Thursday, May 02, 2013
Tips Para Ser Un Macho Que Se Respeta
El presente post no pretende ser una copia o una extensión de la información que circula por internet, correos electrónicos u otros blogs en relación a “Cómo ser un Macho que se Respeta”, toda vez que en ellos se exagera y se establecen reglas inverosímiles como soltarse gases, cuescos y todavía luego hacer el “sabaneo” para comprobar el poderío; acciones que más tienden al lado humorístico y no se ha tratado con la seriedad y rigurosidad científica que el caso amerita.
Tampoco este post, no pretende alcanzar la magnificencia de la investigación científica, sólo pretende detallar 5 tips concretos y reales, de la vida común y silvestre de cualquier mortal que se precie de llevar su equipo viril bien puesto, con una escueta base histórica y/o científica. Aclarada la situación, aquí empiezo:
1.
El macho que se respeta cuando entra al baño, va y orina de frente en el urinario. Abre las piernas y suelta el chorro de agua. Y si hay alguien en el urinario contiguo igual va y se estaciona a orinar y gana terreno abriendo las piernas y lo desplaza a un lado al vecino temporal y si es posible lo salpica. Recuerda, eres un macho que se respeta y estás marcando territorio. Acá no cabe hacerse el loco lavándose las manos para esperar que el otro termine de orinar o peor aún meterse a los privados y cerrar la puerta. Ese es un síntoma de que se te moja la canoa.
Después de orinar, el macho que se respeta de frente lo cachetea al hombre y listo a guardarse, nada de llevar papelito para secarlo o peor aún sacar su sobrecito de papel “tissue” perfumado. NOOOOO!.
2.
Macho que se respeta canta en el karaoke canciones rockeras que destilan testosterona y adrenalina; canciones de protesta o de libertad y las canta a voz en cuello, gritando y saltando. Recuerda batería que la música nace de los gritos de guerra, de los rituales para que llueva, para que salga el sol, para que produzca la tierra. Las baladitas de amor sólo son una mutación, una desviación errónea del verdadero sentido de la música. Por eso nada de cantar melodías de amor llenas de melcocha empalagosa, y lo peor de todo, mirar a tu compañero de mesa mientras cantas. ¡No pues! No es de hombres cantar “Hazme amigo el favor…” de Raphael o cantar “El problema no es que duela, el problema es que me gusta…” de Arjona ¡no pues, donde se habrá visto!. Cántate “Born to be wild” camarada y quedarás bien parado.
3.
Un macho que se respeta no maneja carro automático. Varón si no tienes “embrague” eres material de sospecha. Y tiene su agravante todavía. Si vas por el carril izquierdo y manejas más lento que mi abuelita, no sólo eres un marica sino un hijo de puta que viene generando un tráfico a tus espaldas. Por eso no es de machos ir como carro chocón, acelera y frena. Un macho que se respeta siempre tiene que estar pisando su “embrague” en todo el sentido de la palabra.
4.
Un Macho que se respeta no le agarra la corbata a otro hombre. Y por extensión, tampoco la chalina y cualquier otra cosa que le cuelgue. Escúchame varón, ¿por qué crees que las mujeres no usan corbata?, ¿por qué crees que la gente del clero no usa corbata?. Y ¿por qué crees que a pesar que es una prenda que no tiene ninguna utilidad perdura su uso hasta la fecha?. La corbata es un símbolo fálico causita, por eso, si por esas circunstancias de la vida tienes que usarla, debes llevarla correctamente. Usar una corbata hasta la mitad del pecho, como un babero, sólo está delatando lo poco generosa que fue la naturaleza contigo, lo apocado de tu masculinidad, o para ser más directo quiere decir que eres “Mecha Corta”. Y si usas una corbata floja, laxa, débil, que se vuela con el viento, como si fuera hecha con la tela de un calzón viejo, estarás revelando la flacidez de tu virilidad. Por eso varón, es muy sexy, casi excitante, digno de película erótica que una dama te acomode la corbata; pero que un varón, ose agarrar la corbata de otro, eso no es propio de un macho que se respeta.
5.
