Friday, May 22, 2015

Vida Gris




Generalmente mi vida se ha debatido entre la timidez, el retraimiento y la modestia. A veces pienso que mi vida ha sido tan gris como la de Roberto. Las pocas veces que he querido asumir el papel de galán, de entrador, de ser un tipo fresco, desvergonzado me he topado de bruces con la pared de la indiferencia de mi interlocutora o porque termino haciendo algo que arruina todo lo avanzado.

Y que mejor ejemplo que aquel ocurrido una temprana noche en la ciudad de Pisco, mi tierra natal. Ya era de noche y la plaza de Armas empezaba a llenarse de jóvenes. Siempre ha sido ese el punto de reunión. Y yo estaba allí con mis amigos de barrio, después de mucho tiempo, aprovechando estos días que no había clases en la universidad. La huelga indefinida de los trabajadores administrativos tenía para un buen tiempo.

Parados en una de las esquinas de la plaza de armas buscábamos con la mirada a alguna amiga que nos haga el contacto con otras féminas para salir a tomar unos tragos. Fumábamos unos cigarrillos pensando que eso nos daría un toque interesante.

Mientras hacíamos tiempo se acercaron dos chicas, una de ellas, la más chata, llevaba un jean apretado y un polo que decía “free as a bird”. Sus nalgas redondas se dibujaban perfectamente bajo el azul desteñido de su pantalón. La otra llevaba un short de flores y un BVD negro.

“Hola” nos dijo la del jean apretado. “somos estudiantes de la universidad nacional agraria la molina y estamos vendiendo estas galletitas hechas de harina de papa, con quinua y ajonjolí” agregó y nos sonrió mirándonos uno a uno. Al escuchar el nombre de mi universidad de inmediato asumí que debería ser yo el que salga a hacer las preguntas, “¿Cuánto están?” pregunté. “cinco soles la bolsita… son nutritivas y hechas en nuestro laboratorios”. De inmediato en mi cabeza traté de recordar esos rostros, esas siluetas, de asociarlas en algún lugar de la universidad, en la biblioteca, en las aulas, en la cafetería, en las fiestas de aniversario, porque en “la Agraria” todos nos conocemos, aunque sea de vista, más aún que tenía muchos amigos de la facultad de industrias alimentarias y a este par de señoritas nunca las había visto. “¿De qué facultad son?”, pregunté, esperando que me den una respuesta coherente. “Eso no interesa lo importante es que son nutritivas y tienen la garantía de la universidad”. Su respuesta me hizo agarrar viada, envalentonarme, por fin la oportunidad de tener el control de la situación con una fémina. “A ver, a ver”, les dije y canté la primera línea  de una canción que cualquier “molinero” conocería “yo no soy de aquí…” y esperé su respuesta, pero el silencio imperó en esos segundos. Unas sonrisas pícaras solo recibí como respuesta. “Ya pues nos vas a colaborar o no” respondió la de short. “Mira, yo soy estudiante de la universidad Agraria” les dije y le mostré mi carné que llevaba en la billetera, “Si tú me muestras tu carné universitario, así como el mío yo te compro cinco bolsitas de tus galletas” culminé. Las tenía cercadas, las estaba apabullando, no podrían con su mentira. Empezaba a tener el control de la situación, me sentía seguro, les mostraba mi sonrisa ganadora y gesticulaba como pocas veces lo hacía. “¿Quieres ver mi carné?” respondió la del jean apretado con una sonrisa en la cara “sácalo de mi bolsillo” agregó y levantando las nalgas, empinándose sobre uno de sus pies, me mostró el bolsillo trasero de su pantalón. Yo que había venido controlando la situación, las estaba apabullando y las tenía contra las cuerdas de un momento a otro me vi desarmado, como si me hubieran borrado de un plumazo el libreto, como si hubiera recibido un gancho de derecha en el montón, como si de repente alguien hubiera apretado el botón de record en mi cabeza y me hubiera borrado toda la cinta.


Mis amigos me miraron con una sonrisa contenida en sus rostros y yo, yo no me atrevía literalmente a meterle la mano en el culo, a toquetearle el totorrete, a manosearle el rabo, el Ravelo. Mi formación basada en valores y respeto me impidió actuar y tomar la mejor decisión “sácalo pues” me volvió a retar la chata. Y luego de mostrarme nuevamente el trasero, sonrió y antes de retirarse lanzó su última frase “pierdo tiempo con ustedes”. Y las dos féminas se marcharon dejándome desarmado, en el medio de mi vida gris nuevamente, como Roberto.


Tuesday, February 03, 2015

Dichos de Eduder





A Eduder lo conocí en la universidad. Era un tipo delgado, de lentes, pelo hirsuto y generalmente vestía de negro. La primera vez que lo conocí estaba sentado en una de las últimas carpetas y dibujaba sobre el tablero nombres de grupos de rock. Era algo callado, tímido, retraído, pero si algo me gustaba de su compañía, es que siempre daba sus respuestas con una dosis de humor.

Alguna vez le comenté que tenía un blog y le pedí su consentimiento para publicar algunas de nuestras conversaciones, a lo que él me respondió: “Estimado Marcelo, has escuchado esa canción que dice, las palabras son del aire y van al aire”, “sí” respondí, “¿sabes quién la canta?” agregó, “creo que Willie Colón”- respondí intrigado. “Gracias, no sabía”- finalizó. No sé exactamente lo que me quiso decir o es que una vez más se estaba burlando de mi, pero decidí asumir, a mi favor, que tenía su autorización.

