó todo lo que quedaba de cada uno y lo juntó en una sola cuenta a su nombre. El dinero no alcanzaba ni para comprar el timbre de la bicicleta.
De alguna manera crecí con ese dolor, con esas ganas de tener una bicicleta. Como dicen “me quedé empuntado”, “con las ganas” “con el clavo”, “con la yuca” y había que sacarla.Al cumplir los 18 ya estaba en Lima y por aquella época lideraba en el rating de la televisión el programa “Fantástico”. Así que me inscribí y me llamaron para concursar en el famosísimo juego del “Potro Salvaje”. El programa era temprano, a las 7:00 p.m. Para mi buena suerte me tocó concursar con 2 chicas. Yo nerviosazo, pero fuerte al fin. Mi ansiada bicicleta estaba cerca. Así que me llamaron y me subí. Rogaba para que el animador de entonces, Rocky Belmonte, el de los 200 ternos, no me haga preguntas, pero fue inevitable. Preguntó a este púber “que opinas de las chicas?” y yo de la manera más "gansa" y totalmente desprevenido respondí “están hermosas” no se me ocurrió otra cosa más ingeniosa. Y para redondear esta faena del ridículo preguntó el animador, esta vez al público, “chicas les gusta Eduardo?” y todas respondieron al unísono “NOOOOOOOOOO”.Sin embargó soporté de manera heroica este ridículo por el fin supremo: La Bicicleta. Empezó el juego y como Dios me proveyó de dos piernas largas y fuertes pude sujetarme fuertemente del potro salvaje que se movía incesantemente por arrojarme de su lomo. Soporté una buena cantidad de segundos sobre el caballo mecánico, los suficientes para ganarle a las dos jovencitas. Y gané!!! Si carajo gané la bendita bicicleta!!!. Se me dibujó una sonrisa como nunca antes. Era una sonrisa de niño feliz, pese a mis 18 abriles.
Así fue, mi primera bicicleta, era Monark “de carrera”, catorce velocidades, color naranja con dorado. Tanta era mi felicidad que me iba pedaleando desde mi casa en San Miguel hasta la Universidad Agraria en La Molina, por toda la Avenida Javier Prado. Lo hacía a menudo, no me importaban las distancias, lo importante era manejar bicicleta. Recuperé todos esos momentos de felicidad que de niño no tuve… bueno hasta que un día de regreso a casa, entrando a Magdalena, a un viejo decrépito se le ocurre abrir la puerta de su auto estacionado, justo cuando yo pasaba por su lado. Me estrellé. Salí disparado como espermatozoide de quinceañero y me estrellé con el pavimento. Perdí el conocimiento. Pero esa es otra historia que algún día contaré.
Hoy aquí, desde este humilde portal quiero rendir homenaje a aquel torito que murió por una causa noble. Y lo que no se pudo con un toro, se pudo con un potro, la Bicicleta.

3 comments:

  1. Jajaja fue una lectura bastante animada, por ratos me conmovió todo lo que hiciste para obtener una bici! Vaya que has tenido una vida agitada...

    ReplyDelete
  2. Ese relato si fue la pura purita verdad.
    Al final vendí mi bicicleta a 20 dólares. Desde esa fecha no he tenido bicicleta.

    ReplyDelete
  3. Hola Eduardo. Muy bonito relato. Al menos, te sacaste ese clavo que lo tuviste desde tu infancia. Pobre torito, se sacrificó por las puras alverjas. Eso es una muestra clara que cuando uno se traza objetivos, hay que luchar por ellos y podrás quizás estar dormidos o anestesiados, pero nunca erradicados.

    Un abrazo.

    LUCHO

    ReplyDelete

LinkWithin

Revisa también estos posts: