Tuesday, August 02, 2011

El Cuchillazo Final

Abrí mi correo electrónico como siempre y encontré un mensaje nuevo “info Hi5”. Al entrar, encontré una invitación: “Sonia” quiere agregarlo como amigo, decía junto a una foto que no se distinguía bien. Me atrapó la curiosidad de no saber quien era. Entré de inmediato al Hi5 y le di un click a su foto. Era Sonia, mi ex enamorada, si así podría decir, que tuve cuando era apenas un adolescente, bordeando ya la línea divisora con la juventud. 

Yo confieso que siempre fui tímido y algo torpe con las chicas, pero tuve mis momentos de gloria también. No crean que he sido un “loser” total. Hubo una época de mi vida en la que jugué vilmente con dos a la vez. Tenía una enamorada oficial y a la par salía con Sonia. Ella lo sabía y lo aceptaba. Me porté muy mal. No tenía tampoco el valor para terminarla. Tal vez eso era lo más cómodo para mi. En el fondo quería seguir viviendo ese juego aterrador de estar con dos. Pero le hacía daño. Ella esperaba que algún día termine con mi enamorada e iniciar en serio algo juntos. Siempre tuve miedo de quedar como un canalla, de interpretar el papel de malo de la película y por eso nunca tuve el valor de acabar con esa relación, sin saber que de esa manera estaba siendo más miserable todavía. Así la tuve por casi dos años hasta que un día se fue. Se despidió por teléfono y no supe más de ella. Me sentí mejor que ella haya tomado la decisión que yo no tuve valor de asumirla.

Por eso me sorprendió encontrar su invitación de “amigos” en el Hi5 después de casi 15 años. Revisé sus fotografías. Se le veía bien. Yo diría muy bien. Tenía fotos en el “Opera de Sydney” Australia. Junto a unos canguros. En unas playas, que deduje debían ser de Sydney también. Sonreí y de pronto me vinieron los recuerdos de lo tan mal que me porté con ella y tuve temor de aceptar su invitación. Mil preguntas me llegaron a la cabeza. Finalmente la acepté.

Al otro día me llegó un mensaje, otra vez por el Hi5, me decía “Hola Eduardo, mira donde te vengo a encontrar, se te ve muy bien en tus fotos, cuéntame que ha sido de tu vida”. Ese “se te ve muy bien en tus fotos” me sonó a un “cliché” a algo que siempre se dice solo por cumplir. Me sonó poco sincero, después de todo nunca me gustaron las fotos y por lo tanto nunca salí bien en ninguna. En cambio ella si salía muy bien. Salía preciosa después de 15 años. Pensé mucho para animarme a responderle y confieso que borré más de diez mensajes. Finalmente escribí “Hola Sonita que gusto saber de ti. Ya veo que te va muy bien y que estás muy lejos de Perú”. Al día siguiente recibí otro mensaje “Hola Eduardito. Estoy en el Perú hace una semana, que tal si nos vemos un día, un cafecito, un lonche y conversamos. Pásame tu correo y tu celu para llamarte”. No esperé que estuviera en el Perú, hubiera preferido, en ese instante, que siga lejos. No supe que responder. Finalmente tomé valor y le puse “Ok, me parece bien, te dejo mi número de celular”. Después de enviar el mensaje cada llamada que entraba a mi celular, temblaba con una emoción extraña de pensar que sería ella. Así pasé con sobresaltos por casi dos días. Finalmente, cuando estaba en el trabajo entró por fin su llamada. “¿Eduardo?”, “Sí” respondí. “Hola Eduardiiiiitoooo, ¿cómo estás?” me dijo así con ese timbre de voz, feliz. Y yo fingiendo esa misma felicidad “Hola Sonita que tal ¿cómo estas tú?”. Después de unas cuantas palabras quedamos en encontrarnos en el Laritza de Chacarilla, a las 7:00 p.m. en punto.