El buen Eduder culminó la universidad y tal como me lo había venido diciendo se fue a vivir a un lugar recóndito de nuestra serranía a hacer patria desde allí.


1
Le preguntan a Eduder - ¿te vas de vacaciones?-
- Si, me voy a Santiago-
- Ah qué bonito, Santiago de Chile es lindísimo-
- No, yo me voy a Santiago de Chuco-

2
En una reunión de amigos, mientras sonaba una música estridente
- Eduder, ¿no bailas?-
- No, yo soy como Andrés Calamaro-
- Cómo es eso?-
- Bailo mejor acostado-

3
En otra de sus reuniones de amigos
- Eduder, ¿no bailas?
- Soy malo bailando,  tengo 3 piernas izquierdas-

4
Una compañera de trabajo le pregunta a Eduder
- ¿Sabes qué hay hoy de entrada en el comedor?-
- Si, una puerta de vidrio-

5
Una amiga que buscaba una tienda pregunta
-  ¿Alguien que viva por Magdalena?-
A lo que Eduder responde:
- ¡YO! Yo vivo por Magdalena… pero muero por Susana-

6
Eduder escuchaba la conversación de un compañero de trabajo:
- Lo que necesitamos es un master, un senior, un tigre, un Phd
- Yo soy Phd- interrumpe Eduder – Pizza Hut Delivery-

7
En una reunión familiar Eduder conversaba con dos de sus primas
- Ahora ya estoy pensando seriamente comprarme mi carrito
- Que bien Eduder, ya era hora-
- Si pues, con un carrito sanguchero puedo agenciarme un dinero extra.

8
Una amiga se burla de la delgadez de Eduder
- Ve este flacuchento, ni fuerza tiene-
- Toda mi fuerza radica en una sola parte de mi cuerpo-
Después que su amiga se sonroja
- En mi inteligencia-

9
Eduder conversa con su esposa
- Ya es hora que tengamos una casa para los dos-
- ¡Eduder! Siempre te olvidas de la bebe-
- No, yo hablaba de la bebe y yo.

10
Su esposa le dice:
- Discúlpame Eduder por no llamarte pero es que no pude cargar el celular-
- ¿Tanto pesa?

11
Estaban comiendo en el segundo piso de una pizzería conocida. Un árbol justo tapaba la vista de la ventana. El mozo al percatarse que Eduder hacía esfuerzos por mirar por la ventana le dice:
- Señor, estamos haciendo los trámites con la municipalidad para retirar el árbol que entorpece la vista.
A lo que  Eduder responde
- Con tanta contaminación deja al pobre árbol. Mejor muevan toda la casa un poquito más allá.

12
En San Miguel, frente a la costanera, mirando el mar, le dice su enamorada a Eduder
- Que lindo es el mar, la brisa… mira estamos acá arriba y se sienten las gotillas del mar llegar hasta nuestros rostros-
A lo que Eduder responde

- Que gotillas de mar, debe ser salpicaduras del colector que está más abajo-

Thursday, January 08, 2015

Recuerdos de Colegio


Hoy terminé de forrar los cuadernos de mi hija Lucía. Todos quedaron muy bien, sobre todo porque, vale decir, los cuadernos de hoy, tienen una presentación envidiable. Forré como 14 cuadernos con la cara de Pucca, los Jonas Brothers y Hanna Montana. Lucía los decoró con algunos stickers que venían en el mismo cuaderno y extrajo los posters que traían de regalo para pegar en su cuarto.
Rápidamente mi mente me llevó a aquellos años en los que yo estaba en el colegio y que paso a resumir a continuación:

De los cuadernos
Tuve que llevar mis cuadernos populares, todos chiquitos, con la pasta de un mapa del Perú en fondo plomo, con unas hojas más corrientes y amarillas que parecía que alguien con infección urinaria lo había usado de mingitorio. 

Luego, salieron los cuadernos pre-forrados. Eran lo máximo. Mi hermana como no tenía los benditos cuadernos, los forraba con “vinifan” y luego con una plancha ligeramente caliente los pasaba hasta que el forro se adhería. Cabe señalar que a veces se le pasaba la mano y los forros se achicharraban y lejos de quedar como un pre-forrado quedaba como un pre-arrugado.

Del Vinifán
En un año a mi papá se le ocurrió la grandiosa idea de traer unos plásticos que había en su trabajo para usarlos como “vinifan”. Eran unos plásticos más duros que forrar un cuaderno se convirtió en toda una odisea. No se podían doblar. Las cintas scotch reventaban cuando intentábamos pegarlos. Pero a fuerza de tesón y terquedad (vale decir no teníamos otra cosa con que forrar) terminábamos de revestir con ese plástico todos los cuadernos. El problema venía después. Cuando terminabas de forrar y lo soltabas el cuaderno se despaturraba por el plástico duro que quería regresar a su forma original. La siguiente idea fue ponerle una maleta pesada encima por una par de días para que el plástico se acostumbre a su nueva forma.

Después de ese año ya no tuvimos problemas con los forros de los cuadernos porque estos plásticos eran tan duros que sirvieron para el año siguiente y para el siguiente más. Y como ya se habían amoldado a la forma del cuaderno lo sacabas como si fuera una casaca y se lo ponías al otro.