Un macho que se respeta no come triples, ni croissant, ni soufflés ni nada que tenga nombre marica y estrambótico. Hago hígado cuando voy a algún almuerzo y me sirven un espárrago envuelto en una jamonada. ¡Por favor! Tráiganme mis frejoles con seco, mis pallares con pescado frito, mi mancha pecho, mi pan con chicharrón con harta cebolla, así termine después con aliento de chancho. Para eso se ha inventado el cepillo y la pasta de dientes o por último tu caramelo halls. Y, by the way, tiene que ser el halls color negro, mínimo el azul. Si sacas tu barrita de halls rojo sabor frambuesa, ya es materia de sospecha.
Espero que estos 5 tips, directos y concisos, con su respectivo sustento histórico-científico, sean de utilidad para todos ustedes en su esfuerzo por ser un macho que se respeta.
Monday, April 15, 2013
Un Día Contigo
Apoltronado en una silla con mi guitarra perfectamente afinada, un papel arrancado de un cuaderno cuadriculado y con un lapicero publicitario, me dispuse a escribir. La inspiración difícilmente llega y tenía que aprovechar ahora que tenía esa necesidad visceral de componer. Las letras caían en el papel como esquirlas de este corazón reventado, las frases y oraciones fluían fácilmente y se acomodaban impecablemente a los acordes de la canción. Y es que ya había pasado un buen tiempo desde que había conocido a Ivoncita, solíamos llevar los cursos juntos, hacer trabajos hasta tarde y compartir una que otra película en la cinemateca de la universidad. Había llegado el momento de decirle que empezaba a necesitarla, que pensaba en ella más de lo normal y que me acepte como su enamorado.
Pero si algo no quería, es que mi declaración de amor fuera como lo haría cualquier otro. Si la belleza física no me acompaña al menos debo marcar diferencias en otros ámbitos. Ese siempre fue mi pensamiento, de modo que si debía declararle mi amor a Ivoncita no había nada mejor que hacerlo con una canción y frente al auditorio de la universidad. La oportunidad ya estaba dada: nuestra presentación en la Semana cultural de la facultad.
Al otro día me aparecí con la canción al ensayo del grupo “¡tenemos que tocar esta canción!” les dije con total firmeza. Después de escucharla, hacerle los arreglos necesarios y ensayar una buena cantidad de días, estaba preparada para incluirla en la lista de temas que tocaríamos en la fecha que nos habían programado.
Allí estaría Ivoncita y sería la mejor oportunidad para decirle que era la chica de mis sueños. Esto de declararse con una canción sólo lo había visto en las películas, así que no podría resistirse a tanto romanticismo y caería rendida a mis pies. La noche anterior a la presentación casi no pude dormir pensando cómo sería todo, cómo debería actuar al final de la canción, quizás me bajaría del escenario, la multitud me abriría el paso y dirigiéndome hasta donde ella, la tomaría por los brazos y simplemente le diría “Te amo” y terminaría con el beso de película.
El problema es que yo no cantaba ni en la “Dirincri” así que la mejor opción era decirle a nuestra vocalista que dijera unas palabras previas a la canción como quien no quiere la cosa, como algo espontáneo, como si me delatara, como si me lanzara al ruedo para que de una vez le declare mis sentimientos a Ivoncita.
Entonces, un día antes le escribí en un papel lo que tendría que decir:
“Esta canción fue escrita por nuestro bajista Eduardo. Y la hizo para una persona muy especial que ha empezado a ocupar su corazón y que hoy, de una vez, deberá confesarlo. Con mucho amor, de Eduardo, para Ivón.”
El día de la presentación le entregué el papel a Mery para que suelte el discurso y le advertí cientos de veces que no se olvide hablar de forma natural, espontánea, como si le naciera a ella de manera voluntaria.
Antes de salir nos echamos unos cuantas copas de Pisco Puro, para distender los músculos, relajar los ímpetus y salir tranquilos. Arrancamos como siempre con un par de canciones movidas. Mientras iba avanzando nuestra presentación buscaba desesperadamente a Ivón entre la multitud. Al cuarto tema por fin la pude ver que llegaba poco a poco hasta las primeras filas. Una sonrisa iluminó mi rostro, las cosas empezaban a salir tal como lo había planeado hasta ese momento, excepto porque había divisado a un sujeto tras de ella que se le pegaba mucho y que le hablaba de vez en cuando al oído.
