Thursday, October 26, 2006

Para Gabriela

Hoy día desperté con unas ganas viscerales de escribir, me invadió tan rápidamente como si fuera una necesidad vital, tal vez sea esta maldita situación que me tiene perdido, desconcentrado en mis estudios, en el trabajo.

Es que nunca he sido bueno hablando, siempre elaboré complicados discursos en mi mente y cuando tuve que decirlo frente a ti, me quedaba en blanco a tal punto de no poder conjugar el mas simple sujeto y predicado. Solo Por eso prefería siempre escribir. Cuando escribo, puedo corregirme, puedo volver atrás, borrar y volver a empezar, es como ir y venir en el tiempo, sin restricción alguna. Y tú cuando lo leas no podrías imaginar la infinidad de letras y palabras que solo existieron por segundos en estas líneas y que fueron arrancadas con un simple botón de esta máquina. No podrías imaginar los minutos y hasta días de silencio entre palabra y palabra, pensando que decirte. Cuando hablo, no puedo volver atrás, el tiempo es cruel, los vacíos del silencio serían eternos y tú, tal vez, no podrías soportarlos. Y yo, por querer llenar ese vacío, quizás podría decir algunas palabras torpes que no expresen lo que siento. Y las palabras dichas, soltadas al viento, son irrecuperables, no retornables y si son vanas se perderían sin captar lo mas mínimo de tu atención, pero si son hirientes podrían vivir eternamente en ti.

Hoy desperté y me acerqué a ti, dormías de lado, profunda sobre tu cama desordenada, el cabello suelto sobre tu rostro. Apenas pude verte. Me acerqué y te besé en la frente, en tus mejillas, mis ojos se llenaron de lágrimas y contuve las ganas de abrazarte por no interrumpir tu hermoso sueño. Acomodé la frazada sobre tu espalda y solo me resigné a contemplarte por unos segundos. Es que desde que llegaste a mi vida, te convertiste en parte de mi. En parte indivisible, indisoluble, inamputable, en mi ADN y en mi conciencia. Estás tan llena de amor que me colmas de alegría con el solo hecho de salir a mi encuentro cuando llego a casa, sin importarte tu programa de televisión favorito que estabas viendo y de inmediato desaparece de mi cualquier preocupación, odio o maldad y me vuelves tan puro como un niño. Y yo, me resigno a contemplarte y escucharte hablar contándome lo que hiciste durante el día y me da tanta alegría verte y me llenas de tanta felicidad hasta al punto de convertirte en prueba viva de la existencia de Dios.

Y Te amo, y tal vez nunca sentí tan sincero los Te amos como los que te digo a ti a cada momento. Y te amo porque tú me amas a mi, sin importarte nada, tal y como soy. Porque a pesar de ser una parte indivisible de mi, eres tan diferente, tan independiente, explosiva y te sientes reina y princesa con todo el derecho del mundo de exigirme y de cuestionarme. Y yo sólo lo que hago es amarte y contemplarte y aceptarte porque todo te brota del corazón y al corazón no se le niega ni cuestiona.
A veces siento la necesidad de rendirte cuentas sin que tú me lo pidas, tal vez sea este subconsciente ansioso de darte explicaciones por no estar a tu lado durante el día, es que es tan paradójica la vida, trabajo todo el día para ti, para hacerte feliz, sin saber que la felicidad es estar a tu lado.

Tal vez, cuando pase el tiempo, cuando ya la vida me haya enseñado, cuando ya haya aprendido, cuando mis fuerzas sean menos que las tuyas, querré y necesitaré estar a tu lado, y tú... y tú tal vez ya no sientas la necesidad de salir a mi encuentro, de abrazarme, de darme un beso, de rebuscar entre mis cosas, de querer jugar conmigo. Y tu tiempo lo llenarán tus amigas, el telófono, la música y el internet y para mi solo quedará una mínima parte con la que me tendré que conformar y lamentar por los años perdidos...

Es la misma historia de siempre. Aún lo intento comprender...

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