Carátulas
Y luego que Lucía  terminó de arreglar sus cuadernos, siguió con los fólderes, para variar, de Hanna Montana, Demi Lovato y de Nick Jonas. Entró a la computadora, se bajó unas carátulas, puso su nombre, las imprimió a color y listo para empezar las clases.

Vaya que sencillo, en mi época cada quien tenía que dibujar su carátula. Yo, si se puede decir, me especialicé en eso. Me gustaba dibujar así que agarré una habilidad para hacer mis carátulas y con una regla de letras escribía mi nombre, calculando el espacio y tratando de evitar que alguna letra se salga del dichoso pergamino o agarre uno de los rollitos que le dibujaba a los lados. Algunos amigos por flojera a veces me alcanzaban un par de monedas y les hacía sus carátulas. Así me “recurseé” hasta que empezaron a vender las carátulas en las librerías, ya hechas, sólo para poner tu nombre y mi próspero negocio se fue a la quiebra.

Asignaciones
Me acuerdo de las famosas “asignaciones” (ahora ¿hacen asignaciones?). Agarraba mi máquina de escribir y me ponía a digitar mi tarea previamente escrita. Pero los errores nunca faltan así que agarraba mi “radex” y le aplicaba a la letra errada. El problema era regresar a la misma línea, por eso a veces me salía algunas letras montadas como si saltaran por encima de la palabra queriendo figurar. Peor aún mi bendita máquina de escribir se había malogrado y no corría la cinta así que con la mano derecha escribía y con la izquierda iba dando vuelta al rollo de cinta. Al final terminaba con un dolor en la yema de los dedos índice y medio de la mano derecha.

Luego de digitar unos párrafos dejaba unos espacios para los dibujos que iba hacer posteriormente y más valía no cometer algún error dibujando porque si no tenía que volver a digitar toda la hoja nuevamente.

Luego salió el “liquid paper”. El problema es que en esa época aún trabajábamos mucho con el papel “bulky” y el papel “periódico” que eran más prietos que ropa percudida. Cuando le aplicabas el “liquid paper” quedaba una mancha blanca que se podía divisar a kilómetros de distancia.

Y si tenía que sacar alguna información tenía que irme a la biblioteca municipal. Cabe indicar que previamente había tenido que hacer mi pago respectivo, llevar mi foto carnet blanco y negro y esperar 20 días para que me entreguen mi dichoso carnet con sus respectivos sellos de tinta y sello de agua infalsificable, que me acreditara como inscrito y me permitiera pedir algunos libros para leer en la sala. Sólo tres por día.

Colegio
Y ya que hablamos de colegio, Lucía va a un colegio particular con piscina y agua temperada, con salones acondicionados, lleva música, arte, danza, natación, etc. No es un “gran colegio” pero al menos, creo yo, cumple con un mínimo de estándar para su educación.

En mi colegio de primaria en cambio a las justas tenía un patio central. Cuando quisieron ampliar el colegio se cayó una pared. Se escribía en pizarra con tiza. Para los cambios de hora o anunciar el recreo sonaba una campana. No existía cursos de música natación y mucho menos había alguna piscina. A las justas había agua en los baños.


(Escrito en marzo de 2010)

Friday, November 21, 2014

Aprendiz de Escritor


 
 
I

Cursaba el cuarto año de secundaria, cuando se despertó en mí un inusitado interés por escribir. En una de las últimas hojas de mi cuaderno de Matemáticas había redactado unos párrafos que eran parte de una pequeña historia incompleta de un amor adolescente: “Marcelo saltó las rejas que circundaban el jardín y caminó lentamente hasta la ventana de la casa. El ruido de las hojas secas que producía sus pisadas aceleraba el latido de su corazón. Inclinando el torso se deslizó hasta el alféizar de la ventana y poco a poco asomó su mirada al interior de la casa. Allí estaba ella, Rosita, sentada mirando televisión con un diminuto vestido que apenas cubría la parte superior de sus muslos…”.

Mi compañero de carpeta, Ismael, se había convertido en mi único y ávido lector. En cada recreo, en medio de la vocinglera algarabía generada por los niños del colegio, leía mis avances desordenados de distintas historias. “¿Has escrito algo?” preguntó un lunes por la mañana. “unos cuantos párrafos pero todavía no termino” le respondí. “A ver pásame hasta donde hayas avanzado”. Cogió mi cuaderno y achinando los ojos y haciendo esfuerzos por entender mi aserrada caligrafía con borrones intermedios, leyó detenidamente el par de párrafos de la nueva historia. “¿Y qué más pasó?, no me puedes dejar así, tienes que terminarla” me dijo al terminar la lectura. Arrancó el papel de mi cuaderno, lo dobló en dos y lo guardó en su mochila.

“oye, mi hermanita ha leído tu ‘novela’ y le ha gustado” me dijo Ismael a la primera hora del día siguiente mientras acomodaba sus cuadernos sobre la carpeta. Sonreí gratificado por tener una nueva lectora pero pregunté preocupado “¿no le habrás dado a leer las otras historias rojas, verdad?”. “No, cómo se te ocurre, mi hermanita tiene catorce años apenas” respondió. Incentivado por la nueva seguidora, empecé a escribir durante las horas de clases. Aprovechando la voluminosa espalda del Gordo Zurita y confundido entre los cuarenta y cinco uniformes plomizos del aula, redactaba mis imaginarias historias, paradójicamente en las clases de números imaginarios que dictaba con perseverancia el profesor de matemáticas.