Cuando llegó el momento de interpretar la canción, Mery alterada por el Pisco que corría por sus venas, por las luces multicolores que la iluminaban y por la adrenalina de estar cantando ante el auditorio, miró disimuladamente el papel y dijo:
“Esta canción fue escrita por nuestro bajista Eduardo. Y la hizo para una persona muy especial que ha empezado a ocupar su corazón y que hoy, de una vez, deberá confesarlo…” y toda la gente dijo casi al unísono “uuuuuyyyy” como volviéndose cómplice de este inconmensurable amor. Luego Mery volvió a mirar el papelito de soslayo y dijo:
“Con mucho amor, de Eduardo, para IVÁN.”
Y antes que pudiera decir algo, arrancó las primeras melodías de la canción.
(Aquí, como dice mi amigo Orthos: PONED EN MARCHA EL REPRODUCTOR)
Sonrojado y sin oportunidad de hacer alguna corrección, traté de escabullirme tras unos amplificadores, más aún que todo el público de inmediato volteó a mirar a Iván Zambrano, un moreno fortachón que trabajaba como seguridad en las instalaciones de la universidad.
Pero lo peor no quedó allí. Como la canción estaba tan romántica, pude ver que Ivoncita era tomada por la cintura por ese mismo sujeto que se le pegaba mucho y le aplicaba su respectivo beso tras la oreja.
Y mientras ellos se acaramelaban y besaban yo sólo me resigné a hacerles el marco musical.
(Esta fue la canción que le escribí. La letra fue recompuesta luego conforme lo sucedido. La chica que aparece en las imágenes NO es Ivón, es Mery la cantante).
Thursday, April 04, 2013
Es Un Infierno Vivir Sin Ti
Vestido de negro, greñudo, esmirriado y con una apariencia de
drogadicto, solía caminar cuando tenía 16 años. Así me aparecía cada mañana en “la
pre” con mi mochila garabateada con los nombres de los grupos de rock que me
gustaban. Por eso me sorprendió que Amanda, una de las chicas más bonitas del
aula, modosa y recatada, me hablara tan dulcemente y me preguntara por los
grupos que jamás imaginé que fueran de su agrado. “¿tienes el último cassette
de Alice Cooper?”, me preguntó. Y yo, que en efecto lo tenía, respondí de
inmediato que si, que me parecía muy bueno y le vertí mi apreciación por unos
cuantos temas del “Trash” de Alice Cooper. “¿Me lo puedes prestar?... yo no lo
he conseguido” me dijo. “claro” le respondí enfáticamente. Luego de ofrecerme
tan gentilmente a prestarle parte de mi música me percaté que lo único que yo
tenía era una mala copia del cassette original de Alice Cooper que me había prestado
de mi amigo Raúl López, metalero incondicional, pelucón, belicoso, fortachón y
que solía andar metido en líos y broncas con los “punkekes” de otros barrios.
Minutos después resolví que prestarle una mala copia de la cinta
original, en un cassette “Magnet” con un sonido deplorable y una fotostática en
blanco y negro como portada, resultaba, por decir lo menos, impresentable para
una chica tan bonita como Amanda, acostumbrada a las comodidades, a la vida
placentera y que solía desplazarse por las movidas rockeras de Miraflores,
mientras yo, sólo pululaba por “la colmena”, por las afueras de la Universidad
Villarreal comprando cintas piratas entre ladronzuelos y rockeros desaliñados.
Metido en ese nuevo problema y bajo el pretexto de haber borrado accidentalmente
mi cassette le pedí nuevamente prestado la cinta original a Raúl, quien me
prestó bajo exageradas advertencias de cuidado y con la firme promesa de
devolvérsela a más tardar el viernes venidero. Al día siguiente simulando que
era mi cassette lo llevé a “la pre”, y se lo presté a Amandita. Fingiendo
cierta soltura le dije: “ahí está el cassette que hablamos ayer, escúchalo,
tómate tu tiempo para que lo analices bien”. “Uy que emoción”, me dijo.
Auscultó el cassette y agregó “Es Americano, ¿cómo lo conseguiste?”. Me agarró
un poco frío, así que sacando al timador que todos llevamos dentro respondí
casi como acto reflejo “Me lo envió mi primo de Argentina”. Apocado por mi
mentira de que el cassette no era mío y que yo no tengo ningún primo viviendo
ni siquiera en el peligrosísimo barrio de Buenos Aires del Callao, decidí
cambiar de tema de conversación y de esa manera salvar mi patraña.