Ese día casi no pude trabajar. Había venido igual de zarrapastroso como todos los días. No me daba tiempo de ir a mi casa a cambiarme de ropa. Me miré al espejo, hasta tenía un grano más en la frente. Justo tenía que ser ahora. Salí del trabajo apurado, previa lavada de cara y bañado en perfume prestado. De nada me sirvió el acicalamiento si tenía que viajar en “los chinos” esos ómnibuses celestes que van por todo zarumilla repleto de gente, entre cuerpos retorcidos y oliendo a comino. Después de una hora de viaje me bajé en Primavera. Pagué “una china” hasta Wong de Chacarilla y de ahí a esperar. Nervioso, fumando un cigarro. Cuando estaba llegando al Laritza, se estaciona junto a mi una camioneta negra Suzuki Grand Nomade y me tocan el claxon. Era Sonia. Me saludó moviendo las manos desde la camioneta y con una sonrisa de oreja a oreja. Yo sonreí forzadamente y la esperé que baje.

Nos abrazamos fuerte y previo beso en la mejilla entramos al Laritza. Nos sentamos en el segundo piso, junto a la ventana, pedimos café y unos “sanguchitos”. Nos miramos y sonreímos. “Cuéntame, que ha sido de tu vida”, le dije “te he visto en Sydney” pregunté. Me contó que vivía en Australia hace 5 años, que era residente, que estaba haciendo una maestría en negocios internacionales y trabajaba en una empresa en el área de contabilidad. Que se había casado con un Argentino que residía también en Australia. Que vivía en Sydney en una casa enorme y que tenía hasta caballos. Que todavía no había pensado tener hijos. Que había venido al Perú a ver a su mamá y a comprarse también un departamento acá, porque extrañaba el Perú. Por lo pronto ya se había comprado el año pasado esa camioneta “Suzuki Grand Nomade” y que la manejaba su hermana para que no se malogre por estar guardada. Después de que por media hora me contara de manera fugaz su vida, desde el día que se marchó, vino lo que temí por siempre. La misma pregunta que yo le hice. Era un arma de doble filo. Todo depende de lo que tengas que decir. Que podía decir yo. No tenía nada. No había logrado nada. Seguía siendo el mismo “misio” de siempre. Vivía en el departamento de mi padre, prestadito nomás. Tenía mi vokswagen del 71. Mi troncomovil lo llamo yo y que no había podido llevarlo porque justo estaba en el taller (gracias a Dios no lo llevé imagínenlo estacionado junto al Suzuki Grand Nomade). Estaba a medias en mi maestría. Lo único que tenía en abundancia eran deudas y más deudas. Hablé poco de mi. Y oculté que en mi cabeza hace mucho tiempo estaba dando vuelta la idea de migrar a Australia y que no cumplí con los requisitos mínimos exigidos por el consulado para aplicar a una visa de residente.

Mi amigo siempre me decía que el amor era un juego de puñaladas. Que es un juego de guerra donde siempre hay un vencedor y un vencido. Donde siempre quedan las heridas de guerra generación tras generación. Que esperan pacientemente la oportunidad de clavar la última cuchillada.Yo había dado el cuchillazo final por aquel año de 1993. La dejé herida pero no muerta.Después de ese lonche descubrí que había caído en su táctica de guerra. Me clavó el cuchillazo final.Nos despedimos. Yo sin pena ni gloria y ella con “Mi bandera” en su poder, con “Mi Huascar”.Ella subió a su camioneta. Me sonrió. Me hizo adiós con la mano y sonrió otra vez, de oreja a oreja, y yo salí caminando a “primavera” a tomar mi combi destartalada.Que dicen ustedes. Hice bien en ir a esa reunión?. Que hubieran hecho ustedes?

4 comments:

  1. Yo Eduardo francamente hubiera ido igual si de verdad tenía interés de verlo...pero si no, me hubiera saltado esa cita y ya. Creo que a los hombres les gusta verse mejor que sus ex, pero bueno, es cuestión de actitud nomás...o sea, ya sonó a cliché pero es lo que pienso.

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  2. Hola Eduardo. Vaya situación. Una muestra clara de que la vida da vueltas.

    Pero creo que hiciste bien en ir, peor hubiera sido no hacerlo y haberte quedado con la duda por siempre.

    Un abrazo.

    LUCHO

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  3. oscar7:34 PM

    no lo veo asi, creo que ella no ha estado investigando tu vida como hacer una cosa asi, tanta maldad no puede existir, solo fue cuestion de suerte para ella asi es la vida hermano,pero chocan nop?

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  4. Oscar: Gracias por comentar. No desearías saber que fue de tu ex? y si te dejó o te trató mal, a estas alturas de tu vida no te gustaría saber que fue de ella y como le va?. yo si. Creo que debo ser rencoroso.
    Un abrazo.

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