II

Ismael vivía en la periferia de la ciudad, tenía un jardín grande lleno de ‘buenas tardes’ y ‘geranios’ y un árbol de jazmín que cuando floreaba perfumaba la entrada de la puerta. Una ventana grande recubierta con rejas de seguridad daba a la sala principal. Hasta allí llegué un día para culminar un trabajo grupal de Biología. Después de llamar un par de veces Ismael me hizo pasar y nos dirigimos a la mesa de su comedor donde había dispuesto cartulinas, plumones y colores para terminar de representar el aparato circulatorio de una rana.

Casi con medio cuerpo sobre la mesa iba desplazando el plumón negro sobre el dibujo a lápiz que había hecho previamente, mientras Ismael iba pintando las partes ya culminadas. Cuando reíamos recordando las clases de educación física y la caída del gordo Zurita en el taburete, se abrió la puerta principal y apareció la hermana de Ismael, una hermosa adolescente de rostro angelical, con un polo cortísimo que dejaba ver un ombligo pequeño adornado con un ‘pearcing’. Su presencia de inmediato me generó una serie de efectos biológicos: se me taparon los oídos hasta sentir solo el sonido del bombeo de mi corazón, los segundos se me alargaron y los movimientos se me lentificaron.

“oye idiota ¿qué haces?”, gritó Ismael sacándome de mi estado onírico. Mi mano apretando el plumón había seguido deslizándose inconscientemente saliéndose de la línea del dibujo pasando la cartulina hasta pintar buena parte del mantel que cubría la mesa. “No, nada” solo atiné a decir y bajé la mirada tratando de corregir el error garrafal cometido. “Te presento a mi hermana Roxana” me dijo Ismael. Su frío acercamiento ofreciéndome la mejilla y su cuerpo que aparentaba tener más de los catorce años que me había dicho mi amigo, me hicieron temblar. Mi ímpetu por portarme adecuadamente solo me hizo tropezar con la silla. Luego de saludarla rozando sus mejillas y sintiendo su olor a perfume acaramelado, me quedé abrumado contemplándola alejarse por el pasillo contiguo.

Buscando la manera de acercarme a ella y llamar su atención, concluí que el único camino era a través de mis escritos, después de todo Ismael me había dicho que a su hermana le fascinaban mis historias y cada día esperaba su llegada para preguntarle si había avanzado con la novela. Simulando poco interés pregunté “¿y tu hermana ya terminó de leer la última historia?” mientras seguía borrando el rastro del plumón que se había salido de las líneas de dibujo. “ahorita viene y le voy a decir que eres tú el que escribe porque ella también quiere aprender… ha escrito un par de cosas pero muy simplonas, ahorita la vas a conocer” respondió sonriendo.

En mi novelesca mente iba tratando de hilvanar las ideas y consejos que debía decirle a Roxana. Definitivamente debería ser prudente en mi conversación para causar la impresión de ser un sujeto docto en materia de literatura “¿y si me pide que le recomiende algunos libros?” me pregunté en silencio. De inmediato repasé los pocos títulos que había leído y de ser necesario estaba dispuesto a fanfarronear que me había leído la totalidad de las obras de Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro.

Mientras iba tejiendo historias y conversaciones que sostendría con Roxana, apareció una niña de lentes más pequeña “hola” dijo con una sonrisa que le iluminaba el rostro. “Hola Sandrita” respondió  Ismael “ella es mi hermanita menor, de la que te hablé, ella es hincha de tus historias” agregó de inmediato. Yo que había venido construyendo conversaciones imaginarias, historias de amor y hasta de matrimonio con Roxana, me vi frente a una niña más pequeña, cuatro ojos, con una coleta que salía por la parte posterior de su gorrita infantil, un short casi varonil y un polo holgado.

Mi historia de amor se desapareció como quien se borra un párrafo mal escrito. “Hola” apenas atiné a decir con una sonrisa forzada y evité todo intento de saludarla con un beso en la mejilla. Mi decepción de inmediato formó un silencio, como una pared entre esa niña y yo. Continué dibujando, paradójicamente el contorno del corazón incompleto del batracio mientras Sandra seguía a mi lado mirando cada movimiento de mi mano y esperando quizás que dijera algo.

Ismael ignorante de las tramas que había venido urdiendo para conocer más a su hermana mayor seguía desplazando el plumón verde por las patas de la rana. Interrumpió el silencio diciendo “Voy un momento al baño”. “Anda explicándole a esta chibola como escribe un grande” agregó y corrió apurado por el pasillo colindante.

“Qué bonito escribes Marcelito” me dijo Sandra rompiendo mi concentración en el dibujo. “Gracias” le respondí sin mirarla, tratando de aburrirla. Después de otro largo silencio, se hastió de mi mutismo y se apoltronó sobre uno de los sillones de la sala. Levanté la mirada disimuladamente y la vi hojeando un libro de Jorge Isaacs. En la portada decía “María”. Con sus manos blancas hacía anotaciones al lado del texto. Por un momento sentí lástima y me invadió un sentimiento de culpabilidad.