Al llegar el viernes le pedí amablemente el cassette a Amanda, con el
pretexto que lo necesitaba para una de esas reuniones de amigos de fin de
semana. “aquí lo tengo en mi walkman” me respondió muy amablemente. Mientras
iba rebuscando en su bolso, me iba contando sobre cada canción del cassette,
del trabajo del guitarrista, del bajista, del batero o del cantante. El problema
fue que al encontrar el “walkman”, se percató que toda la cinta se había
enredado en el cabezal de su aparatejo, haciéndose un enredo imposible de
desmarañar. Por el contrario, en nuestro intento de resolver el problema, lo
único que conseguimos fue maltratar la cinta, estirarla como chicle hasta
tamaños inimaginables o doblarla hasta quedar como una falda plisada.
Después de disculparse por el percance, Amandita me dejó con la cinta
deshecha y terminó diciéndome “Espero no te molestes, sabes que sería un
infierno no volver a… compartir música”.
Después de cavilar largamente aquella noche, encontré la única
solución. Corté la cinta que estaba enredada y pegué los extremos con una
pequeña cinta adhesiva por el lado interior. Después de esa microcirugía, probé
el cassette en la radiograbadora y en efecto, sonaba correctamente, el problema
es que en determinado momento la canción se saltaba intempestivamente. El tema
que originalmente duraba 4 minutos, pasó a terminar en solo 2.
Atemorizado y nervioso le devolví la cinta a Raul, quien la tomó sin
mayor preocupación y la guardó en su mochila. Al día siguiente, tocaron a mi
puerta y cuando salí lo único que sentí fue un puñete sobre mi rostro. El sabor
de la sangre inundó mis papilas gustativas y mientras trataba de reponerme de
mi caída sólo escuché decir “eres un maricón de mierda, ya te cagaste… y se lo
voy a contar a todos para que sepan”. Resignado, acepté mi culpa, y sólo atiné
a decirle: “te lo quería decir, pero sabía que te ibas a molestar”.
A los pocos días, consciente de mi error y al haberme sentido un
traidor por no cuidar las cosas ajenas, conseguí un dinero extra y compré un
nuevo cassette original de Alice Cooper y lo busqué a Raul para ofrecerle una
disculpa y cambiarle el cassette dañado. Raul al verme se sorprendió:
-
lo único que quería era ofrecerte una disculpa,
la verdad no quería malograr tu cinta- le dije titubeando – te traje esta nueva-
agregué ofreciéndole la nueva cinta – además no era para tanto, era sólo una
canción – terminé diciendo.
Raul no soltó una sola palabra, sólo entró a su casa y volvió con su
cassette original. Después de hacer el cambio vociferó
-
¡Una sola canción… pero es una mariconada lo que
hiciste!-
Confundido por su respuesta, me retiré caminando y mientras revisaba
el “cassette reparado”, recién me
percaté que en la parte posterior de la portada estaba escrito con letras de
color púrpura con brillantes: “¿sabes? Desde hace un tiempo atrás, cuando no
estoy contigo siento que es “un infierno vivir sin ti”. Me gustas mucho”.
Está demás decir que todo había sido una confusión.
Amanda había dejado una dedicatoria que nunca había leído. De ahí la
explicación de su alejamiento después del problema con el cassette. “La pre”
había terminado y le había perdido el rastro; y Raul, se quedó con la idea que
me había enamorado de él.
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Monday, March 11, 2013
Mi Otro Yo
Me cuenta mi madre que cuando yo tenía 5 años, no quería ser
un astronauta, ni un piloto de avión, ni un valeroso policía, ni un famoso
futbolista, ni un militar en la guerra, ni siquiera un científico loco que
estudia los dinosaurios, sino, quería ser “el basurero” que todas las mañanas
pasaba por la casa a recoger las bolsas de desperdicios.
Dice mi madre que simulaba ir en el camión de la basura y
recoger las bolsas y costales y lanzarlas a la compactadora. Tal vez ese fue mi
primer oficio, y a su vez, mi primera suplantación, pues como dice Joaquín Sabina
“…como además sale gratis soñar, y no creo en la reencarnación, con un poco de
imaginación partiré de viaje enseguida a vivir otras vidas, a probarme otros
nombres, a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré”.