A los pocos minutos, cuando ya casi terminaba el dibujo apareció Ismael “¿y, ya le diste una cátedra de cómo se escribe?” me dijo refiriéndose a Sandra. Ella volteó la mirada y vi una tristeza en la profundidad de sus ojos negros. Sintiéndome como un perfecto cretino y tratando de resarcir mi actitud respondí “todavía no, estaba terminando de dibujar¿Cuándo tienes tiempo Sandrita?”. Ella sonrió apenas y me dijo “¿mañana está bien?”. Y todavía pensando en la posibilidad de usar como medio a Sandra para llegar a Roxana, respondí “mmm Perfecto, mañana vengo a las tres”.
III
De pie, a un lado de la sala miraba las fotografías dispuestas sobre un aparador. En ella aparecía toda la familia de Ismael, su papá, su mamá, Sandra pequeñísima casi escondida tras las piernas de su madre, el mismo Ismael y destacando por sobre todos ellos Roxana, vestida con un short diminuto y ataviada de unos collares artesanales. La sonrisa de su rostro parecía llamar toda la atención de la fotografía.
Perdido en la historia que le venía atribuyendo a esa imagen, me vi interrumpido por el saludo chillón de Sandra “¡hola!” me dijo. Cuando volteé a saludarla noté que había cambiado bastante respecto al día anterior. Ya no tenía la gorra puesta, ni el ‘short’ varonil y ni siquiera los lentes. Vestía unas pantalonetas hasta encima de las rodillas, unas zapatillas de tela con dibujos abstractos a los lados, un polo cortito, el pelo suelto adornado por dos ganchitos y una cadenita de falso oro que se prendía de su cuello. Sonreí levemente “hola” le respondí y la besé en la mejilla. Noté que llevaba el mismo olor a perfume acaramelado de Roxana. “Miraba la foto” agregué. “Es de un viaje que hicimos a Trujillo hace años” me respondió. Luego de un silencio me dijo “¿empezamos?”. “Bueno” le respondí.
Sentados en los sillones de su sala y rodeado de libros, cuadernos de notas, lapiceros de colores y de una grabadora pequeña que Sandra había traído, intenté dar mi primera clase como escritor. Sin tener la más mínima idea sobre pedagogía y únicamente guiado por mi intuición empecé justificándome “Bueno, sabes que yo no soy profesor y nunca he dado clases ni nada, pero a ver cuéntame, qué obras has leído”. Sandra con el lapicero golpeando su mentón y mirando arriba como tratando de recordar respondió “mmm a ver, he leído pocas obras, por ejemplo me encantó ‘María’ de Jorge Isaacs, ‘Madamme Bovary’ de Flaubert aunque terminó cayéndome mal la tal Emma, ‘La Dama del Perrito’ de Chejov me fascinó, a ver, a ver, cual más, ‘Crimen y castigo’ de Dostoievski, ese tal Raskolnikov al final me dio lástima, ‘ veinte poemas de amor’ de Neruda y ‘El principito’ del francés que no me acuerdo su nombre… ¿cómo se llamaba el autor?” terminó preguntándome. Yo que a duras penas había leído unas cuantas historias de amor de autores desconocidos, publicadas en revistas para mujeres que mi mamá guardaba en un depósito, me vi apabullado por el conocimiento de Sandra. “Tiene un apellido medio extraño que hasta ya me olvidé porque lo leí hace años” mentí con total desparpajo. Intentando llevar la situación a mi lado volví a preguntar “y de peruanos y latinoamericanos  ¿has leído algo?”. “La verdad no mucho, solo algunos cuentos sueltos de Cortázar, Borges, Quiroga y la que leímos en el colegio ‘Los Cachorros’ de Vargas Llosa”.
Nuevamente abrumado por los títulos que iba soltando Sandrita, y que yo solo alguna vez los había oído nombrar a la profesora de literatura, me vi apocado y únicamente atiné a decir “Si quieres escribir cuentos, tienes que leer a Ribeyro, él es el mejor” Sandra cogió uno de los lapiceros y un cuaderno de apuntes y me dijo “¿algún título en especial?”. Apelando a mis clases de literatura respondí casi instintivamente “la palabra del mudo, esa tienes que leer”.
Mientras Sandra anotaba cuidadosamente en su libreta apareció Roxana. Su pelo sujeto con un gancho dejaba ver su cuello blanco. “¿Qué hacen chicos?” preguntó. Intentando de llamar su atención respondí “estamos revisando algunos libros, ¿te gusta leer?”. “¡Bah!  Qué aburridos” respondió de inmediato. Cogió uno de los libros que estaban sobre la mesita de centro, hizo una mueca de disgusto y lo volvió a dejar. Aún intentando despertar en ella algún interés agregué “pero escucha este poema tan genial” y cogiendo el librillo de Neruda le leí “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos" y le clavé la mirada, pero ella despreocupada y mientras rumiaba una goma de mascar sonrió “me da risa esa palabra ‘tiritan’”. Un silencio invadió la sala y solo escuché a lo lejos los gritos de unos niños que jugaban en el parque de afuera. “No le hagas caso” me dijo Sandra y continuó nombrándome otros títulos más que había leído.
Los días siguientes volví y Sandra continuaba contándome las historias de cada libro y me leía los párrafos que más le habían gustado. Me sorprendía verla tan entusiasmada y sensible a cada palabra que leía. Dependiendo del contenido de lo que repasaba, a veces se ponía triste como haciendo un puchero y otras alegre mostrando su sonrisa que le embellecía el rostro. Asimismo cada día la veía más arreglada y por un momento hasta llegué a pensar que era por mis visitas. Yo por mi parte, había empezado a buscar algunos títulos interesantes entre los libros que mi papá guardaba en una vieja biblioteca y trataba de leer lo más rápido posible saltándome las hojas, para ir al día siguiente fingiendo haber leído la obra mucho tiempo atrás y para colmo le mencionaba algunos párrafos que particularmente me habían parecido geniales pero que a decir verdad prácticamente los había escogido al azar.
Sandrita tomaba nota de cada uno de ellos y los analizaba con meticulosidad  y siempre terminaba dándome la razón. Luego de varias clases en las que yo aprendí más de ella, que ella de mí, me preguntó “y ahora después de leer todo esto, ¿cómo haces para escribir los detalles?”. Nuevamente sin tener la más mínima idea, solo respondí “bueno, trato de escribir de los lugares que conozco y me fijo en todo lo que lo rodea”. “Por ejemplo, tu novela que todavía no terminas, ¿cómo hiciste?” me interrogó. “A ver”, le dije “vamos afuera a ver los detalles de un paisaje” le propuse. Salimos de su casa por la parte posterior. Había un parque con algunos árboles a los alrededores. Ya casi anochecía. A los lados por una pequeña acequia corría el agua de regadío. “yo lo que hago” agregué “es mirar alrededor, escuchar los sonidos, ahora mismo siento el sonido de mis pasos, el aire fresco con olor a jazmín, el sonido del agua correr, no hay nadie, siento la soledad, miro las sombras que se empiezan a dibujar”. “Por ejemplo en tu novela, el protagonista cuando sale con Rosita, que a decir verdad no me cae muy bien, ¿qué hiciste para describir la situación?, ¿en verdad existe esa tal Rosita?” volvió a preguntar mientras caminábamos despacio. “Bueno, suponiendo que tú eres Rosita”, le dije frente a ella tomándola por las manos “veo su mirada, sus ojos limpios, las cosas alrededor empiezan a perder sentido, ya no importan, siento sus manos calientes, yo mismo me siento nervioso, tiemblo no sé por qué” y mientras iba hablando y describiendo lo que sentía me acerqué a Sandra y la besé en los labios. Ella se quedó quieta, temblaba y hasta sus dientes cascabeleaban. Se soltó de mis manos y corrió hacia su casa.
 
IV
A  los días siguientes en el colegio, guardé un poco de distancia con Ismael, atemorizado quizás que supiera lo acontecido con su hermana, que me reclamara, que me buscara la bronca. Pero Ismael nunca me dijo nada. Por eso un día me atreví a preguntarle “Y cómo le va a Sandrita, ¿está escribiendo ya?”. “La veo leyendo y escribiendo siempre pero no me ha mostrado nada” respondió. “Pregúntale cuando voy” le dije.
Pasaron semanas enteras sin obtener respuesta y lo poco que se me había ocurrido escribir había empezado a transformarse. Poco a poco Rosita la protagonista de mi novela había empezado a colmarse de los detalles de Sandra, de su puchero, de su sonrisa y de su forma de vestir. Hasta llegué a pensar que Ismael podría reconocer a su hermana en las lecturas que hacía de mis avances. “Termínala de una vez” me dijo un día, “ya la estás haciendo muy larga” agregó. Así que tratando de encontrar una estrategia para ver a Sandra le dije “Yo te paso mis avances pero me gustaría leer lo que Sandra está escribiendo, ¿te parece si intercambiamos?” le pregunté. “Voy a averiguar, no sé si querrá mostrarme sus avances porque siempre termino burlándome de ella” culminó. Al día siguiente volvió con una respuesta aún peor “dice que está en exámenes y todo lo ha mandado a la mierda. Ya no volverá a escribir”.
Luego de otro par de semanas y sin poder sacarme de la cabeza a Sandra, su forma de llevar los cabellos con ganchitos de colores, su puchero al leer párrafos tristes y su alegría que le iluminaba la cara, decidí ir a verla a hurtadillas. ‘Salté las rejas que circundaban el jardín y caminé lentamente hasta la ventana de su casa. El ruido de las hojas secas que producía mis pisadas aceleraba el latido de mi corazón. Inclinando el torso me deslicé hasta el alféizar de la ventana y poco a poco asomé la mirada al interior de la casa. Allí estaba ella, Sandrita, sentada mirando televisión con un diminuto vestido que apenas cubría la parte superior de sus muslos…’
 
 (Con este cuento participé en los Premios COPÉ 2014, así que como no llegué a los finalistas, aquí queda publicado. ¡Rájenme! - si es que no abandonaron la lectura y llegaron hasta esta línea).
 

Friday, October 31, 2014

El Padrino


Cuando cumplí ocho años, mi mamá concluyó que había llegado el momento de hacer mi primera comunión. Me inscribió junto a mis dos hermanos mayores en la catequesis de la ciudad de Pisco “de una vez los tres juntos” le sugirió a mi padre. Malhumorados y renegando asistimos religiosamente todos los domingos tempranísimo a las aulas de un colegio cercano a recibir las enseñanzas de la biblia, y así prepararnos para nuestro segundo sacramento.

Sin embargo los planes de mi familia, de vernos a los tres consagrados a la voluntad de la iglesia católica, se vieron truncados cuando se enteraron que habían negado mi sacramento por tener sólo ocho años. Mi madre se enojó muchísimo y decidió mover cielo y tierra. Se quejó en la catequesis con el cura y con el párroco de la iglesia, aduciendo que yo era un niño correcto, maduro y que me sabía “el padre nuestro”, “el ave maría”, “el yo confieso” y “el credo” mejor que los estudiantes de doce años.