Cuando tenía 15 años, era ferviente admirador del reconocido
músico “Jon bon Jovi”. Tenía todos sus discos, interpretaba sus canciones en la
guitarra y aunque no tenía la pinta de sexy estrella de rock and roll y por el
contrario era un esmirriado adolescente poco agraciado, me dejé crecer el pelo,
copié en parte su estilo de vestir y “literalmente” me cambié de nombre. En
esos meses de vacaciones, previo a mi viaje a Lima, me inscribí en una academia
local y cuando llené mi ficha de inscripción me puse como nombre “Bon Jovi
Rodríguez Campos”. Secundado por uno de mis mejores amigos, me cambié de identidad.
Mi carné salió con ese nombre y todos los alumnos en la academia y los
profesores empezaron a llamarme “Bon Jovi”, que a los pocos meses lo acortaron por
el de “Bonjo”.
Si bien en el colegio había sido un Pan de Dios, con este nuevo nombre me liberé, como quien
liberan a un preso de una cárcel, a una avecilla de su jaula o a un perro de chacra
de su cadena y empecé a hacer bromas en el salón de clases, a bostezar y a
meter todo tipo de “vicio”. Si no me botaron de la academia fue porque me había
convertido una especie de “alumno estrella” por mis buenas notas.
Todo iba bien con mi nueva identidad hasta que un día salí
con mi padre a hacer unas compras y me crucé primero con una amiga “Hola Bonjo”
me dijo. “hola” le respondí de pasadita con su respectiva sonrisa y guiñadita
de ojo. “¿Que te dijo?” preguntó extrañado mi papá. “Nada”, respondí, “solo me
está saludando”. Luego de caminar unas cuadras escuché gritar mi nuevo nombre “¡bon
joviiii!”. Era otro de mis amigos que sobre una motocicleta lineal pasó a toda
velocidad saludándome. “Hey!” solo atiné a levantar el brazo. Y como dicen a la
tercera va la vencida me encontré con otra de mis amiguitas de la academia,
Clarita, que iba a la vez con su padre. Para mi mala suerte se conocía con mi
papá y se detuvieron a conversar un momento. Luego del clásico saludo, le dice
a mi papá “Me dice Clarita que a Bon Jovi le va muy bien en la academia”. Y mi
papá con una cara desencajada, absorto por unos segundos, le vi subir la sangre
a la cara, se le desorbitaron los ojos y apretó los dientes “¿A QUIEN?”
preguntó mi papá. Alelado respondió el papá de Clarita “a Bon jovi, tu hijo
pues”.
Después de despedirnos, mi papá preguntó “¡¿PUEDES
DECIRME QUIEN MIERDA ES BON JOVI?!”. Luego de un par de “Carajos” volví a ser
Eduardo Rodríguez Campos, el mismo nombre que lleva mi abuelo, mi padre, yo, y
ahora también, como segundo nombre, mi hijo.
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Wednesday, February 27, 2013
Baila Conmigo
Siempre he escrito en este humilde blog que el suscrito es
un incompetente, un inepto, un imposibilitado para los bailes. Y en efecto, si
bien podría memorizar ciertos pasos como una rutina de ejercicios no cuento con
esa gracia, ese salero, esa fluidez de movimientos, esa elegancia, esa postura que
derrocha cualquier bailarín. Mi expresión en el baile más se asemeja a la cara
de Silvester Stallone cuando interpreta a Rambo, a Pocoyó cuando baila con Ely y Pato o a los movimientos de Optimus
Prime cuando se está transformando en trailer. Soy un inútil, un negado, un
descoordinado, un subnormal para cualquier tipo de baile.
Y es que tampoco haya puesto mayor empeño en aprender porque
en realidad no me ha nacido de las entrañas esa vocación. No tengo ese gustito
por el baile como muchas veces veo reflejado en el rostro de mis amigas cuando
se contornean al compás de una música. Siempre he preferido mantenerme al
margen, a un lado, con un trago y si es posible con una buena conversación con
alguna fémina.
A decir verdad, estas cosas traen problemas. Sobre todo en
este mundo latino donde si no bailas como “America’s best dance crew” o mueves
tus caderas al compás de una salsa como bailarín cubano o te sacudes al ritmo
de la culebrítica del Grupo 5 estás “out” en tu objetivo por flirtearte alguna
fémina. Estás “Knock out” si tuviste la osadía de ser padrino, amigo o hermano
de la novia y tienes que bailar “tiempo de vals” de Chayanne” frente a 1500
invitados. Tus pasos de poguero borracho no te servirán para estos casos.
Bueno, mi poco empeño por aprender a bailar, me ha llevado a
meterme en algunos problemillas, que he pretendido resumir a continuación:
Caso 1
Había ido tempranísimo un domingo, a casa de Adela para
terminar un trabajo de la universidad. Pero lo que no me dijo mi amiguita es
que su familia era apegada a los ejercicios semanales, a la vida sana y buenas
costumbres. Su madre cada domingo no iba a misa, sino se enfundaba en unas
mallas negras y junto a sus dos hijas y 3 vecinas del barrio, ponían música a
todo volumen en su sala y empezaban a hacer su rutina de aeróbicos que seguían
al pie de la letra de las rutinas de Jane Fonda que proyectaba su VHS en un
viejo televisor.
Yo llegué para hacer un trabajo de Macroeconomía y de
inmediato Adela me convenció que me una al grupo, que eso me ayudaría a
despejar mis neuronas y estaría más brillante para poder resolver los problemas
y casos de IS-LM, Balanza Comercial, Balanza de Pagos y de la Inflación
subyacente. Por un momento la recriminé mentalmente a Adelita, pues fácil, me
hubiera citado una hora después, pero al ver a sus vecinas, a su hermana e
incluso a su mamá vestidas con unas licras pegadísimas que dibujaban sus delanteras
y retaguardias pulposas y deseables, decidí unirme a su rutina de aeróbicos más guiado por un instinto
concupiscente que por buena salud
A fin de minimizar la ridiculez que iba hacer, decidí ponerme en la segunda fila,
tras la mamá de Adelita. Después de un par de canciones sencillas, tratando de
agarrar el acompasamiento y la cadencia
de la rutina, trajeron unos “steps” caseros que se habían hecho a base de una
madera reciclada. Me dieron uno a mi y arrancamos con una nueva canción que era
más compleja en su composición de pasos y giros. Fue justo allí que en un par
de vueltas me desorienté, perdí la noción de la ubicación y literalmente le
metí una patada en el culo voluminoso de la mamá de Adelita. Para colmo de
males, justo acabó la canción que sonaba, “pump up the Jam” de Technotronic, y juro,
que el pulposo trasero de la mamá de Adela siguió moviéndose como gelatina de
torta helada. Un silencio invadió el lugar y nadie se movió de su sitio, hasta
que la señora dio por terminada las rutinas.
Caso 2
Mi segundo hijo tiene 2 años y me invitaron hace poco a una fiesta infantil. Después de muchos años volvía a asistir a estas reuniones por lo que me encontraba totalmente descontinuado, desactualizado, fuera de training en cuanto a canciones infantiles de moda y dibujos animados más populares del público menudo.
Llegué al Pardo’s, donde se había dispuesto y decorado todo
el local color verde, relacionado a Ben 10. Nunca en mi vida había escuchado
antes de este sujeto, al único “Ben” que conocí yo era al de los 4 Fantásticos.
Y justamente por haberme olvidado cómo actuar en estos casos
cometí el error de sentarme en la fiestecilla junto a Janecita y no irme a un
lado, afuera en la terraza con los demás padres ausentándonos de alguna manera
de la fiesta y conversar de cosas triviales como autos, deporte o música.
Cometí ese error porque una de las animadoras pidió
“voluntarios”, una mamá y un papá para bailar el famoso “chu chu wa” y que para
mi hasta esa fecha era totalmente desconocido.
Fui elegido por ser el único papanatas que estaba sentado en
la fiestecita, así que me dispuse a hacer los pasos estrambóticos y casi
imposibles del “chu chu wa”. Luego de hacer el ridículo con las patas
tronchadas intentando seguir la coreografía, se acercó una niña inocente con
ojos grandes y con dos moñitos en la cabeza, cogió el micrófono y dijo con voz
angelical pero firme “así no baila Piñón fijo”. Luego de la risa de los
asistentes, quedé patidifuso porque no sabía quién carajos era Piñón fijo, lo
único que sabía es que había sido bien Piñón para terminar allí en el medio
bailando.
Caso 3
Era matrimonio de mi primo Ramiro. Había asistido como
siempre acompañado de Janecita. Después de los protocolos de ley, empezó la
fiesta. Pasadas unas buenas horas de haberme alicorado lo suficiente salí a
bailar con Janecita. Sonaba en esos instantes un “popurrí” de música rock de
los ochentas, así que me había animado a hacer mis movimientos de Robocop.