De tantas gestiones me aceptaron a última hora, por lo que también, a última hora me buscaron un padrino improvisado. A mi papá no se le ocurrió mejor idea que designar a su amigo de juventud Alfonso Morales, más conocido en las cantinas de Pisco como “Poncho”. Trabajador del banco del estado, atendía en ventanilla, según mi papá desde que terminó su secundaria comercial en un prestigioso colegio de Ica. A pesar de vestir a menudo de corbata y pantalón de gabardina, lucía siempre desaliñado, la camisa fuera del pantalón, la corbata grasosa como su cara, el bigote disparejo, el pelo casposo y una correa que le excedía la circunferencia de su barriga y que el exceso dejaba colgar haciéndole parecer que andaba con el miembro afuera.

Por el contrario, los padrinos de mis hermanos habían sido escogidos con la debida anticipación, cuidando que sean personas de honorable reputación y de indudable moral en la sociedad pisqueña. “Es el único que nos aceptó ser tu padrino a última hora” me dijo mi padre cuando le pregunté quién era mi padrino.

Su fama de jaranero y asiduo concurrente a las cantinas de Pisco le había generado más de un problema con su familia “Te chupas toda la plata” le gritaba a menudo su esposa. Yo lo recuerdo siempre sentado con una botella de cerveza en el bar "El Espejo de mi Vida", rodeado de aserrín, el olor a cigarrillo y balbuceando alguna canción de Iván Cruz, que salía estridente de un parlante destartalado.

Para el día de mi primera comunión se apareció tarde y con un aliento a pisco barato. Me entregó mis estampitas cuando ya la recepción en los salones de la iglesia había terminado. Por años me quedé con doscientas estampitas guardadas en mi velador, que nunca pude intercambiar con los otros niños de la primera comunión. Por si fuera poco, el día del sacramento, mis otros hermanos recibieron aparte un regalo. Yo no recibí nada. Por eso en medio de su embriaguez y al darse cuenta que yo no tenía un regalo me dijo con una lengua enmarañada “Ahijado, vente un día al banco, búscame que te voy a abrir tu cuenta de ahorros, ese es tu regalo... por tu primera comunión”.

Mil veces pasé caminando por el frontis del Banco de la Nación, pero a decir verdad, nunca tuve el valor de acercarme, entrar hasta la ventanilla y pedirle que me abra la libreta de ahorros que me había prometido. "Anda zonzo si te ha dicho que te va a regalar, sólo acércate y dile Padrino vengo por lo que me prometió" me dijo varias veces mi madre cuando caminábamos por los alrededores del banco. Pero yo nunca me atreví, siempre fui "chupado" como me decían mis hermanos. Por eso cada vez que tenía que pasar por allí prefería cruzarme y desde el frente y de soslayo, sólo verlo atendiendo tras una ventanilla.

Después de mi primera comunión lo vi muy pocas veces. Sólo en los cumpleaños de mi papá se aparecía, como siempre borracho y preguntaba “¿quién es mi ahijado?”. Mi papá me llamaba, me apretaba la cabeza, me sacudía el cabello "Ese mi ahijado carajo" me decía. De allí no se volvía
acordar de mí hasta el siguiente año.

La última vez que conversé con mi papá me contó que mi padrino había fallecido. Después de que saliera del Banco de la Nación en un programa de reducción de personal, se volvió más asiduo concurrente de las cantinas pisqueñas. En sus últimos años perdió la cordura y se escapaba desnudo, o en el mejor de los casos en calzoncillos hasta la puerta del banco a reclamar el pago de su indemnización. Más de una vez sus hijos tuvieron que salir a buscarlo a la calle con una frazada entre sus manos para devolverlo a casa envuelto.

La última vez su hija menor lo encontró defecando en la puerta de “El Espejo de mi vida” porque le habían negado la entrada.

Cuando falleció, en el velorio, su viuda se acercó a mi padre y sabiendo que fueron grandes amigos, le entregó un paquete que mi padrino había dejado para él. Dentro había una esclava de plata, un banderín del Club "Víctor Bielich" donde jugaron la segunda división, una foto tomada en el muelle de Pisco de los años sesenta cuando trabajaron juntos y una libreta de ahorros del Banco de la Nación a mi nombre.

Wednesday, October 15, 2014

Reuniones y Protocolos




Nunca me gustaron las reuniones ni los protocolos. No me gustan los tumultos, las multitudes. Me aterra ver tanta gente junta.

Sin embargo hay hechos en mi vida en los que sí debí estar presente. No debí evitarlos. Y hubo otros tantos en los que estuve presente pero de la manera inadecuada. Ahora que pasé los cuarenta, no es que me arrepienta, sólo quería hacer un ejercicio de conciencia para no equivocarme otra vez.

1.

Nunca asistí a mi ceremonia de graduación cuando terminé la carrera universitaria y mucho menos a la fiesta. No tengo la clásica foto con toga y birrete. No sé lo que es vestir ese traje negro, ni lanzar el birrete al aire. Mi mamá ni mi papá tienen recuerdos que contar a los familiares ni yo tengo fotos que compartir. Ahora a mis cuarenta pienso que debí asistir por más que no me gustara. Recién ahora entiendo que es importante tener esas remembranzas en la memoria para poder contarlas a los hijos.

2.