La pista se llenó rápidamente de otros advenedizos que
querían disfrutar del variado popurrí.
Sonaba en esos momentos parte de la canción “hurt So Good”, cuando yo me movía
simulando ejecutar la guitarra. El espacio de baile se atiborró tanto que una
joven muchacha que llevaba un vestido
largo color azul tuvo la mala suerte de pegárseme mucho. El problema surgió cuando
di un salto simulando tocar la guitarra, pero para mi mala suerte el taco de mi
zapato se enredó con uno de los adornillos de su prenda y literalmente le
descosí el vestido de la cintura para abajo, llevándomela hasta el piso. Lo peor
es que se le vio todo el calzón, enorme, blanco, con un bordadillo de flores a
uno de los lados, que si lo veía tendido en algún cordel, fácilmente lo hubiera
confundido con una sábana o un fantasma. Su pareja de baile que era su novio
por poco y se pone a poguear con mi cerebro.
Wednesday, February 20, 2013
Hoy Me He Googleado
Por: Eduardo Rodríguez Campos
Hoy me encontré con un amigo. Después de conversar de
diversos temas me comentó que había
“googleado” su nombre y que en los resultados, había aparecido en las primeras
páginas, su blog, su cuenta de Facebook, su my space, su linkedin, incluso en
algunas listas de publicaciones que hacen las instituciones del Estado.
Apenas llegué a casa me metí a la lap top con la curiosidad
de saber que aparecería si también “googleo” mi nombre. ¡Vaya! No quiero pecar
de falsa modestia pero mi blog tiene más seguidores, mi linkedin tiene más
visitas y valgan verdades en el Facebook me dejan más comentarios y le dan más
“likes” a mis fotos que cuelgo que a las de él, así que modestia aparte lo debo
apabullar también allí.
Mientras encendía la lap top pensaba que definitivamente en
primera línea tenía que aparecer mi blog, luego mi Facebook y por último mi
linkedin. Con esas tres cositas me doy por bien servido. Mi blog, porque es mi
afición escribir y hacer catarsis de alguna manera. Mi Facebook, porque estoy
abierto a todos mis amigos y amigas que en algún momento tuvieron la dicha (o
la desdicha) de compartir tiempo de su vida con este sujeto, en el colegio, en
la secundaria, en la universidad, en el barrio, en centros de trabajo, en
clubes, lo que sea; soy transparente y mi cuenta está abierta para que puedan
encontrarme (aunque a decir verdad nadie me busca). Y finalmente mi linkedin
porque tengo la esperanza remota que alguna empresa importante del sector me
ubique y desee contar con mis servicios. Por favor acepto propuestas de catorce
mil soles mensuales para arriba. Abstenerse intermediarios.
Y valgan verdades, las personas sólo revisan la primera
página de búsqueda del Google. Nadie revisa la segunda página y mucho menos las
siguientes. Si la página web de tu negocio no está en la primera página estás
muerto varón, sólo te queda hacer tu propaganda en las páginas amarillas o en
el Talán del Trome, junto a los avisos de masajes tántricos.
“Googleé” mi nombre y lo primero que apareció fue “Eduardo
Rodríguez Campos – Facebook”. Le di clic pero me llevó a una cuenta de un tal Eduardo Rodríguez
Campos de Guatemala. ¡Vaya!, el siguiente Eduardo Rodríguez Campos, tampoco era
yo, era otro sujeto de Puerto Rico, pero ¡Qué Carajos! ¿Tantos Eduardo’s
Rodríguez Campos hay en Centroamérica?.
Decidí irme a los resultados del linkedin, “Eduardo
Rodríguez Campos – Linkedin”, ese debo ser yo, es más mientras abría la página
pensaba si estaría actualizado mi perfil y cómo me vería si en estos precisos momentos
alguna empresa transnacional estaría revisando mi información; pero ¡Maldición!
Apareció un “Accountant with Big 4 experience and excellent Excel skills”
radicado en Estados unidos, pero ¡Qué coño! A los Eduardo’s Rodríguez Campos,
nunca les han gustado la contabilidad, como este sujeto cuatro ojos se atreve a
ser contador.