Cuando culminé el curso de especialización en finanzas y habiéndose aprobado mi tesis para optar el título de economista, se me presentó una segunda oportunidad de asistir a una ceremonia de este tipo. Sólo recuerdo que estaba trabajando para un proyecto de Esan-BID y mi entonces jefa me preguntó “¿no vas a ir a tu ceremonia?”. Y en realidad mi intención era no ir, pero ella prácticamente me obligó. Recuerdo que me dijo “Tienes que ir, esas cosas son importantes”. Así que ya no teniendo tiempo para ir a cambiarme a casa me fui de frente al auditorio de la universidad. Vestía un par de zapatos Nike (de trekking), un jean azul, una camisa de rayas y un saco. Así me aparecí a la ceremonia. Cuando llegué todos estaban correctamente vestidos, los hombres de saco y corbata y las mujeres de vestido o conjunto y todos acompañados de sus padres, o esposos o esposas. Y yo, solo. Subí a recoger mi diploma y nadie me esperó para felicitarme. Al término, cuando invitaron a todos para el brindis en la recepción, me escapé y me fui a mi casa en combi.


3.

Cuando bauticé a mi hija (a pedido de su mamá), también me salté de los protocolos. Aprovechando la amistad de mi familia con el cura de una iglesia en Pisco, nunca asistí a ninguna charla, ni yo, ni mi esposa, ni los padrinos. Sólo viajamos a Pisco, directo a la iglesia, a la ceremonia. Por si fuera poco, como hacía calor vestía un pantalón de drill y un polo piqué de manga corta. El padrino y la madrina estaban bien vestidos. Creo que debí estar más presentable. Espero no cometer el mismo error con mi hijo.

4.

Siempre pido vacaciones para mi cumpleaños. No me gusta que me hagan almuerzos o reuniones. No me gusta que me estén saludando, dando abrazos o apretones de mano. También me incomoda que me llamen por teléfono para decirme “feliz cumpleaños”. Prefiero mil veces el saludo frío del facebook. Quizás también por eso me mudé tan lejos, al último cerro de un conocido distrito. No me gustan las visitas protocolares, me gustan aquellas espontáneas, de amigos muy cercanos. Por eso siempre paso mi cumpleaños solo porque así lo prefiero.

5.

Creo que estoy haciendo mal, tampoco nunca le he celebrado como se debe a mis hijos, ni su primer añito, ni el segundo y mucho menos el tercero o el cuarto. A veces mi esposa tiene el entusiasmo de hacer alguna reunión importante pero siempre termino desanimándola con mil pretextos. Mi hija el otro año cumplirá quince y no sé qué hacer. Ella tampoco me ha dicho nada. Yo preferiría mil veces irnos de viaje todos a algún lugar, pero creo que a ella ya no le apetece salir con nosotros.

Monday, June 23, 2014

Odio el Futbol




El mundial, la Champion, la UEFA, La copa del Rey, la Bundes Liga, la Premier League, la Copa Libertadores, la Copa Inca y hasta la Copa Perú, ya me tienen cojudo con su fútbol. ¿Es que acaso no hay otro deporte en el mundo?. ¿Qué me importa a mí que veintidós pezuñentos corran tras un balón?.

Odio el futbol porque es un deporte que rinde culto a la ineficacia. Los futbolistas que patean una pelota desde que tienen dos años no son capaces de ser certeros. En un encuentro sólo son escasísimas situaciones en que una pelota va al arco. El resto va a la tribuna, a la pista atlética, a los camerinos o a estrellarse en la humanidad del contrario. 20 años pateando una pelota para tirarla a los cielos.

Odio el futbol porque  siento que pierdo noventa minutos de mi vida viendo veintidós payasos que más es lo que se aplican patadas arteras, codazos, fingen faltas, se tiran al piso y nunca llegan al arco. El 95% del partido se juega en la mitad de la cancha y sólo si tengo suerte podré ver uno o dos goles.

Odio el futbol porque las más grandes estrellas sólo son una tira de engreídos que inventan modas ridículas, se peinan como espantapájaros, se ponen parches en la nariz (sé que son para la respiración, pero tú veías por las calles Limeñas algunos subnormales que se ponían un “curita”), se dan besitos para celebrar un gol, se agarran los huevos, por Dios!.

Odio el futbol porque es manejado por una tremenda mafia llamada FIFA que compra árbitros, partidos, campeonatos, conciencias. Son injustos, racistas y discriminadores. O ¿por qué creen ustedes que se niegan a utilizar la tecnología en sus partidos?.

Odio el futbol porque de un tiempo a esta parte se le vino la moda de salir a la cancha agarraditos de la mano como 11 niñitas del kínder garden. No me vengan con cojudeces esas son mariconadas. Mariconadas que no tardó de ponerse en voga en el Perú. Ver 11 sujetos apestosos agarrándose la manito en la definición por penales para ganar una copa de un futbol mediocre fue lo más ridículo que he visto en mi vida.

Odio el futbol porque en sus entrevistas salen diciendo “gracias a Dios ganamos”, como si Dios, en caso existiera, le importara que once  atorrantes metan una pelota en un arco. Con tantos problemas que tiene el mundo, Dios, repito en caso existiera, va a tener tiempo para ocuparse de cojudeces.
Odio el futbol porque cuando jugaba de arquero para la selección de mi facultad, me hicieron dos goles, me acusaron de ser el culpable, me echaron del equipo y las “porristas” no me volvieron a hablar más.

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