Resignado, seguí en la búsqueda esta vez apareció más abajo
un tal “Walter Eduardo Rodríguez Campos”, con su Facebook, con su página
oficial, su youtube y con imágenes que a
decir verdad y me perdone la divina providencia no es más que un pelado cabeza
de pinga, que se jacta de ser un periodista de Costa Rica (disculpen la
vulgaridad pero ando fosforito últimamente). Oiga Google, yo he pedido que
busquen EDUARDO RODRIGUEZ CAMPOS y no
WALTER EDUARDO RODRIGUEZ CAMPOS, ¿no pueden entender eso tan simple?.
Pero si hay algo que no perdonaría jamás es que su blog esté
por encima del mío. Mi desconcertada cabeza se tranquilizó y solo pensé, “ok
acepto no estar en la primera página, pero definitivamente en la segunda debe
estar mi blog”, Pero ¡Oh Sorpresa! Al pasar a la siguiente página apareció el Blog
de Walter Eduardo Rodríguez Campos (que se habrá creído este pelado!). Y
todavía atreverse a mezclar ese sublime nombre de “Eduardo” con el nombre de
“Walter”. “Walter” me hace parecer a “Wáter” y a pesar que en inglés signifique
otra cosa acá en el Perú llamamos “wáter” al inodoro, a la taza del baño, al
retrete, al lugar donde uno evacúa los intestinos.
Así que me voy resentido con Google, ya no lo
considero el mejor buscador. Me mudo al Dogpile o algún otro metabuscador. Después
de todo, en el fondo, muy en el fondo mío, por medidas de seguridad no quería
aparecer en la búsqueda. ¡Al carajo con el Google!.
Friday, February 15, 2013
Mi Historia entre sus Dedos
Cuando vió pasar nuevamente a Estela por la vereda del frente,
Ignacio se apresuró en darle el alcance, simulando una vez más que sus caminos
se cruzaban por una simple casualidad. Le gustaba Estela, hasta su nombre tenía
que ver con la luminosidad del rastro que dejan las estrellas fugaces. Siempre
se inventaba cualquier excusa, fingía que iba por la misma ruta que ella tomaba
cada tarde, sólo para acompañarla y hablarle esos pocos minutos que duraba el
trayecto, ver su sonrisa, escuchar su encandiladora voz y perderse en sus ojos
acaramelados.
Estaba cerca el 14 de febrero y ya había pasado mucho tiempo
haciendo casi la misma rutina, encontrarla en el camino o en la panadería del
barrio. Así que Ignacio, cansado que sus amigos lo llamaran “termo”, decidió declararse
de una buena vez “¿quieres ser mi enamorada?” le preguntó uno de esos días que
caminaban juntos. Pero para lo que no estaba preparado Ignacio era para la
reacción casi violenta de Estela “NO, NO ME GUSTAS, NO TENGO EDAD PARA TENER
ENAMORADO Y TÚ… TÚ APESTAS, ¡APESTAS!, VETE, VETE” y le sacó la lengua.
Ignacio nunca entendió por qué le dijo tantas cosas feas a
la vez, si siempre la había tratado con respeto, la hacía sonreír, había sido
amable con ella y le había hecho notar que era un buen chico.
Desde ese día evitó todo lo que alguna vez buscó. La sorteaba
si iba a cruzarse por su camino, rehuía
de la panadería en cuanto la veía llegar y eludía cualquier reunión donde
estaría ella presente. Pero como dicen los cronistas “el maldito destino se
había empecinado en ponerla en su camino” y cada vez que la encontraba en la
panadería, le rechinaban los dientes, le transpiraba el cuerpo y le temblaban
las manos haciendo sonar la bolsa de papel que llevaba.
Aquel día después de tiempo, al despertar una
mañana y ver a Estela tan dulce e inofensiva enredada entre las sábanas,
vulnerable, a mi lado, durmiendo inocente, me llegó a la mente lo que me
confesó de Ignacio y por una súbita curiosidad, decidí buscarlo en el Facebook.
Nunca lo encontré con una cuenta propia. A quien encontré fue a su hermana y
entre sus fotos de ella lo reconocí. Lo vi viejo, delgado, demacrado, como
huyendo su mirada de la cámara. Nunca vi la soledad y la tristeza tan mejor
reflejada que en sus ojos. Lo encontré en pocas fotos y siempre solitario a sus
38 años de edad. Al volver la mirada a Estela y verla tan candorosa durmiendo
desnuda, sentí temor… sentí miedo de terminar, algún día, igual que Ignacio.
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